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Cada año, en la carta a los Reyes Magos, pedía un coche de policía o una ambulancia; lo importante es que tuvieran luces y sirenas y fuese un coche largo, americano, como los de aquellas películas de los 60.
Me traían otros juguetes, bonitos incluso, pero nunca tuve el coche de policía ni la ambulancia. ¡Jo!
Hoy, minutos antes de acabar nuestro turno de patrulla, mi compañero y yo hemos entrado a unos grandes almacenes, para comprar a mi hijo un auto de policía; también le gustan esos coches y quiere ser policía como su papá.
No recuerdo nada más de la compra; un fogonazo y una fuerte detonación me han tirado al suelo, o eso creo.
Ahora, junto con un zumbido de oídos, oigo sirenas y veo destellos difusos de luces de colores desde la camilla sobre la que estoy tendido. Un rostro muy simpático me está pidiendo, de forma insistente, que no me duerma y ha colocado junto a mí una caja de cartón.
Claro que no me quiero dormir hasta no saber si es el modelo del auto de policía que yo buscaba, pero es que apenas veo las letras y dibujos en la caja del regalo.
IsidroMoreno
Las luces del coche desplazándose a gran velocidad rompían la profunda oscuridad que lo engullía todo a su alrededor.
A su izquierda, las olas de un mar que no podía ver, pero si percibir el aroma de su brisa en el viento, rompían furiosas contra las rocas. Así como su cuerpo frágil, había encajado durante largo tiempo golpes todavía más furiosos, golpes de los que marcan la piel y dejan cicatrices imborrables en el corazón.
Su único pecado: no ser la tierra fértil esperada donde pudiera germinar su semilla.
En la radio, por encima del ruido de los golpes y las súplicas procedentes del maletero, suena a todo volumen la canción “No controles” de Ole Ole. No pude ser casualidad.
Se suelta la cinta del pelo dejando que el viento se lo alborote y se lleve consigo sus lágrimas, pero esta vez no le saben a desdicha, sino a libertad. Aprieta a fondo el acelerador arriesgándose a salirse en cada curva.
En el retrovisor, se van quedando atrás los años oscuros conviviendo siempre con el miedo.
Localiza el lugar deseado, al borde mismo de un acantilado y detiene el coche.
Un pequeño impulso, y su vida empieza de nuevo.
Desde que la vio supo que era la mujer de sus sueños y se dispuso a cortejarla. Empezó con discreción. Se detuvo frente a ella y le ofreció la mano en señal de amistad. Ni siquiera obtuvo el mínimo movimiento en respuesta. Preparó con esmero un servicio de té digno de la mismísima reina de Inglaterra, pero ella se mantuvo impertérrita. Compró un caniche diminuto y le cedió la correa convencido de que esta vez conseguiría derretir su corazón de hielo. Ella no la soltó pero mantuvo la rigidez de su rostro.
El día en que se asomó a aquel escaparate gigante y vio el coche que funcionaba haciendo girar una llave, supo que por fin, había encontrado la solución para hacerla reaccionar.
Después de varias horas colocando el mecanismo, mi hijo por fin, consiguió que la Barbie Malibú lo siguiera a pasitos cortos por toda la habitación.
Durante muchos días, mientras lo miraba, pensé que era un sueño. O un espejismo, como esos que dicen que se ven en los desiertos. Pero no, él está de verdad parado junto a la acera, frente a mi ventana, y su brillante color cielo me llama a gritos en medio del ruidoso tráfico de la carretera.
Y esta vez no necesitaré ni llave de contacto para llevármelo, porque la palomilla de cuerda que tiene en el capó lo arrancará sin problema. Al fin, el coche que siempre quise. Y justo ahí, casi al alcance de mi mano.
En cuanto oscurezca, bajaré y me daré una vuelta con él hasta que se le acabe la cuerda. O hasta que se me acabe la ciudad.
Si consigo serrar este último barrote, claro.
