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Emanaba aquel aroma a galletita de canela y chocolate de forma natural. Además la gravedad no afectaba a su cuerpo: se desplazaba a unos centímetros sobre el suelo y su pelo color miel flotaba, lo que maravillaba a todos, aunque tuviera sus inconvenientes. Pero lo más increíble eran sus ojos violetas, que hechizaban irremediablemente al mirar.
Su familia siempre había intentado salvaguardarla de las pasiones que provocaba. Le ponían gafas oscuras y la encerraban en una jaula con ruedas a prueba de mordiscos cuando salía de paseo, siempre acompañada del enorme perro entrenado para desalentar a los incapaces de controlar sus apetitos.
Cuando cumplió veinte años, Berta asumió su realidad: a nadie le importaban sus sentimientos. Convencida de que solo existía una solución a tanta culpa y tanta lujuria ajena, decidió ser consecuente con su destino. Había perdido la cuenta de amantes suicidas, y la horda de pretendientes acampados bajo su ventana aumentaba sin tregua. Una medianoche oscura descendió inerme para entregarse a su ardor y dejarse devorar.
Al amanecer no quedaba ni una partícula que atestiguara el paso por este mundo de otra semidiosa. Sus admiradores huyeron espantados, insatisfechos y marcados para siempre por la atrocidad del deseo desaforado.
Todos los días, al ir al trabajo, abría bien los ojos pese a la hora temprana en la que cogía el Metro. Entraba medio dormido al vagón, abrazaba la primera barra libre y, disimuladamente, echaba un rápido vistazo al personal esperando encontrarla otra vez.
Ella lo había mirado un día, con total indiferencia, eso sí, pero con unos ojos tan hermosos que ya no iba a poder olvidarlos.
El tren se iba llenando en cada parada y él cambiaba de vagón para seguir escrutando cada nueva cara, cada melena, con la concentración y la experiencia del buen psicólogo que era. Ese día ocurriría, seguro. Conocía bien a las personas viendo solo un instante sus caras.
Y así fue. Esa mañana consiguió divisarla entrando precisamente en su vagón, ensimismada mirando el móvil. Se fue acercando lentamente a ella hasta conseguir rozar su hombro y, entonces, ocurrió. Sus miradas se cruzaron de nuevo pero, esta vez, encontró la suya acompañada de una leve sonrisa que lo dejó paralizado de emoción.
Cuando ella salió apresuradamente en su estación él, presa de los nervios, abrazó su propio cuerpo, suspiró y…Fue entonces cuando se dio cuenta de que le faltaba la cartera.
Por despistarse una vez más en la limpieza de las cuadras, su padre le ordena recoger las chapas de bebidas con las que anda jugando y cumplir la penitencia de dormir la siesta. Para mayor escarmiento, pretende alejarle de cualquier diversión alternativa en su cuarto y propone mortificarle en el de Carmen, fiel amante del reposo diario.
—Y ni se te ocurra despertarla —fue su última advertencia.
Entreabre la puerta y entra gateando hasta la alfombra. Pese a estar completamente cerrado se siente el sofoco del verano. Cuando la vista se acostumbra a la oscuridad, y con la ayuda del hilo de luz que atraviesa un resquicio de la contraventana, va distinguiendo las formas de un cuerpo desnudo. La sábana, embarullada, apenas mantiene cubierto uno de los tobillos.
Ella se gira ocultando la generosidad de sus nalgas para ofrecer la visión de dos pechos que le desafían. Sorprendido, con la agitación excitada del clandestino, se entretiene siguiendo el vaiven de la respiración en su vientre. Extiende la mano. Cierra el ojo izquierdo y dibuja, a contraluz, la línea sinuosa de su cadera, el muslo iluminado en la penumbra. Y mientras, su hermana continúa durmiendo sonriente, como si disfrutara. Provocándole.
Con sus siete años ya conocía la sensación de perdida, el vacío tan inmenso que deja, mi hijo me mira con melancolía y me hace entrega de una invitación de cumpleaños esperada como en años anteriores. Al abrirla leo un nombre bonito que recuerdo que siempre iba acompañado de otro nombre igual de bonito, aunque esta vez lógicamente no estaba impreso, no estaban los dos juntos, aún así lo vislumbré y lo sentí ahí.
Sonrío, asiento con la cabeza. Él se va tranquilo a su cuarto.
