Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

INCERTIDUMBRE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA INCERTIDUMBRE

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA INCERTIDUMBRE. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
30 DE SEPTIEMBRE

Relatos

44. El eterno pasado (Antonio Bolant)

Hace tiempo que amigos y familiares sólo existen sobre una mesa, revueltos en trocitos de pasado inerte a los que el oscilar del péndulo de un reloj de pared proporciona un tenaz contrapunto. Sentado frente a la mesa, el anciano sostiene uno de esos recuerdos en sepia. No deja de acariciarlo con su pulgar, con la misma cadencia del péndulo, mientras sus pensamientos viajan tan hondo que no advierte que el reloj se ha parado al tiempo que las imágenes de las fotografías han comenzado a moverse: tiovivos y norias que giran, gente caminando por las aceras, ramas mecidas por el viento… Tampoco se da cuenta de que el paisaje tormentoso de la foto que sostiene empieza a relampaguear, ni que, refugiados bajo un porche, rostros nunca olvidados sonríen bajo el vaivén de su pulgar.

Cuando el péndulo reanudó su oscilar tras el fulgor de un último relámpago, el anciano ya no estaba allí.

Las facturas no tardaron en echarle de menos, pero sólo una cama deshecha y cacharros por fregar atestiguaban su presencia anterior. Repararon en las fotografías de la mesa, pero desde nuestra dimensión les resultó imposible observar cómo dentro de ellas se estaban sucediendo los reencuentros.

43. AMOR SUBMARINO

Con pudor  confesé  esta historia a  mis amigos, pero su  sonrisa suspicaz me hizo desistir del relato.  Sin la prueba de una fotografía,  enamorarme de una sirena tenía todas las papeletas para que me diagnosticasen algún tipo de esquizofrenia.

Tras el ataque japonés a Pearl Harbour, decidí enrolarme dispuesto a salvar a Europa de Hitler. Se acercaba la Navidad de 1941, jóvenes soldados besaban a sus novias. Multitud de fotos recuerdan las  despedidas antes de subir al crucero USS Indianápolis. Abrazos eternos como la eslora del barco.

Entonces,  aquella chica rubia me abordó, sonrió enigmática  y dijo:           

Bésame como si quisieras ahogarme. Veo en tus ojos que deseas mis labios. Hazme sentir que soy de carne y hueso.  No quiero volver al mar, pero si zarpas en  ese barco… te seguiré.

Cuatro años después,  mientras miraba por la barandilla del barco, descubrí entre las olas su rostro. Nadaba veloz acercándose al casco y gritó  ¡busca un salvavidas, rápido, se acercan  torpedos japoneses! Dos explosiones retumbaron a estribor. Conseguí un chaleco.  Se hundió en minutos. Mil  marineros perecieron.  El capitán del buque no me creyó entonces, pero yo, transcurridos setenta años, sigo intentando que alguien crea que un beso me salvó.

 

42. Fotos (Susana Revuelta)

En la bolsa de rafia, de cuadros blancos y rojos, metió todas sus cosas y todavía le sobró sitio. Se habría llevado también el brasero, pues empezaba a sentir humedades en los huesos. Y el butacón, que aunque con algún muelle roto y lleno de quemaduras de cigarrillo, ya había cogido la forma de su cuerpo y dormía ahí muy a gusto.

Pero al asilo solo podía ir con lo imprescindible: el transistor del que no se despegaba nunca, el gabán descolorido, las mudas más nuevas y el jersey de rombos. Con la ropa que llevaba encima tendría para quita y pon. El tabaco de liar lo había escondido abajo de todo. Y, por supuesto, las fotos de la estantería de la mansarda sin baño ni cocina, donde se había refugiado hacía un tiempo, y sobre la que iba a ejecutarse una orden municipal de derribo.

La de la boda era su favorita. Y la del bautizo del primer hijo, la del verano en Benidorm, la de todos posando felices junto a un Ford Fiesta azul. ¡Cuánta compañía le habían hecho estos últimos años! Ojalá, pensaba mirándolas con cariño, hubiese tenido él una familia así.

