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Creí que nada me iba a impedir sentir la libertad que soñaba en mi juventud. A lo largo de mi vida he amado muchos bosques, cada uno distinto, produciendo en mí distintos sentimientos, pero todos ellos igual de emocionantes. Primero fueron los juegos infantiles alrededor de un simple merendero, acompañado de toda la familia. Más tarde sentí la necesidad de explorar lugares nuevos, al menos para mí, sintiéndome un auténtico aventurero. Después descubrí, que más allá de aquellos bosques, se somaban altas montañas. Deseoso de llegar a tocar el cielo, conseguí coronar muchas cimas.
Sin embargo hoy me veo aquí en un día invernal, escondido en un rincón descuidado del parque de mi ciudad, retirado de la muchedumbre y de las flores ordenadas, encerrado en un cuerpo que no me permite evadirme más allá del pensamiento o los recuerdos. Como un roble viejo ya sólo espero volver a ver otra primavera.
Había en el bosque una enorme carrasca en cuya cúpula un par de cigüeñas tenían su hogar. Año tras año, allí criaban a sus hijos. Xiscu era un niño de unos ocho años, que se encontraba solo y en silencio, pedía un/a hermanito/a para jugar.
Un día, su amigo Colás, estaba eufórico: ¡la cigüeña me ha traído un hermanito! Xiscu no salía de su asombro ¿cómo podía ser eso? Él llevaba mucho tiempo formulando ese deseo sin obtener resultados. Entonces recordó como en el bosque, en lo más alto de la gran carrasca, estaba el nido de las cigüeñas. En su imaginación comenzó a tomar fuerza una idea. Iría hasta allí, al pie del gran tronco, a rogar a las cigüeñas la entrega de un hermanito. Y no pensaba regresar sin una promesa en ese sentido. Dada la voz de alarma por la desaparición del niño, organizaron batidas para buscarlo. Recorrieron lo más intrincado del bosque sin éxito y cuando al amanecer unos batidores regresaban por el camino que cruza bajo la encina, hallaron al niño acurrucado y dormido al pie de esta.
-¿Qué haces aquí? Le preguntaron estupefactos.
-Quiero pedirles a las cigüeñas un hermanito, fue su respuesta.
Adelante. Siempre adelante.
El sendero parecía un túnel, las ramas de los árboles formaban un arco casi perfecto con los colores dorados, anaranjados y marrones del otoño.
Ya dentro de la senda, y casi desde el principio, el viajero se sintió trasladado a un lugar mágico; casi podía oír el silencio, los árboles centenarios le susurraban bellos fragmentos de su historia, pizcas de sabiduría. El sentimiento de paz, de sosiego era inigualable.
Todo invitaba a quedarse.
De vez en cuando detenía su marcha. Entonces oía… escuchaba; cada vez se sentía más parte del bosque, cada segundo que pasaba se convertía en un segundo más de felicidad.
A su pesar, siguió andando. Justo donde empezaba el camino de piedras y acababa la vereda, el viajero se paró. Miró hacia atrás; por un momento sintió la tentación de volver sobre sus pasos y quedarse allí. Pero al igual que Ulises en su viaje de regreso a Ítaca aguantó los melodiosos e irresistibles cánticos de las sirenas que llevan a los hombres a su perdición; el viajero también resistió y reanudó su camino. Adelante, siempre adelante… pero incrustado en su alma llevaba, para siempre, el deseo inquebrantable de VOLVER.
Sería culpa de la luna llena, pero el caso es que por la savia de su albura, le subía un calor desconocido, tierno y arrebatador. Aquel cosquilleo, posiblemente fuese lo que llaman amor, sentimiento que nunca había experimentado.
Navegando por procelosos e ignotos mares arribó al sitio. Al borde del camino, en la maraña de aquella tupida red, no percibió que quizá el sendero ocultara alguna trampa o tal vez le introduciría a un bosque encantado. Era necesario penetrar a fondo aquel frondoso y lujurioso follaje para vivirlo y escucharlo; para disfrutar de la armonía más maravillosa. El trino de los mirlos, de los ruiseñores más exquisitos a dúo con las oropéndolas, los grillos más incansables con su cric-cric monocorde, la fragancia de sus sotos y sobre todo ella, el Hada Blanca de los sueños inacabados. Siempre rodeada de un halo que la ocultaba y precedida por una corte de ninfas y elfos saltarines. Sería llamado a ser el roble bajo cuya copa la magia buscaría refugio. Cautivo de aquel hechizo, creyóse de verdad sus sueños, hasta que un día la dama blanca despreció su cobijo y desapareció; el bosque se marchitó y las ramas y hojas del viejo roble, se consumieron. Cuando pasado un tiempo al Hada llegaron los atribulados ruegos del lobo, quiso regar las raíces del árbol con sus lágrimas y devolverle la vida. Solo percibió el triste lamento de los moradores del atribulado bosque.
