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Aun rogándole «déjame, por favor», su sonrisa te doblega. Sus labios atenazan tus deseos. Sus manos, impertérritas, te solidifican.
Y otra vez tus alas reventaron. Y el jugo antiguo de tus lágrimas se tornó aire. Y vino el viaje. Y llegó la tarde. Y luego el sueño. Y amaneces… Y sientes que sus palabras y sus gestos lacerantes y cansinos ahí siguen, agazapados tras su perfume de rosas.
Yo de mayor quería ser princesa pero mi madrastra se encargó de fulminar mi sueño destrozando mi carroza y convirtiéndola para siempre en calabaza. Nunca aceptó que yo calzara zapatitos de cristal en vez de botas de fútbol ni que suspirara con la llegada de un príncipe azul de película en vez de meterle mano a las chicas en las sesiones continuas del cine de los domingos. La memoria de mi padre fue la moneda de cambio para que entrara a trabajar en el Banco, me casara con Paquita y tuviera dos críos, pero mi mujer no soportó que mirara con más pasión a su hermano que a ella y me abandonó. Sigo buscando mi príncipe azul por las esquinas, cuando nadie me ve, porque yo de mayor quería ser princesa…
La tía Engracia nos odia. Siempre prohibiéndonos cosas… No nos deja jugar a nada cuando vamos a ver a la abuela. En el jardín nos gusta enredar entre esas sábanas que tiende con las dos letras del principio de su nombre. Dice mi hermana que eran de su ajuar (qué palabra más rara) pero que seguro que, con lo bruja que es, la dejaron plantada. A veces vemos que llora cuando las recoge, y yo creo que igual a su novio lo mataron en la guerra. Me da un poco de pena… y eso que la tía Engracia me riñe porque, según ella, soy como mi padre, y a él también le tiene mucha manía. A mí, mi padre me parece muy bueno, pero a la tía que nadie le hable del “sinvergüenza de Néstor”, como ella le llama, y por eso creo que mi madre y ella no se hablan. La abuela dice que son cosas de mayores. Me da lástima de la tía Engracia, y a mí padre, yo creo, que también un poco; cuando vamos a su casa me da manzanas para ella, pero yo siempre le digo que son para la abuela. Así no las tira.
Cuando llega el buen tiempo, acomodo a mi madre en silla de ruedas bajo la buganvilla del patio. Mientras vegeta, voy haciendo la colada en un barreño con jabón Lagarto y agua del pozo, para que huela a limpieza de antaño, pues a veces logra que mamá despierte de su sopor.
Si me encuentra tendiendo la ropa se endereza en su asiento, ríe, se tapa los ojos y cuenta diez, así que me escondo tras una sábana cualquiera. Sé que ve mi sombra al trasluz, pero disimula hasta que finjo una risa nerviosa y entonces grita entusiasmada: «¡Te pillé!».
Luego desfallece y acudo volando, aterrizo a sus pies, le tomo una mano. Tiene el pulso débil, aunque estable, y juntos recobramos el aliento. Ella sin embargo frunce el ceño, desconoce. Su memoria pisa arenas movedizas y, antes de que se hunda en el olvido, señalo el tendedero. Y sonríe, intenta revolverme el pelo con ternura porque sigo siendo su angelito travieso… pero se agota, y con una carantoña bendigo su letargo. Después apoyo mi cabeza en su regazo: imagino que sueña enredada en su último recuerdo, igual que yo me aferro al primero de mi niñez.
Tanto tiempo deseándolo y hoy por fin te llevan a casa. No disimulas el descontento al ver tu patio, frío como los cristales que ahora lo encierran, sin claveles ni macetas, sin tendedero ni pequeños escondiéndose entre sábanas al sol. Ya no hay ristras de ajos en la cocina y arrumbada en la alacena la vajilla azul que él te regaló.
