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Sentía que la luz mortecina del atardecer tamizada por el viejo visillo del salón la llamaba, y decidió ir a buscarla. Quiso levantarse, superar el encierro del antiguo sillón de orejeras, de sus piernas cansadas y torpes, de las voces insistentes con que su familia le mandaba sosiego. Intentó cruzar el pasillo y seguir la estela para llegar a su destino, pero se quedó sentada, incapaz, obediente, mientras su marido le daba paciente la papilla y sus pastillas.
Levantó la vista. De madrugada, el último obús había impactado de lleno en el piso de arriba de la casa. La luz que penetraba por el gran boquete lastimó sus ojos cansados, pero no apartó la mirada.
De lo que había quedado del techo colgaba la mesa donde dibujaba la pequeña. Por un momento le pareció oírla antes de meterse en la cama: “Lo acabaré mañana, abuela”.
Se sentó ante los restos de las ventanas y vio como la gente del pueblo huía: se escurrían entre las ruinas, cargando fardos y maletas. ¿Dónde estás, madre?, ¿dónde estás?, habían gritado un buen rato sus hijos. Pero el escondite había funcionado. ¡Ella se quedaba!
Miró el dibujo que tenía entre las manos. Algunos edificios aún seguían en pie. Cuando llegara la noche volverían los fuegos artificiales. Su corazón intuía que empezarían dentro de poco. ¡Esta vez se la llevarían!
Crecer juntos en el mismo útero no te da derecho a la igualdad. Eso lo aprendí desde muy pequeña. Cuando éramos niños a él le leían cuentos de héroes que ganaban todas las batallas y a mí de princesas que solo anhelaban que un príncipe las rescatara del dragón. El día de Reyes, los robots que hablaban y se movían por toda la casa eran para él. Juntos a mis zapatos dejaban muñecas estáticas que no tenían nada que decir.
En la facultad de económicas mis notas eran mejores que las suyas, con diferencia. Pero tras licenciarnos, él ocupó el puesto de gerente en la empresa familiar y yo soy la secretaria de dirección. En su despacho disfruta de unas vistas espectaculares de la ciudad con la luz del sol entrando a raudales por el ventanal, mientras yo trabajo a su sombra, redactando los informes que él firma sin entender.
Papá me sienta a su lado en todas las reuniones del consejo de administración y dice que soy su mano derecha, pero nunca reconocerá que a mi hermano le ha regalado un futuro brillante y a mí solo un techo de cristal.
Después de despedir a los últimos comensales, suspiró profundamente y recogió esos dos cubiertos, los de la mesa 13, que habían quedado sin usar. ¡Qué curioso! Con cuidado, los introdujo en el aparador y echó otro vistazo a la sala, cerciorándose de que allí no quedaba nadie.
Apagó las luces y se dirigió a la cocina. Julio Alberto, el cocinero, aguardaba la orden para marcharse. Así lo hizo, no sin antes abrazarle. “Gracias, jefe, gracias por todo”, repitió varias veces antes de traspasar la salida. El restaurante quedó completamente a oscuras.
Ya en la calle, cruzó a la otra acera y contempló por enésima vez la fachada. “Necesita una mano de pintura y darle un toque más moderno“, se dijo, sin reparar en que había traspasado el negocio a una casa de apuestas.
Cuando Andrea atraviesa la puerta del Nautilus es como si entrara en un acuario con luces de colores cambiantes. Al llegar a la barra el ruso siempre le sirve una copa. Con ensayado contoneo, camina hasta la pista donde los focos vuelven su vestido fluorescente. Ella, entonces, se transforma en una diosa de piernas infinitas a la que los clientes regalan los oídos con palabras obscenas. Después está la otra, la que arrebata su cuerpo. ¿O es al revés? Se llama Remedios Pérez. Huyó de las manos lascivas de su padre protegida por la oscuridad. Y vive entre tinieblas mientras barre cada atardecer la biblioteca pública ya vacía. De allí sacó su nombre, de la protagonista de un libro titulado “Nada”. Me llamo Andrea—dijo el primer día—, y al ruso le gustó. Hoy Andrea ha bebido de más. Lo suficiente para atreverse a hacerlo. Remedios duerme cuando Andrea llega a la pensión. La zarandea y la obliga a levantarse. Remedios, de piernas largas y torpes, se deja arrastrar hasta el balcón. No ha amanecido y el cuerpo de Remedios se precipita contra las sombras. Tan despacio que Andrea aún tiene tiempo de pensar en las luces del Nautilus.
