Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

FE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA FE

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Comenzamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de FE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
14 de FEBRERO

Relatos

90. Gatoterapia

Los primeros maullidos son tímidos, pero pronto nos lamemos, vagueamos panza arriba. Nos hartamos de delicias gourmet. Con la tripa llena buscamos un lugar cómodo. Nos acurrucamos. No pensamos. Tampoco juzgamos ni criticamos. Sencillamente, contemplamos. No tardamos en percibir lo invisible: la vibración de los rayos solares, el latido de las plantas, la melodía del viento y el aura de cada ser vivo. Justo al borde de alcanzar la iluminación el reloj marca las doce: se nos cae el pelo a matojos dejándonos la piel calva, el grácil cuerpo gatuno adquiere de nuevo dimensiones humanas, torpes de artrosis y lumbalgias, y avanzamos desnudas hasta sumergirnos en nuestra realidad de atascos, envidias, lágrimas, sudores y esfuerzos. 

89. La fabulosa fábula de los amantes entregados

Ronroneamos y lamemos el pelaje del otro con cariño. Tigre, yo. Pantera, ella. Vacíos por lo entregado. Henchidos por lo recibido. El sopor nos mece, saciados, complacidos y aún complacientes mientras apuramos el amor que compartimos. Y así nos entregamos al sueño con la tranquilidad que nos da la confianza. En mitad de la madrugada me desvelo y desvelado queda lo que tardo en entender unos segundos. Me quedo helado. La belleza felina que dormía a mi lado ahora está agazapada detrás de mi mesilla. Sin perder la elegancia, la sigilosa pantera escruta mi móvil. Yo: rugido interrogante. Ella: mirada mordiente. Depredadores enfrentados, a cuál más presa. Una certeza me sacude ferozmente el hocico: Podemos olvidarnos de las perdices para el desayuno.

88. Plenilunio

Fidel es un hombre lobo. Celebra esta noche su cincuenta cumpleaños. Siete años, en edad perruna: el ecuador de la vida. Anda deprimido porque su existencia es más la de un perro doméstico que la de un cánido salvaje.

Cenarán en el salón, con mantel y cubiertos. Abrirán vino y elogiarán el punto que da su mujer al conejo. El abuelo contará de nuevo lo de cuando esquivó aquella bala de plata. Los cachorros protestarán porque prefieren la carne más cruda. Y la abuela rezongará porque, con la dentadura como la tiene, ya no puede masticar bien las vértebras del cuello.

En las noches de plenilunio, Fidel busca un claro del bosque, hincha el pecho y aúlla hacia la luna. Puede ser animal hasta el lubricán y se siente indestructible. Corre, salta, escarba. Pega zarpazos al aire y desmiembra conejos entre sus fauces. Luego, cuando amanece, recupera la ropa y regresa a casa extenuado. Entra por la ventana entreabierta y deja en la ducha un rastro telúrico y herrumbroso.

Hoy su jefe ridiculizó a Fidel por las ventas y su carácter apocado. Mientras, él se sacaba un resto de pellejo de entre los dientes y sonreía.
Mañana hay luna llena.

87. PECES

Cuando baja la marea, la playa se llena de charcas donde los peces atrapados nadan en tristes círculos, y los chiquillos intentan capturarlos con cubos y redes de juguete. El niño de ojos rabiosos, pescador consumado, introduce a sus víctimas en un vaso de plástico encontrado en la basura. Los peces se hacinan en posición vertical, absorbiendo apenas el oxígeno restante en el agua. La gente le recrimina, le ruegan que los devuelva al mar, pero él los mira desdeñoso y continua implacable su cacería.

Cuando la marea sube y el agua devora las charcas, el niño de ojos rabiosos arroja su vaso al mar y regresa a la orilla, dejando tras de sí una hilera de cadáveres. Después camina arrastrando los pies hacia el Edén de las Sirenas.

Allí esperará en un recibidor oscuro que huele a cangrejo muerto a que, uno tras otro, salgan de la habitación distintos hombres a medio vestir, sudorosos, sonrientes y ya, por último, su madre. Avanza con premeditada lentitud, mientras se imagina a aquellos hombres como peces atrapados en las charcas, a los que mañana intentará capturar uno tras otro y los retendrá en su vaso hasta que al fin dejen de moverse.

86. REPOBLACIÓN

Las cigüeñas ya tenían sus nidos en las torres desde hace tiempo. La de la iglesia, la del ayuntamiento y la fábrica vieja. Llegaron después los mirlos, rabilargos y también abubillas. No las habíamos vuelto a ver desde el verano del ochenta y dos.
Los zorros convivían bien con los jabalíes y peor con algún roedor que apresaban para comer, si no se los arrebataban antes los halcones y milanos.
Ya solo quedábamos tres vecinos en el pueblo. Queta, Goyo y yo. Comíamos sobre todo verduras y legumbres que seguíamos cultivando. Aunque ya no cazábamos, alguna vez asábamos conejos al ajillo que nos regalaban las rapaces.
Desde que los animales empezaron a convivir con nosotros, la plaza y la antigua carretera nacional están más animadas que nunca.
Ahora es temporada de cría para los gatos y son buenos depredadores, así que igual cataremos perdices esta semana.
Y en un mes bajarán los oseznos, con sus madres, a cazar salmones en el río que baja caudaloso. Siempre nos dejan varios por la orilla.
Nunca habíamos sido tantos habitantes por aquí.

85. DAÑOS COLATERALES (ENCARNA RUIZ)

En su afán de innovar algunos números circenses, a Paquito, el domador, se le ocurrió entrenar a una pareja de chimpancés para que simularan beber una copa de vino ante el público. Después les ordenaba subirse a una pequeña bicicleta y, como si fuera improvisado, los simios fingían un tambaleo etílico y acababan cayendo, haciendo que el público se tronchara de risa. Solo Paquito sabía las horas que estaba dedicando a enseñarles el numerito.

