¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2025
PREMIO SENDERO EL AGUA 2025
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


El soldado raso Oliveira nunca olvidaría el día que, sin quererlo, derribó la dictadura. Las órdenes eran vigilar calles y edificios principales y controlar cualquier actividad subversiva. En una plaza casi desierta la vio. Era una mulata de pelo ensortijado y mirada de café que atendía un improvisado puesto de tabaco. Compró una cajetilla sintiéndose torpe, con un hierro colgado a la espalda y sus botas del 45 que olvidó limpiar . Ella colocó un clavel en el cañón de su fusil.
-Así sé que no lo usarás – le dijo con el inconfundible acento de las colonias. Todo parecía a la espera de algo. Se rozaron un instante y empezó la lluvia de claveles. Era un chaparrón tibio que tapizó las calles de rojo y atascó Jeeps y blindados, llenando el aire de aroma a flores tiernas. Tras días conteniendo el aliento la gente salió de sus casas a respirar el aire nuevo, y comenzó un movimiento imparable que tomó las calles, devolvió a los militares a sus cuarteles y acabó, sin un solo disparo, con la tiranía. Desde entonces el día de la Fiesta Nacional no se ven banderas, las puertas, balcones y ventanas se llenan de flores.
¿No os habéis preguntado nunca por qué el genio de la lámpara es tan generoso y concede tres deseos? Todo en este mundo tiene sus comienzos. Incluso los seres mágicos.
Al ser creados los ifrits del vaho de los dioses, uno muy chiquito se metió en una lámpara de aceite, con tal ímpetu que empezó a dar tumbos hasta pararse en una pila de chatarra. Mientras buscaba entre los cachivaches algo que pudiera vender, Farid fue el primero en encontrarla. Cuando la limpió, frotando fuerte, salió el joven genio.
–¡Dime que deseas y te serviré! –exclamó complaciente.
Tras la sorpresa inicial, el niño pidió comida para su pobre familia.
Al momento apareció un banquete digno de sultanes. Farid abrió tanto los ojos que el inexperto espíritu pensó que no había colmado sus expectativas.
–Puedes pedirme otro deseo –farfulló sonrojándose.
El asombrado muchacho quiso cambiar los harapos que llevaban, él y los suyos.
Al ver los lujosos ropajes, su barbilla parecía tocar el suelo, expresión de nuevo malinterpretada por el etéreo ser.
–Te permitiré una petición más –decidió, urgiéndose a mejorar en su oficio.
Enseguida corrió la voz sobre el maravilloso espíritu que concedía tres deseos. Sintiéndose adulado, lo mantuvo así.
Y en el principio creó el verbo y el verbo se hizo palabra y habitó entre nosotros y vio el escriba cuán solo estaba y le dio un sustantivo por compañero y les ordenó crecer y multiplicarse y ser los señores de las letras y el verbo tanteó al sustantivo y el sustantivo, receloso, le exigió que le regalara algún adjetivo y el verbo le manifestó cuán encantador, ameno y exquisito resultaba y le hizo preposiciones deshonestas y el sustantivo las aceptó y lo hicieron bajo, sobre, contra, entre, con, sin, hasta y tras y se acentuaron y adverbizaron de todas las formas posibles, en todos los lugares y durante largo tiempo y el escriba advirtió que el frenesí se prolongaba en demasía y les prohibió continuar y observó cuanto habían hecho y vio que era bueno en gran manera y aun así corrigió allí, añadió acá y eliminó acullá y una vez finalizado lo bendijo y lo bautizó microrrelato, en el nombre de Calopie, de Talía y de todas las santísimas musas. Amén.
La vejez es una reacción exotérmica, el calor huye de tu cuerpo y, además, repele la transferencia de energía con otros humanos. En mi caso pronto percibí el helor. Primero mi mente se entumeció, luego todo mi ser se convirtió en un iceberg: un tempano de hielo sentado en el salón. Mi yerno siempre me aproxima su cubalibre para mantenerlo frío. Mi hija, cuando el vaho que desprende mi organismo le empaña la cristalería, me coloca una rebequita. Anhelo un verano caluroso que me derrita definitivamente. Solo espero no estropearles la moqueta.
Me llamo Alika. Y recorrí durante meses lenguas de fuego con mis pies descalzos.
Pasé frío en la noche, me harté de tiritar.
Jornadas con mi alma vagando a la deriva,
siempre siguiendo un norte difícil de alcanzar.
Pude por fin ver el mar, ese del que me hablaron. Más allá del horizonte esperaba mi nueva vida. Aunque para eso primero tenía que llegar.
Atravesé una alfombra azul y en movimiento,
rodeada de gente de mirada que huía
del terror, de la sombra, de la muerte, del miedo,
de tener que fingir que en su tierra vivía
cuando lo que sentía no era más que tormento.
Por fin pisé esta tierra, la que huele diferente. Ya sabía que mi vida aquí tampoco iba a ser fácil, pero esta vez iba a ser vida.
Hoy comienzo de nuevo, no conozco el idioma.
Ningún alma me anima, todas las dejé atrás.
También huelo violencia y odio en las palabras,
poco comparado a lo que me hizo marchar.