41. Los ojos de Manuela (Rosy Val)

«Esta tarde les oí hablar en la cocina. Mamá decía que al volver del mercado se había encontrado con el niño de la casona —creo que se refiere a ese que nació tan malito, el que llevaron a curar al extranjero—. Que iba con un señor que trabaja en su casa y que le lleva a todos los sitios. Que se imaginaba —por la funda de violín que llevaba en la mano—, que iban a clases de música. Y hablaron de ti, de lo mucho que te gustaba la música. Igual que a mí. Pero que nosotros no podíamos permitirnos esas cosas. Dijo que tenía mi mirada. Y la tuya. Que sus ojos eran bellos y claros como el día, igual que los míos. Y los tuyos. Entonces mamá se puso a llorar y papá la consolaba. Que no llorase, que nada podían hacer, que los que tenían dinero y abogados eran ellos, que ya era hora de olvidar que habían pasado diez años… qué casualidad, pensé, los mismos que hace que desapareciste tú. Te quiero mi gemelita, buenas noches».

Besa la manoseada foto y la guarda en el cajón junto a las ganas de que un día aparezca. 

40. LO QUE EL TIEMPO SE LLEVÓ

Se reían de ti siempre que, con simulado rubor, sacabas la foto en blanco y negro que guardabas en la cartera; un apuesto joven frente al mar del que, según tú, fuiste pareja en los años cincuenta. Cuando te alejabas, los dedos índices de algunos giraban sobre la sien, y otros sin consideración te gritaban loca. Nadie desconocía que el hombre de la foto era un famoso actor.
Cuando en la televisión anunciaron su muerte, las lágrimas mojaron tu vestido y luego, como una niña sonreíste, en el momento en el que un periodista mostró una foto en blanco y negro que el actor guardaba en su cartera; una joven rodeada de cámaras y ramos de flores, aplaudida y divinizada por el éxito de su última película.

39. CAPTURA DE UN SUEÑO

“Aquel día de verano de 1945 se casaron”. Ambos miran con afecto al anciano. “Lo que le brillan los ojos, como si las reconociera”. “En esta, un año antes, pasean cogidos de la mano por la orilla del Sena; ella se quedó prendada del “beau espagnol” que vio por primera vez sonriendo abiertamente encima del tanque”. “Fueron muy felices aunque él no lograra su sueño».

El niño se queda pensativo y sin decir nada corre hacia su ordenador, volviendo al rato con una foto que coloca en el álbum; en ella un soldado encaramado a la Cibeles, ondea una bandera republicana, agosto 1947.

38. NOVIAS DE FOTOGRAFÍA (Ginette Gilart)

Después de una travesía que se hizo eterna y no sin contratiempos, por fin el barco entró en la bahía de San Francisco. Hacía semanas que mis compañeras de viaje y yo habíamos dejado nuestro Japón natal para ir al encuentro de los que serían nuestros futuros maridos, durmiendo hacinadas en camastros en la entrecubierta. Al llegar al puerto nos instaron a bajar rápidamente; con mi petate en una mano y la foto de mi prometido en la otra descendí por la pasarela mirando el muelle donde una masa de hombres esperaban impacientes.
Por medio de un megáfono clamaban los nombres de las pasajeras para que acudieran al control: «Yoshiko Omiya, Hana Uchida…, Shizuko Kudoh». Al oír mi nombre me dirigí al puesto a entregar mi documentación. Fue entonces cuando me presentaron a mi novio.
Un anciano desdentado, arrugado como una uva pasa, que por lo menos me doblaba la edad, se acercó a mí con ademán de ayudarme. Nada que ver con el joven apuesto de la fotografía que posaba ante un flamante coche.

37. FLOR DE AZAFRÁN (Mercedes Marín del Valle)

Traía un libro para mí, lo encontró en el desván de la casa que íbamos a compartir.
El olor a humedad delataba su antigüedad, por lo demás, estaba intacto. Dentro había una fotografía. Ver aquella pareja posando sonriente, me sumió en un estado emocional desconocido. Me volví transparente e incorpórea.
Una chica de ojos oblicuos se acercó hasta nuestra mesa, llevaba una flor morada de largos estambres anaranjados prendida en su pelo. Acercó la sopera de porcelana y levantó la tapadera. El aroma del apio y del perejil atrapado en pequeñas micelas de oliva se abrió paso entre las lentejas.
La chica cortó un estambre de la flor que llevaba en su pelo y lo dejó caer con suavidad. Cuando llegó al centro, formó un círculo coloreado e hipnótico que se reflejó en mis pupilas y me devolvió mi esencia.
— ¡Somos nosotros, en aquel restaurante de Santo Domingo!
— ¿Cuándo hemos estado nosotros en Santo Domingo?
— ¡No ahora! ¡No en esta vida!
Me miró confuso, preocupado por mí. Pero yo estaba completamente segura de que era la segunda vez que me traía ese libro y paradójicamente, la segunda vez que comíamos, por primera vez, sopa de lentejas y verduras al azafrán.

