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Matices
Nuevamente en la habitación de un hospital por segunda vez en un mes, le ha dado la bienvenida a sus noventa y un años enganchado a un suero y esperando que la dichosa pancreatitis remita llevándose ese color amarillento de su cada vez más delgado y arrugado cuerpo. Todo el personal está encantado con él, lo miman tanto… temo que no quiera irse de aquí (dormir a su lado en un sillón desvencijado tantas noches ya pasa factura a su abnegado hijo).
Es mi turno. Cuando llego, él está durmiendo la siesta. Por un momento cierro los ojos…el escenario es tan distinto…un vestido amarillo que dejaba al aire toda la espalda se ceñía a mi juventud en una explosión de vida que daba vueltas en la noria de una feria.
¿Ha pasado tan rápido? Ayer arriba en la montaña rusa plagado el cielo de ilusiones, hoy abajo, anegado el suelo de preocupaciones.
Abro los ojos de golpe, el hospital….Se ha despertado , quiere pasear, lo agarro del brazo y hacemos una excursión hasta los ascensores, ¿la esperanza es de color verde? Tíñela del color que quieras, sólo ella te aferrará a la vida.
Mientras ajusto el objetivo recuerdo aquellos largos paseos de verano junto a los campos de girasoles, y los infinitos tonos de amarillo que alcanzamos a memorizar.
Éramos jóvenes, y ni el sopor de la canícula conseguía adormecer nuestras ansias de vivir hasta el último segundo de nuestras vidas.
Aun sin quererlo, el tiempo fue pasando, y la vida fue haciéndonos un hueco a cada uno de nosotros.
Andrés y Juan emigraron a Francia. Allí había más trabajo, y un trato menos inmisericorde con los de su condición.
Bea se quedó en el pueblo, cuidando de su madre, como todos sospechamos. Y mi querida Elena fue subiendo escalones con el éxito que da la unión del talento y la constancia, algo que ya habíamos vaticinado en aquellos largos corrillos de las noches de agosto en la plaza.
Lo que nunca habría adivinado es que el mismo día en que mi amor platónico daba su primer discurso presidencial, yo estaría en la azotea del edificio de en frente, con el dedo puesto en el gatillo.
Cada uno, a su manera, prometimos hacer historia.
Paseaba por la montaña canturreando: Amarillo el submarino es…Cuando frente a mí, un campo de margaritas me regalan su recuerdo. Las preferidas de una amiga amarilla. Esa persona especial que un día la vida puso en mi camino.
Me acerco. Las miro. Quiero coger una, pedir un deseo y desojarla. Pero ya es demasiado tarde.
Respiro profundamente. Un olor a miel-limón me transporta a momentos vividos con ella.
Susurro su nombre y una lágrima cargada de sentimientos perdidos se precipita al vacío cayendo en el amarillo corazón de una flor.
Pienso en ese otro corazón, el que se ahogaba y oscurecía perdiendo su brillo por esa sombra que le crecía dentro, y que aun así, luchó sacando fuerzas sin tenerlas, ofreciendo a todos su mejor sonrisa.
Hasta que un día, dando gracias a Dios, cerró los ojos a la vida.
Llega la noche, y, el Amarillo Diazepan corre asustando a esos fantasmas sin rostro que pasean por mi cabeza, con sus sábanas amarillentas y carcomidas por el paso del tiempo.
Mis ojos se cierran. Sólo me da tiempo a pensar…
El Amarillo es mucho más que un color.
Y vuelvo a soñar en colores.
Moralidad, ética, principios…etc. como convivir con ellos sin crear conflictos de manera permanente. Es necesario ser un hipócrita si quieres evitar la soledad.
Masas preocupadas por el balón, las motos o los coches, mucho más importantes que estómagos hambrientos, enfermedades, o guerras impresas en hojas de periódico o imágenes, que pasan fácilmente de principio a fin evitando ver lo que es evidente, la enfermedad de un mundo en estado terminal que esconde sus miserias como antiguamente se hacía: “Panem et circenses”.
La vida es un viaje, dicen, no importa el destino final, sino el viaje en sí. Lástima de los paisajes desolados que atraviesan algunos, mientras otros no permiten que les roben los suyos. Lástima de viaje para tan pobre destino.
Pobres filosofías que ya no pueden dar sosiego al que sufre, porque el sufrimiento es tan grande que ni la mente puede ya calmar el dolor que se siente ante tanta injusticia. Hasta Dios ha renegado de su creación, abrumado ante tanta maldad y egoísmo porque si quisiera arreglarlo tendría que hacer algo para lo que no está preparado: Destruir lo que con tanto Amor Creó.
¿Y así hasta cuándo? Quizás cuando muera la hipocresía.
Fdo: Hipócrita
Le decían Juan el tontito, pero nadie en el puerto tenía por novia a una sirena. Él la encontró gracias al resplandor de los pendientes que lo guiaron hasta los restos del naufragio donde estaba semienterrada bajo la arena. Preocupado por las intenciones de los pescadores, intentó remolcarla al océano; pero los crustáceos en el interior del cuerpo chasquearon las tenazas. Supuso que se quería quedar con él. Con delicadeza, terminó de retirar la arena para descubrir un dorso con una cresta dorada de la que se desprendían hebras rubias con cada uno de sus empellones. Mientras, ella cantaba con su lengua de cangrejo y expelía chorros de líquido de sus pulmones llenos de agua salada. Posesivo después del acto, no la iba a dejar a merced de los apetitos ajenos. Tomó los aretes como dote para los gastos de la boda; pero el cura utilizó el oro, de acuerdo a las costumbres del mar, para las exequias. A pesar del encierro acolchado en el que acabó por su amor, Juan podía contemplar, a través de una ventana enrejada, las flores amarillas que nacieron a los pies de la tumba del marinero ahogado.
