Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

PERTENENCIA

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA PERTENENCIA

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA PERTENENCIA en todas sus variantes. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE AGOSTO

Relatos

80. Temores

Tras la alentadora charla con su padre, se lanza decidido a la piscina, aprovechando que, a esas horas, está solo y nadie puede reírse de su miedo a las malditas líneas de carril dibujadas en el fondo. Salta con la seguridad que le da la burbuja de su espalda; esa que impide que se hunda y acabe en sus garras. Nunca vio a ninguna línea llevarse a un niño, aunque imagina que pueda pasar. Pero, cuando supera la mitad de la piscina, algo le agarra de un pie. Intenta escapar. Se mueve con energía para zafarse, formando un remolino de salpicaduras que no le deja ver nada a su alrededor. Hasta que, agotado, se da por vencido y mira atrás, donde su padre lo sostiene por el pie, aterrorizado al verlo avanzar sin su burbuja.

79. Insomnio

Al oír la llamada, el sudor se acumulaba en la parte inferior de mi espalda. Nunca hay buenas noticias si el teléfono suena de madrugada. En mi cabeza se repetía en bucle el día que vi el asesinato. No me importaba cómo habías escapado, pero sí cuándo vendrías. Sin esperar a que amaneciera, cogí un taxi y me subí en el primer avión al extranjero. Lejos de Sicilia, sin móvil ni identidad, gasté todos mis ahorros en el mejor cirujano plástico.

Aunque ya han pasado veinte años, uno no sabe lo paciente que puede llegar a ser la venganza. Tras el cristal, siento tu presencia en la oscuridad de los alrededores. La lluvia parece querer devorarlo todo, cuando un relámpago hace que casi me estalle el corazón al verme reflejado. Con el dedo en el gatillo desde el apartamento de protección de testigos, sigo despierto esperando que llames a la puerta.

78. LAS FORMAS DEL MIEDO

Los niños se asustan de cualquier tontería. Mi hija le tiene miedo a las formas. Ella llama así a las siluetas que, por la noche, habitan la penumbra. Las formas, dice. A mí solo me preocupa que se sienta segura y suelo dejar ligeramente entreabierta la puerta para que las tinieblas no se adueñen de la totalidad de su cuarto. Así una chaqueta apoyada en el respaldo de una silla, por ejemplo, se convierte en la figura de un enano y el traje que cuelga de detrás de una puerta es, qué inocente, un hombre sin cabeza. Y si del armario sobresale la manga de una camisa, la pobre piensa que se trata de la mano del monstruo que habita dentro, mientras que la ropa amontonada en el suelo es un animal salvaje. Yo lo único que quiero es que sepa que siempre estaré a su lado para cuidarla. Por eso, cada noche, antes de apagar la luz, coloco la chaqueta en la silla, cuelgo el traje de la percha, amontono su ropa a los pies de la cama y dejo que una manga sobresalga del armario. Luego entrecierro la puerta y espero. Tarde o temprano acaba pidiéndome que vaya.

77. El piso de arriba

Toda mi vida he oído unos pasos correteando por los pisos de arriba. Cuando era un niño, a pesar del terror que me hacían sentir esos malditos repiqueteos, siempre intentaba descubrir qué los producía. Subía y abría armarios, cajones, revolvía baúles, levantaba colchones. Mis padres no tardaron en internarme en un psiquiátrico. Por fortuna con el tiempo aprendí a controlarme cuando sentía el acoso de esas pisadas sobre mi cabeza, sobre todo porque siempre elegía para vivir casas de una sola planta. Hasta que me casé. Nos compramos un dúplex y he vuelto a las andadas. Hoy por fin se lo he confesado a mi mujer porque ya no soportaba más vivir en nuestra casa y estaba viendo que esa locura estaba pasando factura a nuestra relación. Me sentía muy culpable cuando veía su cara de miedo. Creía que también había empezado a tener verdadero pavor de subir al piso de arriba, nunca la veía allí. Cuando he acabado me ha mirado con recelo. Me ha contado cómo desde niña cada vez que está en un piso de arriba de repente se abren las puertas de los armarios, los cajones salen volando, los baúles se vacían y los colchones levitan.