36. THE KISS (IsidroMoreno)

Mi joven esposa no lo hubiese encajado bien, por eso nunca comuniqué a la prensa que yo fuese el hombre de la foto. Sin embargo, fueron muchos los impostores que quisieron atribuirse el protagonismo de la pareja de tan célebre fotografía.

Nunca lo olvidé y nunca me arrepentí de haber sido el protagonista de aquella escena inmortalizada por todos los periódicos de la época. Era mi secreto.

Bastantes años después, una televisión organizó un concurso festivo de imitación de la pose fotográfica. Se pretendía esclarecer la identidad de los auténticos protagonistas de la famosa foto de 1945 en Times Square. Debido al éxito del concurso, se sigue celebrando anualmente. Ya llevo doce años consecutivos vistiéndome de marinero y desde la primera vez que la invité como compañera  de foto, a pesar de las decenas de aspirantes disfrazadas de enfermeras, supe por su mirada, que era ella la misma joven enfermera  a la que estreché por la cintura y la besé fugaz pero apasionadamente.

Ella y yo no hablamos, solo nos besamos largamente, posando para la foto anual y, aunque nunca ganamos el concurso, sabemos que somos aquellos descarados protagonistas embriagados de alegría por el final de la guerra.

35. … (Mødes)

Mi marido y yo somos una descolorida fotografía.

Descolorida como la habitación del hijo que nunca tuvimos.

Y ahora, en nuestro monótono mundo, sólo habita el silencio.

Comemos callados. Él mira la televisión con desgana. Yo pienso en los febriles ojos de Carlos, mientras me hacía el amor y me llenaba de vida.

Pero, desde hace días, mi móvil permanece mudo.

No dejará a su mujer.

Y en mi mente vuelve a estallar, como un haluro de plata, la diapositiva del Predictor teñido de rosa.

Me levanto sin decir nada y recojo los platos con restos de sopa.

Una sopa de letras.

Y, conteniendo mi llanto, soy incapaz de formar ni una sola palabra.

34. EL ARTE DE DOCUMENTAR HECHOS (A. BARCELÓ)

La de reportero gráfico no ha sido nunca una profesión fácil. A fuerza de estudiar y con mucha práctica acabas dominando la técnica y aprendes a jugar con la luz y las distancias. Lo del instinto y la capacidad de estar en el lugar adecuado en el momento preciso es otra cosa, eso se tiene o no se tiene. A menudo, has que jugarte el tipo para captar la imagen perfecta: la que resume lo que pasó, la que quedará para la historia. Como aquella del terrorista fusil en mano, la que me costó el tiro en la pierna; o la del volcán a punto de entrar en erupción en la que estuve a nada de caer del helicóptero o tantas y tantas otras igual de arriesgadas.

Hoy, he podido constatar algo que ya sabía. Ha sido gracias a la foto de un colega. Nos encontrábamos cubriendo lo del incendio en la petroquímica. Me acerqué demasiado y él captó mi imprudencia instantes antes de que aquel tanque explotara. Me libré de chiripa.

Él explica la silueta blanca que aparece a mi lado como una pareidolia, pero yo sé que eres tú, el que me protege, mi ángel de guarda.

33. Casa Wilder (Pablo Núñez)

«El mundo debería ser como una comedia de Billy Wilder», repetía mi padre cada vez que leía el periódico. Regentaba un restaurante en una calle sin nombre de una ciudad sin historia. Allí apareció Lola Flores por los años sesenta. Su amigo Tomás, el retratista, que casualmente tomaba café en la barra, se ofreció para fotografiarlos. Aquella foto fue la primera de las muchas que colgó en las paredes del local. Desde entonces, los marcos de famosos con él se fueron multiplicando. No es que se convirtiera en un sitio de reunión de artistas, sino que pedía a Tomás que le tomara instantáneas con pose de admirador sonriente y este, con recortes de revistas de cine, hacía lo demás en su estudio. Cuanto más envejecía, más antiguas eran las estrellas que escogía y, aunque la mayoría habían desaparecido, ignoraba la lógica del tiempo. Su favorita siempre fue… la de Lola Flores.
Cuando heredé el negocio, no cambié nada. Algunos clientes miran las fotos. Sin bajar la voz, aseguran que todas son falsas. En esos momentos pienso que la vida tendría que ser como una comedia de Billy Wilder, con situaciones irónicas, personas normales, finales amables y donde nadie sea perfecto.

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