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Mi primera novia decía “contrimás”, y ni mucho menos era una inculta. Lo había dicho desde pequeña, explicaba, y se sentía incómoda hablando de otra manera. Yo, por pincharle, solía corregirla hasta que ella, sin ánimo de hacer gracia, protestaba advirtiendo que contrimás se lo dijera, peor.
De la segunda dudo haber sabido siquiera el verdadero nombre. Mentía ya por costumbre, creo yo. Resultaba difícil estar con ella sin pensarlo, mirarla y no preguntarse qué escondía dentro su linda cabecita. No imaginan cuánto puede llegar a doler un “te quiero”.
La tercera hablaba muy alto y sin miramientos. A mí eso por la calle o en los bares me daba igual, pero en sitios como el cine me mataba. Los casi quinientos espectadores que había en la sala aquella tarde no escucharon que Vader era padre de Skywalker, sino un atronador «¡¡Que no me calles más, hombre!!».
Siento recordarlas ahora por sus defectos y no por sus virtudes, que eran más y mayores, pues a todas las quise con locura, y si no me casé con ninguna fue porque las tres me fueron plantando en el mismísimo altar, malmetidas una por una, a última hora, por la cuarta y definitiva.
Ha llegado el gran día. Espera que se hagan realidad sus sueños. Antes lo ha intentado con otros, pero no se ha sentido cómoda con ninguno. Todos han acabado siendo un verdadero desastre. Con cada fracaso se ha ido hundiendo un poco más. Incluso, ha llegado a pensar que nunca lo encontraría.
Atrás quedarán horas de angustia, de dolorosa soledad y de incertidumbre. Está más segura que nunca de haber acertado en su elección. Puede cambiar su vida por completo. Si se despoja de complejos e inseguridades recobrará la confianza y la autoestima.
Para este momento tan crucial se ha puesto en manos de María, su peluquera de cabecera. Con las manos sobre el rostro se protege los ojos mientras su emoción late tan fuerte que le golpea en el pecho. Permite que la rocíe con una fina lluvia de confianza en aerosol y después, se atreve a mirar para descubrir el resultado en el espejo. Entonces, se le inundan los ojos de esperanza cuando se reconoce de nuevo en su reflejo, y sonríe satisfecha.
Recobra las fuerzas para seguir luchando al volver a ver cubierta de cabello su cabeza desnuda.
Somos amigas desde la infancia. Ella una gran ejecutiva, con muchos lujos, sin niños y un cutis ideal. Yo me dediqué a mi pasión, la peluquería, y me casé con él, el de toda la vida, mucho músculo y poco cerebro. Siempre acude a mí, no sé si por amistad, porque realmente le gusta o por pena. El otro día quiso un cambio de look radical, el corte, el color,… quería estar realmente guapa. Han pasado muchas cabezas por mis manos y sé lo que eso significa. Él acude con más frecuencia al gimnasio, y eso también sé lo que significa. Hoy viene, le he dado la última hora, le diré que estoy resfriada y que es muy contagioso, así podré usar la mascarilla. Siempre le gusta ir bien fijada en su peinado, seré generosa con la laca, calculo que el gas le hará efecto en un par de horas. Cuando el inspector me pregunte por mis últimas búsquedas en Google le diré la verdad, que tengo a medias un microrrelato en el que no acabo de encontrar la manera perfecta de matar a la protagonista.
Tras el entierro de mi amada una parálisis tibia y sorda invadió mi organismo, incapaz de distinguir entre gotas de lluvia o sorbos de licor. Yo había confiado en que ella, como el vuelo de un meteoro, nunca se habría de rendir al abrazo del sepulcro, pero todos los rincones de nuestra cámara nupcial jamás estrenada rememoraban la promesa hollada y la ausencia. Tiempo después, la altiva Blanca surgió en mi vida como una medusa entre ensueños de cocaína. Pienso que nació ya muerta, destinada a albergar en su envoltura perfecta el alma poderosa de mi añorada. Los preparativos de nuestra boda fueron profusos porque todo debía ser inalterable y estático. Pedí mucha laca para su cabello, y que no se olvidara una rociada sobre las flores que había tomado prestadas de la sepultura de su predecesora. Dicen que la cercanía de los ramos de cementerio propicia las visiones más sacrílegas. Escondido tras el biombo, reté a la maldición y vi a la novia antes de desposarla. Cuando la desdichada retiró las manos del rostro y afrontó con coquetería el espejo, me regocijé al reconocer los ojos profundos y oscuros de mi eterna Ligeia.
