Bienvenid@s a ENTC 2026
Comenzamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de FE en todas sus acepciones.
Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más.
Bienvenid@
Podría contarte que este bosque está encantado, que en él viven ninfas, trasgos, hadas y demás, pero mentiría. En este bosque sólo viven los recuerdos. Los que perdimos. Los que creemos tener aún, pero ya no están. Busca, busca ahí dentro de los baúles de tu memoria y comprobarás que muchos han desaparecido.No te preocupes, están aquí. Siéntate y respira hondo. Todos están aquí. Las veces que mamá te regañó, las caras de tus maestros, la nana que te cantaban para dormir, el olor de las tardes en casa, el de la navidad de niño, el nombre de tus muñecas, las listas alfabéticas de tus clases, que tan bien te sabías, cada uno de los besos que diste o te robaron. Todos están. Sólo que no podrás llevarlos contigo. En cuanto salgas de él, volverás a ser quien eres, la misma persona desarraigada que llegó. Llena de futuro, de presente, pero vacía de recuerdos. Cuando seas viejito y ya no tengas futuro, no tendrás pasado donde refugiarte. Y el presente, créeme, pasa veloz.
Salto de mi cama de hojas de castaño y marcho decidido hacia la Fuente Cristalina, la que hay en el bosquecillo, detrás de mi casa.
Mi padre tiene un aserradero y quiere mudarse a duende de madera, pero yo soy y siempre seré duende de agua.
Ya estoy en el bosque y miro hacia mi hogar por última vez.Me acerco a las fuentes, ocultas entre el follaje, y quedo fascinado por su belleza, la más bonita de todas la Cristalina, la que me tiene prohibida mi padre.
Me siento en una piedra musgosa, lanzo al aire mis chinelas y meto mis pies de duende en la Cristalina, después me recuesto sobre otra piedra.
Me envuelve la niebla, la aspiro y me embriago con su perfume. Noto fluir de mis dedos un rocío suave que se transforma en hilos de agua, que se reúnen en un arroyo, tan cristalino como la fuente.
Viene sobre mí el líquido de todas las fuentes y me dejo fluir. Soy grande y baño la tierra hasta llegar al mar salado.
El poeta vive muy cerca de un bosque de Cantabria. Cada mañanase interna en élpara pasear porque las hojas amarillas del otoño, el susurro del agua en el riachuelo, el canto de las aves, el aroma de los arándanos en flor y la brisa entre las hayas, le inspiran.
Un día, por un azar maravilloso, fue testigo de unhecho tan sorprendente que ni él podía imaginar.
Cuando las campanas de la ermita tocaban para el Ángelus, una gacela de lomo dorado y un brioso corcel de crines de plata, coincidían para ir a apagar su sed al arroyo.
La naturaleza, queda silente para admirar la belleza de los dos animales
Al terminar de beber, con gestos pausados y armoniosos, parecían decirse mil cosas que el poeta traducía así:
–Eres hermosa pequeña gacela; cuídate de los cazadores, quiero verte otra vez mañana.
–Me cuidaré amigo mío. Y tú, aunque logren someter tu cuerpo, no pierdas jamás tuespíritu salvaje.
Después, tras mirarse a los ojos, la gacela dobla su testa hasta casi tocar la tierra, el corcel relincha dulcemente, y yéndose por distintos caminos, desaparecen en la espesura del bosque.
Hoy han dicho en las noticias que el mundo se acaba mañana.
Ya no había prisa, ni motivos para preocuparse o sentirse avergonzado.
Las facturas pendientes sobre la mesa y el desordenno tenían importancia.
Mi acostumbrada soledad volvería a ser testigo de lo que sucediera, a mi lado siempre, tolerándome hacer memoria de otro tiempo en el que existir era feliz.
Cerré los ojos y rememoré aquel lejano amanecer, viendo el despertar de los Cerezos en Flor.
Era como si un manto de nieve se hubiera posado sobre los árboles, la suave luz, del sol naciente, pincelaba los huecos de las ramas, disfrazándolos de ángeles.
El aire traía su perfume dulce y generoso, como una ofrenda a los sentidos, aleteando por mi pelo, dejándome gozar de la esencia de su aroma.
El silencio daba paso a un cortejo de jilgueros levantando el vuelo, bajo un cielo inmaculado que abría el camino del horizonte y llegaba a confundirse con aquellas hectáreas de belleza.
Con la visión divina, de aquel bosque inolvidable, que albergaba en la memoria, abrí los ojos, y ante mí aparecieron los edificios altos y la espesa bruma urbana.
Todas las tardes del verano del 66 que la memoria me deja atisbar,las sitúo debajo de la encina; a su sombra y al resguardo de su copa. Han transcurrido los añosy todavía ahora son para mílos mejores momentos que he pasado nunca.
La lectura de libros nunca olvidados, el silencio, el paisaje impresionante, la soledad acompañada de la presencia imponente de la encina serán siempre instantesirrepetibles.
Crecía alta, grande y majestuosa; su viejo tronco presentaba innumerables signos del paso del tiempo, incluyendo cicatrices de un fuego asesino que tampoco pudo con ella. Es ancha, fuerte, rotunda;como escribió Machado:
“Siempre firme, siempre igual, impasible, casta y buena”.
Tanto tiempo llevaba en el lugar, que circulaban bellas historias sobre que tan venerableárbol había sido mudo testigo del paso de gallardos y arrogantes caballeros, hermosas doncellas,príncipes destronados y pícaros ladrones;queal pasar cercaquedaban embelesados con la sensación irrefrenable de paz y libertad que se respiraba en su regazo. Y… ¿Queréis saber lo mejor?…LA ENCINA todavía está allí.
