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Los tenía todos.
En la casi absoluta oscuridad dominaban el polvo, las telarañas, el misterio, el silencio y el olvido.
Los recipientes de cristal atesoraban humos de todos los colores, de todas las químicas, materiales, productos, artefactos, hierbas, flores, árboles, aguas, residuos, animales, protozoos, nubes, atardeceres, miasmas, estrellas, universos y demás entelequias.
Cuando entró, se le quedó mirando.
Sin presentarse, él se lo pidió.
«Todos me dicen, estás que echas humo. Quiero que me lo fabriques. Quiero ver cómo es. Lo necesito. Pago bien, muy bien».
Enseguida detectó su infinito enfado.
Sin cruzar palabra le hizo sentarse en la silla polvorienta.
Puso las manos encima de su cabeza, cerró los ojos e invocó a entes superiores.
Surgió lo que buscaba. Recogió el éter luminiscente, que brotaba del cráneo a raudales, en el frasco correspondiente.
Lo cerró y se lo dio: «Jamás lo abras».
Cobró lo que no está escrito.
Al salir lo abrió.
El excelso humo verde lo inundó todo como una inmensa plaga. La humanidad entera se sumergió en el peor período de mal humor de su historia.
En los verdes y frondosos bosques del norte, habita el duende ladrón del tiempo. Cuenta la leyenda que te lo roba sin que nada puedas hacer para evitarlo. Dicen que si te sientas en algún claro, entre las hojas de la primavera a pensar y sumas las horas, la cuenta siempre sale a su favor, las manecillas del reloj en algún momento se paran. Pero también dicen, que si le pagas unas monedas quizá no sea demasiado tarde y lo puedas recuperar.
Después de tiempo sin comunicarnos, te escribo para que sepas que estoy bien. Por aquí todos dicen que soy más raro que un perro verde. Pero tú sabes que no tengo nada de animal. Ni de planta. Algo de verde sí. Pero no más que mis hermanos, mis vecinos, mis amigos o mis compañeros de curro. Es un verde aguamarina, tirando a lomo de rana de cuento infantil. Y es que la gente siempre te etiqueta sin apenas conocerte. Tú sí me conoces bien, Eduardo; has seguido mis andanzas y sabes todo sobre mí. Mi carácter, mi gusto por los churros, mi corporeización en Marta Sánchez… Todo. Sin embargo, y no sé por qué, aunque sabes que soy 6Ʊ3πƸπ, siempre te empeñas en llamarme Gurb.
Acabo de leer en Google que el verde es el color más relajante para el ojo humano, así que ya he decidido qué pintura voy a comprar para nuestro dormitorio. No es que piense que sea necesario, pero nunca está de más prevenir, porque quizá haga falta algo más que una mentira piadosa.
La joven pareja canadiense rema extasiada por el Amazonas. Han conseguido una beca para investigar comunidades indígenas.
Bajo sus gorras verdes albergan la esperanza de un ambicioso proyecto: preservar alguna lengua en peligro de extinción. En la de él asoman mechones rojizos; de la de ella cuelga una coleta rubia.
Cuando se adentran en la selva, sienten la exuberante vegetación y los sonidos de la vida animal como un recinto sagrado. Caminan despacio, en silencio. Ignoran que decenas de ojos los espían entre el follaje.
Una mordedura de serpiente derriba a la antropóloga. Al alzar la vista, se encuentran rodeados por hombres pintados de verde que los apuntan con sus flechas.
Les desagradan los intrusos, pero se apiadan de los ojos esmeralda de ella. El chamán le cura la herida y les ofrecen un líquido verduzco. Lo toman en señal de agradecimiento y caen en un profundo sueño. Dos mujeres les untan el cabello con el jugo de una planta acuática de grandes dimensiones, la victoria amazónica. Todavía inconscientes, los conducen hasta la embarcación. Cuando despierten, solo tendrán recuerdos inconexos y el pelo negro.
Los indígenas intuyen que su pequeña tribu corre peligro si contactan con los humanos vestidos.
Satisfecho, se limpió en el hábito de la novicia, acurrucada y llorosa en su camastro.
Se subió el gregüesco, se cerró la bragueta y dándose la vuelta salió con sigilo al claustro. Llegó a la ventana por la que había entrado y dejó caer la cuerda, que hizo un ruido sordo al golpear el empedrado de la travesía que rodeaba el convento de las Capuchinas.
Dos alguacilillos de la Santa Hermandad le dieron el alto y sacando su espada ropera se lio a mandobles con ellos, hiriendo a uno de ellos con una estocada en el pecho y al otro en la pierna.
Echó a correr hacia la plaza de Zocodover, donde se celebraba la procesión del Corpus. Unos gigantones danzaban y giraban sin cesar.
Detrás, los campesinos tiraban frutas podridas a una especie de dragón, con cuerpo de galápago que llevaba encima una mujer de trapo y que tenía una cola escamosa de color verde, con un aguijón en el extremo.
Al llegar a su altura, unos gañanes metieron palos entre las piernas de los que llevaban el engendro apocalíptico, que se derrumbó.
Vio venir al monstruo, se tapó con la capa, pero el aguijón le atravesó el corazón.
