Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

PERTENENCIA

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA PERTENENCIA

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA PERTENENCIA en todas sus variantes. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE AGOSTO

Relatos

72. IMPULSO

Aunque el detective le había advertido antes de mostrarle la confirmación de sus sospechas, percibió rotundamente que una llamada interior ascendía desde sus vísceras hasta el rostro, que enrojeció según apretaba cada vez mas sus mandibulas y sus manos, aferradas a las fotografías, crispadas hasta doblar el grueso papel satinado. Pudo escuchar su propia voz, lejana y enronquecida hasta resultar irreconocible. Si estuviera aquí…¡La mataría!

Entonces será mejor que no le diga que pase, comentó el investigador con tono profesional. Levantó la mirada hacia el ventanal y una lágrima sofocó el incendio.

«No…Si, que entre y acabemos».

71. Ritual

Jamás he sentido la vida más serena que embarcado en una canoa. Mi familia vivió aquí desde siempre; la Ciénaga era nuestro corazón y los peces la sangre que nos daba la vida. Cuando vinieron los forasteros, fue como si dejara de latir. Plantaron su jungla de hormigón y cemento, levantaron un dique y nos quedamos sin peces. «Si muere la Ciénaga, morimos todos», repetía mi padre. Por eso, una noche de luna llena, hartos de aguantar el hambre, afilamos los cuchillos en la piedra y salimos a buscarlos, aun sabiendo que ellos nos esperaban con escopetas. Sonaron balas, hundimos las hojas en sus carnes y el agua quedó cubierta de difuntos. No me arrepiento, no éramos mala gente.
Eso ocurrió hace unos veinte años. Desde entonces, cada luna llena vengo aquí, donde yo sé que están, aunque nadie los pueda ver. Miro sus restos podridos, como los peces que mataron. Les escupo y les maldigo. Me acuerdo de la bala que se incrustó en mi pecho. Luego vuelvo a la penumbra que inunda los manglares, entre los fantasmas de los que fuimos y dejamos de ser cuando la Ciénaga murió.

70. Cambio

La mujer tomó el mando y marcó el 202 en el teletexto. No pudo evitar una mueca de abatimiento al descubrir que el equipo de su marido había vuelto a perder. Una vez más, éste subiría del bar mascullando su ira, le obsequiaría con algún improperio con aroma a cerveza y se marcharía a la cama sin probar la cena. Contempló por un instante al niño. Cada día se parecía más a su padre. Enfundando en el chándal de fútbol y absorto en la pantalla del móvil, éste descargaba su frustración por la derrota tecleando frenético en el twitter. Posó la mano en su abultado vientre y se juró que las cosas iban a cambiar. Luego tecleó el 203 y decidió que la próxima camiseta sería la del conjunto que encabezaba la clasificación.

69. Paradojas, oficios y un par de cuernos mal llevados

De repente esta noche ha cambiado por completo la armonía.

El clong melódico del chuzo contra las aceras pautado cada diez segundos, cada cuatro pasos, para conducir a buen puerto el sueño fugaz de los vecinos, para tranquilizar los escarceos de los amantes, para azuzar la sombra sigilosa de los gatos.

El tintineo acompasado de las llaves como esquilas que llaman al rebaño y enumeran cada oveja hasta llevar a los insomnes a orillas del letargo; como el salmo de los monjes que reclaman el silencio monacal después de las completas; como el aliento sincopado del orgasmo, que se queda enredado en el tul de las cortinas.

De repente la balada que dibuja en el cielo las estrellas se transforma en el Rock you like a hurricane de los Scorpions, el llavero en campanas que tocan a rebato, la madera que acaricia el pavimento en un arma sublevada contra un cuerpo: un quebrar de carnes, un crujir de huesos, un lamento que penetra en los oídos dormidos de las casas, que despierta a la ciudad.

Cien pares de ojos preguntándose desde sus ventanas por qué ha llegado a golpear así a un hombre, otro al que siempre conocieron por sereno.