Mi mente da un paseo por el pasado no tan lejano. Todo un grupo de niños juntos, descubriendo la vida. Ahí estas con tus sonrisas y tus bromas, con tu tez blanca por el cansancio, con tus lagrimas por no poder, tu cabellera al cero compitiendo con tus ganas por vivir. A pesar de este trayecto estabas contento, un valiente que burla a la guadaña que se paseaba a su lado, robándole días para compartir con los demás.
Este año no estarás presente, pero no te equivoques, estarás en cada uno de nosotros, en cada trocito de corazón que has conquistado…, siempre permanecerás con tus pequeños _ grandes amigos, en tu barrio, con tu gente…
Acababa de dejar la última caja de la mudanza en el suelo cuando te escuché por primera vez. Te confundí con un gato maullando al otro lado de la pared. Tuvieron que pasar unos cuantos días para darme cuenta que eran tus sollozos los que me acompañaron mientras desembalaba mis fotos de viajes felices, mi sentencia de divorcio y el manual de cómo volver a empezar a los cuarenta. Me acostumbré a tu llanto y me preguntaba qué es lo que te hacía tanto daño, cual sería el color de tu mirada, y me sentaba horas y horas a compartir tus silencios, a apoyar mi mano sobre la pared sintiendo la tuya al otro lado. En las noches más oscuras empecé a llorar contigo, sin atreverme a cruzar el umbral y rescatarte. No tuve el valor de preguntar quien era la mujer que se arrojó por la ventana la semana pasada. Hace días que vivo acurrucado contra la pared. Te echo de menos.
–¿Cómo ha sido tu vida?– pregunta el niño.
–Creo que, a pesar de las dificultades, ha sido feliz. Solo lamento haber olvidado las cosas tan bonitas que sentía cuando tenía tu edad– contesta el anciano.
–Si de mayor quiero ser feliz, ¿tendré que olvidar que he sido un niño, como tú?
Sorprendido por la pregunta, el anciano esboza una amplia sonrisa, a pesar de que los músculos del rostro ya casi no responden a los del corazón.
–Escúchame, pequeño… cuando crezcas, y seas casi un hombre, los mayores te dirán que para ser feliz hay que hacer cosas que no te hacen feliz. Pero si no olvidas esas cosas tan bonitas que hoy sientes, tú sabrás entonces lo que debes hacer.
Un rayo de la tarde atraviesa la ventana e interrumpe el sopor de Jacinto. Bebe un poco de agua y se incorpora sobre la butaca para contemplar los setos del jardín vacío de la residencia. Marieta, su ángel del turno de la noche, entra en la habitación a saludarle.
–Buenas tardes, Jacinto, ¿cómo va el día? A ver si ya pronto puedes recibir visitas… ¡Uyyyy, qué buena cara!, seguro que has vuelto a ir de paseo con el abuelo.
Con épica voluntad y perseverancia, solteros y casados del pueblo hacemos cola cada noche en la puerta de tu dormitorio. Pero tú, erre que erre, con esa puñetera manía de la castidad y esa fidelidad omnímoda que te caracteriza, engañando nuestras ganas de ti con dulces y besos volados que no terminan de saciarnos. Y luego está ese vicio tuyo del ganchillo que nos trae a todos por la calle de la amargura. Imperturbable en tu mecedora, las manos como erizos plateados, tejiendo sin descanso noche y día. Algunos, los más viriles, empiezan a flaquear y prefieren distraer la espera con una mano de mus y un sol y sombra en el bar de enfrente. Yo me rindo a tu tesón, y por si sirve de algo, me he hecho con una vieja mecedora, y he aprendido a dar las primeras puntadas para ayudarte a terminar, si me dejas, esa bufanda infinita que tanto tiempo te quita.
Tiene manos de pianista. Su tez blanca y su delgadez extrema contrastan con el solemne color negro de su vestido y su pañuelo, que cubre una cabellera aún joven. Pasa los días en silencio, sentada en una vieja silla de mimbre, justo donde estaba la entrada de su casa. Mi madre se empeña en que le lleve a diario una ración de lo que nosotros hayamos comido, y un mendrugo de pan. Me siento a su lado, en el suelo. La silla es tan bajita que casi estamos a la misma altura. Sus ojos parecen haber envejecido de golpe. Aunque los abre al máximo, y con un cierto brillo de esperanza, cuando dirige su mirada hacia el cielo; anhelando ver caer las bombas junto con la tarde. Y la encuentren en casa, en lugar de en la cola del pan. Mientras espera desmenuza el mendrugo entre sus dedos, y yo estoy tentado de hablarle, pero no lo hago. Saber que la guerra ha terminado no va a sanar sus heridas.
