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Sería culpa de la luna llena, pero el caso es que por la savia de su albura, le subía un calor desconocido, tierno y arrebatador. Aquel cosquilleo, posiblemente fuese lo que llaman amor, sentimiento que nunca había experimentado.
Navegando por procelosos e ignotos mares arribó al sitio. Al borde del camino, en la maraña de aquella tupida red, no percibió que quizá el sendero ocultara alguna trampa o tal vez le introduciría a un bosque encantado. Era necesario penetrar a fondo aquel frondoso y lujurioso follaje para vivirlo y escucharlo; para disfrutar de la armonía más maravillosa. El trino de los mirlos, de los ruiseñores más exquisitos a dúo con las oropéndolas, los grillos más incansables con su cric-cric monocorde, la fragancia de sus sotos y sobre todo ella, el Hada Blanca de los sueños inacabados. Siempre rodeada de un halo que la ocultaba y precedida por una corte de ninfas y elfos saltarines. Sería llamado a ser el roble bajo cuya copa la magia buscaría refugio. Cautivo de aquel hechizo, creyóse de verdad sus sueños, hasta que un día la dama blanca despreció su cobijo y desapareció; el bosque se marchitó y las ramas y hojas del viejo roble, se consumieron. Cuando pasado un tiempo al Hada llegaron los atribulados ruegos del lobo, quiso regar las raíces del árbol con sus lágrimas y devolverle la vida. Solo percibió el triste lamento de los moradores del atribulado bosque.
Todos marcharon, yo decidí quedarme al lado de tía Engracia y de sus caldos caseros que alimentaban hasta a los muertos. Restauré la casa junto al bosque y permanecí allí junto a mi soledad observando como el pueblo iba quedándose apagado.
Decidí alojar a los senderistas que se aventuraban por los caminos umbríos del bosque y los alimentaba con los caldos y recetas de mi tía Engracia.
Poco a poco la fama de mi buena comida casera y de mi familiaridad con los turistas se fue extendiendo por el mundo.
Hoy, desde mi ventana, observo el bosque, agradecido. Escucho el griterío de los niños en el estanque, asustando a los patos y recuerdo la soledad de años atrás.
El pueblo ha vuelto a renacer; somos más de cuarenta vecinos y otros, como yo, se aventuraron a reconstruir las casas de sus abuelos para albergar turistas.
Sonrío ofreciéndole al bosque mi estrella Michelín. Él, desde su silencio amigable, me ayudó y me enseñó a vivir entre árboles. Sin el bosque este sueño nunca se hubiera cumplido.
Donde habitaban verdes bosques, donde nacía el oxígeno que daba la vida, hoy mueren los últimos árboles. Sus hojas serán las últimas en caer y sus esqueléticos troncos dibujarán el nuevo paisaje.
Nadie hizo caso del calentamiento global que padecía La Tierra. Se avisó, sí, pero se atribuyó a algo natural y cíclico o a obsesión de ecologistas.
La realidad fue más cruel de lo que casi nadie imaginó. Sólo un escritor de relatos explicó algo parecido en su obra “los últimos árboles”. Visionario o víctima de una terrible casualidad, la cuestión fue que plasmó que la atmósfera del planeta había quedado infectada con la reentrada del Apolo 11 en 1969. Y así fue. Por entonces no se detectó, no había tecnología para ello. Sin embargo, cincuenta años después se detectaron restos de extraños microorganismos impregnados en el fuselaje de lo que quedaba de nave. Microorganismos que pasaron a formar parte de la atmósfera del planeta desde entonces, mutando y reproduciéndose sin control mientras iban alterándola lentamente y produciendo el cambio que finalmente convertirá al planeta Tierra en cementerio Tierra.
“Un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la Humanidad… hacia atrás”, debió concluir aquel astronauta.
Era una tarde de verano de mucho calor y cansados de sudar, mis primos y hermanos decidimos irnos al arroyo que corre en el pequeño bosque, cercano a la casa de verano, ya la sola idea de sus verdes árboles y su susurrante agua nos hacia apurar el paso.Un mago vaga solo por un monte de palabras que nacen una y otra vez sobre el mismo camino.
El mago mira a su alrededor y solo ve palomas ciegas, plumas que viajan en el viento y caen presurosas en un mar de hojas secas.
Con sus manos abre el aire haciendo la señal del crepúsculo sobre su pecho.
Lleva en sus manos un reloj de arena multiplicado por millones y una pequeña pero filosa espada.
Todos los días uno de sus tantos relojes de arena se acaba, entonces el mago con precisión corta el hilo que lo sujeta a su mano, el reloj cae haciéndose pedazos.
El viento recoge uno por unos los restos. El mago besa sus manos y nace otro reloj completamente diferente al anterior. Sigue su marcha incesante. Mas tarde una luz se enciende y el mago se pone otra vez de pie, repite su nombre tres veces y sigue, recogiendo colores, miradas, juegos y miles, millones de cosas de los árboles.