Vivo en el desierto. No me gusta el fútbol. Jamás votaré a Vox. Tengo alergia al césped. Prefiero el té rojo. Soy fan de Garfio. En el estuche de pinturas de mi hijo siempre falta un color.
A él, siempre le odiaré. Por todo lo que me hizo cuando era niño, en la sacristía, ante la mirada compasiva de aquella Virgen.
Ya entras en el próximo tramo. Espera aquí. Tienes snacks para picar, chocolates con menta y bebidas. Sólo sin alcohol. ‘Con’ está prohibido. Y tampoco se puede fumar. Los servicios están saliendo por esta puerta verde, a la derecha.
Por cierto, me encantó tu interpretación en la peli… ¿Cómo se llamaba…? Sí, esa del laberinto verde… Ah, ¿No eras tú? Perdona… Un segundo… Me reclaman de realización. Me dicen por el pinganillo que ahora vienen anuncios…
Siento tener que dejarte solo en la green room… ¿No te importa? Sí, los sillones son muy relajantes, así la espera no es tan aburrida. No, no hay videojuegos. En la última renovación de los estudios nos ‘perdieron’ bastantes cosas.
Bueno, te dejo. Sí, el color verde helecho es bonito. No sé por qué es. Cosas de los ingleses, de la época de Shakespeare y tal. Ser o no ser, piensa en verde que te quiero verde, qué verde era mi valle y eso… Venga, chao.
¿Me oís en plató? Que el invitado está harto de esperar. Parece un primo de Shrek cabreado… ¿Cómo? ¿Qué el tiempo se ha terminado? Pues verás… Nos va a poner verdes. Este ya no vuelve por aquí.
Cuando la piel de muchos de los habitantes de La Esperanza comenzó a tomar un tono verde fluorescente, la pequeña, deprimida y olvidada población se convirtió en centro de atención de todo el mundo.
Miles de estudios, especulaciones y teorías de la conspiración concluyeron que la razón era la extraña mutación de un gen responsable de la pigmentación de la piel, aunque nadie fue capaz de dar una explicación a por qué solo afectaba a los habitantes autóctonos de aquella localidad.
Aquel suceso significó el resurgir de un pueblo sin futuro, condenado a la desaparición. Los visitantes comenzaron a llegar en tropel atraídos por el misterio y la curiosidad, la economía se reactivó y la curva demográfica invirtió su devastadora tendencia.
Un grupo de prestigiosos biólogos ha consensuado que lo sucedido en La Esperanza debe considerarse como el primer caso de respuesta genética humana, de carácter evolutivo, forzada por la necesidad de adaptación a los cambios socio-económicos del mundo actual.
Mentiría si dijera que lo desprecio.
Sería una traición a la libreta en la que anotabas tus cuentas, a los montoncitos que reservabas para reponer los zapatos que se me quedaron pequeños, a los restos del puchero que transformabas en croquetas al día siguiente, a los pantalones con los bajos descosidos para aprovecharlos un año más, a la desazón de las cuestas de enero, a tus noches de insomnio repasando la factura de mis libros a principio de curso.
Sería una ingratitud hacia la magia del juguete deseado el día de Reyes, del prodigio de la bicicleta nueva, del milagro de unas vacaciones en la playa, de tu triunfo sobre una época en la que supliste la escasez con imaginación.
Sería un desaire al portento de tus manos de hada, que desteñían su color verde de tanto estirarlo para llegar a fin de mes.
Venían encerradas en unas mallas de plástico de un subidito color bermejo que te sugerían en el paladar sensaciones dulces y jugosas.
Otros aparecían envueltos en redes de nylon de un atrayente amarillo ambarino que te sumergían en un viaje gástrico y que comenzaba en las papilas gustativas hasta llegar al estómago.
Otras se alojaban en unas bolsas tipo rafia de un tono ocre siena. Las intuías de color pardo suave con toques dorados prontas para ser saboreadas al vapor o en tiras ahogadas en un ardiente aceite.
Una vez en casa, al tiempo que eran despojados de su disfraz y el efecto óptico se desvanecía, descubrías cuán prematuros estaban y la estafa en la que colaboraban, primero los recolectores y después los supermercados y tiendas… ¡Anda que no les faltaba a aquellas naranjas, limones y patatas, tiempo y sol para madurar!
El letrero derramaba su verde luz sobre la solitaria calle. Reparé en la ventanilla enrejada que se abría a un lado. Y con cierta timidez acerqué la cabeza a sus barrotes. ¡Buenas noches! Y a través de éstos pude ver como un señor adusto se acercó con ademán solemne hacia mí.
Tras explicar mi dolencia, aquel extraño farmacéutico me ofreció beber en una elegante copa que rechacé de inmediato. Llámenme suspicaz pero la serpiente que tenía enroscada no me daba ninguna confianza.
Me conformo con un ibuprofeno – espeté. Pero aquel hombre con pinta de dios griego (y no lo digo solo por la recia barba sino por que arrastraba una túnica blanca como sí al incorporarse de la cama se hubiera llevado consigo la sábana) visiblemente contrariado, echó mano de una vara de la que asomaba, sí, otra serpiente.
Huelga decir que tras ésto no dejé ni una sola gota de aquel brebaje. Sé que lo que les cuento es difícil de creer pero que me alcance un rayo del mismísimo Zeus si miento.
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