Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

PERTENENCIA

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA PERTENENCIA

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA PERTENENCIA en todas sus variantes. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE AGOSTO

Relatos

57. La inmortalidad (Adrián Pérez)

Lo había intentado de todas las maneras: talleres de escritura creativa, concursos de cuento, novela o ensayo de mayor o menor prestigio (en este orden), envío de manuscritos a todas y cada una de las editoriales del país, acercamientos poco éticos a personas influyentes del entorno literario. Y nada, no había conseguido publicar ni una sola palabra. Así que cuando tuvo la brillante idea, primero sintió una punzada en el pecho, luego le pareció una aberración y, finalmente, la única salida para cumplir el sueño de toda una vida. Poco antes de ser ejecutado solo pidió una cosa: que le trajeran el periódico que había conservado desde el primer día que entró en la celda para leer, por última vez, la esquela dedicada a su padre.

56. Resignado (Aurora Rapún Mombiela)

Llegó tarde a todo, todas las veces. Lo contrataron en la imprenta de su padre cuando los tipos móviles daban los últimos coletazos y los dedos seccionados eran observados con extrañeza por el resto de la sociedad. Se presentó en la casa de los que él ya imaginaba como sus futuros suegros unos minutos después de que aquel otro le pusiera un diamante en el dedo a la mujer de sus sueños. Empezó a hacerse pis en la cama cuando las canas poblaron su barba, como si fuera hacia detrás en vez de hacia delante. Y el día en que al fin iba a llegar a tiempo a algo, el tren de alta velocidad que calculaba sus trayectos con precisión de relojería suiza se retrasó por primera vez en diez años. Aún esperó un rato más tumbado sobre las vías, pero acabó sintiéndose ridículo. Mientras volvía a casa, quiso borrar las despedidas que había dejado programadas en todas las redes sociales, pero ya habían sido publicadas. Pensó, con resignación, que también iba a llegar tarde a su propio entierro. 

55. LA MUERTE NO ES LA MAYOR PERDIDA DE LA VIDA …

Sino que cada vez cedemos más ,nos vamos muriendo poco a poco ,no somos sinceros por no hacer daño a un ser querido a decir verdad es como si nos quitaran un pedacito de nuestro corazón,  lo que muere dentro de nosotros mientras vivimos.

—- ¡Señora no tiene coraje ! ,piense que a veces hay que decir basta “Ni una más”, Tenga dignidad que no cometan esta tropelía y sobre todo menosprecien su cariño, aunque siga  enamorada de él . Quiero que entienda que eso conlleva a algunas mujeres a dejarse llevar por ese amor ciego.

“ El amor no tiene cura pero es la única medicina para todos los males»

 

54. FINAL INESPERADO (A. BARCELÓ)

En mi dilatada carrera de médico he escuchado muchos símiles para describir síntomas: una especie de corriente eléctrica que agarrota todos los músculos del cuerpo; las arterias arden, como si en lugar de sangre fluyese por ellas lava incandescente; las venas parecen estar llenas de pequeñísimos cristales y es como si por los capilares circulasen alfileres; la cabeza a punto de explotar como una olla que ya no resiste la presión que tiene acumulada dentro. No entiendo nada y estoy muy asustado, pues soy yo mismo quien manifiesta todas estas señales de alarma al mismo tiempo y temo un trágico desenlace.

Siempre especulé acerca de lo que podía haber al cruzar la línea que separa la vida de la muerte, pero nunca imaginé que pudiera pasar algo así. Mi mente racional y científica me dice que no es posible: que el tipo que entró hace unos minutos en mi consulta no me mordió, que no era ningún jodido zombi y que yo no me estoy convirtiendo también en uno de esos. ¡Grrrrrrrrrr!…

53. El apagón

Cuando escuché el crujir de las escaleras pensé que subías a buscar leña como otras veces. Apartando algunas cajas de cartón, posaste el candil sobre la vieja cómoda y me rescataste de aquel oscuro rincón.

Te sentaste en el desvencijado sillón, conmigo sobre tus rodillas, para limpiarme despacio con la manga del jersey. Noté cierto sentimiento de culpa por haberme abandonado mientras me acariciabas con delicadeza.

Te lo puse fácil y te perdoné, sabía que aquello solo había sido un desliz. Comprendí que te rindieras ante la novedad, lo moderno y la belleza funcional de los avanzados diseños. ¡Demasiado tentador!