La veía pasear cada mañana a través de las rendijas de mi persiana con ese andar tan suyo, tan insinuante ante mis ojos, tan provocador para el vecino del segundo, tan prohibido para el del quinto, tan excitante para la mirada de Avelina.
Frenaba de manera compulsiva la correa de nuestra perrita, deslizaba sus manos en la cincha que ceñía su pelusa y al mismo ritmo contoneaba sus cadenas.
Ella lo sabía, sabía que la miraba, sabía que cada ventana era una invitación para un café con pastas y un licor degustado en su vientre y a pesar de ello, a pesar de mí, cada mañana provocaba en todo el edificio una hiperventilación en esas cortinas corridas para el disfrute de su tanga amarillo y sus pechos desbordando un escote alimonado en el paladar de la imaginación de cada uno de nosotros.
Hoy, creo que es nuestra vecina la que degusta con placer cada rincón ambarino de su piel.
Mañana correré el dosel de mi fracaso y guardaré en la alacena el pienso de su hambre.
Me perdí entre trigales dorados para recordar mis primeros escarceos amorosos en los veranos de Castilla. Sólo conseguí salir vacío tras unos girasoles pintados por Van Gogh. Luego indagué sobre el amarillo de la genista de Serrat; también en el atuendo de Molière y que tan mala fama concedió al amarillo para los artistas de la farándula, pero nada me aportaba la inspiración o una rica idea para escribir sobre tan humilde pigmento.
Pedí información a un buen amigo científico de Oklahoma y me remitió un extenso dosier sobre el hielo. Al parecer, las prisas y mi spanglish provocaron el malentendido con el “yellow”.
En mi insistente y desesperada búsqueda, viajé mentalmente dentro de un submarino amarillo y lo único que logré fue que un tema musical de los Beatles me martilleara todo el día con el mismo soniquete.
Estimado jefe, pido disculpas por no tener el artículo solicitado sobre dicho color a pesar de esos intentos realizados.
*
Para mi sorpresa, al día siguiente vi publicada en mi columna del periódico este relato que, simplemente, era el texto de mi correo, aunque, eso sí, algo recortado en formalismos, juramentos, tacos y excusas que afeaban la redacción.
IsidroMoreno
Siempre tan brillante, poniendo el toque de gracia a los dibujos de Pablito: que si los rayos de sol, que si las monedas del tesoro, ahora una estrella enorme, después la corona del rey… Así durante años, salvo aquellos días. Aquellos escasos días en los que el niño se sentía triste o decepcionado y, llevado por un espíritu de mil diablos, descargaba toda su frustración rasgando fuertemente el papel y llenándolo de oscuridad. Entonces conseguía ser por un rato el protagonista. Aquellas creaciones, por otro lado, terminaban en la papelera.
Y durante años resistió como pudo, así que ahora que a sus trece Pablo sólo lo usa a él en sus bocetos, que ese arrogante Amarillo se aguante, se fastidie, pase por lo que él pasó, condenado a un largo exilio.
Sus pupilas amarillo cadmio lo delataban. Paseaba por las calles, entraba en los bares e incluso participaba en los mentideros, pero no nos engañaba, sabíamos que era diferente.
Desde que se inició el Programa para la Regeneración, Transmutación e Hibridación de Especies (PRTHE) nos acostumbramos a todo. A nadie le extrañaba ver a un joven con alas de gaviota, un ave con patas de zorro, un mamífero con piel de serpiente, o un reptil con el dulce rostro de una anciana. El programa había sido un éxito, se había salvado el ochenta por ciento de los animales en peligro y se habían creado otras familias nuevas, pero no se podían permitir errores, y era evidente que él lo era. No se conocía ninguna especie autóctona con ese color en los ojos. Había que acabar con él.
No fueron suficientes los relojes, joyas y demás enseres; cuando las estrellas amarillas dejaron de brillar, de los cadáveres tirados en el suelo extrajeron de sus bocas abiertas los dientes de oro.
—¿Y si tanto asco os da por qué me estáis mirando? —rezonga tía Mirta.
Me fijo entonces en los que estamos a su lado, y es cierto que nuestras muestras de asco son todas de grado superior. Mi madre, pálida, se tapa la boca con una mano, creyendo poder retener así un inminente vómito. Mi padre, tranquilo por naturaleza, tiene los puños cerrados en los bolsillos, la cabeza ligeramente ladeada y la nariz fruncida; con su dentadura amarilla, perfilada de ocre por años de tabaco, parece un caballo a punto de relinchar. Tapándose los oídos y con la mandíbula desencajada, mi hermano —mata de pelo rubio alérgico a peines y cepillos y lengua fuera— es como otra versión del Grito de Munch.
La única que permanece impasible es la abuela. Sonríe. Tía Mirta, su hija, ha vuelto. Está distinta. Normal, fueron muchos años viviendo otras cosas, pero está aquí y es lo que importa, todo lo demás son detalles, modas que van y vienen.
Entonces retiro el codo con el que me tapaba media cara y pregunto a qué sabe el pis.
—Depende, pero suele ser un poco salado y amargo —me contesta tía Mirta.
Luego, se lo bebe.
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