Hasta que un día, en plena función, los chimpancés se subieron encima de Paquito y, entre aplausos de un público enardecido, iniciaron un cortejo amoroso que terminó con el domador en el suelo y los monos copulando sobre él.

84. IMITANDO A LOS MAMÍFEROS

Tengo un galgo que se cree que es un gato, y siempre anda persiguiendo a mi gato Pumby, que a su vez piensa que es un pájaro, incluso ensaya el vuelo cuando intenta dar caza al gorrión de las 11 de la mañana que acude a su cita en la terraza. Desde mi silla de escribir observo la escena repetida de la persecución en cadena cuando de repente, el pájaro se detiene, se gira, y lanza un bufido de amenaza a Pumby, erizando sus plumas y mostrando las uñas. Desconcertados, ambos perseguidores se quedan inmóviles, la escena se congela y ese instante lo aprovecha el gorrión, un día más, para escapar corriendo como un galgo.

83. Kira (Salvador Esteve)

Siento la cuerda apretando mi cuello; el peso de mi cuerpo me hace anhelar el aire. Pataleo con desesperación mientras mis ojos suplicantes buscan su rostro.

82. De la UCI al Psiquiátrico (Alberto BF)

Cada mañana me levanto antes del alba, y subo bien temprano a la torre más alta de la ciudad.

Desde allí oteo el horizonte con mi gran agudeza visual, observando con tranquilidad cómo, poco a poco, va despertando la vida ahí abajo.

Lo que les cuesta a algunos comenzar el día. Me encanta contemplar desde mi atalaya cómo inician la jornada esas pobres criaturas desgraciadas, ignorando que, sobre sus cabezas, hay alguien que analiza con paciencia todos sus movimientos.

Pero yo les dejo vivir, aunque sea un rato más. Hay que permitir que esos ilusos, en su escaso entendimiento, se sientan felices. Incluso libres. Lo pienso y me río,  ¡libres! Menudos desgraciados.

Soy yo el que decide quién es libre, y solo lo será mientras yo quiera. Así que, sintiéndolo mucho, ha llegado la hora de acabar con esto.

Despliego mis alas, establezco mi objetivo, y comienzo un vuelo vertiginoso hacia mi primera presa. Después seguiré por el resto, hasta acabar con toda su raza. Que sepan quién manda aquí, ya les he permitido respirar demasiado tiempo.

《Benjamín, menudo golpazo, está vivo de milagro. Recuerde: no es usted un ave depredadora, solo un vulgar genocida. Y tómese la pastilla.》

 

81. Metástasis

Hace ya… ni te acuerdas, quizá miles de décadas, que no celebras tu cumpleaños, pero en el núcleo de tu corazón sientes que acumulas más de los que desearías. Añoras tu juventud de reptiles gigantes y frondosos bosques interminables, que entonces creías eterna, y rememoras con dolor aquella época oscura que te hizo entrar en la edad adulta, mientras que ahora pareces moverte solo por inercia y atraída por el calor del sol.

Y aunque desde hace un tiempo no dejas de preocuparte por tus achaques, esa tos volcánica tan perniciosa que desgarra tu interior o la última fractura que te produjo la deriva de los continentes, te inquieta que la inmensa belleza que aún atesoras se pierda entre el humo negro e irrespirable que tiñe el cielo de tus pulmones, en la sequedad que se extiende en zonas cada vez más amplias de la superficie de tu piel, abrasada por esa fiebre que no remite y te hace subir de temperatura inexorablemente año tras año y, más que nada, te angustia notar cómo te corroen, de forma irreversible, esas células incontrolables que ni siquiera sabes de dónde surgieron. Y cómo proliferan. Ya son más de ocho mil millones.

80. LETARGO (Ana María Abad)

Flotando entre dos aguas, a la deriva, la ballena azul no emite un solo sonido, no mueve ni una aleta, ni siquiera hace el esfuerzo de abrir los ojos. ¿Para qué? Todo es inútil, el amor le ha sido revelado y negado al mismo tiempo y ya no le quedan ganas de nada que no sea abandonarse a ese silencioso sopor que, poco a poco, va hundiendo su formidable corpachón en las frías profundidades.

Desde las alturas, la luna la contempla, pesarosa. ¿Cómo iba ella a suponer que uno solo de sus rayos de plata provocaría semejante drama, primero al jugar, inocente, con el animal, y luego al huir de él, travieso?

79. El color con que se mire

Titán es un mastín gris de collar amarillo que sabe dónde y qué morder. Nacido en La Matanza bonaerense, los dueños lo vendieron a un policía federal que, en su tiempo libre, sale de caza. Aprendió a sentarse, a responder con rapidez, a pararse a la voz de su amo. El mejor amigo del hombre. El cazador dispara a todo lo que se mueve. Son días largos teñidos de un granate penetrante. Pero Titán detecta mejor el amarillo y el azul y confía en su olfato, como en aquel incidente en el que arrancó los genitales al manifestante que se saltó a escondidas el cordón de vigilancia. A diario, cuida que los transeúntes circulen por su sitio, que las mochilas estén vacías de toda amenaza. Ladra poco, su gruñido es una señal contenida que suele recibir el premio de la mejor carne roja. A veces, el amo lo deja con hambre, pues regula con medida sus costumbres: lo suelta para que se desate con los prisioneros de mono azul en el sótano de El Olimpo, en las celdas clandestinas, donde la soledad, al contraluz de la entrada, se torna afilada y amarilla.

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