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Tras el beso de buenas noches, la luz se apaga y se cierra la puerta. Es el momento favorito del día, precisamente cuando las estrellas ya lucen en el cielo. De debajo de la cama saca su lata. No se cansa de observar una y otra vez el rostro sonriente de esa madre que la mira. Lee a duras penas los recortes de prensa que guarda de ella. El que más triste le pone es el que habla del accidente, aquél que le robó la fama. A veces sueña con llegar a ser una estrella como su madre, pero le da miedo por si le pasa como a ella y deja huérfanos a sus hijos, porque ellos ya no tendrán abuela.
No olvido tu mirada, tampoco supe que decirte, fueron años donde aprendí a conocerte y amarte, él nunca te quiso, el maltrato era constante y nada podías hacer, mi abrazo te consolaba.
Fueron tiempos difíciles en la propiedad, cada quién se ocupaba solo de su vida, fuimos compañeros de vida y momentos que me parecieron mágicos, sé que no lo podías entender pero lo sentías. Él siempre quiso deshacerse de ti, pero pude retenerte a un alto costo y muchas discusiones.
Hoy preguntó por ti al notar tu ausencia, trató de indagar donde estabas, su hijo quería conocerte, los niños no saben discriminar aun sabiendo que tu salud flaqueaba. Tuve que decirle que habías partido, que su abandono y desidia minaron tu deseo de vivir, hoy ya eras una estrella que titilaba en ese cielo que solíamos contemplar cuando quedábamos solos en la fábrica.
Su hijo le reprochó con la mirada que no lo hayas traído antes cuando te lo pidió porque él quería conocer ese perro del que siempre hablabas. Al niño le conté que estabas en una de esas estrellitas que titilaban, me lo agradeció luego de secarle dos lágrimas que deslizaban furtivas por el rostro…
Terminaba su labor apenas asomaban las primeras luces. Al irse dejaba tras de sí el cielo pálido y limpio, y un rastro neblinoso de soledad. Mientras, a ella le amanecía justo al salir para otro día más de trabajo. Se cruzaban en la escalera e intercambiaban tareas por hacer, listas soñolientas de la compra y algún beso manchado de rutina. Luego él entraba en el piso, bajaba las persianas y se apresuraba a dormir en la cama deshecha, antes de que se esfumara la tibieza que su cuerpo dejaba como un recado. Solo a veces, antes de cerrar los ojos, se atrevía a asomarse al saco con el que siempre cargaba. En su fondo brillaban las estrellas que había ido recogiendo toda la noche. Las mismas que le prometió aquella tarde lejana. Las que ahora no tenían tiempo de contemplar juntos.
Estela miraba las estrellas con admiración y nostalgia recordando aquellas historias que le contaba su abuelo. Siempre decía que las estrellas eran las almas de personas que habían vivido una vida extraordinaria. Estela soñaba con ser una de ellas algún día. Aunque su vida era muy corriente y sencilla. Vivía en un pueblo pequeño y aburrido, donde nunca pasaba nada y era de familia pobre y trabajadora. Por las tardes ayudaba en la panadería preparando la leña del horno. En el colegio donde estudiaba no tenía amigos y Estela se sentía diferente, como si no perteneciera a ese lugar.
Un día, recibió una carta que cambiaría su destino. Era una invitación para participar en un concurso de astronomía a nivel nacional, que se celebraría en la capital. El premio era una beca para estudiar en la mejor universidad del país, donde había un observatorio astronómico de renombre mundial. Era la oportunidad que había estado esperando toda su vida.
Pero nunca llegó a ir. La noche antes de partir, un incendio arrasó su casa y su familia. Estela murió entre las llamas, mirando las estrellas.
Y así se convirtió en una de ellas.