La batalla estaba ganada de antemano porque el rival era muy fuerte, aunque resultó ser efímero.

No me costó despertar de mi aislamiento cuando empezaste a comprobarlo todo, el tabulador, el rodillo, las teclas. Estas comenzaron a bailar chocándose entre sí en un baile frenético de bienvenida.

A pesar de que en el exterior se escuchaba el sonido de las bombas, me sentí dichosa de volver a ser útil.

52. La gloria eterna

“Yo bordé la bandera con mis manos”, declamaba la actriz cuando él abandonó su butaca, formando un revuelo en nuestra fila. Enseguida lo reconocí. Moreno oliváceo, ancha frente, tal cual lo describió Alberti en sus memorias. Y que nadie me acuse de plagio por usar estas cuatro palabras.

Salí tras él, pero se había esfumado. Hasta que oí su voz a mi espalda. Oscura y palpitante, como siempre la imaginé. “Después de haber visto a la mejor, a Margarita Xirgu —dijo provocativo— no soporto a ninguna interpretando a mi Mariana Pineda”.

Fuimos a un café cercano. Entre tragos de ron, le confesé que yo también escribía —solo teatro—. Lo de que nunca había estrenado, lo guardé para mí. Antes de marcharse, me ofreció su sonrisa y una obra manuscrita. “Es mía. Puedes firmarla si quieres. Te la regalo”.

Desde entonces, habita la tempestad en mi conciencia. Ahora atemperada al incluirme entre los cinco nominados a mejor dramaturgo. El primer éxito de todos—pobres necios—. Y aquí estamos, posando en la foto colectiva para una revista digital. Con miedo al objetivo acusador. Que no enfoque nuestras cinco miradas impostoras. Simples títeres en las manos ambiciosas de un espectro.

51. REENCUENTRO (Belén Sáenz)

Había imaginado la penumbra sosegada de una galería en cualquier palazzo. O una estancia señorial caldeada, rodeado de buenos libros. Me dijeron que se exponía en la sala principal de un museo, nada menos que el Louvre. Aquella misma madrugada, como a todos los que crean y los que sueñan, se me franquearon las puertas y se desvanecieron los muros. Me situé frente por frente del cuadro que había pintado algunos siglos antes y nos fuimos relatando nuestras divinas soledades. Yo podía recordar cómo había mezclado humo y sombra en cada pincelada mientras los ojos oliva del retrato tanteaban la familiaridad de mis rasgos. En la audioguía tropezaban una y otra vez. Mona Lisa había sido una de las meretrices más afamadas de Florencia. Gioconda no hacía referencia a un apellido, sino a mi propia travesura. Y… la sonrisa. Repliqué el gesto y, aprovechando el reflejo del vidrio que protegía la pintura, hice coincidir nuestros dos contornos que, a pesar del tiempo transcurrido, seguían encajando a la perfección. Somos una santísima dualidad, un individuo gemelar. La mujer y el varón. Y para que todo el orbe supiera, taché con mi mano izquierda el título de la obra y escribí OTARTERROTUA.

50. La merienda

 

 

Luciano desayuna una galleta Maria y dos sorbos de café. Desde que que sabe que va a reunirse con su hermano se le ha cerrado el estómago. Se corta al afeitarse y olvida quitar la etiqueta a la camisa nueva. Cuando llega su hija a buscarle está listo hace media hora, pero vuelve desde el ascensor para coger dos onzas de chocolate.
Apenas oye los discursos. Ve al Raimundo con las alpargatas bajo el brazo para ponérselas al llegar a la escuela, porque al maestro no le gusta que las lleven sucias de barro; le ve liando un cigarro en la fiesta del pueblo y subiendo al tren en su primer día de mili en Burgos.
Los de la Comisión para la memoria histórica le entregan la urna, un certificado de ADN y la ubicación de la fosa común. Él nunca ha sido de emocionarse pero, cuando ve al Raimundo en una caja de zapatos, se quiebra como vara de avellano.
Cuando regresan al pueblo, Luciano quiere ir en el asiento trasero junto a la urna. Su hija le ve por el retrovisor mordisquear una onza de chocolate, la misma merienda que compartían hace sesenta años.

48. Punto y seguido. (Alfonso Carabias)

Me acuerdo del día en que decidimos que no habría nada que se interpusiera entre nosotros.