La usanza conduce tus pasos hasta tu cuarto. Echas de menos los visillos de ganchillo tunecino y la dama de noche encaramándose por tu ventana. Otra colcha cubre tu cama y sobre la mesilla no estáis los dos. Del armario falta la caja de flores con el vestido, el velo y los zapatos blancos, también su sombrero, su pipa y la cachaba que prometieron custodiar. Repentinamente ella, con su eterna y dolosa sonrisa, señora de la voluntad de tu hijo, irrumpe en la habitación. Echa la llave al armario y un ojo dentro de tu bolso. Te devuelven al sitio donde vives desde hace tres años, cinco meses, un día y una veintena de palabras…
«Mamá, sin papá te sobra casa. Como ya no te acuerdas de las cosas ni de nada aquí estarás mejor cuidada».
Mario se hace chiquitito, ínfimo, invisible. Sin embargo, nada cubre sus vergüenzas. Ni siquiera las sábanas ya limpias y tendidas al sol tras las cuales se esconde. Pepín ha salido corriendo a contárselo a los demás niños y ahora la nana Josefa lo busca por el patio al grito de: “¡Son cosas que pasan!” con ese tono condescendiente y chillón que tanto lo exaspera.
Le gustaría poder decir la verdad, pero las normas de la Institución son muy claras: “No se aceptan perros”. El día en que descubrieron al cachorrillo que Adela ocultaba debajo de la cama lo lleva como otra de las muchas cicatrices que le surcan el alma. Por eso le ha enseñado a Duque a acurrucarse entre sus pies bajo la colcha cuando vienen por la noche a apagar la luz; a no ladrar nunca; a traspasar sigilosamente durante el día cada puerta abierta hasta llegar al jardín y quedarse allí a esperar las sobras de comida que le llevará cuando pueda; a restregarse sobre las flores antes de volver al dormitorio para que, al abrazarlo en sueños, pueda sentir ese olor a madreselvas que le recuerda a su madre.
Durante la estación de los suicidas la ropa de cama se lava más a menudo. Se hace sobre todo por solidaridad, y además se utiliza agua bendita, para estar preparados, porque a ellos su decisión siempre los empuja a buscar la salida más fácil. Una ventana. Un balcón. Una azotea. Y son los vecinos quienes cogen las sábanas tendidas y las arrojan a la calle para cubrir sus cuerpos, mientras se espera la llegada de la ambulancia y el fin de sus convulsiones.
Hay días, incluso, en los que el ritmo de los suicidas es ensordecedor, en los que las mortajas improvisadas a comienzos de la estación van oscureciendo el cielo con su tristeza, y caen como una lluvia desordenada, casi a cámara lenta, flotando en el aire igual que medusas gigantes hinchadas. Y si las ambulancias tardan en llegar, desbordadas por otros saltos al vacío, es el último destello blanco que los envuelve con su bendición el que consigue apagar la sombra de su pecado.
Un día mamá encontró un brazo de mujer bajo la cama; era un brazo tatuado con medio corazón. Mi padre era mago y sabía hacer trucos con risas picaronas que convencían al público femenino para dejarse serrar así como así. Mi madre era su sufrida ayudante. El caso es que papá no supo qué responder cuando mamá le tiró el apéndice a la cabeza. Yo acerté a esconderme detrás del sofá, asustado, justo a tiempo para ver cómo mamá le arrojaba una sábana por encima al grito de vualá, ¡y mi padre desapareció! Aquello me pilló tan de sorpresa que empecé a aplaudir, justo hasta que mi madre me gritó que me largara al patio. Al rato llegó ella, a tender la sábana tan nívea como hechicera. Con gesto formal me dijo que ya tenía edad para bañarme solo y luego de quedarse un rato mirando el tendedero, me dio un beso. Olía a ternura y lejía. Cuando se fue, miré la tela ondulante desde donde papá me guiñaba un ojo en un pliegue: —Hijo mío —me dijo—, sigue practicando y no te preocupes que no le voy a contar nada a mamá.
Tengo una trona en la cocina pero es aspiracional. Lo mismo que mi cama de 1,80 o esa mascarilla hidratante relax que guardo en el baño desde hace meses.
