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Te tengo que decir que me entusiasma la idea de verte más feliz de lo que fuiste conmigo. Incluso que comenzaras a ser feliz mucho antes de abandonarme.
Yo era tu novio formal, pero de vez en cuando desaparecías de mi vida para buscar el riesgo en sórdidos tugurios y con gente de dudosa moralidad. Así conociste a un chico de mirada esquiva y brazos perforados por el que finalmente me dejaste.
Pero aquella aventura acabó. No acertabas a ver tu futuro junto a él, mendigando unas monedas en los semáforos.
Antes escondías tu rostro con capucha y ahora entras en la peluquería sin rubor. La peluquería era para ti un territorio desconocido y ahora es un lugar donde restauran pérdidas y levantan ruinas.
Te veo feliz, a pesar de sufrir el lento y minucioso ataque con spray de Rebeca, tu peluquera y mi actual novia, inteligente, educada, empática, de la que estoy muy enamorado. Desde que me abandonaste, solo he confiado en Rebeca para contar lo mucho que me hiciste sufrir en el pasado, sin caer en la cuenta que tiene como yo, un sentido muy radical de la venganza. Por eso creo que deberías cambiar de peluquería.
Cruzo hogares vacíos y locales cerrados.
Me dirijo a la única peluquería existente en mi silencioso pueblo, aunque debido a la proximidad de las fiestas Patronales, un cierto bullicio y alegría inunda, el ambiente.
Explico a Nuria como deseo ser peinada. Elijo cuidadosamente las palabras con la esperanza de que, por esta vez, me entenderá.
Ella asiente y sonríe malévola, dando comienzo al ritual: Lavado a toda velocidad, champú corrosivo y un kilo de laca espolvoreado por todo el recinto.
No quiero mirarme al espejo. Me cubro el rostro con las manos y alargo los minutos.
Regreso a casa. Me invade la frustración y ganas de llorar de mis dieciséis años.
Mañana, todas, luciremos los mismos cardados impregnados de toneladas de laca.
Enfurecida, me lavo el pelo ante los ojos atónitos de mamá.
Ella adora el «Spray», al que llama «Flip».
«Flip», para matar moscas y mosquitos.
«Flip», para engominar.
Reivindico, por primera vez, mi singularidad y dejo secar al aire mi cabello.
Así que, paradójicamente gracias a Nuria, comienzo mi positiva rebelión.
Por laca, que no quede
Día de boda, día de nervios. Todo tiene que estar perfecto. Laura super estresada, lleva toda la mañana en la peluquería, la boda es a las doce son las diez y desde las ocho que está en ella. Ya solo queda domar el flequillo, ese tan gracioso que él no deja de loar, diciendo lo bien que le sienta y lo risueña que le hace.
– Ponme la laca que haga falta y de la buena, que no se me mueva un centímetro.
– ¡Chica! Qué esto no es perfecto.
– Tú pon, no quiero quedar con la cara tapada por un flequillo alicaído.
– Como digas, pero luego no te quejes si `por la noche pinchas a alguien (Grandes risas)
– Eso es cosa mía (Más risas)
La laca cae generosa sobre su frente, en el preciso instante que su mano con las risas desprotege sus encendidos ojos.
Fue una lástima que no pudiera ver nada de su fantástica boda, pero le queda el recuerdo.
Según le fueron contando: El novio, padres, familiares, amigos e invitados todos, que no pararon de reír a la novia ciega.
La novia sonríe entusiasmada frente al espejo del tocador. Como muestra de aprecio, la familia de su prometido ha contratado una estilista profesional, dicen que la mejor, y su talento no defrauda. Ya se imagina en la iglesia: «Entro altiva por la puerta grande, los invitados lloran a mi paso y, delante del altar, soy el centro de atención». Solo falta un último retoque. La estilista le pide que se tape la cara con las manos para que pueda fijar el peinado y ella obedece, incluso cierra los ojos por si acaso escuece. No advierte que casi arruina el maquillaje. Tampoco sospecha que el bote de laca se ha convertido en una pistola con silenciador, ni sabe que es la novia de un soplón, aunque nadie olvidará lo hermosa que lucía en su funeral.
