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Alma de bosque mojada en lágrimas descansa sobre su lecho de hojas secas. Nadie conoce de su tristeza y del dolor que siente dentro. Ella no hace daño a nadie pero muchos de los hombres que se adentran y se dejan atrapar por su abrazo sí. Antes de que el sol de un nuevo día nazca, un cielo en llamas amanece despuntando sobre el humo que le obliga a decidir su destino en apenas unas pocas horas, quizás el último que ella vea. Alma de bosque, dulce como la miel, sigue esperando a la joven primavera. Sus colores siempre han sonrojado sus mejillas, ahora pálidas y frías. Ahora su cabello se tiñe de ceniza, ya no quedan flores que adornen el vientre de un lugar de mágica esencia como Alma de bosque. Con los ojos cerrados ella siente que su piel se deshoja poco a poco. El calor abrasador de las llamas derrama su melancolía hasta hacer que pierda la esperanza. Y de su silencio, nace un grito temible, bañado en la soledad de una muerte segura que hace temblar la tierra. Alma de bosque se evapora como la lluvia, en lágrimas de tristeza, se pierde para no volver.
En un claro del bosque, rodeados de hojas y setas crecen tres robles. Dicen que los plantó Adela, una anciana lugareña poco antes de morir. También se cuenta que cuando su hijo menor la vio salir de casa se percató de que apretaba algo en su mano izquierda y al preguntarle qué era ella, misteriosamente, respondió “son mis recuerdos”.
Su hijo, un hombre de cuarenta años la obligó a abrir la mano y vio que solo llevaba tres bellotas. Ella, adelantándose a su pregunta dijo:
– Sé que parecen tres bellotas, pero en realidad son recuerdos: ¿ves esta tan pequeña? La recogí el día que conocí a tu padre, cuando él regresaba de llevar a pastar el ganado y yo acudía al bosque a recoger setas. Esta más pequeña la encontré poco antes de dar a luz a tu hermano, y estas hendiduras en la caperuza sois tu hermana y tú. La tercera cayó del roble que hay frente a casa el día que nació mi nieta. Siempre han estado conmigo y cada vez que las miro revivo todos esos buenos momentos. Ahora quiero plantarlas antes de estar demasiado débil, así el día que yo falte mis recuerdos continuarán viviendo.
Volví al claro del bosque. Allí la había encontrado.
Los castaños contornaban un pequeño círculo y en la parte alta, un monolito marcado de antiguas inscripciones. La piedra era alta, casi como una persona, con tenues líquenes amarillos cerca de la tierra.
Por ella regresé. Por oír su voz ronca, de granito y magia, de sabiduría milenaria. Volví para escuchar las historias del bosque, del bosque que había visto crecer y morir, arder y volver a nacer, extinguirse para retornar siempre joven. Creí que estaba cansada de ser piedra, que tal vez le hubiera gustado ser ardilla, erizo, gorrión o ciervo.
Pero no, su orgullo era ser el testigo de la vida alrededor, de la mano agradecida de la naturaleza y de la cruel del hombre. Testigo eterno de las estaciones y los ritos, del fuego y la lluvia. Respetada por los árboles, era el cofre que guardaba los secretos que sólo ellos conocían, una relación que no me era dado alcanzar.
La acaricié largamente. Alrededor, el bosque de castaños, marrones por el otoño agitaba sus ramas, como un cántico a la roca que contenía el misterio de la vida.
La luna ya había salido cuando me senté en mi piedra favorita, una gran roca que se yergue en el medio de un arroyo, y dejé que las aguas mecieran dulcemente mis pies. Hubo un tiempo en que, una vez al año los habitantes de las aldeas cercanas acudían al bosque para decorar los árboles con cintas de colores, el arroyo se teñía de escarlata con la sangre de los sacrificios y se celebraba un banquete del que yo siempre recibía la mejor parte. A cambio yo me encargaba de proteger a aquellos que se aventuraban en la espesura.
Pero ahora todo ha cambiado: las aguas del arroyo ya no son cristalinas sino opacas y las cintas han sido sustituidas por carteles de colores chillones. En cuanto a mí, ya hace siglos que nadie ofrece banquetes en mi honor, tan solo recibo restos de comida envueltos en papel de celofán.
Descendí de la piedra y contemplé por última vez los árboles a los que, como deidad protectora del bosque, he acompañado desde siempre. Dentro de unas horas, cuando salga el sol concluirá la primera fase de ampliación de la ciudad y mi bosque y yo nos desvaneceremos en la nada.
