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Tras cerrar el libro se quedó contemplando aquel paisaje de ensueño por unos instantes. Después, lentamente, cerró los ojos y llenó los pulmones de aire puro. Como cada inicio del otoño desde hacía muchos años, se permitía siete días libres para irse al norte; a los increíbles robledales de la cordillera cantábrica. Buscaba su árbol preferido (un gran “carbayu” como decían por la zona) y se ponía a leer a sus pies.
Poco más hacía durante aquella semana. Leía hasta que la luz declinaba. Después, contemplaba el atardecer. Le encantaba ver como la luz bajaba y la alfombra natural sobre la que descansaba se iba inundando de rojos, amarillos y marrones mientras el sol se despedía tras los majestuosos picos del cordal.
Aquella tarde se quedó un instante mirando su libro. Se lo sabía de memoria, pues era el que leía siempre en sus vacaciones. Mirándolo pensó: “Linda, aún vive feliz y ajena a todo lo que vendrá. Ajena al tiroteo. Ajena al dolor.”
Posando el libro y mirando el horizonte azul y naranja pensó: “¡Ojalá alguien parara ahora de leer y me dejara para siempre en este paraíso verde, feliz con mi libro junto a este viejo roble!”.
Estaba deprimido por mi situación económica. Como millones de españoles me quedé sin trabajo. Lo primero en que pensé fue ir a la Casa de Campo; para mi es un bosque maravilloso, especialmente el Lago es mi sitio favorito. Allí están los “cedros del Atlas”, unos árboles colosales que pueden vivir mil años. Son tan majestuosos que parecen gigantes de cuento.
Una vez en el Lago, di una vuelta alrededor hasta que me topé con un plátano de sombra gigantesco. Me impresionó tanto que me quedé mirándolo bastante tiempo. De súbito sentí una voz en mi inconsciente: Abrázame. Sin pensarlo me acerqué y abracé el árbol. Sentí una energía en todo mi cuerpo, como todas las células se regeneraban. Entonces perdí el tacto de mi cuerpo y observé atónito escenas del pasado como si se tratara de una película. Vi a personajes famosos como Goya pintando el retrato ecuestre de Fernando VII, a Alfonso XII yendo de caza y atrocidades: españoles matándose en la guerra civil.
Recuperé la conciencia y me di cuenta de que un ancho cartel que estaba detrás decía:
“El Plátano Gordo, único ejemplar de veinte metros de alto, cuatro de perímetro y más de doscientos años.”
Mi nombre es bosque. De liquen son mis barbas. De corteza mi atuendo, con muchos remiendos de musgos zurcidos. Mi pelo es fronda; calvo es mi invierno. Canto al viento. Lloro en las mañanas frías y en las muy frías apenas me despierto. Dicen de mí que siempre ando por las ramas, más tengo los pies bien en el suelo. Como tú, transeúnte de lo más íntimo, que posas tus ojos abiertos en todo y en nada. Sé bienvenido. Si esperas historias, nada prometo pues nada controlo. Si esperas las musas yo no las tengo. Si buscas saberes, solo una cosa: antes estuve y después seguiré estando, cuando todo para ti acabe. Serás entonces de nuevo bienvenido. Bosque es mi nombre, transeúnte. Antes, ahora y siempre.
Las temperaturas suaves no salen del soto del otoño. Las hojas, lentas caen de los árboles con su trémulo color amarillo. Han podado las moreras y les han abierto heridas dejándolas a la intemperie. Los barrenderos mecánicos llevan horas y horas recogiendo las astillas y el serrín en las calles.
Quienes deambulan por las aceras, miran hacia arriba, buscando el ropaje de las tullidas ramas. Se encuentran con un sol que encandila y los pájaros revolotean buscando el cobijo del pequeño bosque urbano.
En la mirada todavía le queda el recuerdo y el brillo de la escarcha sobre la hierba en los bancales, de los árboles en flor, de los carnosos frutos del verano…Siempre hablaba de sus labores hortícolas en los paseos diarios.
En su pueblo nunca hubo un bosque, ni cerca, ni lejos. Ahora, ya se encuentra en la estación de los tonos oscuros. Un macizo de cipreses alrededor, son su compañía. La cortejan para siempre.
Un vaho mineral se elevaba, cómplice, desde las entrañas del bosque y se mezclaba con las fragancias de la superficie en una danza nupcial que presagiaba futuros nacimientos.
Amanecía. Una gota de rocío quedó colgada de mil hojas reflejando su entorno con la lucidez de un espejo. Bastante cerca, el murmullo del río arrancaba arpegios de gloria en honor de un sol señorial que se asomaba entre las copas de los árboles.
Maite respiró armonía por cada uno de sus poros mientras una sensación de levedad se apoderó de su cuerpo, despojándola del lastre de su perpetua cotidianeidad hoy vencida. Allí se sentía otra, era otra. Era ella misma. Dos lágrimas de felicidad se unieron a la única gota de rocío que aún colgaba de mil hojas y también se convirtieron en espejos, esta vez, de su propia alma. No volvió a la ciudad, prefirió quedarse y vivir…
Envuelto por haces de luz, me doy al camino abierto de par en par, y muy distinto a cualquier asfalto que se precie del tránsito más pesado. Humedad de la buena, rocíos, perfumes silvestres, van rodeándome sin premura, dejándose gozar. Hace tanto que mi alma-piel tenía necesidad de tamaño nutrimento, hecho de paisajes por doquier, trinos como encantos, hojas guirnaldas al caer en suspensión. ¡Cuán libre me siento ahora!, emancipado del oído continuo para atender la marcha de motores escupiendo smog, y de los sentidos en guardia ante posibles ataques porque sí. El único ruido es tan natural que suma al silencio en torno; pero este escenario me habla, y dice pájaros amaneciendo, dice árbol sonriente ante mi menuda presencia. Un día traeré conmigo a la más pequeña, aquella que ilumina mis sueños, para que sepa temprano sobre la abundancia escondida en las flores, de la enseñanza que rumían aquellos rebaños cara al sol y las lluvias. Es preciso que conozca dónde no entran la codicia ni el poder desmedido. Y que juntos disfrutemos un despertar indecible a cuanto albedrío se pueda contener
-Un cuadro tuyo. Eso quiero para mi cumpleaños, pero de estilo impresionista.
Desde que su abuelo le había animado a apuntarse al curso de pintura, su forma de mirar el mundo había cambiado. Lo veía desde otra perspectiva. Por eso la petición que le había hecho no se le iba de la cabeza: ¿estilo impresionista?
Buscó en Internet. Por fin sabía lo que tenía que hacer. Cogió los pinceles, preparó la tela y… Utilizó toda la gama de los verdes. Pinceladas rápidas y empastadas para plasmar la variación cromática. La huella de la luz en el color, eso era lo que había que lograr. Cuando lo terminó, lo envolvió amorosamente y esperó a que llegara el gran día. Estaba ansioso por ver la cara de su abuelo. Le abrigaba la seguridad de que le gustaría.
Y llegó. Y convenció; aunque no a su madre:
-Pero esto… ¡es una hoja pintada de verde!
– A ver… ¿a ti qué te sugiere? -le preguntó el abuelo
-El verde, dices, pues… no sé… naturaleza, supongo: monte, bosques, árboles, plantas…
-¡Objetivo conseguido!
Y con un guiño de abuelo a nieto se fueron en busca del rincón perfecto para colgarlo.
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