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Había llegado el día. Hoy tenía que despedirme definitivamente de mis padres. Hoy era el día en que tenía que aceptar, que no volvería a verlos, que no oiría más nunca su risa, ni vería más sus sonrisas, ni sus ojos, ni podría volverlos a abrazar, y tampoco volvería a escuchar sus voces… No estarían el día de mi boda, y nunca podrían verme convertirme en la mujer que siempre soñaron que yo sería. No aguantaba el dolor que me embarga en el alma, en mi pecho, y entre mis pensamientos, no soportaba, haberles perdido, mis aliados en esta vida, las únicas personas que con certeza sabía que nunca me hubieran dado la espalda. Cómo continuar un día tras otro, sin ellos nunca hubiera existido mi vida. Necesitaba que alguien me explicara cómo podía seguir, respirar, continuar la vida, cuando alguien que te ha dado la vida, que te ha cuidado, que te ha enseñado el valor de la vida, la valía de las personas, se han ido para siempre, como regresar en el tiempo… Imposible. Ese tiempo no regresaría jamás.
Bajo el río, a la luz del sol, relucen las pepitas de oro. El hombre no las ve, ocupado como está en su pintura; pintura que es su obsesión y obsesión que es clara señal de peligro, porque no hay mayor peligro que la locura; locura que corre en sus venas y sale a presión por la oreja cercenada… El balazo cercena la vida pero no los sueños, que lucen su fama diferida en los quince girasoles del cuadro.
Siempre había detestado cocinar pero, tras la boda, lo asumió como un deber. Muy pronto empezaron a quedarse las cenas frías y Remedios, adalid de las limonadas, después de maquillarlas, fotografiarlas y colgarlas en las redes sociales, las repartía entre sus mascotas.
El día que murió el último gato no se desanimó, y decidió fomentar el veganismo nocturno. Con su espíritu de reciclaje intacto, exploró ingredientes atractivos para inventar nuevas recetas. Descubrió que con cualquier hierbajo y dientes de león podía fingir preciosas ensaladas, perpetrar trampantojos de porrusaldas con las hojas caídas del parque o aparentar bizcochos de plátano con serrín y mostaza. Ya no existía la necesidad de que, además, fueran comestibles.
Todo ello impulsó rápidamente y a bajo coste su éxito como influencer y dio alas a sus planes para huir de los fogones. Cuando, hasta en China, se puso de moda cenar sus bolitas de cítricos con pipas de girasol (vistosos y originales trozos de gomaespuma rebozada en arena gruesa), consiguió culminar su sueño.
Como último gesto de responsabilidad conyugal compró un robot de cocina y lo dejó sobre el lecho antes de largarse para siempre. Estaba convencida de que su marido tampoco notaría la diferencia.
Aquel verano iba a ser aburrido, mi padre, me llevaba a su pueblo en la Extremadura más tórrida.
Al día siguiente durante la siesta, estaba yo echado sobre la cama antigua de los abuelos, leyendo al capitán trueno y hazañas bélicas cuando entró mi madre y me dijo mira, tú prima, jugar y no hagáis mucho ruido.
Me quedé con la boca abierta, era su cara, pero había desarrollado. Me besó y se subió con naturalidad, parecía que no habían pasado cuatro años. Merendamos unos bocadillos de elgorriaga con mantequilla y quedamos para coger higos por la mañana temprano.
Me pilló mirándola cuando estaba subida a la higuera y me sonrió.
Por la tarde me llevó a la era, el sol incidía sobre la parva que refulgía como si fuera un cuadro de Van Gogh. Estábamos solos e hicimos carreras, al poco rato sofocados, nos tumbamos sobre la paja apilada.
Puso mi mano sobre su pecho y sentí su corazón y luego, la llevó hacia sus muslos.
Me bajó el pantalón corto y comprobé que es mejor acompañado que ser un Onán cualquiera.
Aquel verano entendí lo que es el aventado, separar el grano de la paja.
Empujado por la fiebre del oro, en aquellas lejanas tierras encontró la fiebre amarilla.
¿Otra vez atosigándolo con tus llamadas? Por favor, María, si solo lleva una semana fuera. Aunque sé que lo extrañas mucho, intenta no perder el decoro con tantos ruegos y sollozos, ni con ofrecimientos que no podrás cumplir. Que decida él. La próxima vez, prométele que todas las noches le harás una tortilla para cenar. Mientras, yo seguiré con mis mantras y mis velas.
Vuelve a nevar sobre la nieve de Oymyakon. Un manto blanco cubre todo el pueblo. En Oymyakon, si te paras en mitad de la calle, el frío te entra por los poros de la piel y la sangre se congela. Del corazón te empiezan a crecer carámbanos y te conviertes en estatua de hielo. Por eso, en Oymyakon, la vida nunca se detiene. Abrigados con sus gorros y sus anoraks, los pocos niños que logran sobrevivir al parto se pasan las horas tirando piedras a los manules que corretean por los tejados, bajo el continuo ladrido de los huskies, mientras sus madres recalientan la sopa con la que se desentumecen los huesos. Los viernes todo el mundo hace el amor y el calor que desprenden los cuerpos mantiene caldeados los hogares durante el fin de semana. A veces deja de nevar. Es entonces cuando los habitantes de Oymyakon miran esperanzados al cielo, buscando una gaviota, una golondrina, un mísero pájaro que anuncie la llegada de la primavera, pero solo encuentran la sonrisa maliciosa del niño que agita la bola de cristal de nuevo. Y enseguida vuelve a nevar sobre la nieve de Oymyakon.
