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A partir del día que cumplió la edad que llaman dorada, comencé a ver el brillo que emanaba su presencia. El médico ya le había diagnosticado una rara enfermedad degenerativa que le iría causando cambios paulatinos en sus reflejos. Eso nos dijo, aunque entonces no comprendí. Desde aquel día notaba palidecer su piel, como si perdiera el color o se igualaran las luces. Después observé cómo su tez cambiaba el brillo cuando no le encontraba aquellos tonos sonrosados de antes. Al poco, se fueron tornando también los azulados en las sombras de sus ojos, el verdoso de las venas en sus manos, en su melena el bronce. Así, el roce del tiempo, mansamente, fue bruñendo su cuerpo de oro. Hasta que ayer renació en lubricán dorado para el enriquecido cielo del alquimista.
El último rayo de sol se filtra por la persiana y cae sobre sus ojos cerrados. Los abre. Mientras se viste, oye la risa del pequeño. Aún le dará tiempo a preparar la cena y dar instrucciones a Cristina para que se acuesten temprano. Es muy madura para su edad.
Antes de marchar, les da un beso.
No hay luna y las farolas dibujan círculos amarillos sobre la acera, camino del edificio de oficinas dónde trabaja. Hay un fluorescente que parpadea. A ella le da igual. Vacía las papeleras.
Amanece cuando termina la jornada. Compra pan caliente para los bocadillos. El de Cristina, de queso; el del niño, de crema de cacao. No los está viendo crecer. Su hija duerme todavía con el móvil entre sus manos. A saber a qué hora se dormiría anoche.
Hoy los acompaña al colegio. La maestra quiere hablar con ella.
Después irá a limpiar casas.
Cuando vuelve a la suya, moja una madalena en el café y baja la persiana fingiendo que es de noche. Se obliga a dormir. No oye a los niños volver de la escuela. La última luz del día se cuela por la ventana y cae sobre unos párpados cansados.
Nunca pensé que mudarme a esta recóndita ciudad boreal fuera a ser tan duro.
Aquí apenas tenemos luz en invierno, por eso hay tanta gente que escribe novela negra. En cuanto llega la eterna noche polar corren a esconderse a sus casas para crear historias truculentas.
Y la verdad, no me sorprende: los monstruos se alimentan de la oscuridad.
Cuando llegué, al principio del curso, era soportable, pero se acercan las Navidades y cada vez es peor. Hans dice que acostumbrarse es solo cuestión de tiempo, y que puedo escribir para alejar la oscuridad.
Yo le explico que lo mío no es juntar palabras, que soy más de observar bichejos al microscopio, y que no veo el momento de volar a casa para ver el cielo azul intenso del mediterráneo.
Y mientras estudio las bacterias que duermen bajo el permafrost, mi cabeza empieza a volverse turulata, y pienso que quizás debería vomitar estos funestos pensamientos en el papel.
Sin duda, es la falta de luz.
Menos mal que ya falta poco para Navidad. Entonces, me iré para no volver. Con suerte, el cadáver de Hans no aparecerá hasta el verano, y para entonces ya no podrán encontrarme.
Y un día se hizo la luz, para que con el correr del tiempo poco a poco todo se quedara de nuevo a oscuras.
Siempre que vuelvo a la casa de mis padres, los soldaditos de plomo y el retrato de Audrey Hepburn hacen rebrotar las alegrías de mi juventud, pero esta vez es diferente. Me siento en el sofá y veo como los ciervos vagan por los cuadros. Mis dedos acarician los libros y se manchan de un polvo fino. Desde la ventana intuyo un aparcamiento para coches en construcción. El diseño novedoso de las farolas refleja en la pared de la sala una sombra que parecer escrutar mis movimientos.
Mientras una polilla se bate contra la lámpara del techo, bajo la persiana para ver todo mejor.
