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Otra vez la primavera se ha adueñado del jardín. Ha colgado abanicos de las ramas del ginkgo, corazones en el tilo, y en el arce, estrellas. Y a mí, se me ha metido en los ojos. Te veo pequeña, descalza corriendo por el césped persiguiendo mariposas, y sentada merendando bajo el avellano. Empapada de agua tras regar con la manguera la rocalla, enterrando los bulbos de los tulipanes en las jardineras, buscando caracoles entre las hortensias cuando llovía. Parpadeo, pero sigues ahí, ahora más alta, estudiando exámenes finales en el porche, bajo las glicinias. Y cuando cierro los ojos, como casi siempre, el verde del pijama del cirujano que hizo todo lo que pudo, me trae de nuevo este invierno que mantendrá helada mi sangre, incluso en agosto.
El hombre yacía sobre el camastro, cubierto de heridas y moratones; su cuerpo no iba a resistir. Le habían aconsejado que esquivase todo contacto, incluso el visual, y fue, al bajar los ojos, cuando descubrió el pequeño papel. Lo cogió y en la fotografía, pues de eso se trataba, descubrió una versión joven del varón que yacía junto a él al lado de una mujer y un pequeño lactante.
La visión lo hirió. Evitaban los niños, examinaban solo hombres y mujeres adultos, nada más; pero había visto la imagen y era demasiado tarde. Miró al moribundo, posó sus tres dedos verdes y cartilaginosos en el lugar donde estaba su cerebro, se concentró y dejó que sus sentimientos, miedos y esperanzas avanzasen por su tentáculo hasta inundarle, quemándole, y supo qué era lo correcto hacer.
No mucho tiempo después su civilización dejó de visitar el planeta que tanta curiosidad les había despertado; aunque siempre hubo quienes querían seguir con el estudio de los humanos, los mismos que desde hace no tanto vuelven a estar al mando y sin mayores retrasos retomarán las extracciones y los ensayos.
Lagarto, lagarto, con delantalito en la charca grande espanta el mal fario. Lagarto, lagarto, en las aguas verdes de viscosas plantas y rumbosos sapos. Lagarto, lagarto, cazas renacuajos y rindes tritones a la luna clara. Lagarto, lagarto que al oler carroña atraviesas campos, hasta el pedernal de seda, al sol estepario. Lagarto, lagarto, por qué subió la niña a aquel Seat blanco, que rompe la tarde de cien primaveras. Sueña lagarto con rizos de oro manchados de barro, con la hierba fresca que esconde el pecado, que tapa las ropas del último sábado. Qué pasa lagarto que con tu presencia se asusta la suerte. Qué pasa lagarto que entre tus escamas anida la muerte. Lagarto, lagarto canta la madre si la niña sale. Que hay muy mala gente, que no te separes ni de tus amigas ni de tus temores. Dónde está la niña que nadie lo sabe, dónde sus amigas dejaron de verla. Todos la buscamos por los arrabales, por los regadíos y por los barrancos. Todo el pueblo unido desde los albores hasta los ocasos. Todo el pueblo unido desde los mocosos hasta los ancianos; todo el pueblo unido y un hombretón grande con un coche blanco.
Algunas veces vamos a la montaña y pasamos el día rodeados de naturaleza. Disfrutamos del aire puro, de una buena temperatura regulada y de la compañía de animales dóciles como elefantes, tigres o alacranes. Cuando cansados volvemos a la ciudad en la lanzadera magnética, toda la familia miramos nuestros selfis menos el tatarabuelo, que siempre regresa taciturno oteando el horizonte envuelto en sus recuerdos hasta que, al hacer el transbordo en el límite de la burbuja verde y ponernos las escafandras para poder respirar en la atmósfera metropolitana, de nuevo nos cuenta las batallitas de cuando recorría los bosques cercanos a su pueblo, cuidaba su huerto… ¡Ordeñaba vacas! Y hasta tenía un perro que a veces le mordía, algo impensable hoy día, debido a las transmutaciones. Entonces papá le vuelve a recordar que de eso hace ya mucho tiempo, pues el tatarabuelo pronto cumplirá 123 años y, aunque él está convencido de que no le queda mucha vida, ignora que sus sesiones de diálisis no son tales y que el zumo natural de manzanas verdes de cada mañana no es realmente para su hipertensión; el día que se entere le da un infarto.
Beso-de-buenas-noches enfila la última recta en segundo lugar, arrastrando rítmicamente su cuerpo de gasterópodo. El niño se muerde el labio inferior, le anima en secreto, le acerca hojas de rúcula y escarola para que acelere. Más atrás marchan Castigado-sin-Postre y Cuento-hasta-Tres, cuyos regueros de espuma se entremezclan y forman una viscosa cadena de ochos. Por su parte, el despistado Come-y-Calla se ha salido del velódromo pintado con tiza y se aleja hacia los prados de trébol.
Al terminar la carrera, el niño coloca sus caracoles en una caja de zapatos, siente una canica de hierro atascada en la garganta. Entonces respira profundamente, aprieta los puños, arroja contra la arena a Enséñame-tu-Pajarito, el ganador habitual, y comienza a pisotearlo con toda su furia.
