¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Cuando lo recibió al fin, la avalancha de sensaciones se fundió con olores húmedos de tierra y raíces. Se habían perdido juntos por esos caminos plagados de árboles que se desnudaban ante ellos sin pudor alguno y dejaban caer sus ropajes dorados con atrevida impertinencia. Qué libres se sentían en esta tarde de otoño, descubriendo a cada instante formas voluptuosas atrapadas en las estrías de los troncos o en el algodón de las nubes, mientras se acariciaban mutuamente con la mirada. El murmullo del arroyo era la banda sonora perfecta. Hoy, hasta el tallo agrio de la acederilla sabía dulce… Con los sentidos abiertos de par en par, fueron dejando atrás los ojos vigilantes que habían impedido que sus pieles se tocaran. Pero ya no. Allí extraviados, cuando el sol decidió esconderse discreto tras un rubor de estratocúmulos rosadas, sus labios se encontraron. Había sido su primer beso, el más intenso, fresco y genuino que jamás sintiera.
Tu figura velada se perdió en el bosque. La noche era como aquella noche, la luna segaba virutas de cristal celestes. Las aves pretendían disuadirme con sus graznidos, mientras un lobo acechaba al costado del camino.
La brisa parecía susurrar desde las copas de los árboles.
—Por allí —desde un roble.
—¡No sigas! —lloraba en el sauce.
Yo me quitaba las ramas de encima. Las bocas de oscuridad proponían atajos dudosos. Y, casi tropezando, llegué al claro donde está nuestra casa. Tu carita congestionada asomó por la ventana, y miró hacia mí, pero no me viste. Algo te había llamado la atención. Entonces, el rugido del lobo y al voltear, los faroles de sus ojos sobre mí.
Al caer desaparecí, y despertaste.
Cuando te conocí, me gustaste, pensé… “está bien”, pero no me sorprendiste; no sentía nada especial por ti, no sentía la imperiosa necesidad de verte, no estabas en mi mente,…
Poco a poco me acostumbré a ti. Sin darme cuenta ya formabas parte de mi vida y disfrutaba de cada momento a tu lado. Me gustaba pasar los días o las noches contigo, rozarte, sentirte,… Te buscaba en la mañana, compartíamos amaneceres o gozábamos de bellos atardeceres y me arropabas en las noches que más lo necesitaba.
Y ahora que no estás me sorprendo de lo mucho que te extraño y me doy cuenta que me había enamorado; sin buscarlo, sin quererlo, simplemente te hiciste indispensable.
Ahora que ya no te veo cada día, ahora que desapareciste para siempre y en tu lugar colocaron una zona residencial y en vez de tus añejos robles meciéndose con el viento me encuentro con casas de ladrillo y cemento… ahora me doy cuenta de lo mucho que te quiero.
Tendré que buscar otro bosque que ocupe tu lugar…. pero nunca será igual.
En este bosque mágico, de los nogales caían nueces carlamelizadas, los manantiales burbujeaban aguas con aromas a tibios arcoiris, en cada seta que se alzaba sobre el manto mullido de tonos verdes y amarillos habitaba un simpático gnomo con campanillas en su gorro. La luz que se colaba entre las copas de los árboles te cubría de tules hechos de purpurina y el aire que cantaba entre las ramas te regalaba alas para que navegaras en sus olas. En un castillo de cristal, el hada luminosa que regentaba el bosque ofrecía sonrisas como soles, repletas de cosquillas, de canciones, de risas y de miradas chispeantes…
Sonrió y cerró el libro. A pesar de que su infancia se había quedado en el sendero por el que transitó muchos años atras, cerró los ojos, apagó la luz deseando que el sueño le llevara hasta aquel bosque mágico donde habitaba la ternura.
Escupidos por el mar, yacían náufrago él y su barco en una playa desierta.
Arremolinados frente al zozobrado, resolvieron llevarle en una hamaca de hilos de cáñamo, hacia el denso bosque de la isla. Tenía el cuerpo magullado, lleno de heridas, cortes que sangraban copiosamente. En un estado continuo de duermevela, causado por los fuertes dolores, percibía lejano el vaivén sigiloso de unos hombres ágiles y silenciosos. Le curaban con emplastos vegetales de la selva y rituales de ayahuasca. Nunca vio a sus sanadores, atontado por el efecto sedante de la passiflora.
Un día sin fecha, se despertó robusto, en el velero recompuesto, lleno de provisiones, en medio del mar, rumbo a las tierras de las que había venido.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









