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Mira que me advirtieron que lo único que buscabas en mí era llevarme al huerto.
Aquel día florecí, al siguiente noté como mi cuerpo se transformaba, quizás era la primavera, pero en invierno la nieve se tornó roja como un sorbete de fresa.
Por tu parte seguiste picando de flor en flor, siempre con el ramito de tomillo entre los labios. Yo cambié de aires, busqué el que mejor iba a mi retoño y, ahora aquí estoy, en esta esquina, dando alegrías de las que escaseo, por un puto billete verde.
Ella decía que estaba muy verde. Como las briznas adheridas a la ropa después de rodar por la pradera del río. Era verano, y el tiempo jugaba al balón sobre la hierba, contaba chistes verdes, comía uvas de la parra del patio. En otoño, dejamos de vernos. Y me senté a esperar bajo el álamo hambriento del jardín que vigilaba su ventana. Y las hojas cayeron, y su mejor amiga se sentó a mi lado y me advirtió que ya no la esperase, porque se estuvo viendo con un lechuguino de otro pueblo, y no tuvo cuidado, y se hizo la prueba de la rana, y la rana desovó sobre la mano abierta de su padre, y se marchó de casa con lo puesto y una maleta color primavera.
Yo la esperé un invierno. Volví a la pradera blanca y me dejé caer hasta la orilla del río. Y luego llegó marzo, y supe de las flores de un día, de los labios de menta y las hiedras venenosas del amor. Y su nombre se perdió entre la maleza.
Hace unos días alguien tocó mi espalda. Estás muy verde, me dijo. Tuve que desbrozar un poco los recuerdos.
Cuando llegué a MANUEL GUTIÉRREZ E HIJOS & ASOCIADOS, me dijeron que estaría a prueba con carácter temporal. Pero si, tal como ponía mi currículum, cumplía las expectativas, pronto dejaría de ser un bisoño pasante para convertirme en socio.
Con el propósito de codearme con la élite del despacho acepté su invitación para jugar al golf. No tenía ni idea. Era un neófito en eso de golpear a la pelotita, pero pensé que no debía de ser muy difícil. Acudí a la mejor tienda de deportes y me agencié todo lo necesario. Así, bien pertrechado, me presenté esa mañana en aquella inmensa e impoluta pradera.
Ha pasado tiempo desde aquel nefasto día. Lo maldigo. Todos mis sueños salieron volando junto con mi hierro nueve cuando intenté darle a mi primera bola para alcanzar el green, con tan mala fortuna, que se estrelló en la cabeza de D. Manuel. Ahora, el bufete se llama HIJOS DE GUTIÉRREZ & ASOCIADOS, yo estoy acusado de homicidio y encima, no soporto esta humedad y el verdín que tapiza las paredes de mi celda.
¿Qué cómo lo supe? Pues mira, pequeña, ocurre que una mañana, al levantarme de la cama, me sentí muy rara, tanto, que corrí al espejo por si me habían crecido antenas o tentáculos. El espejo me devolvió la imagen de la noche anterior, despeinada, dormida, la lengua seca, pero seguía siendo yo. Y sí, lo era, pero mi corazón gritaba que algo había cambiado. Revuelta y removida, me dirigí a la cocina para preparar café. La mañana estaba hermosa, verde, perfumada. Estallaba de hermosura. Abrí las ventanas para oler la primavera y en ese gesto tan cotidiano averigüé, por fin, dónde estaba ese cambio. Me habían nacido unos brotes verdes, tiernos, quebradizos. ¿Qué era aquello? Asombrada, me desnudé por completo y así, despojada de muros, examiné mi cuerpo. Nada en las piernas, nada en el vientre, nada en los muslos, nada en los pechos. Solo en las yemas de los dedos. De pronto tuve mucha sed, pero con el vaso en la mano calculé que no sería suficiente y bebí del chorro fresco, como los perros. Luego, chorreando y frente a la ventana, eché de menos la sangre y corrí hasta el calendario. Así lo supe, pequeña. Estabas brotando tú.
