Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

DESORDEN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL DESORDEN

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto DESORDEN en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
días
1
4
horas
0
4
minutos
1
2
Segundos
0
4
Esta convocatoria finalizará el próximo
31 de MARZO

Relatos

38. NADA Paloma Hidalgo

Ayer, cuando hablamos, me prometió que lo iba a dejar. Ayer por la mañana. Y no sé si es que me estoy haciendo vieja pero le creí. Una mezcla grumosa de alegría, emoción y mocos me taponó la garganta en cuanto colgué. Nerviosa, me fui a buscar el álbum de fotos, necesitaba verle. Y allí estaba, jugando en la nieve con su trineo, mirando ensimismado a Copito, el gorila albino del zoo de Barcelona, o comiéndose , hasta por el pantalón, un helado doble de nata. Hace un rato me he enterado de que sí, de que lo ha dejado. Pero todo. Todo. La policía piensa que fue una sobredosis, aunque también que pudo ser porque las papelinas llevan tiza, talco, sosa caústica, y otro montón de productos químicos y anestésicos. La autopsia lo aclarará, dicen. He cogido de nuevo al álbum. Duele. Aún le quedaban muchas hojas en blanco.

37. La paz de las trincheras

La trinchera impone su larga noche, haciéndome pisotear cuerpos, fusiles y cananas; una monstruosa alfombra de sarga verde.
Siguen explotando granadas sobre mis compañeros de pelotón, refugiados hace rato en la muerte, e imagino a sus padres aseverando que el ejército les haría hombres.

Bajo el torso del cabo Molina, a diez pasos de su abdomen, localizo la radio. Funciona, pero suena arenosa, sincopada. Reproduce el mismo mensaje en un bucle infinito que ordena la rendición. Indolente letanía con ínfulas de réquiem.
Comienzo a desnudarme rápido, como cuando hervía en deseo. Me arranco casaca y camisa. Fabrico una bandera amarrando la camiseta al fusil y lo alzo por la culata.

La prenda, sudada, pesa. Le cuesta ondear. Medio encaramado, agito el mensaje visual atravesando la densa humareda. Escucho un alto el fuego entre detonaciones lejanas, espaciadas.

Entonces percibo de golpe esa luz, la antesala de la paz.

Es un parpadeo eterno, un fogonazo inesperado, una pedrada sobre mi pecho desnudo, un soplo helado que quema con su pregunta sin respuesta.
La luz es blanca, cegadora. Como un mediodía salino, tumbado boca arriba.

El proyector de diapositivas deslumbrándome.

La pantalla del cine Apolo refulgiendo.

La noche deshojada bajo un lienzo blanco.

36. Cuando ella llegue

Esta tarde de un otoño crepuscular aún le queda lucidez para salvar —al menos durante un rato— los albores de la estigmática dolencia con nombre de neurólogo alemán.

«Poco a poco lo veré todo más blanco», piensa mientras recopila lo que, bien o mal, le van adelantando. Blanco como el impoluto lienzo, como la indolente página en blanco del Word, como el alma cándida que le invade, como los inmaculados ropajes de los ángeles que cada tarde ve en los frescos de la capilla, como la bata del doctor que no se oscurece ni cuándo —como ahora— da una mala noticia.

Y le dicen que el blanco se hará cada vez más intenso, hasta el infinito, hasta cuando llegue ella.

—Cuando ella llegue y cada atardecer preocupada pregunte por sus niños, calmadla. Aunque se lo expliquéis mil veces nunca se creerá que ahora sean cincuentones. Simplemente calmadla. Cuando ella llegue y anochezca, querrá marchar a su casa sin saber que es justo allí donde está. Cuando ella llegue y os hable de usted, no desfallezcáis, simplemente estad allí. De tanto en tanto miradle a los ojos y pensad que, de alguna manera, esa profunda mirada blanca también es la mía.

35. Mamá

Recuerdo tus manos menudas y delicadas. Hacías un movimiento rápido con los dedos y, ¡zas!, la harina caía como si fuese nieve. De puntillas, sobre un taburete, observaba cómo amasabas hasta convertir aquella mezcla en algo que a mí me parecía algodón. Con los ojos como platos, te miraba ensimismada. Entonces, sin que me diese cuenta, simulabas una caricia y dejabas en mi nariz un polvillo que me hacía estornudar. Nos reíamos a carcajadas. Cuando sacabas la hogaza del horno, me gustaba partirla por la mitad y sentir cómo el aroma se esparcía por la cocina y colonizaba toda la casa. Estaba convencida de que ese era también el olor de las nubes. Sabes, creo que mi infancia fue de color blanco. Ya no soy una niña, pero me he acostumbrado a guardar miguitas de pan en los bolsillos y a esparcirlas por todos los caminos de mi vida. Por si vuelves.

