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PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
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Verde es el silencio del prado donde se posa el rocío por la mañana.
Verde es el musgo que abriga a las piedras en invierno.
Verde es la lluvia cuando empapa la tierra y brota la vida.
Verde es el pecho del urogallo cuando canta a su amada.
Verdes son las manos de la niña que coge margaritas.
Verdes son los sueños de un mundo que se apaga.
Verde, eres tú, mi planeta.
Verde, te quiero, verde.
Nunca le gustó el verde caqui, le provocaba desaliento y, aunque su familia no lo aprobara, su uniforme consistía en camisa holgada y vaquero desgastado. Tampoco le gustaba aquel corte de pelo, se sentía desnudo sin su melena desigual, y en Burgos hacía tanto frío… Le permitieron llevar la guitarra, pero allí no podía tocar “Desolation row”— los otros reclutas sólo demandaban rumbas flamencas y canciones de La Tuna—. Debió haberse declarado insumiso o, por lo menos, objetor, pero le faltó coraje y no supo defender sus convicciones.
Permanecer firme en la puerta de Capitanía con el fusil al hombro le consumía y un hormigueo incómodo oprimía su alma libertaria y, por más que lo intentaba, jamás consiguió aceptar aquel exilio. En los ratos solitarios de litera se evadía con la bruma de un canuto y volaba hasta los acantilados de su tierra para asomarse al Mirador de los Tranquilos. Hasta que una noche la tristeza le fue cercando sigilosa y el cuartel despertó sobresaltado. Lo encontraron envuelto en sus alas invisibles, con la mirada clavada en el vacío: “Un lamentable accidente”, rezaba en el informe que temblaba en las manos de su padre, un reputado Comandante del Ejército.
Ese domingo se levantaron tarde. Desayunaron lo que ellos llamaban el desayuno de los domingos. Después, mientras ella guardaba en el frigorífico la mantequilla y la mermelada, él introducía en el lavavajillas los platos, las tazas y los vasos, los cuchillos y las cucharillas.
Subieron al mismo tiempo al dormitorio. Ella se encerró en el baño.
-Voy a lavarme el pelo, cortarme las uñas, ducharme, las cremas… ya sabes.
Él abrió el armario. Se puso un pantalón de chándal, una camiseta y se calzó las deportivas. Salió de casa y recorrió los quinientos metros que les separaban del Mirador. Qué vistas tan maravillas tenían desde allí!. Unos metros antes del final del sendero, se quitó, cuidadoso, las zapatillas. Levantando las piernas pasó al otro lado de la valla de madera y saltó al vacío. Mientras caía, solo pudo observar que el tono verde del agua del mar era el mismo que el del albornoz que llevaba puesto su mujer esa mañana.
A ella la encontraron primero, tendida en la bañera, con los cortes precisos que se había producido. El último objeto que pudo ver mientras tenía consciencia fue aquel albornoz verde que le había regalado su marido.
―Esta noche será fría Carmelo, deberíamos recoger algunos cartones más. Con la humedad de este tiempo ni el abrigo del puente puede protegernos. ¡Cof!¡cof! Sabes que ando mal de los huesos desde el año pasado, que nos dejaron empapados al tirarnos al río. Esos niñatos…Tú te recuperaste bien, siempre lo haces. Yo me hago viejo amigo, cada vez llevo peor el frío. Me preocupa lo que será de ti cuando yo ya no esté, tendrás que marcharte al albergue. Ya sé que no te gusta, a mí tampoco, pero solo en la calle no quiero que te quedes, tendrás que prometérmelo. La calle es peligrosa si estás solo, necesitas a alguien que cuide de ti, allí lo harán y podrás jugar con los niños. Eso te ha gustado siempre. ¡Cof!¡cof! Toma, come un poco más Carmelo, te estás quedando en los huesos. El día no ha sido bueno, no hay mucho que echarse a la boca pero puedes coger mi parte, no tengo hambre. Este tiempo me está matando…Carmelo creo que me recostare un poco, no me encuentro bien. Cof cof,cof
El mendigo cerró los ojos para no abrirlos más y Carmelo se despidió de él.
―¡Guau! ¡guau! ¡guau!
Cada mañana, muy despacito va caminando por el césped hasta llegar a sentarse al banco de madera. Allí, se siente protegido por las verdes hojas del majestuoso Magnolio. Le gusta el olor a limón que desprende, porque le hace recordar su juventud y su gran amor.
Todos en la Residencia respetan su soledad, su mirada perdida y su banco.
Se casó muy joven por un embarazo no deseado con una mujer mayor que él. Intentó que funcionase pero faltaba el amor y al chantaje emocional que le hacía con los hijos, terminó por asfixiar la relación.
Después la conoció a ella, se enamoró y empezaron a vivir, rodeados de limoneros. Tejieron durante 5 años un futuro, pero el pasado volvió y él no supo parar los chantajes, se sintió culpable. Ella desapareció.
Pasaron los años y la historia se volvió a repetir, conoce otra chica y un embarazo no deseado, chantaje con la niña, soledad y llanto.
Su cabeza siempre fría para los negocios, le hizo ganar mucho dinero y prestigio, pero le aparto del amor. Ahora bajo el aroma del magnolio la recuerda a ella, la que nunca le chantajeo ni le obligó a casarse. Limoneros
Desde que cayó enfermo, y ya iba para diez días, los familiares no hacían más que fingir gran tristeza cuando iban a visitarlo, pero el doliente sabía que venían a hurgarle en los cajones por si hubiera dinero.
—Ya me lo gasté todo en vida –decía el moribundo con sorna- y aun así seguís visitándome.