El tintineo de la pandereta agitada por su nieto al compás del villancico, le traslada a la época en la que ataviado con la capa, las calzas y los greguescos, y suspendido en el aire realizaba piruetas golpeando la pandereta adornada de cintas de colores en el codo, la rodilla y el talón.
Siente morriña de ese tiempo de fiestas, bodas y mesones. Los tunos animaban a los comensales con sus canciones al son de bandurrias, laudes y guitarras. Siempre eran invitados a comer y beber. A menudo robaban corazones de chicas, incluso los peligrosos de mujeres casadas.
Añora los doce años de tuno, alargados adrede con suspensos reiterados en la facultad. Hasta que aquel fatídico accidente los cortaron de raíz. De golpe era huérfano por partida doble. Quedaba al frente del negocio familiar con varios empleados en aquel lugar tan lejos de la universidad. De sopetón su espíritu de tunante quedó encerrado en el pasado.
Su sonrisa se apaga melancólica cuando el nieto cesa el cascabeleo. Su alma, esclava de nostalgia, ha salido de ronda en busca de los clavelitos en las bocas de las mozas estudiantes o mesoneras.
Estaba empecinada en quererte. En que volvieras a vivir en nuestra casa colorada, asomada al Océano Pacífico. Quería que regresaras para amarnos, y a eso de las seis de la tarde, sentarnos en un tronco atravesado en la playa y mecernos con el trae y lleva de la marea, mientras los cangrejos azules nos miraban con ojos melancólicos.
Ayer le llegó a tu papá una foto postal en la que estás muy serio en una cafetería del bajo Manhattan. Ese lugar que adorábamos. ¿Te acuerdas del cuartucho donde pasamos nuestra luna de miel? Todo nos parecía fabuloso, hasta aguantar el hambre y el frío. No nos importaba el olor a alcantarilla de las calles ni las cucarachas voladoras que entraban por la ventanita ni las ratas enormes que se paseaban por las aceras.
Por cierto, me he comprado una chaqueta con la misma pinta, Príncipe de Gales, que el abrigo que lleva la guapa mujer que está a tu lado, y debo decirte, que a ti te queda muy bien ese traje cortado a la medida. Pero deja esa cara, ríete hombre, que ya estoy empezando a olvidarte.
Ella no recuerda su nombre, es cierto, pero no ha olvidado la forma en que la miró. Tenía entonces catorce años. No se conocían de antes. Se encontraron cerca del acantilado, en una zona desde la que no se divisaba a nadie, ni siquiera una casa. Ella estaba muy cerca del borde, quieta, inundada de una tristeza tan inmensa como el océano. Él se acercó despacio temiendo asustarla. Se colocó a su lado.
—¿Qué te ocurre?
Ella lo miró. Sintió que su angustia se disolvía. En aquellos ojos se abría una puerta por donde ella quería entrar y refugiarse y quedarse y no salir.
—Creo que vine aquí para gritar.
Ambos seguían mirándose a los ojos. Se cogieron de la mano. El viento les revolvía el pelo. El oleaje era ensordecedor.
—Yo también. Tendremos que hacerlo con fuerza para que la voz no se ahogue con las primeras olas.
Dos veces más volvieron a encontrarse en el mismo lugar y gritaron de nuevo al unísono.
Ella regresó cientos de veces, pero no lo ha vuelto a ver. Han pasado muchos años y lo sigue echando en falta. Aquellos ojos. El tacto de aquella mano. Su verdadero hogar.
Peregrina reconocía las tristezas de la vida, las del día a día, y las recogía para hacer un caldo reconstituyente, como si fueran trufas de temporada. Todo valía: unos ojos enrojecidos, una apatía perenne, una muñeca despeluchada y rota, el dolor de una barriga hambrienta, unos sabañones, agujeros en la suela de los zapatos, una grieta en el tejado por donde se colaba la lluvia, la nieve y el viento… Cosas sin importancia porque eran cotidianas, pero que hacían un buen caldo. Un caldo que se comía frío, como buena miseria, y no es que le reconstituyera mucho, pero sí era lo único que la alimentaba, y al fin y al cabo de lo que se trataba era de alimentarse, aunque fuera de triste hambre. Ella tenía claro que su vida siempre había sido cuestión de temporadas, como las trufas, solo que en esa ocasión, las características del entorno iban a facilitar caldo durante un periodo largo de tiempo, tanto, que cuando la encontraron encogida en su cama, convertida en envoltura y raspa, estaba toda ella rodeada de penurias en conserva, con las últimas sobras de lágrimas asentadas aún en el fondo de una vieja olla metálica.
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