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A mi pareja actual y a mí nos encantan las casas rurales con muchas actividades, senderismo, bosques, ríos, playas cercanas y picadero. Y los niños con su madre.
Nosotros no salimos de la casa en todo el fin de semana y aprovechamos la ausencia de los otros para disfrutar de ella.
Llevamos un bolso con la comida y bebida y si hay microondas y neverita todo resuelto.
Tenemos una maleta con juguetes eróticos, adminículos y complementos para nuestras fiestas. El otro fin de semana en Ezcaray, una señora volvió antes de tiempo por unas pérdidas y nos pilló en el salón, yo en pelota picada con un gorro de navidad, enhiesto como un unicornio y persiguiendo a mi chica desnuda también, que blandía un vibrador de negro Mandinga.
La señora se quedó en la puerta y la pérdida ya fue total y nosotros al grito de somos elfos y a saltitos la sorteamos a ella y al charquito y nos subimos a nuestra habitación.
En una casa en Donamaría que enseñan a amasar pan, lo hicimos en la mesa como en el cartero llama dos veces, nos pillaron por las huellas harinosas del pasillo.
Somos adictos al turismo rural.
Caminaba descalzo de esperanza, por un sendero arbolado, su perfectiva infinita abrazada mi cuerpo con sus robustas ramas, y las sombras de los árboles reflejaban rostros de enfado que perseguían mi paciencia. Era de noche y estaba perdido.
Sus ojos penetrantes me invitaron a salir, el búho mágico estaba allí esperándome, me guió a la salida de aquel laberinto y sin apenas ser consciente, regrese a la realidad de mi equilibrio.
Los malos momentos habían desaparecido y ahora debía de aprender a caminar en soledad, con la alegría de la luz del sol, con la enrome ilusión de cada amanecer.
Deje de vivir en futuro y comencé a sobrevivir en presente, y de esta manera el susurro del viento calido, acaricio mi mejilla, una suave lagrima recorrió mi rostro, al contemplar tanta belleza.
Abrace a mi madre, naturaleza, observe su plenitud, sentí su aroma, y dibuje sueños en las nubes. Tras dejar atrás, la cárcel de asfalto que me había mantenido prisionero en su
Maquina del tiempo inventada por el hombre.
Temí que aquella felicidad, la enorme sensación de libertad que manaba desde mi interior, tan solo fuera un espejismo. El baile de los árboles y la música del viento… me enseñaron a vivir.
Cuando ya todos lo dan por desaparecido soy yo quien insiste en darle otra oportunidad y organizar una batida más para poder hallarle con vida. Él y su mujer son mis mejores amigos y no puedo soportar el disgusto al ver la desesperación de ella, la muda súplica en sus ojos. Cada vez que la miro y la veo así, no lo puedo soportar. Por eso tengo que encontrarle.
La mañana había empezado alegre con los preparativos de las excursión, pero se torció con la tormenta, el frío, la nieve y sobre todo cuando él se perdió en el bosque. Enseguida, en medio del caos, organizamos su búsqueda, pero hasta ahora no hemos tenido suerte. Sólo quedamos unos pocos voluntarios para seguir buscándole por lo que sugiero que nos separamos y así poder cubrir más terreno. Yo me dirijo a una zona escarpada y cubierta por una espesa vegetación que no hemos registrado todavía, y ahí es donde oigo su agónica llamada de auxilio, más parecida a un estertor, pero la ignoro. Sólo quiero asegurarme de que él no va a vivir hasta que lo encuentren los demás. Me gusta mucho su mujer.
El pino la tenía tomada conmigo. Decidí congraciarme con él y acudí el sábado temprano a limpiar. Mientras recogía ramas y hojas –mi especialidad, según mi jefe de equipo- , no dejé de mirarle. La verdad es que siempre convergía en el corazoncito que le tallé con quince años; un “Montse y yo” dentro. Me sentí fatal, como cada vez que veía esa herida que el pino no parecía querer perdonar.
Cuando até el último saco, vi la oportunidad de redimirme.
Un loco apuntaba con un arco hacia el pino.
-Al centro del corazón, entre Montse y quien sea, -anunció el Robin Hood de pacotilla.
Oí tensarse la cuerda y juro que sentí el retroceso máximo y el primer impulso de la flecha. Más rápido de lo que me haya podido mover nunca, más rápido que Clint Eastwood protegiendo al presidente, me interpuse entre el sibilante dardo y el corazón del árbol. Justo a tiempo. Quizá, para ser exactos, un par de décimas de segundo antes.
Me costó una semana separar la ventosa de la camisa verde, mi favorita.
Desde entonces, Montse y los niños volvemos a acampar bajo el pino jefe, que me mira con menos severidad.
Aquí, más allá de la profundidad de mi mirada, dentro de mis pensamientos, existe un bosque palpitante de vida. Caminos alfombrados de hojas amarillas por los que me gusta transitar, árboles que dan cobijo a mis sueños, un arroyo de aguas plateadas por donde navegan mis ilusiones embarcadas sobre cáscaras de nuez. Una tenue bruma envuelve a veces este paisaje, transformada en espesa niebla en puntuales ocasiones. Lo mejor es cuando el sol ilumina todo esto y sus rayos, aliándose con la humedad reinante, terminan por formar un arco iris en el que me gusta deslizarme hasta aterrizar sobre un lecho mullido de color verde, en donde las mariposas se alteran por mi llegada y terminan por revolotear alrededor de mi presencia sin descanso.
