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Pinto un corazón azul. Azul sonriente, vivo, casi cálido. Azul cielo despejado, mar en calma. Azul protector, hogareño. Azul abrazo, besos, caricias … “¡Basta!”, grita mi hermana Olga. “Di azul celeste, turquesa, marino… ¡Qué más da! ¡No necesito que me escenifiques tu azul maravilloso!”.
Según papá, Olga no es borde, es intelectual, y yo, introvertida. Ser introvertida no es malo, repite papá (cuando es papá). Mamá no dice nada. Mamá está, ¡siempre está!
Aunque soy introvertida, leo en alto. Papá sonríe o llora y Olga protesta. A veces, también escribo y dibujo en alto. El corazón azul no es un dibujo, es el cuento de una escritora polaca, pero Olga no lo sabe. Ella cree que pinto cuando digo que pinto. A mí me gusta engañarla. A papá nunca le engaño. Papá no se deja engañar ni tocar. Papá habla, ríe, grita y, a veces, se mueve como un títere viejo. Mamá y yo le miramos, Olga, no. Mamá tiene la mirada despejada, en calma… Mamá es distinta: nuestro punto y a parte de carne y hueso (más hueso que carne). Mamá es los ojos de Olga, mis piernas y el alma de papá. ¡Mamá es azul!
«LA LISTA DE LA COMPRA»
—Tres kilos de besos frescos para las mañanas; el despertar; los desayunos; los «hasta luego».
—Dos litros de abrazos recientes para las llegadas: «te echaba de menos», «¡qué bien que ya estás en casa!», «¿cenamos y vemos una peli?».
—Cinco sobres de momentos tiernos para relajarse, ver la tele, subir al dormitorio y recuperar a ese gatito triste y azul que ronronea olvidado en el tejado de vuestro recuerdo.
—Cuatro cucuruchos calmados de paciencia para sobrellevar nuestros suspensos, peleas, el piercing de Tamara… y liberar al cielo del acoso constante: «¡qué será de ellas el día de mañana!».
—Cuarto y mitad de cogiditos de la mano para ir a tomar una copa, charlar, retomar los amigos, pasear con el perro.
—Un cubo XXL.
La encontramos pegada al frigorífico. Por la letra sabíamos que la nota era de Celeste, la mediana de nuestras hijas. Después de leerla nos miramos en silencio. Llenamos el cubo con el estrés; las horas extras; los «vengo molida»; «estoy destrozao»; la monotonía; el tedio; las preocupaciones y los malos humos. Lo vaciamos en el contenedor de la basura no reciclable, el de los vertidos tóxicos y peligrosos.
Doña Manuela cobraba la voluntad para completar su pensión. Si además le dabas algún sugus azul, de aquellos que se suponía que sabían a piña, anteponía tu ropa a la montaña de prendas que tuviera para arreglar. El problema era que éramos muchos en el pueblo, eran los más escasos y ella adoraba esos caramelos blandos tanto como aquella vida tranquila que llevaba. Nos afanábamos en conseguirlos. Íbamos a por ellos a pueblos lejanos si era necesario en cuanto nos sobraba un minuto. Mientras, ella escuchaba el canal clásico en la radio con las gafas de media luna en la punta de la nariz, serpenteando la lengua sobre uno de esos caramelos a la vez que hilvanaba y cosía. Los chupaba hasta que quedaban como papel de fumar. Luego los aplastaba con sus encías hasta hacerlos desaparecer. Pero que no se te ocurriera decirle que esos sugus no estaban ricos o no sabían a piña porque, en ese mismo momento, con su sonrisa desdentada y su templado carácter, pondría tu ropa, con suma dulzura y lentos movimientos, debajo del montón que le quedara por repasar.
“Azul”, contestó la pequeña a la pregunta del dependiente. Entraron en la tienda nada más salir de la peluquería, con sus padres y hermano pelones como ella. Los cuatro se pusieron el pañuelo en la cabeza. Elisa sonrió, no sería la única en llevarlo en su reincorporación a la escuela.
En aquel planeta había un jardinero que regaba un campo de flores. El pequeño príncipe contempló las largas filas de rosas de pétalos aterciopelados y delicadas espinas. Parecía un ejército de réplicas de la suya.
—¿Por qué son todas iguales? —preguntó.
—Celebramos los setenta y cinco años de la publicación de El principito. Todos quieren una rosa idéntica a la que su autor creó para ti. Voy a cortarlas y a venderlas. Será un gran negocio.
—Pero cortadas no podrán cuidarlas, se morirán.
—Nadie tiene tiempo de cuidar flores, por eso me las compran. No me entretengas, debo venderlas todas hoy. Mañana no las querrán.
—Entonces, ¿te quedarás sin trabajo?
—No, empezaré de nuevo. Pronto celebraremos los veinticinco años de la muerte de Hergé. Debo tener a punto una partida de lotos azules.
—Yo nunca cambiaría mi rosa por un loto, aunque sea azul —dijo el principito.
—Menos mal que ya no queda gente como tú —contestó el jardinero— ¿Adónde iría a parar mi negocio?