Desde muy pequeña Milagros quiso ser peluquera. Todo empezó la primera vez que acompañó a su madre a que le dieran el tinte. Quedó impresionada del ajetreo en el salón, de los grandes espejos, del olor a champú, a laca y de lo guapas que estaban las clientas cuando salían. Al principio practicó el corte de pelo con sus muñecas. Luego ensayó con sus amigas que se prestaban a que les hicieran todo tipos de peinados. El día que montó su propia peluquería ya tenía clientela asegurada. Pasaron los años y llegó el tedio, acabó aburrida de tanto pelo, su naturaleza inquieta le pedía cambio. Acostumbrada a oír lamentaciones tuvo una idea, reformó el local, puso una sala de espera y un despacho, quitó el antiguo letrero y en su lugar colocó una placa de metal donde figura:
Milagros Todoído
Psicoterapeuta
—Chica, Mariluz, vaya remolinos se te forman en la nuca. Se me ha acabado el bote de laca y no he conseguido domarlos.
—Pues abre otro. Que no se mueva un pelo en todo el día.
Mariluz se casa esta tarde y en vez de disfrutarlo se la nota de lo más estresada.
—No sabe una ni qué ropa ponerse —farfulla mientras ojea una revista de viajes.
—¿Qué? —se sorprende la peluquera—. Pues hija, el vestido de novia y por la noche el de cóctel.
—No, me refería —explica la joven, fijando su mirada en el cielo color aceituna— al viaje de bodas.
—¿Y a dónde vais?
—A mí me apetecía muchísimo ver las tormentas de arena en las Rías Baixas o las granizadas en las playas de Chiclana. ¡Para una vez que salgo de casa!
—¿Y no prefieres sol?
—Tú igual que Nacho, qué pesadez con pasar calor. Pues al final lo echamos a cara o cruz y ganó él. Nos vamos una semana al desierto de Pirineos. A ver cactus y escorpiones, mira tú qué plan. Ponme más laca en el flequillo, anda.
—No te deprimas, mujer, que igual hasta veis una aurora boreal.
Ella estira mis cabellos, tensándolos hacia atrás. Los recoge sobre mi nuca, convertidos en finísimas cuerdas, que sitiarán mis recuerdos impidiéndoles escapar. Me pide que cierre los ojos y con su mano de niebla rocía, alrededor de mi cabeza, ráfagas de memoria que rescata de algún extraño lugar. Me da un beso silencioso y permanece a mi lado mientras la nube de incienso mezcla ensueño y realidad.
Maquillaje, flores, peluquería… Qué fue de la «ceremonia sencilla», piensa espantada. Lo que peor lleva es el fotógrafo que está haciéndole fotos desde que se ha levantado, al grito de » tú, como si yo no estuviera». Pese a todo está feliz de ver junta a toda la gente que ahora es su familia y que la ayudó a reconstruir su vida cuando tuvo que salir de su país siendo una niña. Cuando la voz profesional de la peluquera le dice que cierre los ojos, imágenes que creía olvidadas la visitan de nuevo. Ve su remota aldea en Kandahar. Ve a su hermana pequeña jugando con su muñeca de trapo. Ve a sus padres que la repudiaron y al terrateniente local 30 años mayor que ella con el que la iban a casar. Nunca podrá olvidar aquel bigote poblado y aquéllos ojos como brasas que la miraban fijamente mientras discutía con sus padres los términos del acuerdo. La voz del fotógrafo la devuelve a la realidad, «tú, como si yo no estuviera».
Esta tarde quizás vaya al cine a ver esa película que lleva semanas en cartelera. Sentarme en mitad de la sala rodeada de gente y concentrarme en las palomitas. Seguramente termine con el rostro lleno de lágrimas y se me acabe el paquete de pañuelos de papel. Después caminaré por las calles adoquinadas del centro hasta la cafetería donde mis sueños duermen. Escogeré la mesa del rincón frente al ventanal que da a la plaza y contemplaré el ir y venir de la gente. Puede que vea a los novios felices cogidos de la mano, mientras las mías acaricien la taza vacía de una vida solitaria.