Aquí, más allá de la profundidad de mi mirada, donde habitas perennemente tú.
La película ya había empezado cuando la pareja se sentó delante de mí. Pude ver las siluetas recortadas contra la pantalla. Al principio no noté nada, pero cuando ya habían pasado unos minutos percibí la esencia de un perfume que conocía. Puede que fuera ella una de las dos siluetas abrazadas que tenía delante. En ese momento la película estaba en una sucesión de escenas nocturnas y apenas podía distinguir nada, pero entonces ella hizo algo que ya no me dejó duda sobre su identidad: se sacudió el pelo de una forma que sólo la persona que yo conocí podía hacerlo. Mi memoria sumó el olor y aquel movimiento de anuncio de champú y como un resorte me levanté y salí a la noche estrellada. Recordé los versos de Neruda: “en noches como ésta la tuve entre mis brazos”.
Al cumplir sus quince años, según el ritual de su pueblo situado en el corazón del bosque, María tuvo que hallar su árbol predestinado. Es preciso, el árbol era el que elegía al niño, llamando su nombre, para desvelarle el futuro: tú vas a ser carpintero, tú – pescador, tú – tejedora… y del tronco de dicho árbol tallaban barcos, muebles, telares y otras cosas que traían suerte al niño elegido.
María recorrió todos los senderos del bosque, sin oír palabra alguna, hasta a la puesta del sol. Entonces, divisó un abeto aflautado que brillaba en una mágica nube de luz. Una voz irreal, suave y fascinante llamó su nombre: María… Se acerco encantada y lo abrazó. Se quedó así toda la noche, escuchando sus dulces y melancólicas palabras.
¿Qué te dijo el árbol? preguntó su madre. ¿Vas a ser tejedora, cocinera?… ¿monja?… ¿o te vas a casar con el Príncipe Azul? La niña negó con dulzura: me dijo que me amaba tanto, que nunca nos íbamos a separar…
La próxima primavera, María murió súbitamente y del aflautado tronco tallaron el pequeño ataúd en que la niña y el abeto siguieron durmiendo abrazados, inseparables, por la eternidad…
A medianoche (a juzgar por la altura de la luna) y aterida por el frío, me tumbé sobre las hojas decidida a morir. Abandoné las esperanza de un rescate mientras el dolor de mi pierna me enseñaba una lección de magnitudes. El viento interpretaba una melodía orquestral. «Una marcha funeraria magnífica»- pensé. Me acordé de mi niña bonita. De cuanto la iba a echar de menos. Me acordé de mis padres, de lo mucho que sufrí al perderlos. Vacié mi mente, me relajé y me sentí preparada para ceder mi calor a la atmósfera y vaciar definitivamente mis pulmones. Y cerré los ojos. Pasados unos minutos, me levanté y caminé los escasos 100 metros que me separaban del jardín trasero de mi casa. Una vez más, mi pequeño ritual en mi «pequeño bosque privado» me hizo sentirme a salvo. Una vez más.
Lentamente, paso tras paso, sólo sintiendo la suave hierba bajo mis pies… Extiendo los brazos como si de pájaro que fuese a alzar el vuelo se tratase… Las puntas de mis dedos acarician madera, hoja, viento… Lentamente, paso tras paso, respirando profundamente para que el aroma de la madre tierra penetre hasta mis pulmones insuflándoles más vida de la que jamás fui capaz de sentir. Nunca un silencio tan lleno de sonido fue tan maravilloso. El bosque habla miles de lenguas, pero todas ellas hablan como una sola.
Sigo recorriendo un camino sin sendero, y a pesar de no saber que me deparará, sólo curiosidad infantil que pensé que hacía tiempo que había perdido es mi compañera. No necesito más. Hermoso horizonte se presenta ante mí… Lentamente, paso tras paso, entro en simbiosis con todo aquello que me rodea, me abraza, me hace partícipe. Aquí no soy una extraña entre extraños…aquí solamente un pájaro que quiere alzar el vuelo soy.
Era del color templado del fuego, como lo es el cielo cuando se apaga la luz de un día soleado de Octubre. Y como lo hace la noche, atardecía en silencio, legando su regazo a aquellos que le visitaban sin más pretexto que el de sobrevivir a los sueños, sin más razón que la de soñar otras vidas. Con sus ojos, como nudos, contemplaba cómo se acurrucaban los duendes a la par que escribían poesía, mientras los senderos de débil trazado acariciaban sus arreboladas ruinas.
Estaba muerto, sí, pero ya no sufría. No tenía hojas, pero las sentía.
Lucía una melena tosca que aclaraba con el rocío, la peinaba con esmero y así le daba la sombra al rayano castaño que le sostenía.
Estaba muerto, sí, se había ido con prisa, pero no había en aquella floresta una corteza que germinara más vida.
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