Fui pisando hojas muertas durante todo el camino hasta llegar al bosque. Observé la luz a mi espalda y la penumbra que se abría ante la idea de continuar en solitario por una vereda desconocida, en una serranía que visitábamos por primera vez. Ya me habían informado en la residencia de que los paseos debían ser breves, sin alejarnos del entorno, constantemente avisando del recorrido. Pensé en la negrura que me desafiaba, en la cara rancia de la monjita, en mis hijos, y seguí sencillamente por donde iba, hacia la oscuridad, hacia mi travesura de octogenario aventurero, cuando una acacia gigantesca me sorprendió llamándome viejo. Al girarme, una mariposa echó a volar con una sonora carcajada. Lo primero que se me ocurrió fue decir en voz alta: ¡No he bebido! El bosque recobró vida después de un ligero jolgorio, relajándose, y yo con él. Era la plenitud de la placidez. ¿A dónde iba a ir después de una sensación tan mágica? La decisión fue quedarme, y aquí sigo, desde hace ciento cincuenta años, con todos los animales, plantas, duendes, hadas y demás espíritus del bosque.
Cuando nació no lloró… simplemente me miró asustado, lo malo fue que pasaron los años y siguió igual.
Algo en su cerebro nació quebrado y le condenó al ostracismo. Los que le amábamos sufríamos viéndole crecer en soledad.
Un amigo me aconsejó que fuéramos al campo y lo hice como hacen las cosas los padres, aunque sea sin fe, aunque sea sin esperanza.
Miró el bosque, los árboles y el río con indiferencia absoluta haciéndome notar su malestar con un rictus de enfado.
De pronto se levantó como una exhalación y echó a correr, naturalmente le seguí y oí por primera vez el sonido maravilloso de su risa. Perseguía a una hermosa mariposa que despreocupada iba parándose de flor en flor, libando, volando, posándose.
Durante un momento nos aproximamos tanto que mi pequeño acercó su dedito tembloroso hacia ella… naturalmente salió volando hacia el cielo.
El niño rompió a llorar con desconsuelo, hasta quese me ocurrió enseñarle fotos de la mariposa; ante mi estupor sonrió y me dio un abrazo.
Terminó el día y terminó el sueño, él volvió a su autismo y yo a mis intentos desesperados por alcanzarle, pero aquel momento aún calienta mi corazón.
Apartó bruscamente las hojas de un alcornoque, para encontrarse con el único sendero que le guiaría a su tesoro.Con gesto encrespado en ristre, arrastraba su pata de palo entre la hojarasca. La madera resbalaba por el rocío, que más que caer dormía en aquella zona del bosque, donde el Sol no recordaba cómo llegar. Él no estaba acostumbrado a transitar esos terrenos. Un capitán pirata,nunca debía alejarse de su barco lo suficiente como para perder de vista el palo mayor, pero la cita era inaplazable.
Por fin llegó al claro que andaba buscando. Hincó la pala en el suelo y comenzó a cavar. Tardó horas en hallarlo. El agujero era profundo, no podía permitir que nadie diera con el cofre. Lo ocultó tras su casaca para abrirlo, receloso de que alguien le vigilara. Sus temores se desvanecieron al comprobar que su corazón seguía allí, sano, vigoroso, latiente. Con una mueca de satisfacción, cerró el cofre y lo volvió a enterrar. Un pirata sanguinario no se podía permitir tener corazón, pero lo guardaría allí hasta que llegara el tiempo de amar.
–¡Pero no hay rosas rojas en mi jardín – dijo el duendecillo.
Desde su nido en lo alto de la Acacia, lo oyó el benteveo. Miró a su alrededor y se puso a pensar.
La felicidad depende a veces de cosas tan simples. Levantóvuelo el benteveo entre los sauces y ahí la vio, entre las madreselvas, roja, brillante y sedienta de amor.
La tomó en su pico y suavemente la alzó separándola de su tallo. Pero el benteveo sabía el secreto de la pena del ruiseñor, y se mantuvo silencioso en el pino, pensando en los misterios del amor.
De pronto desplegó sus alas y emprendió el vuelo y se remontó por los aires. Atravesó el bosque como una sombra y como una sombra planeó sobre el jardín donde estaba el ruiseñor.
Éste yacía quieto. Lo llamó, lo picoteó, pero nada. De amor había muerto. Puso la rosa roja sobre su cuerpito inmóvil y ahí se quedó.
Estaba haciendo un reportaje fotográfico en el bosque cuando encontré aquella casa. Allí estaba Jorge mirando fijamente al horizonte, como si esperara que fuera a aparecer alguien. Estuvimos charlando y me dijo que me presentaría a su hija.
– ¿Viven juntos aquí?- le pregunté.
– Sí, ahora está fuera pero volverá enseguida.
Me invitó a entrar en la casa. La mesa estaba puesta y de la cocina salía un magnífico olor a pollo asado. Me llevó a la habitación de su hija, estaba llena de trofeos y diplomas. En las paredes colgaban algunas fotografías de ella, pero una me llamó la atención.
– ¿Su hija es militar?
– Sí, se marchó a la guerra hace dos años y hoy vuelve, la estoy esperando. A todo esto, ¡tengo que sacar el pollo del horno!
Jorge se metió en la cocina y yo salí por la puerta trasera. Allí había cientos de bolsas de basura, todas llenas de pollos asados.
Entré de nuevo en la casa. George estaba sacando el pollo de la cazuela y se disponía a tirarlo a la basura. Le detuve, mire a sus ojos llenos de lágrimas y le dije:
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