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La madre era una hermosa pitufa llamada Pitufina, con su piel azul resplandeciente y su preciosa mata de pelo rubio. El padre era nada menos que Bart Simpson, amarillo hasta el tuétano, gamberro y juerguista. El niño… el niño no fue lo esperado. Verde como una judía y con un carácter terrible; apenas gruñe cuatro palabras con cinco años recién cumplidos y no para de romper la ropa. Le pusieron de nombre Hulk.
Miren aquellas alas allí amontonadas. Las llevaban puestas otros cientos de personas que aterrizaron en la orilla, lo vi con mis propios ojos. «Buscar trabajo. Prisa», apenas les entendí chapurrear a varios de ellos. Y ahí están apiladas como si fueran basura. O ¿ven aquellos zapatones de color verde que aún flotan en el mar? Son solo algunos de los que abandonaron los payasos que llegaron caminando sobre las aguas. Que los dejaban para entretener a los niños, pusieron como excusa. Que no, que ya estamos hartos, que los que limpiamos las playas somos nosotros, unos mandados, así que ni cartagineses ni qué ocho cuartos, recojan sus lanzas y escudos, vuelvan a los barquitos de época que les han traído aquí y váyanse a levantar el imperio púnico a otra parte.
“Voy a taparle el derecho para ver si el otro recobra la visión -dijo el oftalmólogo- aunque le advierto que usted es demasiado mayor y el ojo demasiado vago”.
Cuando salí de la clínica, la ciudad se había vuelto verde como si estuviera sumergida en un pantano. Mi ojo inútil había comenzado a filtrar el mundo a través del color de su iris mientras que el diestro intentaba inútilmente recobrar protagonismo -cual alumno repelente ignorado por la maestra- sin resignarse a su transitoria ceguera.
Acostumbrado a holgazanear toda su vida, el izquierdo pronto se cansaba. En el cine, su párpado caía pesado tras los primeros fotogramas y fue imposible hacerle leer más allá de un microrrelato. Por suerte ya existía el audiolibro. Me aficioné a la radio y mataba las horas escuchando música. Con los ojos cerrados, mi imaginación volaba sobre prados, selvas, bosques o como mucho, mares de color esmeralda. Tal era el poder evocador de su pupila.
Cuando el doctor liberó el ojo diligente, la verde placidez desapareció arrollada por una vida gris. El glauco retornó a su mirada interior y a gobernar mis sueños. El negro ha vuelto a organizar mi vigilia.
Diseñar el universo, la galaxia y el satélite ese que gira alrededor de la Tierra con una precisión tan desesperante se me estaba haciendo eterno. Y eso el lunes. Pero entonces me dio por añadir meteoritos y cometas, vi que era bueno y continué.
Los siguientes días creé el sol, decoré con nubarrones el cielo y para que hubiese tinieblas hice la noche. Llené de tiburones los mares, el aire de mosquitos y el planeta entero de animales con colmillos, aguijones, garras y cuernos. Dibujé volcanes, icebergs y desiertos con arenas movedizas y cactus. Muchos cactus. Me fascinaba rozar sus espinas sin pincharme y sorber el jugo de dentro, me pareció que estaba muy, muy bueno, y continué bebiendo.
El sexto día lo pasé saboreando aquel zumo verde. Lo llamé peyote. Y mientras gozaba del néctar y miraba las formas caprichosas de las nubes al pasar —acá la cresta de un gallo, allá una coliflor—, se escondió el sol. «Uy, qué tarde es», pensé al verme envuelto en la negrura. Entonces, deprisa y corriendo, me puse a modelar un monigote de barro. Pero no veía nada, mecachis, sin luz apenas veía.
La mirada fija en el semáforo, Fabricio espera a que se ponga verde y arranca el coche ipso facto sin ver el muchacho que cruza en aquel instante.
Mientras las batas verdes de los cirujanos intentan recomponer el cuerpo desolado del crío, Fabricio desde el puente observa las aguas verdes del río que le atraen, le atraen…
Jade llegó a la ceremonia vestida de clorofila. Cuando entró en el crucero, la iglesia se llenó de aurora boreal y los destellos esmeralda deslumbraron a los feligreses. Se sentó al lado de su madre, en la última fila. En su cuerpo fosforescente se distinguían con claridad las terminaciones de sus nervios, la retícula de sus emociones dispares, la prominente cabeza del bebé que guardaba bastante parecido con la del novio. Ajeno a estos signos, frente al altar, el prometido sonreía a una novia resplandeciente ataviada de blanco. El párroco, que ya había oficiado la misa, antes de que la joven pareja se diera el sí, se dirigió a los congregados para preguntar si alguien se oponía por razones cualesquiera a aquella boda. Nadie se pronunció, pero acto seguido la muchacha en estado de buena esperanza se puso de parto.
Los tenía todos.
En la casi absoluta oscuridad dominaban el polvo, las telarañas, el misterio, el silencio y el olvido.