76. Días nublados (Blanca Oteiza)

Tengo miedo de las siluetas que se perfilan frente a mis ojos y no logro ya reconocerlas. Tengo miedo de que las sombras sean cada vez más alargadas. La voz de mi hijo me susurra, en un intento de tranquilizarme, pero mi angustia crece imaginando monstruos en la oscuridad. Estoy cansada de las visitas continúas al hospital, de los médicos que ya no saben qué responder y de las tinieblas que me rodean.

Mi hijo me coge fuerte la mano, me anima a que siga caminando. Me presentan a mi nuevo amigo labrador, los ojos que verán en esta niebla espesa que me abraza sin piedad desde hace un tiempo.

75. Sesiones

Convendremos en que el miedo es necesario, sugiere hoy el médico. Hace como que repasa sus notas, pero en realidad me observa de reojo. Mi gesto de asentimiento debe resultarle insuficiente. Háblame de tu miedo, me dice. Si te apetece. Y yo lo miro en silencio como si él fuera mi miedo. Como si en los pelos amarillentos de su bigote residieran mis temores. Mi miedo, le digo al rato, ya lo conoce. Y es él entonces, por su mirada, quien parece haber hallado en mí algo suyo. La pared, quizá, en la que golpear con la mano y gritar “casa”. Verá, doctor, añado mirando el poto sediento del alféizar, hay veces en que siento que no puedo aguantar más, pero al final resulta que sí puedo, y debe de haber pocas cosas peores que eso. Él detiene ahora sus apuntes y me mira con gesto neutro. Suspira disimuladamente. Mañana tenemos que racionalizar esto último, dice. Acaba la sesión insistiendo en la conveniencia de relativizar cualquier estímulo negativo. Yo le digo que trabajo en ello, que lo intento a cada momento y con todas mis fuerzas, pero que toda mi capacidad de perspectiva escapa siempre disparada por el punto de fuga. 

74. Cuenta atrás (Pablo Cavero)

Los sicarios se acercan. He escuchado los motores. Veo como se detienen dos camionetas inconfundibles. No hay tiempo que perder. Bajamos raudos al sótano. Mi máquina del tiempo no está testada, pero es nuestra única oportunidad. Activo los parámetros. Nos acomodamos. Diez segundos y nos disiparemos. La cuenta atrás ha comenzado. Arriba se oyen estruendos en puertas y ventanas. Nueve. ¿Dónde se han metido? Ocho. Varias pisadas recorren las estancias. Siete. ¡Vamos inútiles, cogedlos! Seis. Tienen que estar en la casa. Cinco. Una voz grita: “¡Abajo!”. Cuatro. Papi nos han descubierto, tengo mucho miedo. Tres. Pasos en la escalera. Dos. Los esfínteres de mi hijo han sido presa del pánico. Uno. Chasquidos de armas. Cero. Ya somos invisibles, pero les veo trastear en el teclado. ¡Mierda, también se han esfumado!

73. Salta

Un agujero negro circunda mi cama como si de un foso de cocodrilos se tratara. Hace unos días intenté salir, me pareció haber dejado de escuchar el rugir de su profundidad ilimitada. Pero cuando me asomé, unos ojos clavaron su  mirada en los míos y, aterrado, me escondí bajo el edredón. Tapé mis oídos, pero seguía escuchando su risa maléfica, así que canté fuerte, muy fuerte, por aquello de espantar el mal.

Se ha movido, ahora está en la puerta de la habitación, nadie puede entrar. Cuando lo intentan les grito que ni se les ocurra o caerán al infinito, se perderán para siempre. Lloran, supongo que a ellos también les aterra.

Creo que nos hemos hecho amigos, es lo que tiene la convivencia. Hay días en los que me permite caminar sobre él como levitando. A cambio, yo le dejo arroparme por las noches. Es entonces cuando me susurra al oído que todo va a ir bien, que puedo volar, que lo intente. Siempre deja la ventana abierta y yo miro las estrellas, quizás tenga razón, quizás huir de todo sea tan fácil como saltar a ese otro vacío del que sí veo el final.

