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Erase una vez un bosque encantado de estar encantado, estaba seguro de ser el mejor bosque encantado del mundo… y hete aquí, que tuvo la oportunidad de demostrarlo. Proclamaron un bando por todo el reino convocando un concurso para conocer cual era el mejor bosque encantado de la nación.
Se puso muy nervioso pensando en cómo demostrar que erea el mejor. Pensó en hacer una detallada exposición de los poderes extraordinarios que tenía. Podría decir cómo los árboles bailaban todas las noches moviendo sus ramas al son del ulular de los búhos, y que las luciérnagas jugaban bajo las hojas secas caídas, formando un conjunto de luces y sonido digno de comparar con el mejor espectáculo de las Vegas.
Mientras hacía estas cábalas, vio a una pareja de enamorados que entraba a pasear por sus senderos, los rayos del sol se filtraban entre las ramas de los árboles formando haces de luz que iluminaban las flores, el arroyo tintineaba mientras esquivaba las piedras posadas en su seno. Todo era precioso, y mientras disfrutaba de verlos, escuchó lo que decían.
– «Amor mío, este bosque es encantador»
En ese preciso instante supo que ganaría el concurso.
Se acostumbró a vivir al tacto, descubriendo todas las situaciones apurando silencios y sonidos, distinguiendo semblantes escudriñando aromas. Se adueño del espacio adelgazando el aire que envolvía su cuerpo. Fue aprendiendo a vivir sin perros ni bastones, con su sexto sentido clavado en los cuatro sentidos que exprimía.
Sólo una pena. Una. ¿Cómo se sienten los colores?
Ninguna explicación, ningún ejemplo, sólo una bruma que nunca averiguaba si se correspondía con el blanco o con el negro.
Ella llegó aquel día con su brillante idea.
-¡Al menos, conocerás el verde!
No acarició ninguna expectativa, pero cuando pisó aquel bosque, el olor era intenso ¿sería verde?, el suelo abrazaba sus pasos y el aire susurraba la melodía que dirigía el baile de ramas y de hojas.
Cuando tuvo en sus manos aquella hojita delicada, con los nervios tallados, con gotas de rocío temblorosas, con aromas a fresco y a profundo, tan pequeña y tan llena, tan completa … lo supo.
¡ Había vivido el verde!
Gabriel se arrancó la corbata y la colgó en una de las ramas del bosque, después miró a su alrededor buscando a Eva. Detrás de una enorme roca pudo distinguir sus zapatos de tacón.
Buscando mis antepasados, contacte con Ayuntamientos e Iglesias, hasta que di con unos primos de mi padre, y me invitaron a conocer el pueblo de mis abuelos.
Y alli estaba yo viajando a Almeida de Sayago donde ocurrio esto que os cuento.
Al dejar la ciudad de Zamora comenzaron a desfilar ante mis ojos casitas de piedras, prados llenos de ovejas salpicados de arboles y circundados por cercos hechos de piedra sobre piedra que subian o bajaban según el capricho del terreno, yo que nunca habia visto esta forma de cercar un terreno me quede maravillada. Me sentia como Heidi recorriendo esos caminos bordeados de arboles. Asi transcurrio mi viaje de cuento por mas de media hora.
Al llegar tenia una comision de vecinos que junto con mi prima Pepita me esperaban. Curiosos ellos, de verla a esas horas, en la plaza del pueblo y a falta de mejor cosa que hacer.
Cuando salimos a recorrer la comarca,vimos grandes y añejos arboles.
Mi primo Pepe dijo: -ves esos arboles??? se llaman encinas, estos mismos arboles vieron a tu abuelo marcharse a argentina-
Y eso -amigos mios- es encontrarse con tus raíces!!!
Un bonito dia de primavera, cogi mi libro y me fui al bosque. Alli estaba disfrutando mi lectura mientras los sonidos del ambiente me envolvian.
Al tiempo senti algo extraño, mire a mi alrrededor y vi una mariposa cuyas alas parecian tener mil colores, se alejaba y volvia como si quisiera que la siguiese, fui tras ella persiguiendola, hasta que se detuvo, mire a todos lados y alli estaba una hembra de ciervo dando a luz, pujaba y pujaba hasta que deposito en el suelo su precioso contenido, comenzo a lamerle al tiempo que con ternura le daba pequeños topetasos para que se levantara -todo el bosque pareció silenciarse, expetante, ante el maravilloso acontecimiento- paso un minuto, dos…tres el silencio era casi total, y el pequeño cervatillo, con patas temblorosas comenzó a levantarse, se puso en pie y los primeros pasos fueron para prenderse de la tetilla de su madre para alimentarse.
Y el bosque estalló en sonidos, el agua bajaba resonando a borbotones, los pajaros trinaban a todo dar y yo…yo aun inmovil, mire el azul del cielo y pense – humano, no extermines esta belleza-
Anochecía cuando llegaron a los límites del bosque. Los viajeros estaban perdiendo la esperanza de llegar con aquel tiempo a la Posada de las Merindades, sita a unos centenares de metros del final de la frondosa pineda. Jalonada esta por centenarios árboles como encinas y sabinas, la fuerte nevada estaba borrando toda huella del discurrir del camino, solo adivinado por los troncos de los árboles que, a modo de guías, lo señalaban. Los caballos inclinaban la frente intentando protegerse del azote de la ventisca que comenzaba a arreciar por momentos.