Era Isolda una jirafa inocente, de ojos seductores con pestañas de abanicos de viuda y cuernos de piel de gamuza. El cuello largo, casi tanto como sus piernas temblorosas a punto de perder el equilibrio. Cuando llegó a la civilización, les pareció tan bella, que la metieron en una caja de día y de noche bajo una luz blanca. Todo el mundo podría verla.
Su cuello se dobló, sus orejas se aplastaron y sus rayas se esfumaron. Cuando las pestañas comenzaron a caerse y sus cuernos dejaron de brillar, hicieron una réplica en un museo nuevo con el doble de visitantes —¿Quiénes? No se sabe—
La verdadera y bella Isolda la metieron en una cámara herméticamente cerrada, con los más avanzados cuidados de la técnica. Hicieron camisetas, la subieron a las redes sociales. Miles de seguidores de todo el mundo querían una foto con ella.
Con el paso del tiempo, nadie sabe que ha sido de Isolda, ni siquiera se sabe si es una jirafa.
Desde que podía recordar y probablemente mucho antes, María había llamado la atención. Su tez clara, sus ojos vivos y chispeantes de un verde esmeralda, a veces luminoso, a veces turbulento. Su pelo que invitaba a ser acariciado para comprobar si realmente era tan suave y que superaba esas expectativas cuando se acariciaba. Todo era armonía y dulzura en la joven y ella, consciente, jugueteaba con la admiración que despertaba.
Hacía un mes que se sentía muy confundida a causa de un muchacho con el que coincidía todos los días en el andén del metro. Siempre que ella se acercaba él sonreía y si estaba de espaladas se volvía, como si la presintiera. Luego simplemente seguía con su lectura.
Allí estaba de nuevo, unos pasos delante de ella. Como siempre se dio la vuelta, sonriéndola y… nada más.
María, caprichosa y consentida, no comprendía qué podía leer que fuera tan interesante.
Sin pensarlo avanzó dispuesta a comprobarlo.
Quedó paralizada por la sorpresa.
Fascinada, por encima del hombro del muchacho vio las páginas en blanco del libro, solo surcadas por punteados relieves y por sus dedos que suavemente los acariciaban al pasar por ellos.
Faliz dejó resbalar su espalda por la pared de adobe. Shaira cerró sus enormes ojos y se sentó también en el suelo. Abrazó sus piernas y levantó la barbilla para tragarse el olor de la sabana. Un baobab solitario recortaba sus ramas sobre un horizonte de fuego.
─¿Cuándo te vas?
─Mañana, al amanecer.
─Dicen que más allá de Agadez hay un mar de arena sanguinario que devora caravanas y cuerpos con mayor crueldad incluso que el Mediterráneo.
Solo respondió el silencio. Un silencio cómplice, intenso, prolongado. Sus manos se buscaron, se trenzaron, se abrazaron. Dejaron que la noche apagara lentamente el horizonte y el fuego de sus cuerpos encendidos. Shaira decidió entonces abrir sus enormes ojos blancos. Blancos como el cielo que se esconde más allá del manto acribillado. Acostumbrada a la oscuridad, nada cambió para ella.
─Faliz, ¿hay muchas estrellas?
─Dicen que hay más de cien mil millones. Cuando vuelva de España la nube blanca de tus ojos será un recuerdo y podrás contarlas tú misma.
El silencio se hizo dueño de la manyatta mientras una vaca restregaba su testuz contra las cañas de la choza y ellos dejaban que se incendiaran nuevamente sus cuerpos de barro.
El blanco tenía que ser nuclear, el azul, noche, y el negro, reluciente. Era una sentencia que yo acataba sin rechistar, a pesar de que lo de nuclear me sonase a accidente y, para mí, el único color de la noche fuese el negro. Así que cuando mis ocupaciones infantiles me lo permitían, ocupaba mi rincón en la cueva de Alí Babá y asistía al ritual con el que componía aquel traje y zapatos impolutos.
Mi familia se mudó a otro barrio cuando yo aún no había cumplido diez años y ese recuerdo se fue diluyendo. Estaba desaparecido hasta que me sacudió por sorpresa en el registro de una vivienda en la que se había hallado el cadáver de un hombre que llevaba meses muerto sin que nadie le hubiese echado de menos.
Entre montañas de basura, una isla acotada por decenas del mismo cuadro que yo había visto pintar tantas veces, y en medio, un caballete y numerosos tubos y pinceles perfectamente ordenados. Apenas pude ocultar mi emoción ante mis compañeros de brigada y me sentí ruin por no tener el valor de confesarles que allí tenían la respuesta a sus chanzas sobre mi forma de vestir.
Sacó otro folio y comenzó de nuevo. Las palabras fluían, sin obstáculos al principio, hasta que aparecía ella: Eran sus ojos un precipicio en el que arrojarse…
Arrugó el papel y lo lanzó, encestando con pericia. Se sirvió un whisky.
Hizo crujir los nudillos, tomó el bolígrafo y atacó por sexta vez. Sin dificultad durante dos párrafos. Entonces se abrió la puerta del bar y entró ella: Se asomó a su mirada y sintió… ¡Vaya mierda¡ Una nueva pelota de celulosa voló hasta la papelera, golpeó en el borde y cayó al suelo. Apuró el vaso.
La papelera estaba casi llena. Seguro que aquí hay algún despojo que no es tan malo, pensó mientras revolvía los papeles. Desde el fondo del cubo, sus ojos lo miraron acechantes. Debo haberlo imaginado. Pero no, allí estaban de nuevo aquellas cuencas frías. Vació la papelera en el suelo y una docena de miradas se clavaron en su pecho como puñales. En una de ellas se podía nadar sin descanso, otra le atravesaba como si pudiera leer en su alma. Sintió vértigo y les tendió una mano suplicante. Al amanecer lo encontraron frío en la alfombra. Sobre el escritorio un folio en blanco.
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