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Era Isolda una jirafa inocente, de ojos seductores con pestañas de abanicos de viuda y cuernos de piel de gamuza. El cuello largo, casi tanto como sus piernas temblorosas a punto de perder el equilibrio. Cuando llegó a la civilización, les pareció tan bella, que la metieron en una caja de día y de noche bajo una luz blanca. Todo el mundo podría verla.
Su cuello se dobló, sus orejas se aplastaron y sus rayas se esfumaron. Cuando las pestañas comenzaron a caerse y sus cuernos dejaron de brillar, hicieron una réplica en un museo nuevo con el doble de visitantes —¿Quiénes? No se sabe—
La verdadera y bella Isolda la metieron en una cámara herméticamente cerrada, con los más avanzados cuidados de la técnica. Hicieron camisetas, la subieron a las redes sociales. Miles de seguidores de todo el mundo querían una foto con ella.
Con el paso del tiempo, nadie sabe que ha sido de Isolda, ni siquiera se sabe si es una jirafa.
Desde que podía recordar y probablemente mucho antes, María había llamado la atención. Su tez clara, sus ojos vivos y chispeantes de un verde esmeralda, a veces luminoso, a veces turbulento. Su pelo que invitaba a ser acariciado para comprobar si realmente era tan suave y que superaba esas expectativas cuando se acariciaba. Todo era armonía y dulzura en la joven y ella, consciente, jugueteaba con la admiración que despertaba.
Hacía un mes que se sentía muy confundida a causa de un muchacho con el que coincidía todos los días en el andén del metro. Siempre que ella se acercaba él sonreía y si estaba de espaladas se volvía, como si la presintiera. Luego simplemente seguía con su lectura.
Allí estaba de nuevo, unos pasos delante de ella. Como siempre se dio la vuelta, sonriéndola y… nada más.
María, caprichosa y consentida, no comprendía qué podía leer que fuera tan interesante.
Sin pensarlo avanzó dispuesta a comprobarlo.
Quedó paralizada por la sorpresa.
Fascinada, por encima del hombro del muchacho vio las páginas en blanco del libro, solo surcadas por punteados relieves y por sus dedos que suavemente los acariciaban al pasar por ellos.
Faliz dejó resbalar su espalda por la pared de adobe. Shaira cerró sus enormes ojos y se sentó también en el suelo. Abrazó sus piernas y levantó la barbilla para tragarse el olor de la sabana. Un baobab solitario recortaba sus ramas sobre un horizonte de fuego.
─¿Cuándo te vas?
─Mañana, al amanecer.
─Dicen que más allá de Agadez hay un mar de arena sanguinario que devora caravanas y cuerpos con mayor crueldad incluso que el Mediterráneo.
Solo respondió el silencio. Un silencio cómplice, intenso, prolongado. Sus manos se buscaron, se trenzaron, se abrazaron. Dejaron que la noche apagara lentamente el horizonte y el fuego de sus cuerpos encendidos. Shaira decidió entonces abrir sus enormes ojos blancos. Blancos como el cielo que se esconde más allá del manto acribillado. Acostumbrada a la oscuridad, nada cambió para ella.
─Faliz, ¿hay muchas estrellas?
─Dicen que hay más de cien mil millones. Cuando vuelva de España la nube blanca de tus ojos será un recuerdo y podrás contarlas tú misma.
El silencio se hizo dueño de la manyatta mientras una vaca restregaba su testuz contra las cañas de la choza y ellos dejaban que se incendiaran nuevamente sus cuerpos de barro.
El blanco tenía que ser nuclear, el azul, noche, y el negro, reluciente. Era una sentencia que yo acataba sin rechistar, a pesar de que lo de nuclear me sonase a accidente y, para mí, el único color de la noche fuese el negro. Así que cuando mis ocupaciones infantiles me lo permitían, ocupaba mi rincón en la cueva de Alí Babá y asistía al ritual con el que componía aquel traje y zapatos impolutos.
Mi familia se mudó a otro barrio cuando yo aún no había cumplido diez años y ese recuerdo se fue diluyendo. Estaba desaparecido hasta que me sacudió por sorpresa en el registro de una vivienda en la que se había hallado el cadáver de un hombre que llevaba meses muerto sin que nadie le hubiese echado de menos.
Entre montañas de basura, una isla acotada por decenas del mismo cuadro que yo había visto pintar tantas veces, y en medio, un caballete y numerosos tubos y pinceles perfectamente ordenados. Apenas pude ocultar mi emoción ante mis compañeros de brigada y me sentí ruin por no tener el valor de confesarles que allí tenían la respuesta a sus chanzas sobre mi forma de vestir.