Recuerdo lo ilusionado que estabas cuando hicimos la lista de todos los viajes que teníamos pendientes. Al día siguiente cogimos un vuelo a Egipto, y dos meses después estábamos bailando en lo alto de la torre Eiffel.

Luego nos lo tomamos con más calma. Era lógico. Habíamos empezado con muchas ganas. Pero no cambiaría por nada ninguna de las tardes que pasamos divagando en el club de lectura, ni los días en los que madrugábamos para coleccionar amaneceres, acurrucados en el sofá con la manta y un par de tazas de café.

He de reconocer que te dije que cuando llegara el momento no iba a llorar, pero ya me conoces, y creo que me lo sabrás perdonar.

También te prometí que haría lo posible por pasar página, pero la nuestra es tan bella que lo único que me apetece es volver a leerla una y otra vez, y como este final no me acaba de convencer, y los dos siempre hemos sido siempre muy testarudos, estoy segura de que en algún momento y en cualquier lugar, encontraremos la forma de continuar nuestra historia.

47. Cenizo

Atados por parejas, caímos al suelo al grito de «¡fuego!». Lleno de sangre, quedé inmóvil bajo el peso de mi compañero esperando el tiro de gracia. Cerré los ojos, pero el soldado nazi volvió a dispararle a él. Aquella noche conseguí escapar asombrado por lo dichoso que había sido. A lo largo de mi vida, la suerte siempre me ha acompañado: salí ileso cuando cayó la bomba de Hiroshima. Más adelante, unos cuantos nos salvamos del accidente aéreo en los Andes. Durante el gran terremoto de México, no me hice ni un rasguño y, un año después, en Chernóbil, escapé mientras estallaba el reactor. Tras ser el único superviviente en varios accidentes de tráfico, la fortuna siguió a mi lado en el viaje por Indonesia con el tsunami.

        Me hago llamar inmortal, ellos me llaman de otro modo.

        Empiezo a oler a gas. Estoy a tu espalda.

 

 

46. Jolivuod (Fuera de concurso)

Mi padre siempre me llevaba al cine cuando ponían una de Jumprey Bogar, Tirone Povuer, James Estevuar… No hablaba del protagonista cuando se refería a ellos, sino del valiente. Al ver los títulos de crédito, tenía la habilidad de adivinar si aquello acabaría bien o moriría hasta el apuntador. A veces, coincidía con algún listillo que lo escuchaba leer los nombres en la cartelera y le rectificaba su pronunciación. Mi padre preguntaba entonces que si José Isbert y Manolo Morán eran Yousef Aisbert y Meinoulou Mourein, dejando sin respuesta al entrometido. Pasados los años, las salas se multiplicaron dentro de centros comerciales y dejaron de poner sus largometrajes favoritos. Los veía en la tele, pero no era lo mismo que en pantalla grande y con el sonido del proyector. Por su setenta cumpleaños le regalé uno de segunda mano, varios rollos de películas y, sobre una enorme sábana blanca, retomamos nuestras sesiones dobles. Una madrugada de noviembre se le paró el corazón y se marchó a conocer a sus estrellas. Sin embargo no lo echo de menos. Cada noche apago las luces y, en cuanto enciendo el proyector, vuelve para ver conmigo esa que nos gusta tanto de Jon Vaine.

45. LA HERENCIA

Todos miraban al notario nerviosos y expectantes. Había llegado el día, aunque nunca imaginaron que fuera así, cuerpo presente del viejo. Gracias a Dios alguien había tenido el detalle de cerrar el ataúd. El notario comenzó a leer los puntos preliminares y aspectos legales del testamento, que a nadie interesaban. De repente calló y miró fijamente hacia la puerta abierta de la sala. Todos los presentes imitaron su gesto y miraron también. El ama de llaves se desmayó sin siquiera emitir un sonido de alerta. Nadie se inmutó, en el umbral de la puerta estaba el viejo, y más vivo que ellos mismos, a juzgar por su expresión triunfante. Sostenía una caja y sin decir nada cruzó la sala hasta una mesa, donde la depositó con cuidado. La abrió y sacando una pistola miró a todos los congregados, el que sea capaz de matarme recibirá la herencia. Devolvió el arma a la caja y caminó hacia el estrado donde estaba sentado el notario. Dándole la espalda se dirigió de nuevo a los presentes, alentándoles a disparar. Clic, oyó por detrás. Sabía que me traicionarías, susurró el viejo mientras el cañón de la pistola del notario se apoyaba en su cráneo.

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