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Mamá decía que mi destino era triunfar. En mi sexto cumpleaños y sabiendo que se moría, me hizo jurar que cumpliría su designio. El resto de mi infancia transcurrió entre mullidos algodones y merecidos sobresalientes. Mi juventud, entre sofisticados ordenadores, complejas fórmulas matemáticas y matrículas de honor. Era muy atractiva y siempre tenía tíos a mi alrededor. Nada ni nadie se me resistía. Me gradué Cum Laude y enseguida me fichó la NASA. Como era de esperar me seleccionaron para el primer viaje a Marte. Tuve que hacerme la humilde y mentir ligeramente en los test. Aquellos psicólogos eran bastante idiotas.
Y por fin, tras meses de viaje espacial estoy a punto de pisar este inmenso desierto rojo. Querían echar a suertes quién de los tres bajaría primero, pero obviamente debía ser yo. Además él llevaba semanas raro, apenas me tocaba, y ayer le pillé besándola. Cambiarme a mí por esa vulgar rusa… No me quedó otra que despresurizarles. Fue bastante desagradable.
Parece que Houston sospecha algo, he de apresurarme. Emocionada, pongo mi pie en el carmesí suelo mientras pienso en los titulares: “Una asesina, la primera humana que pisa Marte”.
Mamá, he cumplido mi promesa. Jamás olvidarán mi nombre.
Los duelistas desenfundan sus flamantes espadas y se disponen a cercenar la cabeza del oponente. De acuerdo a una antiquísima ley no escrita solo pueden ejecutar un mandoble. El populacho asiste enfervorecido a la contienda, aplaude, clama, jalea a los adversarios. Tras el lance ambos sobreviven. La plebe, alborozada, traslada a la morgue los cadáveres del alguacil y el vicealcalde.
Se desafían entonces a duelo de escopeta. Cuentan los pasos reglamentarios y se escucha un único disparo. Sorprendentemente, el duelista A se contorsiona sobre sí mismo, como si de Thomas A. Anderson, más conocido como Neo, se tratara, y esquiva el tiro. La bala, una Remington 300 W.M. Core-Lokt, atraviesa el gaznate del párroco, rebota en el crucifijo del monaguillo y revienta el cráneo del alcalde, desciéndete directo de un conocido presidente norteamericano. Fallecen los dos.
Pero el juez advierte que el duelista B disparó antes de tiempo y ordena repetir el lance. El griterío se torna ensordecedor. Esta vez son los dos miembros de la oposición los que caen fulminados, de sendos disparos.
Finiquitada la faena, A y B recogen sus armas y, entre vítores, marchan a la siguiente localidad, donde los recibirán con los brazos abiertos.
Regresó al sarcófago con desgana. Odiaba hacerlo pero el alba despuntaba y ya era tiempo. Sus huesos crujieron al acomodarse en la cripta y una lágrima rodó por su mejilla. Las vidas arruinadas le pesaban, el remordimiento ardía en su conciencia y se notaba tan cansado… Tan harto del polvo de los siglos, de la oscuridad y del silencio, del precio en sangre que exigía su leyenda. ¡Si pudiera envejecer como un hombre normal! ¡Si en mi alma hallara un pellizco de valor!, suplicaba a la noche con tristeza. Un rayo de sol, tan solo un rayo bastaría, pero…
La primera vez fue aquel mismo día, en el cementerio: Cuando todos estaban inmersos en lágrimas y ayes yo te vi, danzando entre las tumbas, tan gamberra como siempre, cambiando de sitio crisantemos y claveles. Y luego… muchas otras veces, en los momentos más decisivos e importantes. Por ejemplo, cuando nació la nena, que te sentaste a mi lado en la cama del hospital y me secaste las lágrimas con un beso. Y cuando se fue papá. Y después cuando me dieron aquel premio por el libro que hablaba de ti, de nosotras. Y tenías aquella mirada de orgullo… Nadie lo supo nunca, pero tú has sido quien me dio siempre fuerzas, aliento, esperanza. Porque seguías a mi lado aunque no se lo haya contado a nadie por si me tomaban por loca. Sin embargo, llevo ya mucho tiempo sin esas visiones. Y lo noto. Que te has marchado del todo, mamá. Pero no te preocupes; lo entiendo. Que ese trajín entre dos mundos tenía que ser algo agotador. Sí, presiento que a partir de ahora debo continuar sin ti. Lo sé por este agujero profundo que me ha nacido en el pecho. Y que estoy segura que se me quedará dentro para siempre.