Paquita, la peluquera, le prometió que la dejaría guapísima. Y así se sentía ella después, única y especial, con su vestido y zapatos blancos, y su velo cobijando el moño mejor fijado, más engreído y espectacular que había pisado aquella iglesia. Dentro de él, la envidia de sus amigas: una larga, rubia y ensortijada mata de pelo.
A la mañana siguiente intentó peinarse, pero el cepillo desapareció en aquel vertido que anidaba en su cabeza. Vinieron a socorrerla; su madre, su tía, las vecinas del quinto, mas ninguna pudo devolverle su preciosa melena, convertida ahora en un amasijo de pelos ensopados en una sustancia traslúcida y pegajosa.
Se rindió de nuevo en las manos de Paquita.
Con cada tijeretazo le arrancaba las entrañas. Desolador ver sus lánguidos tirabuzones estrellarse contra las baldosas. Tardó años en superar el precio que tuvo que pagar por hacer su primera comunión… pero inexplicablemente y al tiempo que le crecía el cabello, empezó a desarrollársele un galopante y alopécico ateísmo.
En el estudio, los responsables del partido se impacientaban por el retraso acumulado y no dejaban de resoplar ante el parco aplomo del artista, que ultimaba la escultura delicadamente según el boceto que pintarrajeó su amigo Jaramillo en una servilleta de bar. Y tampoco desvelaría nada hasta el día de la solemne inauguración presidida por las más altas figuras del poder judicial.
Tras semanas de sonoros resoplidos y vanas injerencias, los responsables del partido, que, sin entender mucho, apenas vieron las sandalias de Themis, pudieron al fin descansar, aunque no por mucho tiempo.
— ¡Pero, qué…!
Ese fue el grito cuando, tras levantar por completo la tela que cubría a la Dama de la Justicia, jueces, fiscales y fuerzas vivas contemplaron a la diosa que, en lugar de una balanza, soportaba un yugo, y en vez de una venda, usaba sus propias manos para ocultar el horror de lo que veía. Eso sí, toda la figura resplandecía, como si la hubieran rociado con una pintura de oro.
Los responsables del partido, que antes se palpaban el bolsillo donde reposaban los excedentes del presupuesto, dejaron de hacerlo, quizás para no dar más pistas, y abobados, comenzaron a sonreír.
Lo habían rumoreado varias personas por el barrio. Nadie las había vuelto a ver, lo cual estimuló mi confianza. Costaba creer semejante locura, pero mi desesperación era tan honda que concerté una cita con aquella señora. Supo pormenorizar cada detalle con infinita delicadeza. Era un procedimiento costoso y yo seguía sin trabajo, pero aún conservaba algunas joyas de mi abuela. Solo debía señalar una fecha.
No tener ataduras familiares ni compromisos previos ofrecía infinitas posibilidades. Aunque prefería pronto, por si me asaltaba la tentación de desdecirme. Un lunes a medianoche me pareció un momento tan perfecto o extraño como cualquier otro. Noviembre, el mes idóneo para ciertas decisiones. Aquel día, cerré bien la casa y fui en autobús porque no quería dejar el coche abandonado.
Ella hablaba menos cálida que aquella primera vez. Era comprensible. Me preguntó por los documentos firmados y la carta. Se los entregué.
¿Sabe que debemos hacer ahora una grabación para…?
Lo sé. Pulse «REC».
¿Sabe que existe un 0,001% de probabilidad de que ocurra algún…?
Sí, me lo explicó.
¿Exime de toda responsabilidad a…?
Sí, eximo.
¿Asume que, una vez rociada, ya no podrá…?
Sí, lo asumo.
Muy bien, tranquila. Todo irá bien.
Cierre los ojos.