El mago guarda en su morral todo lo que puede y sigue despacio. Mientras un pájaro desde lo alto lo llama por su nombre para que siga:
“…memoria, memoria…”
Pueblo no existe, al menos en los mapas al uso. Sólo se encuentra en la imaginación de cada uno y al lado de un bosque. Es allí donde Caperucita vive y se ha hecho mayor. Ahora ella es la abuelita y el lobo feroz ,aunque no lo diga el cuento, dejó una descendencia de lobeznos buenos que guardan las casas de Pueblo.
Los niños nunca se pierden , el bosque les señala el camino de regreso: no con miguitas de pan, sino con hojas secas en otoño y en el resto de las estaciones, es el Pajarito Pinzón quien les sirve de guía. Los habitantes guardan bien el secreto: el bosque sólo es para los niños y sus animales.
Pulgarcito, un día que se sentía triste, quiso decir al mundo donde estaba Pueblo y su bosque. Los animales sorprendidos, enviaron a las arañas que tejieron una tela a modo de mordaza y también a los mosquitos y hormigas que invadieron todo su cuerpo. Se rindió ante la evidencia y muy arrepentido, ahora es el guarda y defiende el bosque, ese que todos llevamos dentro y nadie sabe donde está.
Prismáticos, podómetro, pulsómetro… Mete el trípode pequeño para la cámara de fotos. No sé si cabrá en la mochila. Ya llevo las camisetas térmicas, la roja y la negra, los pantalones desmontables beige que pegan con todo, el chubasquero y las botas impermeables. Coge el sombrero de paja que te regaló tu hermana, que nunca se sabe y como le dé por hacer sol… Y la brújula, que acuérdate lo que nos pasó la última vez.
¿Se ha enfriado ya la tortilla de patatas? Guárdala tú que estoy buscando el chocolate con almendras. Que no se te olviden las barritas energéticas para media mañana. Ah.. y los sobaos que compramos ayer en la panadería, que nos los tomamos de postre.
El navegador último modelo tardó en encontrar el área recreativa de donde salían las atractivas rutas del parque natural. En el parking, encontraron un hueco entre dos coches donde emplazar la mesa plegable y las hamacas. Sacaron la cesta de picnic de veinte piezas recién comprada en las rebajas y parapetados tras sus gafas de sol antirreflectantes, se dispusieron a disfrutar de aquel esplendido día en la montaña.
Sumaba pasos acolchados sobre las hojas desahuciadas durante el otoño. Hacia ninguna parte. Únicamente, le acompañaba el sonido de sus pisadas construyendo la callada sintonía de aquel lugar, y sólo al detenerse y acompasar a la pausa su agitada respiración, fue consciente del resto de escondidos componentes de aquella orquesta al aire libre.
Pero no quería parar. De momento, no quería. Cada metro paseado a la umbría de los árboles, le alejaba miles de kilómetros de su vida prisionera, proyectando luz a sus pensamientos. Cuanto más se empinaba la cuesta, más atrás quedaba el cansancio que invadía, a ritmo del estridente despertador, su mente cada amanecer diario. Camino de la cima, sus ojos abiertos apenas pestañeaban; pero no dejaba de soñar.
Tras alcanzar el mirador supo que ya había llegado a ninguna parte. Desde allí pudo contemplar el más acá. En la inmensidad de su mirada miope fijó la vista hasta distinguir un intenso brillo. El reflejo del cristal de su pequeño utilitario. El mismo que otro sábado más le había permitido viajar a la libertad.
Cuando el jadeo cesó, el aliento que desprendía el ardor de su cuerpoAquel sendero de arena conducía hasta la gruesa fila de eucaliptos para dar paso a los pinos, bajo cuyo follaje, la frescura reinaba. Antes de llegar a la playa había que recorrer unos quinientos metros de bosque en línea recta para ver el mar azul. Apurada, Elena trastabilló en la raíz saliente de una rara enredadera que se enrollaba en el tronco de un árbol. Cayo de bruces y no pudo levantarse, el dolor la atornillaba a la tierra húmeda. Pasó un buen rato hasta que un joven de barba colorada, con aspecto de extranjero, quien a la sazón caminaba por entre los esbeltos y verdes ejemplares, llegó en su auxilio. Dejó su mochila y la ayudó a incorporarse, pero la joven no podía caminar. Tuvo que alzarla y llevarla entre sus brazos hasta la ruta. Mientras caminaba sin hablar, ella casi inconsciente, pudo sentir el palpitar apurado de su corazón. Cerró los ojos por un instante y al abrirlos, el techo blanco de la sala del hospital la desorientó. Sentado a su lado estaba el pelirrojo que la miraba enternecido. El encuentro en el bosque había signado sus destinos. De ahora en más, siempre estarían juntos.
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