Todos marcharon, yo decidí quedarme al lado de tía Engracia y de sus caldos caseros que alimentaban hasta a los muertos. Restauré la casa junto al bosque y permanecí allí junto a mi soledad observando como el pueblo iba quedándose apagado.
Decidí alojar a los senderistas que se aventuraban por los caminos umbríos del bosque y los alimentaba con los caldos y recetas de mi tía Engracia.
Poco a poco la fama de mi buena comida casera y de mi familiaridad con los turistas se fue extendiendo por el mundo.
Hoy, desde mi ventana, observo el bosque, agradecido. Escucho el griterío de los niños en el estanque, asustando a los patos y recuerdo la soledad de años atrás.
El pueblo ha vuelto a renacer; somos más de cuarenta vecinos y otros, como yo, se aventuraron a reconstruir las casas de sus abuelos para albergar turistas.
Sonrío ofreciéndole al bosque mi estrella Michelín. Él, desde su silencio amigable, me ayudó y me enseñó a vivir entre árboles. Sin el bosque este sueño nunca se hubiera cumplido.
Donde habitaban verdes bosques, donde nacía el oxígeno que daba la vida, hoy mueren los últimos árboles. Sus hojas serán las últimas en caer y sus esqueléticos troncos dibujarán el nuevo paisaje.
Nadie hizo caso del calentamiento global que padecía La Tierra. Se avisó, sí, pero se atribuyó a algo natural y cíclico o a obsesión de ecologistas.
La realidad fue más cruel de lo que casi nadie imaginó. Sólo un escritor de relatos explicó algo parecido en su obra “los últimos árboles”. Visionario o víctima de una terrible casualidad, la cuestión fue que plasmó que la atmósfera del planeta había quedado infectada con la reentrada del Apolo 11 en 1969. Y así fue. Por entonces no se detectó, no había tecnología para ello. Sin embargo, cincuenta años después se detectaron restos de extraños microorganismos impregnados en el fuselaje de lo que quedaba de nave. Microorganismos que pasaron a formar parte de la atmósfera del planeta desde entonces, mutando y reproduciéndose sin control mientras iban alterándola lentamente y produciendo el cambio que finalmente convertirá al planeta Tierra en cementerio Tierra.
“Un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la Humanidad… hacia atrás”, debió concluir aquel astronauta.
Era una tarde de verano de mucho calor y cansados de sudar, mis primos y hermanos decidimos irnos al arroyo que corre en el pequeño bosque, cercano a la casa de verano, ya la sola idea de sus verdes árboles y su susurrante agua nos hacia apurar el paso.Un mago vaga solo por un monte de palabras que nacen una y otra vez sobre el mismo camino.
El mago mira a su alrededor y solo ve palomas ciegas, plumas que viajan en el viento y caen presurosas en un mar de hojas secas.
Con sus manos abre el aire haciendo la señal del crepúsculo sobre su pecho.
Lleva en sus manos un reloj de arena multiplicado por millones y una pequeña pero filosa espada.
Todos los días uno de sus tantos relojes de arena se acaba, entonces el mago con precisión corta el hilo que lo sujeta a su mano, el reloj cae haciéndose pedazos.
El viento recoge uno por unos los restos. El mago besa sus manos y nace otro reloj completamente diferente al anterior. Sigue su marcha incesante. Mas tarde una luz se enciende y el mago se pone otra vez de pie, repite su nombre tres veces y sigue, recogiendo colores, miradas, juegos y miles, millones de cosas de los árboles.
El mago guarda en su morral todo lo que puede y sigue despacio. Mientras un pájaro desde lo alto lo llama por su nombre para que siga:
“…memoria, memoria…”
Pueblo no existe, al menos en los mapas al uso. Sólo se encuentra en la imaginación de cada uno y al lado de un bosque. Es allí donde Caperucita vive y se ha hecho mayor. Ahora ella es la abuelita y el lobo feroz ,aunque no lo diga el cuento, dejó una descendencia de lobeznos buenos que guardan las casas de Pueblo.
Los niños nunca se pierden , el bosque les señala el camino de regreso: no con miguitas de pan, sino con hojas secas en otoño y en el resto de las estaciones, es el Pajarito Pinzón quien les sirve de guía. Los habitantes guardan bien el secreto: el bosque sólo es para los niños y sus animales.
Pulgarcito, un día que se sentía triste, quiso decir al mundo donde estaba Pueblo y su bosque. Los animales sorprendidos, enviaron a las arañas que tejieron una tela a modo de mordaza y también a los mosquitos y hormigas que invadieron todo su cuerpo. Se rindió ante la evidencia y muy arrepentido, ahora es el guarda y defiende el bosque, ese que todos llevamos dentro y nadie sabe donde está.
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