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Edurne y Marcos coinciden junto al semáforo al salir de la oficina. Mientras esperan a que cambie el disco, charlan sobre lo insoportable que es el becario. Es irritante, dicen al unísono. Y se ríen, también a la vez. En cuanto se pone verde, cruzan y caminan hasta la esquina donde cada uno tira por su lado.
Cuando se alejan, Marcos se detiene frente a un escaparate y observa su reflejo en el cristal, comprueba cuánto le favorecen sus tejanos nuevos. Le encantan. Se pregunta si Edurne se habrá fijado. Si le habrán gustado. Si está por él. Ojalá, piensa, aunque sabe que es improbable. Bueno, imposible, Edurne se pasa el día hablando de su pareja, y siempre bien.
Entonces, Marcos se desanima. Pero sigue posando. Ya no le gustan sus tejanos. Le parecen horribles. De repente, la tienda se ilumina, claro, son las cinco. Con la luz su reflejo se esfuma, ahora solo ve el interior del escaparate. Hay ropa esparcida por la tarima. Y una joven que la organiza. Y que le mira. Y le sonríe. Y le muestra unos pantalones. Y le vocea que los compre, que le quedarán genial. Y añade que se llama Vicky.
“Y de repente, la vida me agarró por los hombros
y dijo: no te entiendo tampoco, pero aquí estoy”.
Clarice Lispector
Rondaba las calles aún desiertas. Acompañaba a mi bastón una nimia observación, como un pequeño rescoldo de antiguo narrador.
Todo cambió cuando me incliné con parsimonia —la vejez tiene sus rituales— para recoger un papel amarillento que varó bajo uno de mis zapatos.
Contenía un relato inconcluso al que di continuidad y desenlace sin utilizar la escritura.
Desde entonces aparecían en cualquier lugar: hojas secas de árboles, márgenes de un periódico, paredes o el vaho de los cristales. Y siempre me resultaba palmario darles cuerpo definitivo.
Una madrugada encontré una cuartilla en la que tan solo decía “La plaza del Carmo”.
Recorrí las calles del Chiado; me hablaban mientras se abrían y cerraban como las páginas de un libro.
Cuando llegué, el silencio se volvió bullicioso y los fusiles del recuerdo seguían siendo tallos de los que brotaban claveles rojos exhalando palabras.
El magno espejo invisible se fracturó en innumerables fragmentos de imágenes con personajes reconocibles. No sabía si me soñaban o si era yo quien lo hacía.
Volví a leer ese último mensaje, y en él identifiqué los trazos. Eran los míos.
Soy empleada del hogar interna. Cuido de una anciana a jornada completa. No me quejo; su familia, que reside lejos, suele ingresar cada mes en mi cuenta el salario acordado. Ella dispone de dinero en efectivo para los gastos cotidianos. Yo me encargo de las demás tareas: limpieza, alimentación, paseos, médicos…. Desde el principio, convivimos sin conflicto alguno. Hasta que han llegado los malditos avisos de deterioro mental. No quiere asearse ni salir, se niega a comer o lo hace a deshora, pierde la cartera… De vez en cuando, tengo que realizar pagos inevitables con mis ahorros. También me resulta extraño organizar su armario; antes permanecía siempre bajo llave y ahora lo revuelve todos los días. Esta mañana, ordenándolo detenidamente, descubrí entre la ropa una bolsa cargada de billetes. Repuesta del sobresalto, la primera reacción fue ignorar el hallazgo; luego pensé en llamar a un familiar; pero, al final, he decidido guardarla en mi cuarto. Con ese capital milagroso, podré ofrecerle las mejores atenciones, incluso los servicios de doctores privados si fuera necesario. Debo administrarlo bien. Será un seguro de vida para ambas: cuanto más dure la señora, más tiempo tendré techo y empleo fijo.
El elefante está mal: han sido años de trabajos forzados en las minas de carbón, pero ahí, en ese santuario de la India donde ahora está, podrá recuperarse… El cuidador lo atiende; le lleva frutas que no tardan en ser sus preferidas… El animal se deja cuidar, y luego de algunos días, comienza a tenderle la pata insistentemente… ¿Será que tiene clavada una espina? – se pregunta el cuidador. Entra al santuario, levanta su pata despacio, y allí, incrustado en la planta del pie, encuentra ese enorme diamante que le cambia la vida…
El hombre no dejará de visitarlo; seguirá llevando esas frutas que tanto le gustan…
– Gracias a ti – le dice -, ya nunca volveré a ser pobre.