Sacó otro folio y comenzó de nuevo. Las palabras fluían, sin obstáculos al principio, hasta que aparecía ella: Eran sus ojos un precipicio en el que arrojarse…
Arrugó el papel y lo lanzó, encestando con pericia. Se sirvió un whisky.
Hizo crujir los nudillos, tomó el bolígrafo y atacó por sexta vez. Sin dificultad durante dos párrafos. Entonces se abrió la puerta del bar y entró ella: Se asomó a su mirada y sintió… ¡Vaya mierda¡ Una nueva pelota de celulosa voló hasta la papelera, golpeó en el borde y cayó al suelo. Apuró el vaso.
La papelera estaba casi llena. Seguro que aquí hay algún despojo que no es tan malo, pensó mientras revolvía los papeles. Desde el fondo del cubo, sus ojos lo miraron acechantes. Debo haberlo imaginado. Pero no, allí estaban de nuevo aquellas cuencas frías. Vació la papelera en el suelo y una docena de miradas se clavaron en su pecho como puñales. En una de ellas se podía nadar sin descanso, otra le atravesaba como si pudiera leer en su alma. Sintió vértigo y les tendió una mano suplicante. Al amanecer lo encontraron frío en la alfombra. Sobre el escritorio un folio en blanco.
El paisaje arenoso, de construcciones piramidales colosales, se torna en verdor. En la vega, destaca la villa enmarcada por cuatro torreones y algunos andamiajes en el contorno cuadrado. La explotación agrícola es rodeada de tierras de labranza, establos, animales y un incesante movimiento de trabajadores, artesanos, albañiles.
Me adentro en sus estancias dejándome cautivar por sorprendentes murales al fresco, tablas de retratos colgados recorriendo las paredes. En el Oecus, me detengo ante el fastuoso mosaico de su pavimento. Lo compone una gran cenefa, una escena de caza, una leyenda sobre Aquiles y Ulises y una representación de las estaciones del año. Además de varios retratos en medallones. Los teseleros, algunos de origen griego, rematan la obra manteniendo un vivo debate. Afirman, que tanto la pintura, cerámica, mosaicos, escultura y otras manifestaciones artísticas de Roma, fueron copiadas de Grecia. Describen numerosas esculturas, como las del friso del Partenón, con una rica policromía, también imitada por Roma. Quise replicar impulsivamente, que el color del arte clásico es el blanco, del mármol y la piedra. Al menos así es en los museos. Renuncié, tampoco nadie había reparado en mí. Después de más de 3000 años, el color de los clásicos, es el blanco.
EL hombre de color que ocupa el despacho de director financiero de una multinacional sueca, no lo tuvo fácil. Llegó como becario de contabilidad un año atrás y en los rostros de piel clara, ojos azules y cabellos rubios, ya se adivinaba rechazo.
Acaba de llegar la noticia: Björn y Erika han sido padres recientemente. Se les espera durante semanas, pero no dan señales. Se comenta que les hicieron una oferta económica irrechazable en unas oficinas que la empresa tiene en Barcelona. Ahora el blanco de todas las miradas apuntan en la misma dirección.
Una bella walkiria, bien morena, crecerá a la sombra de La Sagrada Familia.
En esta tierra abandonada de Dios ya no descienden ángeles del cielo. En esta tierra de seca carne y frío en los huesos las nubes ocultan demonios que cada cierto tiempo siembran de escombros y espanto las antiguas calles.
Cuando el niño era niño…
«Siempre es lo mismo» Pensó el miliciano que abrazaba con mimo el envoltorio inmaculado de blanca tela y vasta urdimbre. De entre los pliegues dos pequeños pies descalzos que se negaban a jugar al escondite llevan el compás solemne. Con paso quedo, como para no despertarle, y con el uniforme del silencio se acercó a la madre que esperaba aferrando con fuerza la mano de su hija mayor. La cara de piedra, el llanto amortajado.
El crío escapó de la vida como una liebre cuando al salir de la escuela señaló el sol. Y sus compañeros de juego, asombrados, le siguieron con la mirada.
Sólo queda la memoria.
Aún se repiten las escenas del bombardeo en las pesadillas de las oscuras noches. Al despertar los que hoy ya son mayores recuerdan que esa mañana no abrirá la escuela y como en una ventolera un sentimiento les barre el alma y echan de menos a su maestra.
Silba una ventisca y la luz es cegadora en este cementerio de tumbas abiertas. A mi lado, el perro fiel que no ladra y siempre me acompaña espera a que termine la ceremonia. Alrededor todo es blancura helada y atroz. Tiro la última palada de nieve y despierto temblando de frío.