Había crecido rodeado del olor de la lonja donde trabajaba su familia, y de las historias que escuchaba en las voces roncas de los pescadores que llegaban de faenar. Los reflejos de los rayos de sol en las escamas iluminaban el mercado de colores. Cuando aprendió a nadar, solía sumergirse sintiéndose poderoso, como si de Neptuno se tratara. Tras estar de grumete durante la adolescencia, la felicidad plena le llegó al conseguir el puesto de farero. Cada tarde, desde lo alto, se emocionaba al contemplar en el cielo el arco de color naranja durante la puesta de sol. Las noches de tormenta, bajo el sonido de los truenos, y con el agua queriendo entrar a borbotones por las ventanas, eran divertimento para él. Así estuvo, hasta que se fueron apagando sus ancianos ojos. Un día, ya sumido en la oscuridad, sintió por primera vez la soledad. Como pudo, bajó a tientas hasta la playa y se tumbó pensando en los destellos de los cientos de barcos que había guiado a puerto seguro. Enseguida, los brazos del mar le envolvieron para llevarle a la luz del horizonte, esa que tanto le había acompañado.
Se retira cabizbajo y se sienta en su vieja mecedora a la puerta del cortijo. Dice casi en un susurro, que ya está viejo y que no sirve para nada. No sé cómo convencerle de que sigue siendo nuestro norte. Cree que es una carga y así lo manifiesta. Lo recuerdo siempre activo. Con ayuda de su navaja y un trozo de olivo, tallaba una imagen, un marco, una cama de muñecas o un camión. En otras ocasiones era la horquilla de un tirachinas, e incluso el mortero para los majados, la maza, el rodillo o el cazo de las aceitunas. Entonces se sentía vivo, ya que hacía las faenas del campo y en días de lluvia, era cuando sus manos se convertían en arte. Aprovechaba la luz que entraba por la puerta entre abierta, la del pajar o la candela. Siempre tenía algo entre sus dedos, mientras cantaba un fandanguillo o una cantiña. Al mismo tiempo la madera se transformaba, iluminaba y conducía nuestras vidas. Con la edad se está apagando y solo sonríe cuando los pequeños le abrazan. ¡Maldita pandemia, ─dice!, mientras le comentan que es la luz que alumbra sus caminos; pero, ¡ya no los cree!
Los semáforos no funcionan por el apagón. A los accidentes de coches le debemos sumar los saqueos y disturbios que acontecen por toda la ciudad. Incluso las familias hablan y juegan al parchís. Las parejas cenan románticamente a la luz de las velas y Sara, que esta noche tiene una cita con Luis, está atrapada en un ascensor con un desconocido que huele muy bien. Siente claustrofobia y él intenta calmarla. A Sara le parece una de esas escenas que suele ver en las películas de Meg Ryan. Luis odia a Meg Ryan. Él está en uno de esos atascos, jaleando con otros conductores; enfurecido, resuelto, como si nadie le observara. Pero la chica del Ibiza repara en él y charlan. Luis olvida por completo su cita. De repente vuelve la luz. Las farolas iluminan a los sorprendidos amantes, que dirigen de nuevo sus miradas al móvil. A Sara el desconocido ya no le parece tan guapo. Llama a Luis y le recuerda la cena, él asiente; ha perdido de vista a la chica del Ibiza. Las familias guardan el parchís y encienden el televisor. Por fin todo vuelve a la normalidad y ya no reina el caos.
Eso es lo que repite Raquel una y otra vez. Dice que la orquídea necesita luz, pero nunca sol directo, y la cambia de lugar varias veces al día. No se ha dado cuenta de que se secó hace tiempo y la sustituí por una artificial. Ella continúa con su rutina. Riega los martes y los viernes, anota cuándo añade el abono y, sobre todo, le habla, le sonríe, acaricia sus hojas como si el plástico pudiera percibirlo.