Una arruga hendía el entrecejo y mostraba los labios en un rictus apretado. Como respuesta a mi pregunta, un galimatías seco y severo. Solo le había pedido la cartilla de vacunación de Ladis. ¿A qué tanta furia? ¿Cuándo había cambiado? Apenas lo recordaba. Las lágrimas llenaron mis ojos cuando subí las escaleras tras sus pasos, sumergida en otros tiempos remotos y dulces.
Enrabietado, se revolvía dentro de la habitación como un tornado mientras hacía y deshacía montones de papeles hasta que, bajo uno de ellos, encontró una caja. Aquel recipiente oscuro de esquinas maltrechas lo detuvo de golpe. Pese a su fealdad, lo miraba atónito sosteniéndolo entre sus manos con el mismo fervor místico de un devoto ante una reliquia. Pum-pum, pum-pum, pum-pum. Escuché un sonido que brotaba de aquel estuche ajado. Un golpeteo rítmico, obstinado y firme.
Cuando levantó la tapa, sus cejas se alisaron, y el rictus severo se destensó ante mis ojos. Desconcertada, recorrí con ternura la sonrisa que había vuelto a su boca y en su mirada, brilló de nuevo la memoria de los días felices. Me contempló sereno. Tomó su corazón entre las manos y en ese gesto, comenzó su regreso a casa.
Cuentan de un sabio que un día
salió a recoger sus hierbas
y buscando las más tiernas
vio que algo refulgía
allá al fondo de la senda.
¿Será oro?, entre sí decía,
¿tal vez un guiño de sol?
Aunque tarde, comprendió
cuando vio que su colega,
obviando presto las hierbas
sacaba un broche de perlas
de la duda que él meció.
Fortunato asistió a la fiesta en busca de los favores de una compañera de clase; sin embargo, ella no sentía atracción por él y le presentó a una amiga. Desde el primer instante, ambos sintieron una conexión especial, y Dulce, que a ese nombre atendía y con ese carácter trataba, demostró ser una persona excepcional convirtiéndose en el alma gemela que todos anhelamos y que pocos encuentran. Fortunato tuvo la suerte de hallar el amor cuando solo buscaba el cortejo.
Así comenzó su relación. La naturaleza despertó en ellos ese instinto gozoso que impulsa a la procreación. Aunque no era eso lo que habían planeado, la falta de precauciones los llevó inevitablemente a lo que suele suceder en estos casos.
Después de unos meses de angustia, temiendo que la llegada de la criatura truncara su futuro, finalmente nació la pequeña, y la alegría que ella trajo a sus vidas fue asombrosa. En su búsqueda de placer, se encontraron inesperadamente con un tesoro. La niña iluminó su matrimonio y dado que era un sol, decidieron llamarla Estrella.
(Con el tiempo llegó a estudiar Bioquímica y se hizo famosa cuando, investigando la estructura del ADN, descubrió, por casualidad, el sacacorchos para zurdos).
Él murió en su cama tranquilo, rodeado de toda la familia en su grandiosa mansión.
Yo me retorcí entre terribles dolores durante horas agonizando, sola, a excepción del minúsculo embrión que me llevé conmigo a ese viaje de ultratumba.
Mis últimos segundos los dediqué a lanzar una contundente maldición.
No llegué a entender el sentido de la vida, pero aprendí que el dolor puede acompañarte en todas sus facetas mientras observas la rara justicia de los hombres inclinándose peligrosamente…
Mi captor prosperó, celebró y navegó una existencia plena, plácida y reconocida.
Me lo encontré en el infierno al que yo misma le había arrastrado, pero no lo ataqué de pronto. Preferí ver cómo iba desarrollando sus artes para sobrevivir esa infinitud oscura. Y me sorprendió gratamente comprobar que, sin toda la parafernalia de la estructura del poder, del ejército y de sus secuaces no era más que un diablillo bisoño y torpe en sus primeros pasos hacia el mal no normativo.
Se lo comerían vivo… Y yo estaría allí para contarlo.