68. Segundas partes

Habíamos quedado en el mismo café de Comillas donde nos conocimos. Raquel fue mi primera novia, llevábamos veinte años sin vernos. El dueño nos regaló una canción de Aute que nos trasladó a los noventa como un condensador de fluzo. Salvo nuestras tallas, nada había cambiado. Bajo la severa mirada del Ángel Caído, nos besamos y acabamos en su casa. Puso un disco de música tibetana y empezó a acariciarme el pecho, mientras me daba besos ligeros como copos de nieve que se deshacian al tocar la piel. A los quince minutos empecé a pensar que me venía el seguro del coche, y que para comer iba a preparar calabacín rebozado. Aquello era la madre de todos los preliminares. Debió notar mi impaciencia y me reprochó mi falocentrismo. Las fuerzas me abandonaron y nos vestimos rumiando antiguos rencores . En la puerta me dijo, visiblemente irritada, que de un tío tan leído como yo esperaba una sexualidad más sofisticada, y que el sexo conmigo era como montar un mueble de Ikea.
– Siempre nos quedará Comillas – balbuceé encajando el golpe.
Aquel episodio marcó el final mi juventud, pero las desventuras de un hombre maduro dan para otro relato.

67. Imposición de manos (Jesús Garabato)

Bajo la mortecina luz de la enfermería del asilo, el masajista no dudó al reconocer aquel lunar sobre la nuca del anciano. Fueron demasiados años evocando, en medio de sus noches insomnes, esa calva desdibujada en el sucio espejo de la sacristía postrada ante él. Crispando sus manos,  cierra los ojos.

66. La segregación del odio.

Entraron de noche, derribando la puerta de una patada y arrasando el silencio con los ladridos de los perros y las carreras de los soldados.

Primero encontraron a mi hermana, aguantando a duras penas el llanto tras el forro del armario. Después sacaron a rastras a mis padres, escondidos bajo el colchón de su cama, y poco después dieron conmigo.

Mientras nos arrinconaban en el salón pude verle. Hans estaba junto a la puerta, mirándome impasible. Corrí hacia él y le imploré perdón cogiéndole de la mano. Nos conocíamos desde que éramos niños, y siempre habíamos sido muy amigos. Nunca quise hacerle daño, pero cuando rechacé su proposición de matrimonio se enfadó y no volví a verle más, hasta esa noche.

Su bofetada me dejó sin sentido, y cuando desperté estaba presa en uno de los calabozos de las S.S.

Allí me daban de comer lo justo para mantenerme con vida, y cada noche, Hans derramaba sobre mí, en pequeñas porciones, todo el odio acumulado durante años, maldiciendo el haberse dejado robar el corazón por un ser inferior a su raza.

 

 

 

 

65. Carambola mortal (JAL)

Al compás de su bastón al caminar llegó al lugar convenido para el encuentro. No podía creer su suerte. Era guapísima y tenía una sonrisa cautivadora. Convencido de que sería la definitiva, la última de una interminable lista, decidió besarla allí mismo, pero con la emoción cayó fulminado, víctima de un infarto. Ella permaneció junto a él, esperanzada, hasta que por fin consiguieron reanimarle con un desfibrilador. Entonces dio media vuelta y, entre maldiciones y exabruptos, se perdió en las sombras de la ciudad. Esa noche fueron muchos los desdichados que añadió a su interminable lista, al toparse con el chirriar de su guadaña al caminar.

64. Vendo musa casi nueva (Patricia Collazo)

“Los pasos se perdieron en la noche silenciosamente, tercamente, subrepticiamente…” ¡Para! ¡Para! ¿Podrías dejar de sugerirme adverbios terminados en mente? ¿Acaso no sabes que eso es lo primero que le chirría a cualquier editor, a cualquier jurado, a cualquier lector con cierto criterio?¡No me lo tomaré tranquilamente! ¡No! Dime de quién son los pasos que se pierden. No quiero saber cómo sino de quién, tal vez por qué, pero no cómo. ¿Vale? No, no me estoy portando injustamente, ni exageradamente, ni siquiera violentamente. Pero puedo hacerlo. ¡Te lo aseguro fehacientemente! ¡Que no te lo diré ni mansamente, ni pepinillamente! ¿Sabes qué te digo? ¡Que te puedes coger vacaciones de aquí al siglo próximo! ¡Es más! ¡Estás despedida! ¡Sí! ¡Trumpmente!