Los niños tendrían que venir al mundo con una palomilla para poder darles cuerda o no, según —había dicho sin intención de molestar; bueno, miento, con intención de molestar un poco. Mis dos amigas con ojeras de madres amamantadoras me miraron en plan, pero tía, ¿de qué vas?… Sí, me merecía sus desaires ya que no tenía la menor idea de bebés. No los había querido cuando habría podido tenerlos y para entonces era demasiado tarde, lo que me excluía de la conversación. A continuación me dio por pensar en lo guay que habría sido que los relojes biológicos llevasen cuerda, así como el cerebro de mi jefe en la oficina, o como el motor del deportivo azul que se estaba aparcando frente a nosotras. Todo a mi alrededor llevaba ya palomillas. Mis amigas, por ejemplo, las llevaban en medio de la frente lo que resultaba un tanto ridículo. Cuando cavilaba sobre el lugar asignado a la mía, el hombre del coche azul se acercó a nuestra mesa para preguntarme si no era Julia. Pronunció aquel nombre con cuidado, como quien da cuerda a un buen reloj, despacio, recreándose en ello hasta notar que se endurece el giro de corona.
Hacía mucho tiempo que lo estaba fraguando. Desde el día de Reyes para ser más exactos. Primero no se había atrevido porque le faltaban las fuerzas, pero ya había dejado de tomar las pastillas malditas que anulaban su voluntad y lo mantenían al margen. De nuevo había vuelto a escuchar las voces que lo reclamaban y, recuperado el valor,estaba decidido a abandonar aquella sensación permanente de aislamiento.
Siempre tuvo el latido acelerado y la inquietud enquistada en el pecho y, sin embargo, parecía siempre adormilado, desentendido del mundo que lo rodeaba, alejado de la realidad. Por fortuna, cuando descubrió aquel coche que merodeaba por los alrededores de su casa, supo entender el aviso y por eso decidió emprender cuanto antes la escapada.
«Conducta desequilibrada, mente escindida,deterioro de las emociones…Se va a enterar la marisabidilla de bata blanca y gafas de pasta. No volverá a verme doblegado en su diván», piensa mientras forcejea en el aire.
—¡Jolín, para, tío! Que te pares… ¡Mamá! ¡Que el tío Ramón me quiere quitar mi Pinypon Action Vehículo.
Un siervo de Trifaldi, abundantemente barbado, vestido todo de verde hiedra y con un bordado de EUROPCAR en la faltriquera mostroles la máquina diciéndoles:
—Suban, caballeros, si tienen ánimo para ello.
—Aquí, dijo Sancho, yo no me subo, porque ni tengo ánimo ni soy caballero.
A grupa de aquel artefacto don Quijote, tentó la clavija, y apenas hubo puesto los dedos en ella cuando dio un volantazo que casi da de bruces en el suelo el cuerpo de su escudero.
—¡Tente, valeroso Sancho, que te bamboleas!
—Por este lado, gritó Sancho, me da un viento tan recio, que parece que con mil fuelles me están soplando.
—Ni el licenciado Torralba logró volar tan apriesa. Sin duda alguna, ya debemos de llegar a la segunda región del aire, mira como doblan sus cuerpos las tropas moras. Presto daremos en la región del fuego, y no sé yo cómo templar esta clavija para que no subamos donde nos abrasemos.
—No son moros, señor, que son palmeras.
—Son malas artes de Malambruno que te hacen ver palmeras do atacan sarracenos, Sancho amigo.
Terminada la carrera se apearon de aquel clavileño y lo dejaron a buen recaudo en manos del siervo, ahora lampiña doncella.
Queridos Reyes Magos:
Aún es pronto, lo sé, pero me anticipo este año para pediros sólo un regalo (no vaya a tener una edición limitada): un coche que no necesite gasolina; entre lo que contamina y lo que vale, no tiene ningún sentido seguir utilizándola.
He visto una fotografía de uno que me gusta mucho y que funciona dando cuerda con una llave, como el que me trajisteis de pequeño.
Pensad en las prestaciones claro, aquel era de plástico duro (aunque no mucho, que me duró bien poquito, no aguantó nuestro circuito de Le Mans con los obstáculos que ideamos, je je).
Os doy unas pistas de mis gustos:
Acabados en piel vuelta, asientos de competición, suspensión adaptativa, puertas en ala de mariposa, cambio secuencial de levas en el volante, frenos en material cerámico, llantas de 10 radios en aluminio forjado ultraligero y que acelere de 0 a 100 en 3,7’’.