Esta noche, vencida por el cansancio de la espera y del día marcharé a mi casa. Me tumbaré en la fría cama y contaré las estrellas que asomen por la ventana. Y seguiré por las mañanas peinando novias mientras mi melena se arruga como la piel que no se riega.
“Termino ya”, le digo a la novia que se cubre el rostro. Termino de divagar en mares que me llevan a la deriva, mientras el peine y el secador se cobijan en mis manos.
Madre trata de convencerme con voz empalagosa, pero ni una mosca cojonera se dejaría atrapar por miel pulverizada: sin brillos dorados, sin untuosidad ni sabor, sin olor a primavera ni calidez otoñal. El insecto se cubriría los ojos con su media docena de patas y recordaría, con nostalgia, a la madrasta de Blancanieves. ¡Esa bruja sí sabía engañar a su hijastra con métodos apetecibles! Debajo de mis manos, aprieto los labios y cierro los ojos. No quiero un alma. Me conformo con comer, beber, dormir y copular; seguir caminando bajo atmósferas azules o vespertinas; sentir la luz y el calor de todos los soles en mi superficie veteada; moverme libremente entre caliente y frío, suave o áspero, seco y húmedo, blando o duro, sin porqués ni responsabilidades… ¡Quiero mi madera!
—Hijita, si no abres los ojos, no funciona —insiste Gepetta, a cada bocanada mágica.
Pinocha separa las manos a modo de ventana. Sus ojos analizan una nariz prominente que, sintiéndose observada, se frunce incómoda. Luego, tras enjuiciar cada oreja, llega a la conclusión de que la derecha, todavía, no parece humana.
El día comenzó perfecto. Hacer el amor en ese dulce estado entre el sueño y el despertar… y una buena ducha. Bienvenido, sábado. Música mientras preparamos el desayuno, un baile matinal aún descalzos, un beso apasionado. Resbala de sus manos la mermelada, risas cómplices mientras recogemos los cristales, todos, menos el que acaba perforando mi talón. Sangro, y no tenemos botiquín. Corre a la farmacia. Suena mi móvil: “¡Cerrada, cojo el coche, la de guardia cae lejos!”. Intento levantarme pero caigo al resbalar con la toalla, roja, empapada. Otra vez el móvil: “La policía no me deja pasar, una multitudinaria carrera solidaria. Tardaré.” Me mareo, salgo a suplicar a algún vecino, pero nadie contesta. Corriente de aire, portazo: me quedo en el rellano en pijama, descalza, sin móvil y sin llaves. Bajo con esfuerzo a la calle, pasa rápido un coche de policía, los llamo y persigo. Se van. Mi pie deja huellas rojas. Decido entrar en un bar. Asombro y bromas de los clientes hasta que alguien se ofrece para llevarme al hospital, pero continúa la eterna carrera… Acaba, y atasco monumental. Llegamos a urgencias, saturadas…
– Vaya día…
– Angustioso. ¿Aún te queda espray del olvido? Pues dale…
«98, 99 y 100, ahí voy». Su grito reverberó en el parque. Como si se tratara de un libro abierto apartó las manos de su cara. Le gritó al aire:¿dónde estáis escondidos?. Entre risas empezó a buscar en los sitios habituales. Nada. Buscó de forma más concienzuda: debajo de los bancos, detrás de las hojas tristes del sauce, por los alrededores del kiosco y en medio del seto de rosas. Nada. Su voz pasó de la risa al nerviosismo, y a los minutos a una angustia atroz «Juan, Lara ya está bien de bromas». Se echó a llorar y llamó a la policía. Se hizo noche, los faros del coche patrulla empezaron a pixelar la niebla como laca de peluquera. Al amanecer era un hecho, sus hijos se habían disipado como la niebla.
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