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La he buscado inútilmente con la desesperación de un náufrago. Era un 28 de agosto cuando apareció frente a mí, desafiante, con los brazos en jarra, una barrera de nácar en su boca y una camiseta empapada marcando dos enormes pechos en perpetua inspiración. Fue un error. Su manera de mirarme fue un error. Ni órdagos ni envites consiguieron jamás achantarme. Me acerqué lentamente. La inconsciencia resbalaba inocentemente por su pelo escarlata. Mi primer zarpazo alcanzó su yugular y se le encendió la garganta como un campo de amapolas. Solo entonces pareció percatarse y se dio la vuelta queriendo escapar. Demasiado tarde. Una segunda andanada reventó en sus nalgas y sus piernas se volvieron del color de la sangre. Con el tercer intento acerté de pleno en su pecho. El Etna y el Krakatoa erupcionaron al mismo tiempo en su camiseta grana. Calle, casas, toda la gente de alrededor, la realidad entera, se vistió de púrpura. Me dio tiempo a mirar el rubí de sus ojos, encendido como el cielo africano en una puesta de sol, rozar ligeramente sus brazos y atrapar su sonrisa permanente antes de verla desaparecer bajo 145.000 kilos de tomates reventados.
En mi caso, el daltonismo fue una adaptación al medio. Simple cuestión de supervivencia.
Cada vez que don Leónidas me devolvía el cuaderno, lo encontraba lleno de aquellas marcas brillantes y crueles que señalaban mis errores. El maestro atrapaba en un círculo cada uno de mis fallos, lo subrayaba y entrecomillaba, dibujando con saña el código indescifrable con el que puntuaba mi fracaso. Por último escribía una nota en el margen superior derecho de la página. Rara vez, aquel número alcanzaba el cinco y, en las pocas ocasiones en que merecía su aprobación, trazaba una o dos flechas descendentes señalando, sin lugar a duda, el presagio de mi futuro.
Veinte años después, no he superado la angustia que me produce enviar el borrador de mi última novela para que sea revisado. Hasta he incluido una cláusula en mi contrato editorial (por recomendación de mi terapeuta) que les obliga a usar bolígrafos verdes para ese menester.
Sin embargo, guardo un lápiz de ese color diabólico que llevo siempre conmigo. En cada librería o biblioteca, repaso la fila de lectores que esperan una dedicatoria. Busco un viejo de unos sesenta, gafas gruesas y espalda encorvada.
Ansío saber qué nota me pone ahora.
Lo vi en mi padre cuando yo acababa de cumplir los diecinueve, y fue como un colmillo de jabalí que te rasga por dentro de tal manera que ya jamás olvidas.
Poco antes, me había explicado la maldición que corría por las venas de los varones de nuestra estirpe. Él lo había visto en mi abuelo que también se lo había predicho.
Entre los treinta y los cuarenta años todos vamos cayendo en una extrema desazón que nada consigue aplacar y desemboca en un irse de este mundo voluntariamente.
Decidí no tener hijos a los que transmitir mi sino, pero mi mujer insistía en que había la posibilidad de que tuviéramos una niña. Y ante su insistencia, consiguió que claudicara, ya con cierta edad.
Nació niño cuando hacía un tiempo que yo andaba entre oscuridades laberínticas.
Pero algo me reconcilió con el devenir de la criatura. Tenía en el cuello una mancha roja con la forma de Sudamérica. La misma que Juan, mi mejor amigo y el más feliz de los hombres conocidos.
Estoy dándole un último vistazo antes de dirigirme al balcón con esa extraña tranquilidad que me ha regalado.
Este es tu último texto. Creo que desde que nos conocimos sabías que este momento llegaría. Y que podría ser peligroso. Recuerdo cuando me cedías tu tiempo y yo lo tomaba sin agradecimiento ni compasión. Ahora lo quiero todo, porque la edad me asesina un poco cada segundo y los de mi especie queremos sobrevivir.
Vengo de mil planetas, he recorrido mil tiempos, he atravesado mil valles y ascendido mil cumbres. No vuelo pero eres mis alas, no corro pero eres mis pies. No brillo pero eres mi pensamiento.
No siento, dicen los eruditos.
Acércate al texto, quiero olerte. Si, rezumas el dulce aroma de la vida. Siento la necesidad, el ansia, tengo hambre.
Tu no eres mi aliento pero si mi sangre.
Deja que te cuente, deja que te invente y deja que viva. Y ya siento el tiempo que se te escapa a cada golpe de latido y encharca de rojo tus pies. Ese tiempo que ahora es mío.