72. LAS LLAVES (Nani Canovaca)

No me explico como he podido olvidar el pago del último trimestre del IVA. Solo me quedan de plazo un par de horas. Cojo el coche para llegar a tiempo. Aparco en un lugar un poco estrecho, pero lo consigo. Al cerrar el coche, las llaves se me escapan de las manos y caen sobre la rejilla de la alcantarilla que hay bajo mis pies. Se quedan enganchadas y me agacho para cogerlas. Como me cuesta (el espacio es muy escaso), me arrodillo como puedo y meto mis dedos. Las agarro con dificultad, pero noto que algo me roza. El escalofrío que siento, me hace dar un respingo y se me escapan de nuevo. Intento serenarme, creo que la imaginación me está jugando una mala pasada. Vuelvo a intentar cogerlas, siguen medianamente a la vista y un aliento empalagoso me absorbe. Siento como me cuelo por las rendijas. Tengo la sensación de que ya no pagaré más impuestos, pero lo que me duele, es saber que he dejado unas criaturas en el colegio esperando que a la salida les recoja. Tengo mucho miedo, quiero pedir ayuda pero mi boca no responde. Estoy paralizada, quiero gritar pero no puedo.

71. Desamparados

Mamá no duerme. Un chacal en su ventana vigila cada noche. Cuando cierra los ojos, el chacal levanta el hocico hacia la luna y aúlla sin parar. Entonces mamá da la luz de la mesilla, perfila los labios como cuando nos besaba después de rezar el padre nuestro y hace un gesto con la mano para que alcance al animal. A veces cuenta las arañas que corren alarmadas por el fulgor de la bombilla a refugiarse en sus rincones.

Por las mañanas mamá no se levanta. Fran y yo hacemos nuestras camas, preparamos el desayuno, nos vestimos y salimos corriendo hacia el colegio, pero antes visitamos a mamá en su desvelo y besamos sus mejillas. Al volver, algunos días, vamos al mercado, cocinamos el almuerzo y, cuando hemos terminado los deberes, entramos en su cuarto. Nos gusta verla suplicar algo de comida o cómo hace pucheros para pedir que la soltemos. Le contamos un cuento para aumentar el peso de sus párpados, solo por el placer de oír el aullido del chacal. A su lado papá no dice nada, hace días que dejó de respirar; las arañas terminaron su mortaja y esperan impacientes que el chacal regrese a su cubil.

70. El discurso del miedo (Alberto Benito Fernández)

Madrid, Noviembre de 2021.

Hace tiempo que no salgo de casa. Ni siquiera, a por el pan. Cómo voy a salir.
Tengo miedo, no hago más que escuchar en los medios que en cuanto pise la calle, ocuparán mi piso.

Y que lo ocupen no será lo peor; no hay duda que lo hará una pandilla de inmigrantes, de esos que vienen a quitarnos nuestros trabajos y violar a nuestras mujeres.
De pensarlo me dan los siete males.

Afortunadamente, puedo hacer la compra por internet y así evito, además, tener que esquivar a vagabundos dispuestos a robarme si me acerco a las tiendas del barrio.
Y si enfermo, me atenderá el médico por videollamada, gracias a mi seguro de salud privado. Qué tranquilidad.

Eso sí, mataría por unas cañas. Fútbol, misa y toros también se echan en falta, aunque menos. Los puedo ver en televisión.
Pero unas cañitas, así, fresquitas, en una terracita… son tan imbatibles como un chuletón al punto.

Creo que al final contrataré la alarma. Dicen en la radio que la seguridad es fundamental. Y sentirme libre, más.

Aunque hay algo que me angustia: ¿me dará tiempo a contratarla antes del gran apagón mundial?

69. Miedo (Aurora Rapún Mombiela)

Empecé a sentirlo el día en que encontré a mi mujer muerta en el salón. Los síntomas, que se repiten desde entonces, suelen ser siempre los mismos: escozor en la garganta, lagrimeo, opresión en el estómago y dolor de cabeza. Puede durar segundos o días. Hubo una ocasión en que el ataque fue especialmente virulento, cuando detuvieron al asesino y lo reconocí. La impresión fue tan fuerte que todavía me asalta y me deja sin resuello. Sobre todo cuando vuelvo a reencontrarme con su mirada extraviada, las pocas veces en que me atrevo a mirarme en un espejo. 

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