Si algún día mis nuevos vecinos vivieran lo que me hizo venir, no perderían su tiempo en despreciar la vida. Evitarían esta huida cruel y dolorosa… en febril poesía y desolada prosa.
—Está empezando a refrescar —dices con la mirada perdida en las fachadas de enfrente.
Y yo, que no lo había notado, siento un escalofrío en cuanto tu mano se posa sobre tu falda. Como una mariposa moteada que en pleno vuelo hubiera decidido morir.
No te desplomas, tus brazos no caen inertes. Ni siquiera apoyas el mentón sobre tu pecho. Con la hidalguía de siempre, mantienes la cabeza erguida. Sostenida por la pared de ladrillos del balcón, o por tu tozudez. No has cerrado los ojos, nunca admitirías perderte nada. Ni siquiera tu muerte.
Acerco mi oreja a tu boca para cerciorarme de que no respiras y entonces tengo que decidir entre perdonarte u odiarte un poco más. Entre llorar como toda hija debería hacer, o explorar esta alegría cargada de alivio que se va instalando entre mis costillas.
Me siento otra vez a tu lado, como cada uno de los seiscientos veinticuatro atardeceres que llevo cuidándote.
Tarareo una nana, de esas que me cantabas de pequeña. El único recuerdo bueno que guardo de ti. Luego me pongo en pie y de puntillas, no va a ser cosa que cambies de idea, entro en el salón y cojo el teléfono.
Si me pides que imagine la muerte, es de color amarillo pajizo. Y cuando de verdad necesito aferrarme a algo, recuerdo mi infancia azul hielo. Todas las mañanas, el filo del frío era mi único despertador. Mamá abría la ventana de la habitación de par en par y salía sin decir palabra. Después venía el agua de la palangana que agarrotaba las manos, el tazón de leche sin calentar, el adiós sin beso. En la víspera de mi décimo cumpleaños no la encontré en casa al volver de la escuela. Nunca más volví a sentir escalofríos. Bien está lo que bien acaba.
Una lluvia heladora marca este nuevo cumpleaños. Es mi primer día de trabajo aquí y me gusta. Bajo la luz blanquísima de la sala resaltan mis uñas pálidas, las venas azulinas. La escarcha de los congeladores parece invadirlo todo, se derrama desde la cinta transportadora que me acerca los productos hasta la sierra chirriante con la que los corto. Tubos de calamar, varitas de merluza, rodajas de congrio. Siempre por ese orden. Uno, dos y tres. Sin excepción, como una trinidad sagrada a la que puedo entregarme con devoción hasta que llegue a confundirse con mis propios dedos.
Lo noté, esa fría caricia pasando por mi piel. Erizaba cada parte de mi cuerpo. Su gélido aliento punzaba mi nuca, sabía que estaba detrás de mí y él supo que yo lo sabía. Solo las palabras de la sacerdotisa venían a mi mente.
«Inocente niña, jamás te des la vuelta y nunca contestes a sus balbuceos. Así ese ser no podrá llevarte.»
Yo intentaba no contestar a sus deseos, eran como una dulce hipnosis y a la vez una horrible sensación la que podía experimentar. Fui fuerte y no conteste. Espere, espere, él nunca se cansaría de atraerme.
Día 254, él sigue en mi espalda y también en mi cabeza. Sucumbiré a su frío encanto.
Apenas se hablan. Martina, recién levantada, corre al trabajo Por trece razones, entre otras, la abultada hipoteca que pagan por La casa de papel en la que viven, la universidad de los chicos, aquel Todo incluido. Cuando sale come con Los Bridgerton, un menú sobrio rodeada de gente de copete. Café con Paquita Salas y su sueño juvenil de ser actriz. Y aunque cenan en familia, se acuesta sola y aburrida, mientras sus ojos derrotados se apagan con Cincuenta sombras liberadas. Arturo, entre balance y balance, intercambia guasap con su grupo del atleti. Entre informes y certificados, queda para montar en bici el próximo domingo en Ruteros por Madrid, el club de ciclismo que acaba de descubrir en Facebook. Por las tardes cuelga en Instagram las fotos del finde por la sierra y, pese a la derrota, también cuelga las del Wanda. Alejandra, la mayor, compagina el Derecho Civil con los Tik Tok de maquillaje, las Stories de recetas y los tuits a C. Tangana. Daniel, cuando no está en clase o entrenando, controla, desde su sillón gamer, un universo digital. Con las luces apagadas, unos seres diminutos aprovechan la escarcha que conquista los rincones para agrandar sus telarañas.
El frío es una bestia con colmillos afilados.
|
ResponderReenviar
|
No se te dan bien. Te atropellas, te enredas, te confundes. Una mirada cruzada, una sonrisa, un guiño. Se te desenfoca el cerebro, imaginas, trazas un sendero de baldosas amarillas. Hasta que vuelve a suceder. Se desmorona. La imagen cae trae los cristales rotos y te das cuenta de que no ha ocurrido nada. Una barra, un vaso, un espejo y tu cara al otro lado diciéndote que no te miraba a ti. Que no se te dan bien los comienzos. Y pides otro trago. A tu lado, alguien que lleva una copa en la mano se acoda en la barra y te roza el brazo. Decides darte otra oportunidad.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