A menudo pienso que a Raquel se le escurre la realidad entre los dedos y jamás será capaz de retenerla. Sin embargo, no puedo negar que sus progresos son considerables, solo necesita un poco de afecto y estímulos positivos para continuar mejorando. La abrazo y poso mi mano en su nuca. Estoy tentado de explicarle que lo que no está vivo no siente de verdad. Pero no creo que esté preparada aún para enfrentarse a esa paradoja, así que decido acostarla. Con mucha suavidad, deslizo la mano por su cuello y busco el interruptor.
Otro amanecer suplanta la luz de las farolas en la calle sórdida. Este barrio simboliza el cadáver de nuestra vida: dejaron de sentirse los latidos del tráfico y los jóvenes renunciaron a la incertidumbre.
Entro en casa. Acabas de levantarte. A través de las cortinas penetra un rayo de luz que deslumbra. Al escucharme buscas refugio en la cocina. Mientras te giras agarro el objeto con el que intentas golpearme. Me corto varios dedos, pero sueltas el cuchillo. Abofeteo con la otra mano y desgarro tu ceja. Conoces mi violencia y yo la tuya. La sangre brota de mi mano a borbotones. Noto tu cabezazo, cómo impacta contra mi mentón. Te derribo para sentarme sobre ti. Hurgo con la lengua en tu ceja, que sangra. Tanta sangre me excita, nos excita. Me muerdes los labios. Saboreas mi sangre y la tuya, que escupes mientras me envuelves con las piernas. Me desabrochas el pantalón. Te arranco el sujetador antes de comprobar que no llevas bragas para penetrarte. Gemimos como animales a manos del matarife, hemos aprendido a devorarnos.
Abrimos los ojos, abrazados, y acariciamos el polvillo del sol suspendido sobre nuestra sangre reseca. Quizá el amor sea esto.
El amarillo es un rumor de inciensos y caldos de cocido. Se cuela en las casas cada tarde desde que atrasamos la hora, tocando ya casi noviembre, hasta que despuntan las flores del almendro a finales de febrero. No hay burlete de estopa capaz de impedir que atraviese las ventanas ni puerta acorazada, por muchos bulones que le anclen a su quicio, que sea capaz de detenerle. Una vez profanados los hogares se infiltra en las bombillas de las lámparas que cuelgan de los techos como arbustos invertidos, en los flexos que avivan la memoria de los estudiantes, en los viejos quinqués, casi olvidados, en los que duermen los lares a hurtadillas. Huele bien la luz mortecina que provoca, la niebla imperceptible que rodea a las familias reunidas en santa comunión a la hora de la cena. Es entonces, entre que unos sorben la sopa y otros sirven vino con Casera para todos, cuando alguien, sin querer, suelta lo de Lolita la del bajo. Una red de habladurías se teje de repente por el barrio, una jábega de insidias, una urdimbre de sospechas; y al abrigo del fulgor de las farolas una pareja, tal vez de enamorados, se diluye.
Quizás a la mujer de uno no se le cuente todo, Miguel, pero a la que se le miente de verdad es a la amante, y ni cuenta te das; me dijo el tío Luis, con un chato de vino en la mano. Era un hombre serio, con un descampado en la cabeza en el lugar que todos tenemos reservado para querer. Aquel espacio vacio lo ocupaban quincalleros que vendían bisuteria barata que salía en el día a día en forma de malos modos y disculpas a destiempo. Amaba la rutina, y ahora andará por ahí, imagino, perdido y negando con la cabeza por los inconvenientes de no existir. Y es que morirse implica muchos cambios. A mí me gusta pensar que el tunel que dicen que hay entre esta vida y lo que sea que espere al otro lado es el objetivo de una enorme cámara, y el destello del fondo eres tú captando todo tu tiempo de un solo fogonazo.
Estoy sentado en el sofá con el movil en silencio, Alicia duerme, y mi tío está en el aparador, en un marco, serio, cambiando de tono con los reflejos del ordenador de Marquitos, que le da la espalda.
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