La casa del viejo, de renta antigua, no interesaba, y los viejos cachivaches todavía menos. Como nunca tuvo una libreta de ahorros, todos sospechaban que una fortuna en billetes verdes andaba por ahí escondida, tal vez en los colchones, quizás en los anaqueles, quién sabe si entre los libros.
Si hubiera sido por su gusto, habría aguantado unos días más viendo a sus deudos simulando decoro y escondiendo codicia, pero por fin entregó su alma el afligido, y entonces se desató la batida en pos del caudal.
—Esto es una basura, como todo. No guardaba más que baratijas. Ni los cubiertos valen un céntimo.
El montón de ropa con olor a viejo rancio fue a parar a la beneficencia, donde cada agraciado con una prenda, al comprobar los bolsillos, también recibió un fajito de billetes de mil.
FUERA DE CONCURSO
Se quita la ropa y sale desnuda a la pradera. Desde que vive en aquel recóndito lugar lo hace cada día. Camina por la hierba, despacio, con la sensación de fundirse con ella, mientras el suave sol matinal acaricia su piel sensible. Abre los brazos e inspira profundamente. Por fin las flores dan señales de vida y así tendrá la ayuda que necesita para soportar la suya, esa a la que se va a enfrentar con una sonrisa y algo más de apetito.
Existe una isla en el Pacífico donde, cada atardecer, el sol derrite su esfera dorada al sumergirse en el mar azul, y en la mezcla de sus fluidos se abre un prado de hierba fresca que llega hasta la orilla. Cuentan que la tripulación de las naves que fondean en sus aguas camina como hechizada sobre esta alfombra y se adentra en el interior de una selva aún más verde y blanda a las pisadas. En el sendero, los helechos se enredan en sus piernas y los hacen avanzar hacia el mismo corazón de la ínsula. Allí les aguardan hermosas criaturas con cuerpo de mujer y húmeda piel de musgo, y el deseo de oro muere para despertar una sed primitiva y carnal.
Ningún hombre regresó del embrujo esmeralda de sus miradas, salvo el náufrago que hallaron a la deriva y que relató esta historia. El castigo de sus ojos para distinguir los colores no le permitió contemplar la intensidad de aquel tornasol, y la vegetación lo devolvió, incólume, a la playa. Anhelando sentir el éxtasis que otros probaron, recorre desde entonces sin fortuna los puertos en busca de una embarcación que lo lleve allí de nuevo.
Cada noche cubro mi deseo con este camisón verde esperanza. Subo la persiana. Descorro las cortinas verdegay (más relajante que el verde esmeralda, ¡dónde va a parar!). Abro la ventana, de par en par. Enciendo la nueva lámpara de nuestro dormitorio —un enramado de siluetas difuminadas y verdosas se proyectan a mi alrededor—. Y, así, teñida de verdín luminoso, permanezco en vela esperando su regreso.
Todo empezó al descubrir su primera cana verde. “Seguro que nadie tiene otra igual”, comentó divertido. Esa noche hicimos el amor hasta que clareó el alba. Cuando las canas poblaron su cabeza se quejó con gritos de niño enrabietado. A cada impulso, su boca —lapa experimentada, enorme, vigorosa— escupía torrentes de placer. Noche tras noche, el éxtasis no dio tregua a nuestros cuerpos. Hasta el día en que todo su pelo —cabello, cejas, barba, axilas…—, sus ojos, sus orejas, sus uñas, sus dientes, su lengua… fueron verdes. Entonces, como animal enjaulado, arañó el parquet, rasgó las cortinas, mordió los cantos de muebles y paredes, y, suplicante, me lamió. Tras besar su verdor, subí la persiana, descorrí las cortinas y abrí la ventana. El parque de enfrente verdeaba acogedor.
Ahí, tras la pantalla, es imposible que percibáis el frío que cala los huesos en estos verdes y frondosos bosques. O el olor nauseabundo de un grupo de hombres malviviendo en comuna. Sin agua, sin comida. Que ya no sé qué es peor. Tener que vigilar dónde pones el pie, llena como está la tierra de defecaciones, o dormir junto a torres inmensas de huesos y carne que no sólo roncan, sino que también han de compensar en las noches la ausencia de hembras. Me ven como a un líder porque mantengo las distancias. Me aíslo en un rincón tallando figuras de madera, cuando por dentro soy yo el que se carcome. Soy un héroe, robo y reparto. El valiente que no teme a los soldados. No, no los temo. Pero ahí, sentados en vuestras butacas, todo os parece fácil. Sabéis que esto acabará bien. Pero no es así, porque yo con quien quiero casarme no es con la bella Marian, sino con él.
-I-
El osito de trapo yacía boca abajo al pie de la cama. James, dieciséis años recién cumplidos, se hacía el dormido con una mano nervuda, exigente, aferrada al almohadón. La luna que se colaba por el tragaluz frenó súbitamente una silueta menuda que se aproximaba, que empezaba a crecer. En lugar de pedir cuentas por aquellos oscuros juegos victorianos, Peter Pan desplegó los brazos y salió volando por la ventana.
-II-
Soy capitán. Después de tantos años distanciados me hizo ilusión que mi hermano pequeño acudiera a la graduación en la Academia Naval. Le sentaba bien aquel curioso traje verde. La rubia que le acompañaba era increíblemente etérea, como un hada disfrazada de libélula. Me sorprendí a mí mismo palpando su espalda cuando la saludé, como si esperara que tuviera alas. Propuse una ronda por las tabernas del puerto para celebrar el reencuentro; bebimos como piratas. Cuando desperté a la mañana siguiente, Peter me había cortado una mano con mi propio sable y tenía implantado un garfio. No siento dolor físico, aunque he desarrollado fobia a los cocodrilos y los relojes. Sí me duele que el perdón y la redención no existan en la eternidad de la ficción infantil. Somos personajes.
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