Bienvenid@s a ENTC 2026
Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto DESORDEN en todas sus acepciones.
Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más.
Bienvenid@
En el bosque de la memoria cada tronco, cada rama y cada hoja es un recuerdo. Lejos escuchas los juegos y canciones de la infancia. El musgo puede oler a mamá, las rocas pueden sentirse ásperas como la barba de papá. El pétalo de una flor es suave como la piel del primer amor. Cortas un árbol para ver si los recuerdos desaparecen, pero el árbol cae y los recuerdos siguen allí. Prendes fuego a las hojas secas que yacen en el suelo. Lejos de quemarse, éstas reverdecen; son las memorias tristes, patéticas y horribles que flotan para volver a ser parte de la copa de los árboles. Y es que en el bosque de la memoria todo es un recuerdo, si tratas de deshacerte de uno reverdece y si buscas debajo de una roca puedes hallar alguno que creías olvidado.
Acurrucado en un pliegue de la falda de la montaña, a media altura entre las cumbres de la Sierra del Escudo y las verdes alisedas del valle que perfilan el curso del río, el pequeño robledal se alfombra lentamente con silenciosa nevada de hojas ocres y amarillas.
Desde la ventana, escuchando el cadencioso discurrir de un regato, contemplo la vistosa rueda de apareamiento entre libélulas que encubre, con su belleza, una agresiva violación a la hembra.
-Nada es tan idílico como parece, ni tan trágico como aparenta- Dijo Abilio durante la conversación que mantuvimos en el hospital donde yo ejercía de enfermero y él se enfrentaba a la muerte con la digna valentía de un viejo anarquista.
En aquel escenario de sondas y cables le prometí hacerme cargo de la única obligación que todavía lastraba, cuidar de su bosque. Por eso estoy aquí, como cada otoño, vigilando el discurrir del orden natural desde este alféizar de la abandonada bodega.
Fuera, grupos de mosquitos revolotean sobre la podredumbre de manzanas o castañas que fermentan bajo los árboles.
En el interior, colgando de las vigas, dormita la familia protegida de murciélagos y, enmarcado en la pared, el retrato de Abilio continúa sonriendo.
Dos niños se perdieron en mis costados. Flexioné la corriente del río para que hiciera frío. La noche caía y los niños se internaron más en mis adentros buscando algo de calor. Conjuré la niebla que se me metía entre los árboles y halé el viento. Los búhos hicieron ruido. Los chiquillos temblaban. Halé más fuerte el viento y uno de los búhos voló cerca de ellos. Asustados corrieron más adentro hasta que vieron una cueva. Allí dormía una manada de lobos y sin saberlo los pequeños entraron. Me los devoré.
En el Edén la actividad era incesante. Todas las especies se esmeraban por perfeccionar los atributos que les habían sido concedidos. De ello dependía su destino en la posterior reubicación por todo el orbe. Todos no. Había un desgarbado arbolillo de aspecto adolescente que permanecía ajeno al movimiento general. No mostraba flores, frutos, ni aromas, ni se esforzaba por acrecentar su copa. La serpiente, que rondaba por los lindes del bosque buscando la forma de introducirse, reparó en él. Precisamente ese, desmañado y anónimo, sería el refugio ideal para esconderse y llevar adelante sus planes de seducción. Arrastrándose artera, llegó hasta el pie del árbol e intentó reptar hasta su copa .El arbolito lo advirtió y quiso alertar sobre el peligro. Como no podía gritar intentó otros trucos. Expandió sus jugos hasta que cientos de florcitas blancas reventaron en sus ramas y su aroma penetrante perfumó hasta el confín, asomaron espinas lacerantes en sus ramas y finalmente, bellas esferas doradas iluminaron su copa. Todos los habitantes del Edén corrieron a presenciar el milagro y la Mala, en rápida huida desapareció aterrada. Dicen, que si bien en ese intento fue vencida, tiempo después consiguió una buena alianza con un manzano.