Llamé a tu madre y me dijo con desprecio que no sabía nada de ti. Hacía tres días que habías desaparecido de mi vida. Cansado ya de buscarte, al fin comprendí que me habías abandonado, como se abandona un regalo inútil en un banco del parque.
Sabía que habías empezado a dejar de amarme mucho antes de ausentarte, porque dedicabas tu vida a las plantas del jardín y te alejabas de mí. Mientras ocupabas el tiempo con las plantas, noté que tu cuerpo iba perdiendo unos gramos cada día, los mismos gramos que ganaban las albahacas. Tus huesos se hicieron más cercanos a la geometría de la hiedra y tu contorno se anguló, como el hibisco del jardín. Finalmente, antes de abandonarme, tu piel fue tomando un verde de mustia enredadera.
Para aliviar mi desdicha, me dediqué al cuidado del jardín. Una mañana descubrí un gran recipiente lleno de compost que se secaba al sol. Por su forma supe que era un sepulcro, verde y triste. Me acerqué y olía a ti. Entonces lo comprendí todo. Querías morir sin decirme nada, porque estabas más cerca de la tierra que de mí.
VERDE MUSGO
Con la primavera a la vuelta de la esquina, nuestro viejo profesor de literatura se olvidó por una vez de “Alicia en el país de las maravillas” y, en un rasgo de asombrosa originalidad, nos puso de tarea una redacción para que nos explayáramos por los fértiles parajes del color verde. Remilgado como era, nos advirtió encarecidamente que evitáramos lo prosaico, más todavía el mal gusto, y así con sucesivas acotaciones nos fue marcando la pauta para que nuestra desbocada imaginación fuera a parar al huerto de la exuberante fronda primaveral. Yo me sentía un tanto remiso a transitar por sendas, por otra parte tan trilladas y, mientras me estrujaba la sesera buscando matices del verde menos pedestres, contemplaba el nervioso deambular del profesor, tan pulcro y aseado él, sin poder evitar imaginármelo en sus, según algunos, frecuentes paseos por el parque, que le habían acarreado, sin duda injustificadamente, cierta sombra de viejo verde
Tengo que volver a pintar mi casa, está ya con falta de color. Siempre la he pintado de blanco porque si se mancha o resquebraja es más fácil de reponer. Pero mi habitación la voy a pintar de color verde !Me apetece tanto! Las paredes verdes incluso el techo.
De niña siempre tuve los ojos verdes, ahora con el paso de los años ese brillo verde se ha deteriorado. Por las mañanas cuando amanece ese color se intensifica.
Verde es el color de las hojas de los árboles, verde es el campo donde pasta el rebaño. Verde es el color ¿Dicen? de la esperanza. No sé si la esperanza lleva el color verde de la espera.
Llevo tantos años esperando que ese maltrato verbal y afectivo que no convive pero vive, cambie su color por el color verde.
Desde que tú te fuiste lloran de pena las margaritas. Hoy vuelvo a salir por el camino verde y llego hasta la encina donde una vez grabamos nuestros nombres. Me pregunto si quizás fueron las malas lenguas las que te alejaron de mí, si tu marido vio en tus ojos una luz que él no te puso o si fue la sombra del pecado la que te dio temor.
Cuando dejo de llorar, rezo primero a tu virgen para que regreses. Luego, a Dios para que nos perdone.
A lo lejos las campanas tocan a misa, pienso en lo que diré hoy en el sermón y vuelvo corriendo por el camino verde…
Cuando vamos al pueblo muchos me preguntan de quién soy. Otros lo adivinan por “la pinta” que es lo mismo que el parecido. Unos y otros aseguran que tengo los ojos del abuelo. He empezado a tener pesadillas. Aunque no lo conocí, en el comedor del pueblo hay una foto enorme desde la que mira muy serio con su escopeta de caza al lado. Le sueño cada noche sin ojos, apuntándome con su arma para que se los devuelva. Se lo he contado a mis padres y me han tranquilizado. Mis ojos son míos. Lo que pasa que son igual de grandes y del mismo verde hielo que los de él. Los adultos a veces hablan raro. El hielo no es verde, me quejo; mamá dice que es una forma de explicar que eran fríos.