Por fin se escucha silencio, mínimamente roto por tres respiraciones profundas entre mis brazos y mi espalda torcida. Esta noche estaban muy pesados. Lola me ha puesto perdida con el puré y los otros dos venga a reírle las gracias. Cada vez gritaban más fuerte… y no he podido más. Les he pegado un buen grito (varios, es verdad) y se han puesto a llorar… He tenido que respirar muy hondo (mucho) para juntar fuerzas; para abrazarles y secar sus lágrimas… Ahora estamos juntos en mi cama; los cuatro y paz.
Creo que voy a regalar la trona.
Y me prometo que el día que consiga dormir sola me pondré la mascarilla y dormiré muy estirada, estrenando sábanas recién planchadas.
Muevo el codo de Lola que se me clava en las costillas. Me gusta sentir el calor de sus cuerpecitos junto al mío y acompasar mi respiración con las suyas. ¿Cuándo caducará la mascarilla?
Ya mañana, que será otro día.
La Sra. Enriqueta aprovecha los días de colada para convencer al Sr. Matías. Salen al jardín, ella va más avanzada, él, cojera a cuestas, la sigue resoplando. Hace un día estival espectacular, como aquel. El dedo de la reprimenda de ella muestra una avanzada artritis, su voz, sin embargo, parece no envejecer tras la sábana blanca. A la Sra. Enriqueta le gusta repetir aquella escena de verano, aquella colada impoluta, aquel niño de cinco años y sus travesuras. Acabada la función, coge de la mano al Sr. Matías y vuelven al interior: “corre hijo, tienes la merienda encima de la mesa, pan y chocolate, como a ti te gusta, pero ni se te ocurra volver a acércate a mi colada”. Y yo le sigo la corriente, y le guiño un ojo al Sr. Matías cuando pasan por mi lado, mientras paseo a la Sra. Antonia en su silla de ruedas. Ya les he dejado preparada la merienda en el salón pequeño, para que tengan intimidad. Cuando ingresaron no entendí que él también se quedara, su respuesta fue que le había prometido que envejecerían juntos y que él es un hombre de palabra.
Federico siempre elegía cuidadosamente los días en que su mamá lavaba la ropa de cama para corretear, más que nunca, entre las sábanas primero mojadas, con olor a agua y jabón, y más tarde secas, con olor a jabón y a viento.
Era su juego favorito.
Francisca elegía cuidadosamente los días de la colada, cálidos y soleados pues no soportaba el olor a humedad rancia que se quedaba en la ropa cuando tardaba mucho tiempo en secarse.
Sin embargo, no conseguía separar a su pequeño de las cuerdas hasta que recogía todo lo tendido.
Parecía no importarle las riñas, incluso los azotes, cuando ella estaba excesivamente cansada y su paciencia ya había llegado al límite. No había una sola vez en que pudiera evitar esa manera que tenía de entretenerse.
Lo que para él era un auténtico placer, para ella se convertía en un gran fastidio.
–¿Acaso a este chiquillo no le importa que me enfade y le castigue?, se preguntaba sin darse cuenta de que, como los fantasmas, su hijo necesitaba una sábana para que ella le viera.
La tarde en que murió Chanquete la congoja se alojó en mi pecho con la misma fuerza con que las garrapatas se aferraban al hocico de Rantanplan cuando paseábamos con el rebaño de Paco el Rojo.
Mi madre me prohibió llorar. Los hombres no lloran, me dijo con aquella voz hueca en la que quizá nunca se alojó la ternura.
Mis hermanas, por su parte, gimoteaban con sus frentes despejadas en una cola de caballo bien tirante y el beneplácito del resto de plañideras que se congregaron en casa.
A la mañana siguiente mamá nos vistió de domingo siendo lunes y acudimos a su entierro.
En la ceremonia, impertérrito, me pregunte por qué mis veranos no eran azules; por qué a mi padre, que siempre fue un hombre de tierra adentro, le apodaban Chanquete y por qué todos coreaban aquel «no nos moverán» en bajito.
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