Maldigo una vez más este dormir a trozos en el que se ha convertido mi vida desde que estoy sola, vacía, pero llena de los fantasmas pálidos de los abrazos por venir. Cierro los ojos para volver al territorio blando de la irrealidad, pero el entierro de una mariposa con cara de niño se repite en mi cabeza manteniéndome insoportablemente despierta. Entonces me siento, abro mi libreta y escribo cosas sin sentido: azúcar, seda, hueso, hilo, leche, espuma.
Así hasta que los dedos se me duermen de tanto dibujar las palabras: cuna, dormir, nana, palabras que conjuran un sopor dulce que sube por las manos, por los codos. Pero que se detiene en los hombros. Y aquí me quedo una noche más, con los brazos insomnes, huérfanos. Y toda yo helada, inmóvil frente a esta hoja en blanco plagada de los recuerdos de las vidas que no pudieron ser.
Pisaba un suelo de celofán que emitía un sonido que llegaba a mis oídos como si el amanecer no fuera mudo.
Caía sobre sus hombros una cascada fluorescente que tan solo se atrevería a peinar el tridente de Neptuno en un día especial.
A la altura correcta, estaban las montañas mágicas que a mi edad tal vez no debiera mirar y mucho menos describir.
El aroma que desprendía a la canela del arroz con leche de mi abuela solo era para mí, los demás estaban en otra cosa.
Dos torres de mármol de Carrara la sustentaban mientras esa parte donde confluían se bamboleaba como olas yendo y viniendo de derecha a izquierda en un mar que me obnubilaba sin remisión.
Las notas de un piano, en una melodía robada a la hierba cuando el viento la agita, se fueron hacia mí.
–Ya ha acabado el tiempo.
Le entregué mi folio en blanco.
–¿No se te ha ocurrido nada sobre la soledad?
Sorprendentemente, una ráfaga nacida en los albores de la conciencia pronunció lo que podía atenuar la situación.
– Viene a ser algo así como una metáfora –y tragué más saliva de la que habita en una piscina pública veraniega.
Era un IB8360, otro Valencia-Vigo persiguiendo mi inalcanzable bonus semanal, y yo tenía asiento de ventanilla y una monja de hábito níveo a mi lado. En cuanto alcanzamos la velocidad de crucero, encendí el portátil para revisar mi plan de visitas y fue entonces cuando sucedió por primera vez: justo al bajar mi bandeja, el avión comenzó a caer en picado. Tenía que concentrarme en la posición de «brace, brace», pero yo solo pensaba en devolver aquel rectángulo plástico a su posición original. Morir con la conciencia tranquila. Recuperamos la horizontalidad en cuanto lo conseguí y ahora la pestaña de seguridad apuntaba hacia algún lugar entre Valencia y Vigo. O hacia el cielo, según se mirase. Comenzamos a ganar altitud mientras las azafatas intentaban poner orden; yo recogí mi portátil del suelo, probé de nuevo y esta vez la caída fue breve —porque empezaba a captar la lógica y cerré la bandeja rápidamente—, pero, aun así, la monja no paraba de rezar. Sus dedos temblorosos acariciaban su rosario cuando, endiosado, decidí ayudarla, aunque creo que no lo he conseguido porque, desde el impacto, desde que aquí todo es blanco —y solo blanco—, se la ve aún más asustada.
La mujer se encontraba en ese momento de la vida en que cuerpo y mente dejan de hablarse y van cada uno por su lado. La fragilidad había domesticado sus ambiciones, que en aquellos días se limitaban a acabar un libro en cuyo argumento se reconocía a sí misma y que le devolvía recuerdos aparentemente olvidados. Lo había ido paladeando poco a poco hasta esa tarde, cuando convencida de haber llegado al final encontró varias páginas en blanco, como si quedara algo por explicar. Aunque a la mañana siguiente ya estaban llenas de texto, pronto descubrió más páginas sin escribir. El libro estaba dotado de una molesta resiliencia confrontada con su deseo por terminarlo y los días transcurrían en medio de un brote incesante de párrafos siempre acompañados de nuevas hojas en blanco. Una noche, cansada de prolongar lo que ya parecía una agonía, decidió que esa historia iba a tener un final antes del amanecer.
Hallaron a la mujer con su diario entre las manos. Sus ojos, aún abiertos, evocaban la mirada de quien aspira a escribir su propio desenlace, de llegar a ser, siquiera por un último instante, el autor de su propia vida.
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