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Después de que los consejeros de la tribu decidiesen acabar con el poblado enemigo me sentí muy orgulloso cuando, pese a mi juventud, me incorporaron a la expedición. Durante largas jornadas nos abrimos paso a machetazos entre una vegetación que crece desafiante y trata de asfixiarnos, hasta que localizamos el lugar adecuado para establecer el campamento y pasar desapercibidos a los centinelas que vigilan su territorio.
La oportunidad de que nuestros guerreros se lancen a un ataque sorpresa llega poco antes de que salga el sol. Yo no puedo acompañarlos porque todavía no soy como ellos, aunque me ordenan que dibuje en mi cara y pinte en mi cuerpo los mismos símbolos que he visto trazar en los suyos mientras se estaban preparando.
Hacia el mediodía el jefe requiere mi presencia en la aldea que ya han destruido. Intuyo que este el momento, esperado desde hace tanto tiempo, de poder demostrarle que también merezco ser un hombre. Entro junto a él en la choza que me han estado reservando para que pueda cumplir con el rito. Al fondo, sollozando en silencio, se abraza la única familia que aún sobrevive a la masacre. El jefe me entrega un machete.
«Los alemanes vestían de gris y tu vestías de verde», le dije con ternura.
Ella disimuló una sonrisa. «De azul», respondió. Parpadeé confuso. «Se supone que yo vestía de azul, de verde visto ahora», añadió, mirando de soslayo a su compañero que se acercaba.
Decidí jugar fuerte: «El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos». Nunca escuché su respuesta. El hombre llegó a nuestro lado con cara furiosa. Procedí a retirarme con dignidad: «Yo me quedaré aquí hasta que el avión haya despegado». Escuché un chasquido metálico y contemplé incrédulo las esposas.
«Efectivamente», dijo aquel tipo. «Usted se queda aquí, ha bebido y está molestando al resto del pasaje».
Me reí. «Mi nacionalidad es borracho», eructé, al tiempo que me volvía hacia Ilsa, tan seductora con aquel uniforme. «Si este avión despega y no estás en él lo lamentarás», le dije.
No pude añadir más, me sacaron a empujones mientras se oían aplausos y vítores.
Al día siguiente desperté con una resaca terrible y un recuerdo confuso de haber mezclado tranquilizantes con alcohol antes de despegar. Avergonzado, salía de la comisaría, cuando un ángel vestido de guardia civil me susurró: «Presiento que este es el inicio de una hermosa amistad».
Olivia nació en un colchón de aceitunas recogidas por su madre cómo alimento de siete pequeños hijos precedentes. El padre sólo aportaba esperma a la familia.
Salada, de reflejos verdosos y tez aceitunada, Oli atraía a toda baba-oleosa de la comarca. Tanto fue lamida que terminó siendo un pringoso hueso. Una patada lo envío a las profundidades, incrustándose en la mina.
Cuenta la leyenda que allí surgió la esmeralda mejor programada para el billete dólar. Furtivamente, fue extraída por siete hermanos, enanos enfermizos de piel cetrina, y ofrecida a Blancanieves para así morder su encarnada manzana de hechizo letal.
Ecologistas en acción atribuyeron al hipnótico brillo starking, la contaminación de los cuerpos. Desde entonces, únicamente las verdes doncellas pueden ser fruto de consumo.
ESTE RELATO ESTÁ FUERA DE CONCURSO.
La caída del sol tiñe de tonos verdinegros la espesura que flanquea el amazonas. Desde los cuatro puntos cardinales, varias partidas de cazadores regresan al poblado con escasas piezas e idénticas noticias acerca de enormes bestias de patas redondas deambulando sobre la selva violada. Gesticulan, jadean, extienden sus brazos en un vano intento de dibujar en el aire la amplitud de la tierra removida, desarraigada de troncos y sombra. Su lenguaje sabe de sonidos, de estaciones, no de devastación; no tienen términos para describir exterminio, ni verde talado, ni lechos de inabarcable marrón; su lenguaje solo sabe de colores.
La memoria de la sabiduría erizó la piel de los ancianos cuando escucharon entre los gestos esa última palabra: marrón. El más viejo se levantó despacio y sin dejar de mirar al suelo exhaló un lamento que escarcharía la sangre y la savia bajo el dosel oscurecido: «el color del fin del mundo».