Me tranquiliza que se muriera con los suyos y ahora le sueño entero, recorriendo con su escopeta al hombro las calles de los muertos, y cuando me dicen que tengo sus ojos, en lugar de sacarles de su error, imito su mirada verde frío y funciona. Se callan y no preguntan más.
Hay en los bosques del norte un sendero donde las hadas bailan al llegar la primavera. Llena el ábrego de rumores las encinas, extrañas sombras fugaces atrapan los helechos y un raro embrujo todo lo inunda. Cuentan que en las noches de luna llena elfos y gnomos juegan entre remolinos de amapolas y violetas, espantan con sus travesuras al invierno y, a la luz de las estrellas, al verde del bosque cosen evocadoras fábulas y poemas. Trinan al amanecer tórtolas, vencejos y abubillas; entre flores y espigas revolotean bandadas de mariposas nuevas; aletean sobre el arroyo mil libélulas cantarinas y, al detener el vuelo las lechuzas, bajo su peso se quejan las ramas de las acacias viejas. De las profundidades del valle, al borde de aquel recóndito sendero de brezo y agua cada primavera con fuerza renacido, surge entonces una voz −érase una vez… muy suave y muy bajito apenas murmura− que de inmediato el viento acalla: <<shhh… silencio>>, desliza con cautela entre sus ráfagas, <<aún no desveles el secreto>>, <<shhhh….aguarda>>, <<esta noche, ten paciencia>>, promete impenetrable y misterioso <<shhh… confía… esta noche te cuento>>.
Se fijó en el hombrecillo verde. Junto a él, vio a su hermana y a su sobrino que lo esperaban. Si quería llegar a tiempo, tenía que apresurarse. Empezó a andar. Sus achaques le dificultaban la marcha y el cansancio del largo viaje en tren no ayudaba. Por un momento dudó si volver atrás, pero ya había alcanzado el punto de no retorno. Se apoyó en el bastón y siguió. Estaba enfermo. Quería abrazarles, aunque fuera por última vez. Ellos le miraban sonrientes, eso alimentó su obstinación. Cuando por fin llegó a la otra acera, sonrió aliviado, abrazó al sobrino y se volvió hacia ella. Todo fue muy rápido, ni siquiera lo vio. El patinete eléctrico apareció a traición.
La gran alfombra verde que compraste para el salón siguiendo las enseñanzas del feng shui sigue en el mismo sitio. Siempre decías que el verde era el color de la armonía, que equilibraría mis energías negativas y mitigaría mi aversión al género humano. Recuerdo tus pies en la alfombra, tus dedos largos de top model rural semi hundidos como raíces humanas. Cuando veías Modern Family en el sofá los ponías sobre mis rodillas, y yo jugaba a cambiarlos de ropa como a dos muñecas gemelas. Los vestía con calcetines de lana, ejecutivos e incluso, a pesar de tus protestas, tobilleros. Siempre deploré el esmalte de uñas, me parecía un sacrilegio, como pintar las flores. Eran pies de geisha occidental, blancos, de finas venitas azules y tacto de seda. Muchas veces prometí cuidarlos y respetarlos más allá de durezas, juanetes y deformidades. El silencio de la casa pregunta por ti, por tus versiones libres de Kiko Veneno y tus estilismos inverosímiles de babuchas moras, bata de guatiné y tinte en el pelo.
Hace meses que te fuiste con tus baúles de zapatos cual esposa de dictador. Aún creo ver tus huellas en la alfombra verde, vestigios mudos de que estuviste aquí.
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