En el Museo de Ciencias Naturales de Nueva Orleans, dentro de una vieja vitrina de nogal, se puede ver el cadáver momificado de una niña. Expuesta originalmente en la galería principal, la pieza fue ocupando con el tiempo lugares cada vez menos importantes, hasta quedar relegada a un rincón de la sala anexa más escondida, entre un caimán bicéfalo disecado y el último ejemplar visto de Ectopistes migratorius o Paloma viajera. La ficha correspondiente, adosada a un lateral, explica que la niña formaba parte de un cargamento de esclavos del siglo XVIII, del que desembarcó sin vida en el puerto de la ciudad tras un accidentado viaje lleno de bajas. Los que la vieron morir, añade la nota, contaron que en su agonía febril la niña repetía una misma cosa, y que su muerte no impidió que continuara haciéndolo. Aún hoy, si permaneces atento a su lado, acabas escuchando su invariable discurso. En efecto, una impenetrable voz de violín desafinado —el ruido de una cañería cercana para los escépticos— asoma a cada rato entre sus labios de pergamino, suplicante aseguran algunos, resignada en opinión de otros. Nadie sabe que juega desde entonces, y que espera la réplica de su madre.
Juampi Rómano fue el mayor asesino de árboles. Quemó centenares de bosques. Cuentan que, incluso en la noche de su entierro, consiguió que ardiera el pequeño ciprés que había junto a su tumba. Sin embargo, cuando por asuntos forenses decidieron exhumarlo, lo que encontraron fue inaudito. El resto de árboles, en venganza por el ciprés quemado, habían penetrado con sus raíces en el abdomen de Juampi, colonizando velozmente sus tripas. Nadie daba crédito. En apenas horas habían perforado su hígado, su páncreas, habían destruido bazo y vesícula, y le habían enmarañado y anudado los intestinos de un modo que causaba dolor con solo verlo.
Hay quien dice que la venganza de los árboles no es nada nuevo. Que en realidad llevan años confabulando bajo tierra. Que penetran por el ano de los recién fallecidos, alterando su descanso, perturbando el supremo proceso de la vieja de la guadaña.
Pero son mitos y creencias, claro. Como aquello de que los muertos se comunican con nosotros, o que nos poseen. O que se reencarnan. Simples leyendas. No son datos científicos ni tangibles. Como sí lo son, en cambio, el actual calentamiento global, o el inexplicable incremento de las enfermedades intestinales.
La abrazaré bien fuerte y la llevaré siempre conmigo. Es el bien más preciado, hoy más que nunca, ahora que parece que se está acabando el mundo, ahora que nos cuesta tanto respirar, ahora que todo sabe a rancio y a plástico. Lo único que cuesta menos ahora es la muerte; por eso, mientras haya un atisbo de vida, de futuro, me quedarán fuerzas para no soltarla. Por suerte además siempre estás tú, y así todo será mucho más fácil.
Definía su vida como aire que viene o va, luces y sombras que se empeñaban en no convivir, riadas o goteras que se iban alternando en sus corrientes…
Una vez me dijo que a menudo pensaba en la existencia y le abrumaba su gran insignificancia. Que le maravillaba el aire, la luz, el agua. Que nada sería posible sin ello, ni él mismo. Sabía que dependía enteramente de la naturaleza y le deprimía una vida subordinada a cosas tan etéreas.