Estoy en un bosque que en un principio es verde y unos pasos más adelante, se llena de petunias tan espesas que todo lo tapa y se convierte en un inmenso mar rojo. En la naturaleza boscosa me sentía bien, pero esta alfombra me ahoga. Me asusta estropear las flores al pisarlas, por eso necesito mis alas y salir volando de este espacio que cada vez se hace más extenso. Se agranda por los lados y sigue hacia arriba. No hay caminos ni puertas por donde salir, es como un gigantesco laberinto donde todo se cubre de esas horribles flores que me aprisionan. Ya tan solo puedo distinguir un trozo de cielo, por donde se asoma una nube juguetona, que me sonríe y me llama. Yo sé que las nubes ni sonríen, ni hablan, pero esta sí. Y quiero cogerla. Estiro mis brazos, la llamo y ella se carcajea, me guiña con un ojo de sapo. Lloro. ¡Quiero subir ─digo, ─quiero volver a casa, no puedo morir en este lugar rojizo!
No sé si estoy despierto. Sudo y creo que mi mujer me pregunta por qué grito y a qué alas me refiero.
¡Ella me abofetea y se lo agradezco!
Un velo de maldito polvo blanco, ceñía sus cuerpos.
Alguien deambulaba, portando una figura inerte. Igualmente vestida de polvo blanco. Tan espeso, tan maldito. Vagando entre la nube de aquella atronadora sordera, que resquebrajaba la corteza terrenal cercenando vidas, como si estas muertes solo fueran aderezo para la crónica del siguiente noticiario.
Aquella ya no era su pequeña. Era el envoltorio de sus sonoras risas, de sus «te quiero», de sus «papi».
De sus pupilas sin luz de vida, como cristales opacos, dos lineas carmín del líquido vital trazaban sobre la tez nívea una tétrica máscara.
El hombre cayó bruscamente clavando sus rodillas en la polvorienta arena. Toda su turbación, pánico, terror, los llevaba ahora en sus brazos.
¿Qué niño es el siguiente que debe morir? ¿ En qué lugar? ¿Qué hombre, qué Dios se otorga ese derecho?
Muda orbe. Vemos, oímos, callamos. Adormecido nuestro reclamo. Conciencias apagadas. Misiles encendidos. No pasa nada, fingimos.
– ¡Que noticia tan horrible! Pásame la ensalada y cambia de canal que estamos cenando.
Pero el dolor de aquel hombre podría tornarse en nuestro. Pues mientras haya hombres que se crean dioses, en ningún rincón del mundo estaremos a salvo.
Era muy hábil y te robaba sin que fueras consciente de ello porque sabía cómo hacerlo. De gancho te ofrecía un par de asuntos que uno aceptaba inocentemente y hasta con agradecimiento, pero una vez llegado al fondo de la cuestión que se terciara en aquél momento, observé después de un tiempo que ya podías darte por perdido sin remisión alguna.
Yo no podía sino intentar superarle, ser más rápido, de tal manera que, llegado el momento, él percibiera que se le había acabado el chollo, que en el futuro, aquello no iba a ser un asunto placentero exclusivamente para él y que tendríamos que compartir botín.
Mientras, seguía haciéndome concesiones menores esperando la pieza gorda y por ahí andaba yo, esperando, una oportunidad que no llegaba.
Un día, felizmente tuve una inspiración. Aquella mañana comenzamos a charlar, y de repente lancé un cebo. Le dije ‘esta mañana he confundido la medicación, me he tomado una pastilla verde de cianuro de potasio…’
Hasta ahí llegué. Inmediatamente llegó el robo, la apropiación que yo esperaba:
‘No me hables del cianuro de potasio. Una vez, estando yo en la mili, un sargento de Farmacia me dijo, Ortega, llégate al dispensario….’
Ratero infame.
Salvo cambio de idea, la habitación de los niños que tengan irá en diferentes tonos de verde. Hay decididos también algunos pormenores sobre la compra del piso, aunque el principal es que para poder realizarla tendrán que trabajar los dos. Nada, en realidad, que no tenga arreglo en unos pocos años, cuando acaben sus respectivas carreras. Claro que ahora toca ponerse a estudiar en serio, sobre todo si quieren aprobar de una vez el bachillerato. Tan solo hay una pequeña traba, diríase, y reside en el carácter de su relación: él no encuentra nunca la ocasión para insinuarse; ella, por su parte, procura en todo momento que no se haga muchas ilusiones.