34. América profunda

El hombre del tiempo de la CBS había anunciado nieve para la tarde. Pensó en cancelar el viaje, pero no le dejaría sólo el día de su cumpleaños. Tendría que conducir sola varias horas, con suerte estaría allí antes de anochecer. Al tomar la carretera estatal comenzó a nevar. Encendió el enésimo cigarrillo mientras en la radio Bob Dylan llamaba a las puertas del cielo, y notó como la nostalgia atravesaba sus defensas. En una gasolinera casi invisible, el dueño alabó su chevy chevelle del 75 y le regaló una caja de fósforos húmedos que no encendían. La máquina le dio el último café antes de sucumbir al abandono y un Elvis abotargado y crepuscular la invitó a acompañarle hasta Graceland. Condujo otras cien millas bajo una nevada suave, jirones de seda cayendo sobre el cristal que el limpiaparabrisas del chevy desalojaba sin consideración. Empezaba a oscurecer cuando vio el edificio de ladrillo rojo de la residencia de ancianos. Su padre estaba en su silla mirando ausente la nieve, más pequeño y mayor que nunca. Y ella pensó que había valido la pena cruzar Kansas nevando.

33. Tos nerviosa ( Manuela Balastegui)

Madre e hija, con ojos soñadores, esperaban en silencio. La hija, emocionada, apretaba la mano de su madre. La luz se apagó. Empezó el espectáculo. La orquesta tocaba el vals «El lago de los  cisnes». Embelesadas acompañaban la música con el movimiento de sus cabezas. A la madre se le escapó un carraspeo seguido de tos nerviosa. La hija sacó un caramelo. La madre comenzó la operación de desenvolverlo sigilosamente, pero el sonido del plástico (del caramelo) parecía oirse por encima de la música ¡ Qué apuros para silenciar la operación! Pero por fin el caramelo en la boca amortiguó la tos justo cuando hacía su aparición la bailarina. Frágil e imperiosa. Con el pelo regio, recogido en un moño adornado con flores. Sus zapatillas de satén brillantes. El tutú blanco vaporoso. Con postura en relevè ( pies en puntillas). Empezó la danza. La hija escondió las manos al acecho del aplauso. Cuando minutos después la orquesta terminó, la bailarina se postró ante su público. La madre escondió una lágrima en su pañuelo. La hija se puso de pie y aplaudió con energía.

«La bailarina necesita dormir como tú «, dijo la madre cerrando la tapa del joyero.

32. Batalla

Comenzó su batalla armado de pincel y colores. De un trazo recorrió la mitad del lienzo y lo  dividió con un zigzag en vertical.

Garabateó edificios grises y azules sin luz tras las ventanas, estas solo insinuaban borrones de soledad. Rayó una calle sin vida sobre el zigzag

Se alejó unos pasos para observar lo pintado y al observarlo aquello le pareció malo, sin técnica, con colores fríos. La parte izquierda si cubrir le dolió. Sin poder evitarlo lloró, y ciego de lágrimas atacó aquella mitad emborronándola de negro. La oscuridad cubrió la  incipiente lámina.

La frustración llegó al artista y creyó que dando un manotazo sobre la mesa la espantaría, pero solo logró  derramar pintura blanca de un bote. Desesperado puso sus manos en el borde de la mesa en un intento de que no cayese al suelo, pero solo consiguió una  catarata que caía hasta el suelo en donde se formo un luminoso lago.  Lleno de rabia, puso sus manos sobre el lienzo y descubrió aquella luz sobre el negro; se había acabado la batalla de colores. La nada había ganado. Todo comenzó pincelando con colores un lienzo en  blanco y todo acabó despintándolo  con el color blanco.

31. BLANCOS EN LA NOCHE (A. BARCELÓ)

Desde el cielo raso la luna llena derramaba sobre la oscuridad su blanco plateado. La carrocería oro blanco de mi deportivo cortaba el gélido aire de la sierra con la precisión quirúrgica de su estudiada aerodinámica. Yo disfrutaba de todos y cada uno de los retorcidos giros del trayecto a ritmo de A kind of magic, el mítico álbum de Queen. A mitad del recorrido, a la salida de una curva cerrada, apareció una mujer suplicándome que parase a recogerla. Era muy joven, el color blanco anacarado de su ropa y la palidez de su piel le conferían un aspecto entre divino y fantasmal. Vacilé un segundo antes de detener el coche solo unos cuantos metros por delante de ella, eché la vista atrás por el retrovisor, miré en derredor y ya no había nadie. Volví a mirar hacia adelante, un montón de bultos oscuros proyectaban su sombra sobre el asfalto al atravesar el blanco azulado que emitían los faros de xenón, era un nutrido grupo de jabalíes cruzando la carretera. Reparé en lo que hubiera pasado de no ser por esa autostopista, ahora inexistente, y sentí como se rompía el blanco de mi ropa interior.