63. VERGÜENZA AJENA

—Esto no es lo que habíamos quedado, ¿te estás burlando de mí? —Golpeó la mesa con el puño. Al otro lado de la mesa, la esposa sonrió, salvó las copas a punto de derramarse y se volvió para mirar disimuladamente a una pareja del fondo.

—Pues no sé por qué no te gusta, es preciosa. Mira, si lo prefieres, yo me quedo con la chica y para ti el calvo.

—Íbamos a tomar la decisión de mutuo acuerdo, pero tú has empezado a lanzarle miraditas. Se han dado cuenta. No quiero seguir.

—No seas tonto, cariño, solo tanteaba el terreno. Estoy segura de que aceptarán.

—Conmigo no cuentes —Al levantarse la mesa crujió—. Me largo.

—Por favor —le rogó ella tirándole de la manga para que volviese a sentarse.

—He dicho que no —dijo levantando la voz. Todos los comensales lo escucharon.

—¿Qué coño miráis? —gritó alzando ambas manos.

—Haga el favor —Exigió un camarero y le colocó una mano en la espalda empujándolo levemente—. Está montando un escándalo y aquí…

—¡No me da la gana! —Se revolvió.

Gritos, mesas volcadas y la vajilla propia y ajena haciéndose añicos. La mujer, pidiendo disculpas, hizo mutis por el foro.

62.- Los silencios incómodos

Empieza mamá, visiblemente alterada. Pregunta que qué horas son estas horas para un crío. Bajo la mirada y recuerdo al tonto, y a sus padres, a los que casaron cuando aquel gañán se llevó a la muchacha tonta y la devolvió con una barriga sospechosa.

Se une papá. Apaga la televisión para arrojarme los mismos improperios de siempre. Sigo mudo, sin levantar la cabeza mientras pienso que, en realidad,  no hace falta nacer tonto. Eso, en el pueblo, da igual si la presa reúne ciertos requisitos. Y este cumplía casi todos: esmirriado,  miedoso y con gafas. Al desgraciado le aguardaba un infierno de humillaciones y perrerías.

Ambos continúan gritándome y yo no consigo olvidar esa tarde, cuando lo arrastramos hasta la trasera del taller mecánico para introducirle por el ano la manguera del aire comprimido con la que hinchamos las ruedas. Escapamos corriendo con las primeras convulsiones.

Me mandan a la cama. Sigo sin poder contarles que el dueño del taller, que siempre fue muy cariñoso con nosotros, nos aseguró haberse encargado de todo aquella tarde. Pero que, desde entonces, nos obliga a visitarle cada noche,  cuando cierra. De dos en dos, y en completo silencio.

61. El granjero tranquilo (fuera de concurso)

Espero que me comprenda, sheriff. De sobra sabe que soy una persona pacífica, tolerante en exceso, diría yo, llegando a actuar a veces con exasperante mansedumbre.

Anoche, sin embargo, al ver que esos maleantes me habían quemado el establo y puesto en libertad el ganado, no pude contener la ira y salí en su busca con el solo deseo de soltarla sobre ellos, acrecentando ese sentimiento con cada gemido de mi caballo, al que estuve a punto de reventar, y con el recuerdo de los míos, cuyas necesidades difícilmente podría atender ahora. Los seguí hasta el desfiladero y, una vez allí, aguardé a que estuvieran dormidos. Admito que dispuse entonces de un tiempo que bien podría haber usado para intentar calmarme. Pero la propia ira me hizo rechazar tal posibilidad. Así que llegada la hora, con las ganas aún intactas, salí del escondrijo y los fui degollando uno a uno.

Lo que hice hecho está, sheriff. De no haber podido contar con mi caballo, o si cualquier otra circunstancia hubiese impedido mi pronta reacción, le aseguro que esta conversación jamás habría tenido lugar. Porque me conozco y sé que luego, pasado ese primer momento, en frío no soy nadie.

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