– ¡No cuela! ¡Ya me engañaste una vez! Pero… ¿A ti no te mató un cazador, te abrió la tripa y yo salí de ella?
– Ese fue mi padre, señora abuela.
– Bien, Lobito Feroz. Y ahora ¿Quieres engañarme?
– Como a él le funcionó… yo creía que…
– Yo creía, yo pensaba… palabrerías de lupus ¿Qué quieres?
– ¿Sería tan amable de dejarme entrar? – Escuchó la abuela al otro lado de la puerta. – Ya es de noche y este bosque es muy grande para mí.
El cerrojo se deslizó, permitiendo que la roñosa portezuela se abriera por el peso del lobezno que, de un traspiés, se coló en la casa, regalando a la anciana una genial voltereta involuntaria.
– ¡Ay!
– No se parece al padre. – Observó la abuela.-
– Gracias por abrir.
– Vamos, abrevia. Es tarde.
– Pues verá: venía a pedir perdón en nombre de mi familia. No se imagina la mala fama de mentirosos, come-abuelas y engaña-niñas que tenemos los Feroz. Ahora nos hemos reformado y si usted quisiera…
Desde que la enfermedad se manifestó en su organismo la vida se había convertido en una obtusa rutina. El alzheimer había infectado tan rápidamente su mente que a veces no distinguía una oliva de una castaña. Como cada noche, se sentaba sobre un lateral de su cama para contemplar el hermoso bosque que veía desde su habitación. Y, como cada noche, retornaban a su cauta memoria historias de su niñez, como cuando su hermano mayor le explicaba que había leído en un libro que todos los árboles tenían un nombre científico y que a las encinas se les llamaba Quercus ilex. La luz de la madrugada que rebasaba la puerta del anciano despertó a su hijo y entrando en su cuarto lo descubrió sentado sobre su cama, inmóvil, mirando el único cuadro que colgaba de la soledad de la pared. – ¿Papá, qué estás haciendo? – Estoy mirando por la ventana. El hijo observaba los cansados ojos de su padre sin poder adivinar qué existía más allá de aquellas vidriosas pupilas. Acariciándole el pelo, le dijo: – Es un bosque muy bonito… ¿Damos un paseo?
En la paleta de colores distintos y excepcionales del año en el bosque, conviven seres vivos, vegetales y animales. !Claro que en el bosque hay vida! no hay Elfos supongo, ni Trasgos, pero hay leyenda ¿Porqué no? Las abuelas siempre contaban que estos eran inquietos y juguetones, atribuyéndoles todo lo inexplicable que ocurría en las casas cercanas al bosque. Eran como niños malos -invisibles- divirtiéndose con bromas, a veces pesadas -algo que desaparecía y aparecía en el desván días después…el mechero de tira de algodón, que yacía en el cajón de los cubiertos…Hoy puede que siga ocurriendo pero no se habla de ello, solo la gente «mayor» lo piensa, pero no lo comenta. !Sería declarar su «decadencia»! y precisamente hoy, se viene al campo a cargar pilas y renovarse por dentro y por fuera, disfrutando de la naturaleza. Yo no los he visto, pero…me hace pensar, pues mientras escribo este texto cómodamente sentado en el musgo, veo en pantalla signos que no he pulsado y que se borran sin pulsar…
En la recepción le dieron la flauta. Ni una nota. Había rechazado el regalo del luthier, desde el pedestal al que la fama la había alzado, pero allí estaba. -¿Cómo se le ocurre que YO voy a tocar una flauta dulce en el escenario? Entre mis dedos ya solo baila el metal de las flautas más prestigiosas. Tocó en la Selva de Oza solo porque su familia procedía del Pirineo aragonés. De entre el público entusiasmado surgió un espectador que quería regalarle una de las flautas que él mismo creaba. Un luthier admirado en su profesión, conocedor del origen de cada flauta de madera y de su preciso sonido. La madera de la que los árboles se desprendían en invierno, que él recogía en sus largos paseos por el bosque, servía para crear la flauta dulce. No veía una forma mejor de volver a dar vida a una parte del árbol. Inconscientemente posó sus labios en la embocadura, deslizó el aire y sus dedos dibujaron una nota intensa. La claridad de sus armónicos le recordaba el agua cristalina del río en su pueblo. De repente, era otra vez la niña que escuchaba las melodías siempre inéditas del bosque. Y sonrió.