Deseo cumplido. Por fin estoy aquí, en París.
Paseando por «la plaza de los pintores» en Montmartre, cierro los ojos e imagino, entre el olor a aguarrás y el bullicio, a pintores famosos que revolucionaron el mundo del arte. ¿Quién sabe si los que hoy están aquí formarán algún día parte también de la historia?
Entorno los ojos tratando de imaginarme que los coches son más antiguos, los rostros y los trajes de antaño, tantas veces representados en los lienzos.
Me siento en una terraza de una de las muchas creperías y pido un café y un croissant. Me deleito con su aroma a recién hecho, a mantequilla. Sonrío, parece un chiste de humor negro, venir a la «Ciudad de la Luz» donde se apaga la mía sin remedio.
El tiempo parece haberse detenido cuando escucho una canción de Edith Piaf.
«Sous le ciel de París.
S’envoile une chanson.
Elle est née d’aujourd’hui.
Dans le coeur d’un garçon.
Sous le ciel de París.
Marchent des amoureaux».
Aún sigo aquí… a lo lejos se escucha un trueno, la tormenta está de camino, pero aún no ha llegado…
«Sous le ciel de París…»
Luces de Pirómano
Desgraciadamente, en este anochecer, me quedo atónita al observar que la franja de bosque, que rodea el pueblo, está ardiendo. Las anaranjadas llamas ocultan el brillo de las estrellas y solapan las luces de neón. Dantesco espectáculo en las obscuras sombras de un día de verano.
Mi mirada sigue clavada en el horror. No hay tregua.
El viento empuja, sin piedad, y hace que farolas, fuego y arboleda se fundan en un abrazo mortal.
Las ardientes luces iluminan el cielo y la impotencia acompaña a la rabia.
Coches de bomberos y ambulancias inundan la noche con el parpadeo de sus luces giratorias y el sonido de sirenas.
Una vez más, la montaña rusa de la vida me sorprende desbaratando mis planes de descanso.
¡Amanece! En la radio escucho las noticias; la policía sospecha de dos jóvenes que, en su Inconsciencia, y sólo por pura diversión, queman papeles entre la seca maleza.
El fuego se les va de las manos y huyen atemorizados.
Están identificados y sus fotos aparecen, pixeladas, en todos los canales de televisión.
Lo triste es que pertenecen a familias, aparentemente, estructuradas.
Son muchachos “normales”.
Esta mañana ha sido una mañana de esas en las que apetece tomarse un café en Praga, pedirle prestada la estola negra con broche de insecto a Elsa Schiaparelli y pasar a saludar a Kafka. Porque la luz invitaba a la fuga y a la fantasía, y ahí estaba yo, convertida en el muñequito de Google Maps pegando zancadas por el casco antiguo y dándomelas de intelectual y sofisticada, cuando en realidad estaba sentada en el jardín administrándome un chute generoso de vitamina D, embobada viva con la luz, sí, esa luz especial que tienen algunos días que hace que te vayas a donde quieras… aunque siempre no pasa esto, eh, que tienen que darse las condiciones idóneas; que todos los días no lucen igual, ni la luz, por mucho sol que haya, te invita a irte a Praga a tomar café. Son cosas especiales que surgen, así, espontáneas, una alineación entre los astros y el cerebro, que os creéis que todo es tan sencillo y no, no lo es, si no estaríamos todo el día por ahí y ya veis que no pasa. Pero hoy sí, definitivamente ha sido una mañana de esas.