30. El papel

-Mi historia es muy sencilla:
Salí de un coma profundo después de dos años y tres meses , producido por un accidente donde me atropelló un camión. Me interrogó la policía y le dieron mucha importancia a un papel en blanco que llevaba en el bolsillo del pantalón. Pero yo no sabía de qué me hablaban.
Luego vino a visitarme una mujer misteriosa, muy guapa por cierto, y me dijo que yo era un agente secreto del CNI. A lo que yo le respondí que era imposible, que me acordaría.
Pero puestos a imaginar, si yo era un agente secreto, el papel de mi bolsillo debía tener también algo secreto. Lo puse en el microondas y ¡mira por donde!, en el papel salieron un montón de números y letras y datos personales de alguien que no conozco.
Resultó que era el número de cuenta de un Banco de Suiza y sus tres códigos secretos. En esa cuenta había noventa y cinco millones de euros, que ahora son míos.
Y esto es todo lo qué sé de mí. Y que me gusta el café solo sin azúcar.

-¡Vaya con el papel en blanco!.

29. Kubi de Cara Blanca

Kubi, con la Cara Blanca acompañada de otros cuatro colores siempre tenía el mismo centro. Cada mañana elegía uno de ellos para que fuera su acompañante, no siempre resultando ser de su agrado. A lo largo de los días, meses y años, bailaban, reían y lloraban juntos. Incluso el color opuesto se relacionaba de manera directa con cada uno de los otros colores.

En la ciudad donde vivía Kubi no se oía otro cantar que no fuera el del movimiento intenso. Otros seres con formas triangulares, circulares, y otras formas extremas también con su Cara Blanca, señalaban a Kubi, porque era el simplón anticuado de la Cara Blanca. Pero Kubi siempre defendió su originalidad.

Una noche, cansado de estar siempre en el punto de mira, Kubi decidió viajar al nuevo mundo. En él, encontró otros seres que respetaban su forma de ser, de sentir, de compartir.

Otra vez volvió a ser el original Cubo de Rubik con su Cara Blanca.

28. La Blanca

Cuando entra con su Padre a rezar se queda mirando los arcos, como si cada día fuera su primera vez. Siente que a veces le susurran historias que aún no es capaz de descifrar. Cierra los ojos e intenta concentrarse en las brajot. Nunca lo consigue y sus ojos se pierden entre las hojas retorcidas en piedra que envuelven los capiteles.

Su Padre ha intentado inculcarle el hábito, igual que hizo con sus hermanos mayores. Pero con él parece más complicado. Respeta el lugar sagrado del rezo, sabe que allí hay que comportarse, no corre ni juega como otros niños. Se queda quieto, y cuenta y recuenta los pilares para alejar esas historias extrañas que le vienen a la mente.

A veces se aparta del lado de su Padre y pasea mirando arriba, siguiendo la luz del sol que se refleja en el blanco interior. Y su corazón le habla, latiendo entusiasmado en su pecho, por su deseo creciente de narrar todo eso que ronda su imaginación. Pero entre las recias murallas de la ciudad siente que nadie le entendería.

Peleando contra sí mismo por encontrar su kavaná, regresa junto a su Padre. Y recita mecánicamente los salmos ya aprendidos.

27. Sábanas

Un escalofrío avanza por sus muslos, en diez minutos saldrá de su despacho y le dirá a su asistente que esa tarde, como cada jueves, no estará localizable. Recorrerá con su coche los escasos cinco quilómetros de distancia hasta el hotel de siempre. Ella le estará esperando, con su correspondiente escalofrío, él le arrancará la ropa interior, no podrá aguantar más, ella se lo recriminará. Acariciará su cuerpo y notará cómo se le eriza cada poro de su piel con la excitación de saberse deseado, follarán. Apoyará su cabeza extenuado en la almohada de hotel, con olor a lavandería profesional y falso perfume de hogar. Llegará a casa, el olor allí será el de cena recién hecha, niños bañados, ropa planchada. Se encontrará a su mujer ataviada con su ropa más vieja y cómoda, le sonreirá, pero no le mirará. Cenarán en silencio, tras un breve cómo te ha ido el día y un aún más breve, bien. Algo le extrañará. La sonrisa de su mujer será diferente, llevará el pelo suelto, estará guapa, y lo que él no sabrá es que ella también evocará el olor de unas sábanas, de otra habitación, de otro hotel, igual de blancas.

(Relato fuera de concurso)

Nuestras publicaciones