-Dios mío, ¿qué vamos a hacer?, se lamentaba la viajera. Vamos a perecer helados si nos quedamos atrapados. El Moro, de raza Mastín del Pirineo, adaptado a esas duras condiciones climáticas y buen conocedor del contorno, -antaño vivió en la venta-, intuyendo el problema avanzó unos metros y con sus ladridos, alertó de una oquedad en el terreno preservada por una frondosa sabina. Allí podrían pasar la noche protegidos, personas y animales.
Hecho esto desapareció, dejando preocupados a los pasajeros. Al cabo de dos horas, reapareció ladrando con fuerza. Tras el venían gentes de la posada en su socorro. La mujer, no pudo reprimir el llanto abrazando al can salvador.
Miré al cielo. «No, allí no está». -pensé convencida de que no la conocían. Desde pequeñas habíamos jugado en el Bosque del Búho, desde que recuerdo siempre fue así. Mi hermana me llevó mil veces de la mano por sendas sinuosas, a través de la espesura verde y dorada. Me enseñó las voces del agua que corría alegre por las venas del bosque, y el aroma perfumado del musgo bajo la hojarasca. A veces se escabullía cuando nadie la veía y volvía al atardecer, con los ojos encendidos y oliendo a tierra mojada, contando que había visto una camada de lobos, o un cárabo en un tronco muerto, o un tritón cerca del manantial. ¿Que está en el cielo?. No lo creo. Yo sé que mi hermana se ha quitado sus zapatos y su vestido y se ha ído a jugar con las otras ninfas del Bosque. Sólo espero que su olor a tierra se quede en nuestra casa.
Creí que nada me iba a impedir sentir la libertad que soñaba en mi juventud. A lo largo de mi vida he amado muchos bosques, cada uno distinto, produciendo en mí distintos sentimientos, pero todos ellos igual de emocionantes. Primero fueron los juegos infantiles alrededor de un simple merendero, acompañado de toda la familia. Más tarde sentí la necesidad de explorar lugares nuevos, al menos para mí, sintiéndome un auténtico aventurero. Después descubrí, que más allá de aquellos bosques, se somaban altas montañas. Deseoso de llegar a tocar el cielo, conseguí coronar muchas cimas.
Sin embargo hoy me veo aquí en un día invernal, escondido en un rincón descuidado del parque de mi ciudad, retirado de la muchedumbre y de las flores ordenadas, encerrado en un cuerpo que no me permite evadirme más allá del pensamiento o los recuerdos. Como un roble viejo ya sólo espero volver a ver otra primavera.
Había en el bosque una enorme carrasca en cuya cúpula un par de cigüeñas tenían su hogar. Año tras año, allí criaban a sus hijos. Xiscu era un niño de unos ocho años, que se encontraba solo y en silencio, pedía un/a hermanito/a para jugar.
Un día, su amigo Colás, estaba eufórico: ¡la cigüeña me ha traído un hermanito! Xiscu no salía de su asombro ¿cómo podía ser eso? Él llevaba mucho tiempo formulando ese deseo sin obtener resultados. Entonces recordó como en el bosque, en lo más alto de la gran carrasca, estaba el nido de las cigüeñas. En su imaginación comenzó a tomar fuerza una idea. Iría hasta allí, al pie del gran tronco, a rogar a las cigüeñas la entrega de un hermanito. Y no pensaba regresar sin una promesa en ese sentido. Dada la voz de alarma por la desaparición del niño, organizaron batidas para buscarlo. Recorrieron lo más intrincado del bosque sin éxito y cuando al amanecer unos batidores regresaban por el camino que cruza bajo la encina, hallaron al niño acurrucado y dormido al pie de esta.
-¿Qué haces aquí? Le preguntaron estupefactos.
-Quiero pedirles a las cigüeñas un hermanito, fue su respuesta.
Adelante. Siempre adelante.
El sendero parecía un túnel, las ramas de los árboles formaban un arco casi perfecto con los colores dorados, anaranjados y marrones del otoño.
Ya dentro de la senda, y casi desde el principio, el viajero se sintió trasladado a un lugar mágico; casi podía oír el silencio, los árboles centenarios le susurraban bellos fragmentos de su historia, pizcas de sabiduría. El sentimiento de paz, de sosiego era inigualable.
Todo invitaba a quedarse.
De vez en cuando detenía su marcha. Entonces oía… escuchaba; cada vez se sentía más parte del bosque, cada segundo que pasaba se convertía en un segundo más de felicidad.
A su pesar, siguió andando. Justo donde empezaba el camino de piedras y acababa la vereda, el viajero se paró. Miró hacia atrás; por un momento sintió la tentación de volver sobre sus pasos y quedarse allí. Pero al igual que Ulises en su viaje de regreso a Ítaca aguantó los melodiosos e irresistibles cánticos de las sirenas que llevan a los hombres a su perdición; el viajero también resistió y reanudó su camino. Adelante, siempre adelante… pero incrustado en su alma llevaba, para siempre, el deseo inquebrantable de VOLVER.
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