El niño fue el primero en descubrir la extraña pelota en los árboles de los que siempre había obtenido frutos muy distintos a los que ahora crecían en la rugosa corteza de estas bolas. El bosque de Tierra del Fuego también había enfermado, como su familia, pero los árboles se defendían del parásito desconocido, creando pan. Al principio el niño pensó que también los árboles se embarazaban, como su mamá. Mostró el fruto del embarazo al misionero, que estudió sorprendido el nuevo ser. No quedó conforme el niño con la explicación científica del único hombre blanco que permaneció en la isla cuando los colonos la abandonaron. Hacía tiempo que el niño no veía mujeres embarazadas. Interpretó que la Tierra otorgaba a los árboles el milagro de dar vida. Como el bosque, los yagán agonizaban, pero el niño se mantenía ajeno al fin de su mundo. Repartía los frutos entre los pocos indios que resistían contra todo tipo de parásitos. Los viejos árboles eran más fuertes, sobrevivirían a los moradores de la isla. Todavía hoy dan a luz el pan de indio, porque en el bosque del fin del mundo se puede encontrar el comienzo de la vida.
Te salvaba de la trizteza de los domingos por la tarde, de la fiaca del lunes por la mañana o te convidaba un mate en cualquiera de los demás días y el alma se reconstituía. Te cuento una sola de las tantas anécdotas que viví con ese andaluz que te hacía reír enserio. Salvador conversaba con una señora de su mascota. Que se iba a tener que pasar esa noche en el parque. se iba a quedar sin dormir y juntando hormigas hasta el amanecer del otro día. Hasta que la señora le pregunta inocentemente qué tipo de mascota. Y él le contesta. Cómo que mascota… Mi oso hormiguero señora… que se cayó ayer de un camión jaula que venía de Australia justo aca en la calle Rosario donde estan los puestos de libros .Fíjese que lo vinieron a pedir del zoológico pero el me eligió a mí como su dueño y yo tambien me estoy encariñando, pobrecito. Un oso hormiguero ! dijo. Si, solo le gustan las hormigas coloradas sin antenas. Y con una bolsa de residuos y una palita de plastico seguia con su actuación
Su madre se lo dijo: “hija, cuando sientes que vas a desovar vuelve a tu río de nacimiento…” Ya empezaba esta joven de piel tersa asalmonada a cansarse de tanto viaje pero, al llegar a la altura de este bosque, se alegro olvidándose de su propósito… ¡Tan bellos eran los juegos de luces entre las ramas y en las ondas!… Tan pronto remansos de paz en la sombra de algún sauce que cascaditas entre cantos rodados… Vio un truchón que la dejó trémula: ¡parecía un arco-iris!… Siguiéndole se atrevió en hacer rafting tirándose en pequeñas cascadas que tal cabritas saltaban entre pequeños riscos. Cierto que le asustaba bastante, pero su alma aventurera y enamorada se empeñaba en repetirlo… Por descontado sus compañeras la gritaban al pasar: “Pero idiota, ¡es al revés! ¡Para arriba tienes de ir!”…Pero es que había descubierto que, en las salpicaduras, se volvía un momento arco-iris tal su amado truchón… Y nuestra joven rezaba al Dios de los salmones: “buen Dios: ¡quiero ser una trucha! Quiero quedarme en este bosque encantado, y libremente moverme en este río diáfano…” su plegaria fue escuchada y desde este momento hubo truchas asalmonadas en estos ríos cantábricos…
Usamos cookies para asegurar que te damos la mejor experiencia en nuestra web. Si continúas usando este sitio, asumiremos que estás de acuerdo con ello.