Pero me trasladaron al cielo, arrebatándome todo. Y seguí sin entender nada, ya que lo único que me mantenía ahí, era la dulce, dulce venganza.
Me crucé con Laura por el pasillo. El tiempo justo para verle los ojos. Rojos, hinchados. Volví un paso atrás. Oye, ¿Qué te pasa? Se le escapaban las lágrimas. Anoche Fran se fue. Me he pasado toda la noche llorando. Luego te cuento. Continuamos deprisa, mirándonos aún.
No la vi hasta después del fin de semana. Estaba radiante. ¿Os habéis reconciliado? No, ha sido fantástico. Estoy encantada de haberme librado de él.
Su esplendor se hacía patente allí donde estuviera. Trabajando, en el descanso… desbordaba una energía irresistible.
Pero, ¿Qué te ha pasado? Estás distinta… Sí, me tumbé en el sofá, en silencio. Pasó un rato, no lo echaba de menos. Sentía alivio. Me invadió una alegría que ya había olvidado. Ya no me pesaría su mirada en la nuca. Mis vísceras, pobrecitas, se esponjaron y ocuparon de nuevo su espacio.
Pues no sé qué decirte, me entran ganas de reír. ¡Ríete! La vida me ha echado un cable. Se dejó un par de calcetines sucios que ya he tirado y una botella carísima que compramos unas vacaciones para una ocasión especial. Si quieres, te vienes y lo celebramos. Sí, claro, una ocasión especial.
Estoy loco por ella.
Nada. Todo en blanco. Por primera vez en años, no se me ocurre qué contar. Ni mi insomnio de las cuatro de la mañana, que ha sido siempre tan creativo, me ayuda para empezar. En frente del folio vacío, hago malabares con el bolígrafo invocando a las musas para que acudan en mi auxilio. Silencio. Agotado, me tumbo en el sofá para echar una cabezadita. Antes de dormir contemplo a mi hija jugar con su tiranosaurio de peluche. Al abrir los ojos veo que sigue ensimismada en su juego. Tengo una idea.
El acto de observar conscientemente produce descubrimientos fortuitos _ dijo el profesor de química antes de acabar la clase.
Regresé a casa reflexionando las palabras del profesor.
Ahora se ve fácil pero las personas que dieron en el clavo, wow, que manera de mirar la vida. Eso si que es sacar provecho de los incidentes del día a día. Nada es casualidad y si obtienes una respuesta adecuada del hecho de que tu perro vuelva a casa lleno de bolitas pegadas entre sus patas tras un paseo por el campo, inventando algo tan usado como el velcro, te puedes convertir en millonario. Ojalá pudiera descubrir cómo fabricar un papel de colores con adhesivo de quita y pon, o un refresco.
“Observar es vivir con los pies en la tierra buscando oportunidades, no problemas”- me dije. Fui a clase de química y descubrí el secreto de la felicidad. Como cuando te metes en internet buscando plataformas para compartir tu poesía y descubres una que organiza periódicamente concursos literarios. Este si que es un gran premio. La fama y el dinero no interesan tanto en este momento, lo importante es poder desarrollar tu capacidad creativa con cada oportunidad que se presente.
Saludo ante cientos de focos y cámaras. Hoy me entregan el premio Nobel en Medicina. Sonrío, pero no saben que estoy aquí por una serie de despistes que marcaron mi vida.
Mi milagrosa molécula la descubrí por descuido del becario, que confundió un reactivo con un bote de insecticida para moscas olvidado por mi esposa. Quizá estaba allí “por si las moscas”.
Me equivoqué de sala en un congreso y allí estaba la mujer de la maleta amarilla, que asistía por petición de una amiga que no pudo acudir. Surgió el amor. Era bióloga y me enseñó muchas cosas.
A la chica de la maleta amarilla la conocí en la estación de autobuses cuando tuve que correr tras ella porque se equivocó y salió con mi maleta. Diluviaba. La alcancé, hicimos el intercambio y tomamos un café. Si no hubiera llovido, estaría soltero.
Mi maleta amarilla la heredé de mi tía abuela que nunca tiraba nada, “por si acaso”.
Aquí estoy, ante gentes que piensan que el conocimiento científico es la base de mi galardón, pero no saben que más obedece a mis múltiples despistes y torpezas.
No sé si hablarles del milagro molecular o del poder de la serendipia.
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