Mírame una última vez, justo en el momento en que te muerdo el alma y me apodero de tu vida. Justo en el instante en el que extraigo el frio acero una vez más. Justo ahora cuando escribo «Fin».
Llueve sangre. Con las alas arrancadas, no pueden volar los derrotados, aquellos que deberían morir y no mueren. Los cuerpos tocan la arcilla yerma, los empapados del líquido que hoy no arranca la vida. El sol, ardiente de sí mismo, no se pone nunca, su fuego no ilumina, su fuego abrasa y seca. Las aguas se hacen densas y hierven como el lacre. Huele a carne cruda.
Mueren los geranios, los claveles y las amapolas. En el suelo de óxido se abren bocas con dientes de jaspes mortecinos y de rubíes apagados, que enseñan lenguas de fuego crepitantes y escupen saliva de brasas candentes.
Los caídos saben ponerse en pie cuando todo termina. Se forman alas nuevas, crecen en ellos protuberancias animales. Pezuñas envueltas en duras cerdas. Brotan los cuernos, se alargan los colmillos, se abultan los músculos. Su piel estará para siempre hecha de la sangre que los ha hecho caer. Azael los guía a las bocas abiertas en la tierra. Entran. Están en su nueva casa.
El frío ha aniquilado los plantíos y La Parca se ha sentando a contemplar la aldea desde los ralos campos de trigo: al menos alguien cosechará algo de entre aquella atroz ventisca cargada de nieve. Mientras tanto en el interior de una casa una mujer cose resignada una bola de trapo y una niña que rueda un hueso de aceituna sobre la mesa se aferra a algo que ha escuchado de antes pero no entiende: “¿y cómo es?”. La madre se rinde con un gesto amargo y observa a su marido rebuscar en el armario. Cuando ya ha encontrado lo que quería deja un ramito de hierbabuena sobre sus párvulas manos: “este es el verde”, le explica. La chiquilla lo huele y después lo aparta: “¿pero cuál es el rojo?” -insiste-. Con renovadas esperanzas le dan la muñeca que ha terminado de zurcir. Igual eso la distrae. La pequeña la palpa y se deshace de ella al instante. Es entonces cuando la encapuchada, desde fuera, golpea con la guadaña los cristales de la ventana. Juguetea entre sus manos con una baya; reluciente; brillante; bermeja como la sangre; sonríe y ordena ulular al viento: “sal, ven a buscarla buen padre”.
En mi ciudad amanece cuando sale un deslumbrante corazón que tiñe de rojo el cielo. En ese momento las parejas despertamos, nos besamos, nos duchamos juntos, desayunamos entre pétalos de rosas…, y luego paseamos cogidos de las manos por las calles aterciopeladas, sin dejar ni un segundo de regalarnos cariño. Después todos deseamos que se ponga el corazón cuanto antes y aparezcan en el cielo los dos rombos. La señal para que las parejas nos soltemos de la mano, nos desnudemos y busquemos nuevas compañías para pasar la noche haciendo el amor hasta acabar rendidos y despertarnos, una mañana más, bajo el maravilloso corazón que late en el cielo hasta otro apasionado anochecer.
Nunca cruces un semáforo en ámbar, a no ser que quieras que ocurra una desgracia, para los demás.
Por suerte pisé el freno, justo cuando empezaba a llorar.
Un joven se puso a hacer malabares delante de los coches, justo cuando empezaba a llover.
Y la luna del coche se cubrió de agua y se activó el limpiaparabrisas automáticamente; el joven seguía allí, con su sonrisa y sus malabares, empapado.
Pensé en que las personas no tenemos un limpialágrimas automático que se active ante el llanto; no, llorar no es malo, pero que te humille alguien que te importa, sí.
El disco se puso verde y no lo vi, a pesar del limpiaparabrisas automático. Allí me quedé, menospreciada en punto muerto, sin escuchar los cláxones que también me insultaban.
Hasta que el joven se acercó.
“Hola ¿Te pasa algo?”
Sólo balbuceé.
“Aparca, te invito a un café”.
Nunca cruces un semáforo en ámbar, puede ser dichoso, para ti.
Antes de hundirse la coloración del ocaso anaranjado en aquel horizonte rojizo, el suave viento de la tarde mecía nuestros sueños. Las chicas confesaban que les gustaba el rojo Ferrari: -Es el color de la velocidad y la pasión, y añadían coquetas, levantándose y dejándonos observarlas como a pajarillos en las copas de árboles que pintaban de encarnado. -Vamos, se hace tarde-.