Mientras con su presencia alteraban nuestro paisaje, el barrio se iba empobreciendo. Sus luces de neón fueron el señuelo. Unos se acercaron por probar fortuna, otros para paliar las carencias económicas que sufrían por la falta de trabajo.
Para mí, todo empezó como un juego. No me di cuenta de que me encaminaba al borde del abismo.
En lugar de aquella adrenalina primera que cosquilleaba excitante en mi estómago, me habita un poderoso dragón verde, que ruge cuando se despierta, que me devora por dentro si no lo alimento.
Observo el reloj con impaciencia. Las manecillas se niegan a avanzar, aunque las empuje con la mirada. Imposible concentrarme. Me sudan las manos. El corazón galopa enloquecido. Compruebo que sigue ahí el contenido de mis bolsillos.
Un timbrazo anuncia la hora. Salgo a la calle disparado como una flecha. Presiento que, con un trébol de cuatro hojas en la cartera, hoy cambiará mi suerte. Tras arriesgarlo todo entre la ruleta electrónica y las máquinas tragaperras, mi saldo se tiñe de rojo. Demasiado tiempo sin anotar nada en mi libreta verde, la de las ganancias.
Regreso con las manos vacías de éxito, pero cargadas de desesperación. Ha terminado el recreo.
Sentado, con los pies colgando hacia el abismo desde la azotea, acaricia la tapa de la caja con la emoción contenida desde que tiene uso de razón. Ha pasado de generación en generación desde que los antiguos iniciaron un viaje sin retorno en busca de un futuro que no llegaron a conocer.
Lo que quedó atrás se ha convertido en leyenda. Su esencia se custodia en una colección limitada de cajas como ésta con las semillas que harán germinar una nueva era. Eso cuenta la historia.
La abre con delicadeza. Irradia una luz verde que contrasta con el grisáceo de todo lo que le rodea. En el fondo puede ver la imagen del prado del que tantas veces oyó hablar. Las flores que intentaron plantar sin éxito en esta tierra inhóspita. Los árboles llenos de fruta comestible.
Pero la caja está vacía. No quedan semillas, si es que alguna vez las hubo. Contempla cada detalle de las imágenes para que no se le olvide nada y cierra la tapa con cuidado.
Abajo le esperan ansiosos. Mientras desciende uno a uno los escalones, recuerda las últimas palabras de su padre: los recuerdos huelen a hierba mojada, como la esperanza.
En el autobús que une su barrio con el centro de la ciudad, Olga permanece de pie y absorta frente a la ventanilla. La hilera de árboles que separa la carretera del río se le antoja una interminable pincelada verde, surgiendo ante sus ojos al capricho de la velocidad.
De pronto, un brusco frenazo le hace perder el equilibrio precipitándose contra un hombre maduro que, recuperando la única mano libre del bolsillo de su raído abrigo austríaco, la sujeta firmemente un instante. La joven se disculpa y un cruce de sonrisas sella el momento de desconcierto.
Olga llega puntual a su cita con Lucas. Éste, observándola cariacontecido, se percata de que su novia ha perdido uno de los pendientes de esmeraldas que él le regaló para su pasado cumpleaños. Ella, llevándose las manos a las orejas, sorprendida y muy afligida, le cuenta el episodio del autobús.
Cuando Olga vuelve a casa, retira el correo y se llena de júbilo al encontrar el pendiente colgando del vértice de uno de los sobres. Alegría que se desvanece antes de cerrar el buzón.
Mezclo amarillo y cian en la paleta. Son mis paisajes favoritos, los bosques que tanto añoro. No me acostumbro a los días azules de sol arrugando la piel que cuartea. El eterno estío devora la nostalgia que engulle las lágrimas que secan la pintura. Echo de menos el norte y me refugio entre acuarelas donde predomina el verde. La falta de lluvia, la ausencia de nubes, el vacío en el alma de una tierra que no olvido. A veces siento volverme loco y es cuando abrazo a mi hija que me pregunta por los pinceles en el suelo.
Hoy ella comienza con sus clases de pintura, un nuevo aire que vista las paredes de la casa. Su primera obra muestra el retrato de su peluche favorito, la rana Gustavo.
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