Los recipientes de cristal atesoraban humos de todos los colores, de todas las químicas, materiales, productos, artefactos, hierbas, flores, árboles, aguas, residuos, animales, protozoos, nubes, atardeceres, miasmas, estrellas, universos y demás entelequias.
Cuando entró, se le quedó mirando.
Sin presentarse, él se lo pidió.
«Todos me dicen, estás que echas humo. Quiero que me lo fabriques. Quiero ver cómo es. Lo necesito. Pago bien, muy bien».
Enseguida detectó su infinito enfado.
Sin cruzar palabra le hizo sentarse en la silla polvorienta.
Puso las manos encima de su cabeza, cerró los ojos e invocó a entes superiores.
Surgió lo que buscaba. Recogió el éter luminiscente, que brotaba del cráneo a raudales, en el frasco correspondiente.
Lo cerró y se lo dio: «Jamás lo abras».
Cobró lo que no está escrito.
Al salir lo abrió.
El excelso humo verde lo inundó todo como una inmensa plaga. La humanidad entera se sumergió en el peor período de mal humor de su historia.
En los verdes y frondosos bosques del norte, habita el duende ladrón del tiempo. Cuenta la leyenda que te lo roba sin que nada puedas hacer para evitarlo. Dicen que si te sientas en algún claro, entre las hojas de la primavera a pensar y sumas las horas, la cuenta siempre sale a su favor, las manecillas del reloj en algún momento se paran. Pero también dicen, que si le pagas unas monedas quizá no sea demasiado tarde y lo puedas recuperar.
Después de tiempo sin comunicarnos, te escribo para que sepas que estoy bien. Por aquí todos dicen que soy más raro que un perro verde. Pero tú sabes que no tengo nada de animal. Ni de planta. Algo de verde sí. Pero no más que mis hermanos, mis vecinos, mis amigos o mis compañeros de curro. Es un verde aguamarina, tirando a lomo de rana de cuento infantil. Y es que la gente siempre te etiqueta sin apenas conocerte. Tú sí me conoces bien, Eduardo; has seguido mis andanzas y sabes todo sobre mí. Mi carácter, mi gusto por los churros, mi corporeización en Marta Sánchez… Todo. Sin embargo, y no sé por qué, aunque sabes que soy 6Ʊ3πƸπ, siempre te empeñas en llamarme Gurb.
Acabo de leer en Google que el verde es el color más relajante para el ojo humano, así que ya he decidido qué pintura voy a comprar para nuestro dormitorio. No es que piense que sea necesario, pero nunca está de más prevenir, porque quizá haga falta algo más que una mentira piadosa.
La joven pareja canadiense rema extasiada por el Amazonas. Han conseguido una beca para investigar comunidades indígenas.
Bajo sus gorras verdes albergan la esperanza de un ambicioso proyecto: preservar alguna lengua en peligro de extinción. En la de él asoman mechones rojizos; de la de ella cuelga una coleta rubia.
Cuando se adentran en la selva, sienten la exuberante vegetación y los sonidos de la vida animal como un recinto sagrado. Caminan despacio, en silencio. Ignoran que decenas de ojos los espían entre el follaje.
Una mordedura de serpiente derriba a la antropóloga. Al alzar la vista, se encuentran rodeados por hombres pintados de verde que los apuntan con sus flechas.
Les desagradan los intrusos, pero se apiadan de los ojos esmeralda de ella. El chamán le cura la herida y les ofrecen un líquido verduzco. Lo toman en señal de agradecimiento y caen en un profundo sueño. Dos mujeres les untan el cabello con el jugo de una planta acuática de grandes dimensiones, la victoria amazónica. Todavía inconscientes, los conducen hasta la embarcación. Cuando despierten, solo tendrán recuerdos inconexos y el pelo negro.
Los indígenas intuyen que su pequeña tribu corre peligro si contactan con los humanos vestidos.
Satisfecho, se limpió en el hábito de la novicia, acurrucada y llorosa en su camastro.
Se subió el gregüesco, se cerró la bragueta y dándose la vuelta salió con sigilo al claustro. Llegó a la ventana por la que había entrado y dejó caer la cuerda, que hizo un ruido sordo al golpear el empedrado de la travesía que rodeaba el convento de las Capuchinas.
Dos alguacilillos de la Santa Hermandad le dieron el alto y sacando su espada ropera se lio a mandobles con ellos, hiriendo a uno de ellos con una estocada en el pecho y al otro en la pierna.
Echó a correr hacia la plaza de Zocodover, donde se celebraba la procesión del Corpus. Unos gigantones danzaban y giraban sin cesar.
Detrás, los campesinos tiraban frutas podridas a una especie de dragón, con cuerpo de galápago que llevaba encima una mujer de trapo y que tenía una cola escamosa de color verde, con un aguijón en el extremo.
Al llegar a su altura, unos gañanes metieron palos entre las piernas de los que llevaban el engendro apocalíptico, que se derrumbó.
Vio venir al monstruo, se tapó con la capa, pero el aguijón le atravesó el corazón.
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