Toca la orquesta Embrujo en la plaza. Escucho una voz masculina detrás de mí.
– ¿Bailas?.
Me giro y miro al chico. Moreno, pelo largo ondulado. Complexión fuerte. Ojos marrones anaranjados, mirada astuta. Resultón pero algo extraño.
– Sí ¿Por qué no?.
No baila mal, se mueve ligero, pero yo lo hago mejor, voy a clases de baile pero no se lo voy a decir. Bailamos otro par de canciones.
– ¿Vamos a tomar algo?. -dice él.
– Claro.
– ¿A “ La Taberna del Lobo”?.
– No conozco ese sitio, pero si te gusta podemos ir allí.
Charlamos animadamente. Me gusta.
– ¿Te apetece ir a tomar un poco de aire a un lugar más tranquilo?
– De acuerdo hace calor.
Subimos al coche, conduce algunos minutos. Aparca junto a un sendero que desemboca en un bosque.
-¿Paseamos hacia el bosque? – me pregunta.
– Sí.- Le contesto con cierto nerviosismo.
Nos sentamos sobre una alfombra de hierba y hojas, me acaricia, me dejo caer suavemente en el suelo. Miro al cielo. Horror, hay luna llena. Por la cara del chico presiento que ya ha empezado la transformación. No hay marcha atrás, le muerdo, nos amamos como animales.
Como muchos domingos, esa tarde iría con la abuela a visitar a los parientes que vivían al otro lado del río.
Corría delante feliz canturreando con su cristalina voz infantil. Y entonces lo vio en la orilla del bosque y se frenó en seco…a él le ocurrió lo mismo y después de de un instante de asombrados ojos se perdió veloz en la espesura.
La niña volvió sobre sus pasos excitada a contarle a la abuela que había visto a un «homín colorao» muy pequeño….Ella no la creyó nunca, pero desde entonces su imagen la acompañó en los rincones de la memoria. Cuando se hizo mayor volvió al lugar y depositó un beso y un papel cuidadosamente doblado donde decía : «Te regalo mi nombre, ya soy grande y no lo necesito. Serás Mimí, el homín colorao».
Ahora que es testigo de como los humanos devoran los bosques sin piedad, no quiere volver a pasar por allí porque tiene miedo, mucho miedo a que también hayan destruido el mágico lugar donde habita Mimí.
Nunca la creyeron, pero ella jura que es verdad.
Existen ciertas hadas habitantes del bosque responsables de la gente menuda.No se dejan ver a la luz del día.Sólo cuando declina el sol puedes sorprenderlas con un farol incandescente y una varita de avellano prendida en los cabellos.Exclusivamente en este momento se hacen visibles al ojo humano. Es entonces cuando, dejando atrás sus quehaceres de custodia, se entregan a la naturaleza
danzando en corro entorno a guirnaldas de piñas, laureles y velas encendidas. Las hay de todos los colores pero las hadas rojas,las verdes y las amarillas gustan bailar invocando a su reina «Hada Flora» para que les otorgue el don perpetuo de ser como niñas.El corro de las hadas gira y gira sin detenerse preñando de energía al menos dos kilómetros a la redonda. Y al final de sus danzas cuando la luz mortecina de los últimos rayos de sol no logra atravesar la frondosidad del bosque, rien divertidas encendiendo fuegos de artificio con sus varitas de abedul. Es la mágica fracción de segundo en que las hadas, si miras bien, se hacen visibles a la gente menuda.
Floc. Fue un golpe seco, hasta silencioso se podría decir. Era un bosque denso y las barreras de troncos a ambos lados de la cuneta daban más seguridad que idea del peligro que encerraban. Floc fue el último sonido que recuerdo cuando el coche se empotró en el tronco. A partir del accidente todo me sale bien. Fue un golpe con suerte, que me permitió cambiar de coche a mejor precio. En la casa de seguros me dijeron que era poco frecuente que un «siniestro total» se saldase sin daños para el conductor. En mi casa conseguí sacar tiempo para todas esas pequeñas tareas para las que nunca tienes ocasión.
Tanta «suerte» terminó levantando mis sospechas y empecé a investigar.
Hasta en lo personal me pude ir a la cama con quien menos me esperaba. Paréntesis: (esto no es muy creíble, pero visto el resultado de la investigación, bien vale como farol). Todo me sale bien. Incluso el tiempo atmosférico, cuando el pronóstico es de lluvia, me acompaña con un magnífico sol otoñal.
Ha pasado un tiempo de investigación y no consigo saber con certeza.
Mi conclusión: estoy muerto.
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