¡Ah! no os preocupéis de la chica, a ella prefiero elegirla yo.
Muchas gracias viejos amigos, sé que no me defraudaréis.
Eternamente agradecido, Vuestro,
Agustín
P.D. lo podéis aparcar en la plaza de garaje; con que dejéis la llave bajo el árbol es suficiente (y la de repuesto también).
Mi suegra tenía permiso de conducir y soñaba con coches deportivos, pero nunca se puso al volante de ninguno, porque prefería el ferrocarril. Le firmó los papeles, como era costumbre en esos años, un empleado de la Escuela de Ingenieros de Caminos, aunque jamás se examinó ni de una prueba teórica, ni de nada. Eso sí, llegó a la oficina con una bufanda roja al cuello y un gorro de piloto con gafas y todo.
Al llegar a casa con su carnet, tampoco le comentó semejante logro a su familia, que, como ella, viajaba en tren. Dejó en una carpeta el cartoncillo rosa con su foto, y en un armario el disfraz de heroína de las cuatro ruedas.
Muchos años más tarde, cuando ya había que bajarla en su silla al paseo, ella seguía embobada por el ir y venir de los bólidos, y cuanto más brillantes y ruidosos, ella más trémula y fatigada.
El día en que vaciamos sus cajones, apareció el documento con la foto y aquel atuendo tan sofisticado. Tenía por entonces mi edad actual. Yo nunca la conocí tan joven. Creo que ella a mí nunca llegó a conocerme.
Deseo de Deseos
Azul de Azules
Deseo de Azul
Azul de Deseo
Azul intenso
Inmenso Deseo
Azul de luz
Ansia de Deseo
Azul azabache
Azul escarlata
Azul esmeralda
Azul añil
Deseo extenso
Deseo abierto
Deseo redondo
Deseo sin fin
Azul Azul
Deseo Deseo
Azul objeto
Objeto de Deseo
Hace unos años, a mediados de los 40 de este siglo XXI, Henry Böhl-Schneider consiguió hacerse multimillonario demandando, por usurpación de patente, a la multinacional que se había hecho, después de la gran crisis energética, con el mercado automovilístico mundial. Para ello, se había valido del invento del tatarabuelo de Henry, en 1933, para juguetes de cuerda. En realidad, los nuevos motores no eran más que una adaptación de aquel ingenioso muelle en espiral capaz de recuperar la energía acumulada por las vueltas de llave. Gracias a ello, ahora los nuevos modelos ya alcanzaban los 800 metros de autonomía a una velocidad máxima de 30 kilómetros por hora.
Con su inmensa fortuna, Henry reunió la mejor y más completa colección de miniaturas de vehículos del mundo. Estaban todos, desde los primeros impulsados a vapor o gasolina, hasta los híbridos y eléctricos, más recientes, y que duraron menos que un aleteo de colibrí. Eran réplicas perfectas capaces de funcionar si hubiera habido combustible. Böhl-Schneider se extasiaba contemplando cada ejemplar a la luz de una lámpara de carburo.
[Al Cowboy Carlos Romano de la Parra Silva]
Hace un año me robaron el Aston Martin azul. Me lo habían regalado mis padres. La policía dijo que buscaban dinero y joyas, pero que al no hallarlas, se llevaron los coches. Los otros eran obsequios que hice a mis hijos por sus cumpleaños: Un Maserati plateado y un Ferrari amarillo. Las grabaciones mostraban a dos individuos saliendo con una bolsa de deportes y mi sombrero de tratante de ganado.
Días después, otras imágenes nos trajeron pésimas noticias. Mi familia, conocedora de que la ilusión de mi vida había sido el Jaguar «E», descapotable, biplaza rojo, me lo regalaron por mi cumpleaños.
El Aston Martin representaba para mí la pérdida de la juventud. Días después de la Navidad de 1965, mi padre me dijo que partía con mis hermanos a Alemania, que aquí no había trabajo, y que en delante iba a ser yo el «hombre de la familia». Abandoné el coche de cuerda, la escuela diurna y me puse de mozo en un comercio.
El Jaguar representa el paso brusco de la madurez a la vejez.
Hace unos días, mis nietos se han presentado en casa diciendo «mira abuelo, un Fórmula 1», y me pasean en él.
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