Aprovechando la ausencia del autor, alrededor del cuaderno azul deambula el personaje, inquieto ante lo que el maldito azar hizo y hace de él: estar a punto de morir aplastado por una cornisa derribada a su paso, verse de improviso encerrado –quién sabe si para siempre– en una diminuta habitación soterrada y perdida en el tiempo, torcer a la izquierda para, tras recular, inmediatamente seguir por la derecha y de nuevo retroceder… Está harto y, por una vez, toma una decisión.
Ya con las piernas fuera de la ventana, admira extasiado las luces de Manhattan. Sí, lo hará: al fin será libre. Pero con lo que no contaba era con que el escritor lo haría de nuevo: antes incluso de saltar, su cuerpo ya estaba levitando sobre el puente de Brooklyn, manejado por las cuerdas invisibles de la imaginación de Paul Auster.
Doy vueltas en la cama, no me puedo dormir.
Hace dos días, el neurólogo en la consulta me cambió el diagnóstico.
«Alejandro, lo siento, sé que eres médico, tienes ELA», y el silencio llenó la consulta.
Lo estoy digiriendo y me está sentando mal. Cuántas veces he explicado síntomas y diagnósticos a familiares y amigos, pero cuando eres tú mismo, todo cambia.
Sueño con la eutanasia y si tendré el valor de decidir cómo morir. Qué difícil es. Los brazos ya no son míos, pero puedo caminar, puedo amar y hablar con mis hijas.
Dónde está el límite, ¿hasta cuándo puedo vivir y considerar que mi vida es digna?
Tengo ratos buenos, cuando consigo pergeñar un relato, cuando pruebo un vermut nuevo y me gusta, pero cuando se me cae la comida o tengo que pedir ayuda para levantarme del váter, vuelvo a pensar.
Cuando hago el amor, me digo que merece la pena vivir, pero si al rato me están ayudando a ducharme, pienso, hasta cuándo.
Como decía Paco Ibáñez, «cuán presto se va el placer, cómo, después de acordado, da dolor…»
Entonces, se despierta y me coge de la mano, mi mujer, Luz.
En una habitación de hospital, las primeras luces llegan con el último tramo de una venda. Colores e imágenes se presentan ante unos ojos nunca antes atravesados por tantos detalles. Ojos que, aun estando dormidos de nacimiento, asumieron el control de la percepción y permitieron a la luz cincelar en el pensamiento los rotundos perfiles de la realidad. Cada neurona, cada circunvolución del cerebro fue tomado por los infranqueables límites de lo visible, como un espectro de niebla clara.
Solo que la luz no esperaba encontrar tanta resistencia a sus dictados del mundo exterior y, acostumbrada a enfocar en un solo sentido, encargó a la vista que averiguara qué hacía peligrar su hegemonía. No tardó en descubrir cómo, durante su ausencia, la poderosa imaginación había orquestado al resto de los sentidos e inmediatamente ordenó su confinamiento en el mismo rincón del cerebro donde agoniza la infancia.
Desde entonces, sólo cuando la noche cierra los párpados impermeables a la oscuridad de lo aparente, los sueños errantes logran alcanzar la creatividad retenida en la infantil cantera de la imaginación, en ese rincón donde la luz se encuentra con su frontera.
La luz entraba a raudales en la habitación cuando despertó sudoroso sobre un revoltijo de sábanas húmedas. Lo había logrado, había sobrevivido a la noche más terrible del año, aquella en la que los delincuentes y los psicópatas tomaban las calles para saciar sus más oscuras ansias de sangre y venganza. Hasta el año próximo no tendría que preocuparse más, las ciudades serían un lugar seguro en el que convivir en paz. Silbando aliviado, se dirigió a la ducha y dejó que el agua purificadora resbalara sobre su cuerpo y limpiara sus miedos.
Abrió los ojos en medio de una completa oscuridad y comprobó con terror que el líquido que lo recorría era su propia sangre y que el asesino que le estaba clavando el cuchillo una y otra vez susurraba junto a su oído: despierta.
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