El montoncito de arena que se está formando a mis pies es una amenaza creciente. No puedo moverme y, con cada réplica, he visto cómo caía ese polvillo desde una viga que había atravesado el techo. No sé lo que aguantará. También he oído voces lejanas y he gritado hasta la afonía. Ahora es de noche, estoy exhausto y cierro los ojos. No sé si duermo, no sé si sueño. Hasta que veo una luz, como dicen que ocurre cuando llega la muerte. Abro los ojos y la luz sigue allí, pegada a un casco que se acerca…
Nos asomamos desde la negrura sorda del líquido amniótico que compartíamos hacia la luz clamorosa del paritorio. Después, no sé cuántos minutos pasé sola en el vientre de nuestra madre; desde que naciste hasta que exigí a la vida que nos volviera a reunir. Antes de que el oxígeno llenara por primera vez mis pulmones, un tiempo que no podía medir sino por latidos, supe que tendría que esconderme de ti para probarme mi primer sujetador y acallar las dudas sobre el dolor del bajo vientre, la sangre pavorosa. Te acepté como hermano menor, aunque por aquel entonces aún eras la primogénita.
Doce años y has dicho basta. Te he sorprendido asomado desde la negrura clamorosa del balcón hacia la luz sorda del asfalto. Con tu pelo corto, el pecho aplastado bajo la camiseta y una nota de despedida que he hecho propia con mi firma. Hemos contemplado nuestra diferencia en el espejo y has aceptado mi compañía. Antes de saltar, me has cogido de la mano sin apretar y tarareabas una nana para distraerme del alarido de las ambulancias, de la amargura de saber que en el último momento la vida no me permitiría refugiarme contigo en las estrellas.
El difícil e inevitable viaje a las estrellas para el que me estoy preparando se acerca.
¡Pero no quiero verlo como un tránsito oscuro, lúgubre, triste ….!
Es un destino a otra dimensión donde permanece el alma de quienes nos han precedido.
Deseo reencontrarme con el espíritu indomable y el amor inconmensurable de mi hermano.
Partió hacia las estrellas con 37 años, por el SIDA, al equivocarse, arrastrado por las drogas.
Al encontrarme con mi padre, reconoceré que tenía razón cuando insistía en que mi ex no me convenía. Aunque siga creyendo que se equivocó al echarme de casa, empujándome a casarme, cuando no quería.
Y ver ese espíritu imparable de mis abuelos.
Pretendo observar por ese agujerito mágico, como se arreglan «mis niños», sin mí.
¡Espero que encuentren buenas compañías en el sendero de la vida y me hagan abuela, aunque no pueda achucharlos!
Algún día me acercaré como estrella fugaz para protegerlos, al igual que a la familia, incluso a mi ex, al que he perdonado.
Y a amigos y compañeros les enviaré luz para que consigan felicidad y éxito.
Ya estoy lista. Espero ver desde su esplendor fulgurante y maravilloso todo lo que dejo atrás y que tanto amo.
Si no has conocido a tu abuelo, pero has crecido escuchando su nombre siempre rodeado de un rosario de alabanzas que tu padre repite una y otra vez cual fervorosa oración, tu abuelo se convierte en la estrella que ilumina tus pasos. Y al no haberlo visto nunca, ni siquiera en fotografía, porque defendiendo sus ideales tuvo que abandonar precipitadamente su casa y su tierra, sientes cómo la historia de ese héroe familiar va tomando visos de leyenda.
En una ocasión alguien susurra a tu alrededor que el abuelo, para evitar riesgos, se vio obligado incluso a parapetarse tras otro nombre. Es entonces cuando su estrella comienza a titilar dentro de ti agitada por el misterio y la incertidumbre. Quieres saber más, pero tus interrogantes chocan contra un muro de silencio.
Hasta que un día tu padre cree ver al suyo en tu rostro y, en ese mar de confusión, te pregunta: “Papá, ¿qué nos han hecho los de la estrella amarilla?”.
Algún año me gustaría ver las Perseidas. He leído en mis libros que es un gran espectáculo y a mí siempre me han gustado mucho las estrellas. De momento, me tengo que conformar con leer mis libros de astronomía. Mamá no para de comprármelos, creo que se siente culpable por lo del accidente. Aún recuerdo su llanto cuando el médico nos dio la noticia. No paraba de llorar, me cogía la mano y la apretaba contra su corazón en un acto que acompañaba de unos gemidos indescriptibles; pero yo era feliz. Era mi oportunidad. Ya no encontraría ninguna excusa para negarme lo que hasta entonces había querido más en mí vida. Ahora, todas las noches duerme a mí lado para hacerme compañía y, cuando han salido las estrellas, me trae el bastón en la boca y agarrada a su arnés salimos a sentir el rocío de la noche. Yo me siento en el banco del jardín y mientras tanto Aries me cuenta, entre ladrido y ladrido, como se mueven las estrellas.