Teniéndolas cerca era fácil enamorarse. Caminaban bajo la puesta de sol descalzas por la tierra blanda, con las faldas y el pelo al viento, adivinando formas en las nubes deshilachadas. A nosotros, salidos en aquel momento, los rojizos brillantes del atardecer, imponentes y mudos, nos parecían mujeres muy escotadas, vestidas de rojo semáforo y lencería rojo cereza a juego; despertando ganas de bañarnos en el arroyo cargado de margaritas blancas y amapolas rojo geranio. Mientras las animábamos yo intentaba descender mis dedos entre los botones de la camisa rojo fresa de Paquita, mi novia. Al remontar la cuesta le regalé una cajita de música rojo mandarina, la abrió y colmó mis labios y la hebilla roja de mi cinturón de fantasía. El caso fue que tonteando no intuimos la envergadura de aquel largo beso ni su rojiza extensión.
Las carreteras se hallan bordeadas por un rojo infinito bajo unos centímetros de tierra y asfalto. Rojo sangre, rojo vergüenza. En una guerra, como todas sin compasión, los chivatazos de verdades o mentiras los usaban las tropas del alzamiento para castigar a tantos que no encajaban en los estrechos márgenes de su palabra libertad. De un pueblo de la meseta castellana huyó un grupo, compañeros de sindicato, aterridos ante la mancha unicolor que extendían por las cunetas. A través de los bosques del Pirineo consiguieron cruzar la frontera, esquivando uniformes en un largo camino. No lo tuvieron fácil, pero lograron una nueva vida.
Juan, y con él Juana, se salvaron y en el exilio, de los dos surgió Jeanne. Juan buscaba la justicia social, perseguida sin tregua en su país, por la que siguió trabajando en Francia. Juana pudo salir en las noches de París, sin ese corsé que la oprimía dentro de Juan coleccionando silencios ahogados y comportamientos reprimidos. Adaptaron el nombre a su tierra de acogida, disfrutando por fin del aroma de la fraternidad.
“Rojo sobre negro, sangre que tiñe el barrizal…”, tarareé las estrofas de Aute mientras contemplaba el cadáver exangüe del anciano de barba blanca. Sus ojos, color mar, contemplaban la eternidad con expresión de infinito cansancio. Estuve tentado de sentir lástima, menudo contrasentido. De todas formas había trabajado para él, aunque hiciera siglos de aquello, así que me quité el sombrero en señal de respeto. Quizás no merecía ese final, se había esforzado mucho para estar en lo más alto, pero cuando todos pierden la fe en tí, estás acabado. La gente confunde la bondad con debilidad, se lo advertí cuando me echó de su lado. Sin embargo prefirió escuchar a su adulador coro de falsos profetas. Pasó mucho tiempo hasta que, al final, todos le abandonaron. Podría decirse que aniquilarle fue algo piadoso, otra divertida paradoja.
Lavé con minuciosidad la sangre que me cubría, me despojé de mis ropas, ya innecesarias, y arranqué el Ferrari. Mientras Angus Young iniciaba el riff que sirve de banda sonora en mi autopista, contemplé satisfecho la imagen del espejo: perpetuamente joven, seductor e inmortal. Y ahora con el mundo entero a mis pies. No es de extrañar que los Stones me tengan simpatía.
Aquellos rumores apuntaban un verdadero peligro para su estatus. Alguien en las techumbres, hacía visualizar las manadas de animales que cazaban.
Traspasando la cavidad, con la luz exterior, contempló la paredes con marcas, símbolos, trazos y grafísmos enigmáticos. Todo surgido espontánemente, en ceremonias entre humeantes hogueras de ramajes extraños que trastocaba la mente. Numerosas huellas de manos, con pigmentaciones rojizas sopladas sobre ellas, eran lo más realista.
Ya en el corazón de la cueva, lámparas quemaban tuétano iluminando nítidamente el gran espacio. Quedó estupefacto con la mirada en la bóveda. Bisontes recostados, en movimiento, ciervos, caballos, que lo sobresaltaron al acercar la luz jugando con los volúmenes naturales de la piedra y la viveza del rojo, negro y ocres. Observó la elaboración de pigmentos, el perfilado de las figuras con la punta de piedra. Los dedos, palos forrados, pieles con lo que aplicaba el color. Aquel bisonte encogido sobre sí mismo, retozando en la tierra o herido, lo trasladó a los días de caza. En ese momento, reafirmó que él era el chamán del clan. El que plasmaba aquellos animales idénticos a los que cazaban, no imploraba a los espíritus. No podía ser chamán. Tal vez fuera el primer pintor.
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