Ictus, infarto cerebral, hemiplejia… Todo aquello le sonaba a chino. Tan solo acertó a entender algo cuando su padre, en un esfuerzo por recomponerse siquiera unos segundos del terrible mazazo, le explico que lo que le ocurría a mamá era que no sentía la mitad de su cuerpo, cómo si se le hubiera quedado dormido.
Durante toda la mañana el niño estuvo dándole vueltas a aquellas palabras. Pidió a los abuelos poder acompañarles esa misma tarde al hospital. Quería ver a su madre lo más pronto posible. Y arropado por unas cálidas manos sobre sus hombros menudos, entró en la habitación. La madre, toda ella de azul entre sábanas blancas, descansaba flanqueada por diferentes aparatos. Con una determinación que sorprendió a los presentes, el pequeño se acercó hasta la orilla de la cama. Tomó con delicadeza el antebrazo inmóvil y con un dedo previamente ensalivado trazó varias cruces como tantas veces ella hiciera con él cuando, de estar mucho tiempo sentado en la misma posición, se le quedaba dormida una pierna.
Soñó que paseaba con Leonor, que tomaba su mano adolescente y se desvanecían con el camino atardecido, el Moncayo al fondo. Pero era Colliure, y hacía frío, y la mano huesuda de su madre le recordó que ya no existían más paseos que los de la muerte.
Los días previos algo ya se presentía. El azul se tornó gris, y el gris se oscureció hasta rozar el negro. Los rumores se cumplieron. El cielo cerraba por falta de clientes y, consecuentemente, resultar imposible su mantenimiento. Y aquella fea tarde de agosto, después de un trueno ensordecedor, se desgajó. Una insondable grieta lo recorría hasta donde la vista alcanzaba, y los livianos difuntos comenzaron a caer en una tétrica lluvia de cuerpos maltrechos que volvían a la vida en pocos minutos. Los vivos abrazaban a sus muertos revividos mientras una extraña sensación, mezcla de emoción, incertidumbre, alegría y desasosiego nos envolvía a todos.
Mi madre y yo buscamos a mi padre durante días. Encontramos a los abuelos, a los bisabuelos y a un antiguo vecino. Pero papá no apareció, y desde entonces no podemos dejar de cuestionarnos muchas cosas.
Nadie se percató del cambio; alrededor de la mesa todos hablaban y gesticulaban con gran algarabía. El color de la cara de Eva pasó de su habitual sonrosado a azul cian hasta que su cabeza se desplomó sobre el plato de sopa. El impacto provocó que todos dirigieran su mirada al origen del terrible golpe, quedando mudos de asombro. El caldo y algunos fideos se esparcieron absorbidos por la trenza de Eva, que había quedado introducida en el plato mientras el resto del líquido se deslizaba gota a gota por el mantel. Los primeros en reaccionar fueron su hermano y su marido, sentados a derecha e izquierda, que levantaron su cara y comenzaron a zarandearla gritando su nombre. La madre lloraba desconsolada y los niños no encontraban dónde esconderse. Entonces, una voz les alertó desde la puerta del comedor:” ¿por qué gritáis?”, preguntó una Eva que regresaba del baño. Se produjo el segundo gran silencio de la noche, precursor del horror reflejado en sus caras al contemplar como la Eva azulada de la mesa se desvanecía y la otra caminaba dos pasos para dar, esta vez, con la cabeza en el suelo.
El color comienza a inundar las puntas de mis cabellos. Dos golpes y unas gotas de agua después, comienzo a actuar. Este es el gran momento del día.
No sé que será hoy. Quizá un mar, o solamente un aburrido cielo. Aveces son miradas desafiantes plasmadas en ese retazo de tela. Se decidió. Sí, ya tomó una decisión. Hoy son las alas de una mariposa.
Delicadamente, pincelada tras pincelada, el azul se desvanece hasta que termina. Siento el vacío en mí. Me sumergen en agua para posteriormente secarme con un trapo viejo. Me tiran junto con los demás.
Solo queda esperar para volver a sentir ese azul.
La Tierra, cuando la ves desde el espacio, parece azul. Pero, cuando estás en ella, es más bien una suerte de fosa marrón y gris.
Con el cielo ocurre algo similar. Desde la Tierra, lo creemos tapizado de un interminable tul celeste —hermoso y brillante— pero, cuando estás allí, a miles de kilómetros de la acera que desgasta tus zapatos, solo es una inabarcable cúpula negra vestida de lentejuelas. Es tan sublime y desconcertante, que cuando ves pasar un trozo de chatarra espacial, los restos de un anticuado satélite ruso rotulado con aquellas CCCP, un cosquilleo de risa burbujea desde el pubis hasta la campanilla. Una risa que solo es el miedo con traje de camuflaje.
Los que viajamos al espacio sufrimos un estrés físico y emocional irreversible. Y, realmente, lo más perturbador es aprender que nada es lo que parece.
No es extraño que enloquezcamos en silencio, hacia adentro, pues, al volver a casa, ya no podemos saber qué es real. Y, en las entrevistas, cuando nos preguntan: «¿Cómo se ve la Tierra desde allá arriba?», tragamos saliva, pensamos unos segundos, y respondemos: «Parece una enorme canica azul».
Y volvemos a casa, a quitarnos la pesada piel de héroe.
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