Miro alrededor. Solo quedo yo a este lado del universo. En el otro, el camarero. Nadie más. Bebo mi cerveza. La cuarta, creo. La televisión encendida. Sin voz. En la radio, Bowie. Expulso una risa estúpida. Bowie: vinimos juntos. Un tipo con suerte: buen puesto y viaje de vuelta a casa antes de tiempo. Doy otro trago. El sudor del vaso cae sobre mi mano. Miro las gotas. Como un tonto. Mojo el índice en el líquido y punteo tres veces sobre el mostrador. Orión, explico al camarero. Asiente mientras seca una copa, la misma desde hace media hora. Qué sabrás, pienso. Habría que irse a casa, sugiere. Sí, a casa, respondo. Me levanto del taburete y desde la gota central de mi húmedo cinturón de Orión arrastro el índice por toda la barra. Lo arrastro. Lo arrastro. Lo arrastro, hasta llegar al final. Bebo un último trago y aterrizo el vaso vacío junto a mi dedo. Aquí, le indico. Aquí está. El camarero lo recoge y pasa la bayeta. A la de Orión invita la casa, dice. Hago una mueca y salgo. Hace frío. Siempre. Abrocho mi abrigo y miro hacia arriba, a la oscuridad, más allá de Orión.
Me preguntaba cómo sería eso de publicar un microrrelato. Quién sabe si uno pudiese soñar con la inmortalidad efímera de una publicación y así alcanzar las estrellas. Encontrar el abracadabra.
INGREDIENTES (método)
200 gramos de «El vestido» de Yasmina.
El mechón de la «Hermana Mayor» de Catalina.
La pata de un diván de la marca «Delirium».
Medio kilo de babas de una suegra en «Penumbras».
Un monigote de barro recién cortado de «La creación».
Cuatro pétalos de «Malas hierbas».
Dos pastillas de «Chantaje» con sabor a hijo de puta.
”Un indiano” poco hecho, recién llegado por navidad.
Una cucharadita de lágrimas de “El hombrecillo» que amaba a Dorita.
Rellenar con agua del sendero hasta cubrir el puchero.
Cocer a fuego de metáforas, hasta que las anáforas se disuelvan.
Como en cualquier conjuro que se precie invoco a la diosa Eneida mientras repito como un mantra las palabras SIED ITUR AD ASTRA, SIED ITUR AD ASTRA…
Importante:
Esta receta de la artista, con SUS ANAtemas, te muerde y te hace sentir que la vida es otra cosa.
Me esfuerzo, pero en el camino sólo hay talento para el desasosiego.
Hasta la próxima «Siembra».
Estaba harto de lanzarse en paracaídas, salir ardiendo de coches despeñados, cruzar ríos de aguas heladas, caer abatido por los enemigos de turno, compartir escenas de cama embarazosas… Cuando llegó a la industria del cine sus sueños de triunfador eran otros. Un cazatalentos se fijó en él y lo llevó ante la estrella de la compañía. Eran idénticos. Un corto periodo de entrenamiento y ya estaba doblándolo. Le pareció todo muy rutinario.
No solo lo suplió en los rodajes de películas, sino también en actos benéficos y en las tediosas entrevistas promocionales. Incluso, aunque esto el contrato no lo contemplase, en el lecho conyugal, para tapar alguna correría nocturna del famoso actor. Es demasiado injusto ser solo la copia, se repetía.
Ahora recogía un premio por su última interpretación. Pero su impostura ya no tenía vuelta atrás. Arrepentido, les confesó a sus jefes el crimen y ellos lo escucharon sin inmutarse. Fingieron reprobarlo, pero el show debe continuar, sentenciaron. A estas alturas ni ellos recordaban al intérprete original, el que provocó toda la cadena de suplantaciones irreversibles que, mientras el éxito durara, no imaginaban cuándo pararía.
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