Cada día pensaba en dejarlo todo… y convertirse en cielo, en luz difusa, en fina lluvia…
Me lo dijo: nunca llevaré a cabo mis planes suicidas, porque para el que ya no está, nada existe, nada hay, el aire se volatiliza, la luz se extingue, el agua se seca… porque el mundo es mundo solo porque somos mundo… por eso, cada mañana, no me queda otro remedio que desistir, mirando la aurora.
¡Ay! Desde aquella noche asesina que apagó tu brillo, noto el aire como un leve peso en mi piel, y las caricias de la luna cuando, titilando, me mira. ¡Ay! En el frescor del rocío está la indeleble huella de tu aliento, hijo mío.
Se le encogía a uno el alma al oír sollozar a aquel paciente, sus aullidos eran de auténtico pavor. ―Fíjese ―hipaba muy alterado, poniéndose de rodillas sobre la cama de cara a la pared, levantándose hasta el cuello el camisón― en los latigazos de la espalda. Y mire la llaga que me hicieron con la punta de una lanza ―desvariaba señalándose el costado―. Y estos agujeros ―proseguía, casi ronco, mostrándome la palma de las manos― son de cuando me clavaron a la estaca.
En medicina lo llamamos síndrome post-UCI. Ocurre a veces que al despertar del coma sufren alucinaciones y ataques de pánico. Yo intentaba calmarlo, enseñándole con un espejo el torso, los pies, para que viera que solo había sido un mal sueño. Pero mientras le enjugaba la frente empapada en sudor, descubrí espantado una espina clavada en su sien.
Murió mil veces en su vida: del calor, de la tristeza, del miedo, una muerte por cada despecho. Murió del hambre, del sueño, de la risa. Estuvo muerta muertita de los nervios, de la envidia y del frío. Murió de ternura, de los celos, de soledad ¡de dolor! ¡Tantas veces murió de abandono y de dolor!
El resto del elenco apostó a que moriría de sobreactuación.
El inquisidor dijo que mi vida no valía nada y sentí pánico. Lo dijo con aquella voz cruel que brotaba de su boca amarga mientras los dedos acusadores trazaban cruces en el aire. Los míos huyeron al amparo de alguna madrugada cómplice y se llevaron sólo la llave de su casa para custodiarla con melancolía durante siglos. Pero yo, una viuda joven sin hijos a los que dar ejemplo, no quería dilatar la penitencia ni abandonar mis cuatro paredes de piedra gris. Y tras padecer la garrucha y la tortura del agua, grité: “Dios es amor”. Sí, extravié mi dignidad por esas calles empinadas, es verdad. Cargué con el acre sambenito, soporté el escarnio y dejé de buscar tres estrellas en el cielo cada sábado. Sin embargo, cuatrocientos años después, mi nombre resuena como un eco dentro de los muros de un museo diocesano y los visitantes me descubren entre cálices de oro y plata. Todos saben ya que me llamo Antonia Henríquez, judía reconciliada, que fui condenada por la rancia maldad del juez, por su dañina intolerancia. Aquel que despreció mi vida, sin quererlo, me convirtió en una reliquia sagrada: esta es y será por siempre mi venganza.
Sea por vagancia o por no tener con que vestir la pared, lo cierto es que todavía conservo este viejo retrato. Sospecho que se trata de la antigua inquilina a la que no llegué a conocer pues realicé la compra del piso a través de una inmobiliaria. Las visitas, incómodas con su presencia, me aconsejaban deshacerme del cuadro, pero cada vez que lo sugerían acontecía algún tipo de percance. Ya sea atragantarse con el consomé o cortarse con el cuchillo de untar. Así que ya no me dicen nada. De hecho, ya ni vienen a verme. Pero no me siento solo. Noto como ella me observa en todo momento. Esos ojos suyos tan expresivos que parecen hablar. Precisamente ahora mismo me están recordando que es la hora de la telenovela.
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