Aún estoy muy verde para el descomunal reto que tengo en mente. Durante el día, empleo todo mi tiempo libre en prepararme para superarlo. Cuando me voy a dormir, pongo en marcha el magnetófono. Durante toda la noche escucho la grabación que he hecho con mi propia voz. He oído decir que, incluso cuando dormimos, asimilamos sonidos del entorno. Calculo que si mantengo con constancia estas rutinas, quizás, en unos doce años, esté en condiciones de cumplir mi sueño. Dejaré en ridículo a quienes han afirmado que es imposible retener en la memoria un libro completo de esta envergadura. Sí, no se trata de un libro cualquiera. No lo he escogido porque me interese especialmente la historia que cuenta —casi no hago caso de ella— sino por su considerable extensión y porque es el libro más conocido de entre los que han llegado a mis manos. Mostraré a los cuatro vientos mi hazaña, el suceso se expandirá y todo el mundo sabrá lo que hice. Pero, calma, vayamos por partes. Por ahora, tras dos años de perseverancia, creo que ya seré capaz de recitar los cinco primeros capítulos. Algo es algo. Voy a empezar: En un lugar de la Mancha…
La madre era una hermosa pitufa llamada Pitufina, con su piel azul resplandeciente y su preciosa mata de pelo rubio. El padre era nada menos que Bart Simpson, amarillo hasta el tuétano, gamberro y juerguista. El niño… el niño no fue lo esperado. Verde como una judía y con un carácter terrible; apenas gruñe cuatro palabras con cinco años recién cumplidos y no para de romper la ropa. Le pusieron de nombre Hulk.
Miren aquellas alas allí amontonadas. Las llevaban puestas otros cientos de personas que aterrizaron en la orilla, lo vi con mis propios ojos. «Buscar trabajo. Prisa», apenas les entendí chapurrear a varios de ellos. Y ahí están apiladas como si fueran basura. O ¿ven aquellos zapatones de color verde que aún flotan en el mar? Son solo algunos de los que abandonaron los payasos que llegaron caminando sobre las aguas. Que los dejaban para entretener a los niños, pusieron como excusa. Que no, que ya estamos hartos, que los que limpiamos las playas somos nosotros, unos mandados, así que ni cartagineses ni qué ocho cuartos, recojan sus lanzas y escudos, vuelvan a los barquitos de época que les han traído aquí y váyanse a levantar el imperio púnico a otra parte.
“Voy a taparle el derecho para ver si el otro recobra la visión -dijo el oftalmólogo- aunque le advierto que usted es demasiado mayor y el ojo demasiado vago”.
Cuando salí de la clínica, la ciudad se había vuelto verde como si estuviera sumergida en un pantano. Mi ojo inútil había comenzado a filtrar el mundo a través del color de su iris mientras que el diestro intentaba inútilmente recobrar protagonismo -cual alumno repelente ignorado por la maestra- sin resignarse a su transitoria ceguera.
Acostumbrado a holgazanear toda su vida, el izquierdo pronto se cansaba. En el cine, su párpado caía pesado tras los primeros fotogramas y fue imposible hacerle leer más allá de un microrrelato. Por suerte ya existía el audiolibro. Me aficioné a la radio y mataba las horas escuchando música. Con los ojos cerrados, mi imaginación volaba sobre prados, selvas, bosques o como mucho, mares de color esmeralda. Tal era el poder evocador de su pupila.
Cuando el doctor liberó el ojo diligente, la verde placidez desapareció arrollada por una vida gris. El glauco retornó a su mirada interior y a gobernar mis sueños. El negro ha vuelto a organizar mi vigilia.
Diseñar el universo, la galaxia y el satélite ese que gira alrededor de la Tierra con una precisión tan desesperante se me estaba haciendo eterno. Y eso el lunes. Pero entonces me dio por añadir meteoritos y cometas, vi que era bueno y continué.
Los siguientes días creé el sol, decoré con nubarrones el cielo y para que hubiese tinieblas hice la noche. Llené de tiburones los mares, el aire de mosquitos y el planeta entero de animales con colmillos, aguijones, garras y cuernos. Dibujé volcanes, icebergs y desiertos con arenas movedizas y cactus. Muchos cactus. Me fascinaba rozar sus espinas sin pincharme y sorber el jugo de dentro, me pareció que estaba muy, muy bueno, y continué bebiendo.
El sexto día lo pasé saboreando aquel zumo verde. Lo llamé peyote. Y mientras gozaba del néctar y miraba las formas caprichosas de las nubes al pasar —acá la cresta de un gallo, allá una coliflor—, se escondió el sol. «Uy, qué tarde es», pensé al verme envuelto en la negrura. Entonces, deprisa y corriendo, me puse a modelar un monigote de barro. Pero no veía nada, mecachis, sin luz apenas veía.
La mirada fija en el semáforo, Fabricio espera a que se ponga verde y arranca el coche ipso facto sin ver el muchacho que cruza en aquel instante.
Mientras las batas verdes de los cirujanos intentan recomponer el cuerpo desolado del crío, Fabricio desde el puente observa las aguas verdes del río que le atraen, le atraen…
Jade llegó a la ceremonia vestida de clorofila. Cuando entró en el crucero, la iglesia se llenó de aurora boreal y los destellos esmeralda deslumbraron a los feligreses. Se sentó al lado de su madre, en la última fila. En su cuerpo fosforescente se distinguían con claridad las terminaciones de sus nervios, la retícula de sus emociones dispares, la prominente cabeza del bebé que guardaba bastante parecido con la del novio. Ajeno a estos signos, frente al altar, el prometido sonreía a una novia resplandeciente ataviada de blanco. El párroco, que ya había oficiado la misa, antes de que la joven pareja se diera el sí, se dirigió a los congregados para preguntar si alguien se oponía por razones cualesquiera a aquella boda. Nadie se pronunció, pero acto seguido la muchacha en estado de buena esperanza se puso de parto.
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