Indefectiblemente, cada viernes, a media tarde, recibimos el habitual ataque. Primero con la descarga furiosa de agua templada que provoca desbocados torrentes cuyo arrastre debemos evitar. En un principio pensamos que era cosa de la naturaleza, pero su repetición sistemática cada siete días nos llevó al convencimiento de que se trata de una acción premeditada y hostil. Afortunadamente, vivimos en un medio muy frondoso y podemos agarramos a troncos o tallos y esperar a que escampe. Antes de que desaparezcan los últimos riachuelos, llega la descarga química que nos cubre de una espesa espuma de la que nos protegemos aguantando la respiración. A continuación, otra lluvia torrencial, y de nuevo toca aferrarse a un plantón seguro. Tras las últimas gotas, el enemigo repite su estrategia de cada semana y provoca vientos de fuerza ciclópea con la intención inequívoca de expulsarnos del territorio por los aires. Por último, tratan de gasearnos. Una nube tóxica que entumece temporalmente fauna y flora se expande por nuestra selva; adheridos a la corteza aguantamos. Siempre sufrimos algunas bajas pero en la siguiente acometida ya somos muchos más. Así que no, no va a ser fácil acabar con nuestra prolífica comunidad de liendres y piojos.
En aquel barrio de casitas adosadas, habitado por un sinfín de jardineros especialistas en criar malvas, había gran devoción por la literatura negra. El día que llegó a la librería la primera obra de Manuel Menéndez Miranda, Black Is Black, fue tal la lista de espera que tuvieron que encargar miles de ejemplares más. Cuando llegó a manos de Hitchcock, vio el material perfecto para resucitar su serie de televisión. Pensó en un guionista que sintiera aquellos relatos como suyos y supo que acertaría si contrataba a Edgar Allan Poe. Como actores, se decidió por su favorito, Cary Grant, retirado hacía tiempo y al que ya convenció en vida para que volviera a ponerse ante una cámara, y por Grace Kelly, una rubia tan fría por fuera como caliente por dentro que, al fin, no le pondría la excusa de ser princesa. Ambos tenían peor aspecto que en sus días de gloria, mas, con una buena sesión de maquillaje y peluquería, lucirían perfectos para protagonizar todos los episodios. Tan solo le quedaba conseguir los derechos de autor, aunque confiaba en alcanzar un acuerdo razonable en el momento que el escritor lo viera aparecer acompañado de sus adorables e inseparables pájaros.
De todos es sabido, que no se debe fumar mientras se aplica laca del pelo a una radiante novia momentos antes de partir hacia el altar. Pero si, da la casualidad de que, además de su peluquera, resulta que también eres su dama de honor, mejor amiga y amante secreta de su futuro marido, no puedes evitar encenderte un cigarrillo para mitigar los nervios resultantes de ver como el amor de tu vida, se casa con otra delante de tus narices.
¡Y encima tu poniéndola guapa!
Entonces, los acontecimientos se precipitan y las palabras pronunciadas por la modista del novio, se tornan una funesta premonición.
― El traje negro lo aprovecharás. Lo mismo te sirve para una boda que para un funeral ―había dicho volviéndole a poner de nuevo los pantalones en el probador ―. Pero después de esto habrá que plancharlo.
Una nube de incertidumbre pulveriza su cabeza. No puede taparse los ojos ante la evidencia: es un golfo, adorable, pero golfo. Se ha engañado a sí misma diciéndose que conseguirá cambiarlo, aunque sabe que eso no está en su mano. Lo mira de nuevo, está tan guapo con su traje de novio, busca en sus ojos la confirmación de que la quiere de verdad y solo encuentra asombro y ansiedad. Los segundos se hacen eternos, todos esperan inquietos un sencillo monosílabo afirmativo, pero ella no se siente capaz de pronunciarlo.
La persiana está aún bajada y la habitación ya bulle como cada mañana. Un griterío de voces altisonantes, ahogadas y contradictorias resuena contra el techo invadiéndolo todo. Ella no quiere verlo, sentada en la cama con los ojos tapados, mientras se repite que debe ignorarlas digan lo que digan.
Son instantes eternos hasta la llegada de su madre que, después de un beso fugaz, ya ni siquiera pregunta si hoy también, y acciona el pulverizador que perfuma la alcoba con la fragancia dulzona de las peluquerías.
Una nube de minúsculos paracaidistas desciende con lentitud y atrapa, uno por uno, a todos los tenaces oradores que regresan así al interior de su cerebro, donde permanecerán callados a la espera de la medicación, ingrediente principal del desayuno.
Cuando estén listas, en el descansillo camino de la calle saludarán como todos los días a la atenta vecina, que ignora lo sucedido a tan escasa distancia de su puerta; y volverá a preguntarse en un susurro cada vez más audible, por qué la hija va siempre con esos pelos de loca.
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