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El mapa que cuelga de la pared muestra la ubicación de cada una de las muertes. Un círculo en rojo delimita la zona donde se conjeturó que actuaría el criminal y que ha permanecido bajo vigilancia, esperando sin éxito a que apareciera el descapotable verde turquesa al que subía a sus víctimas. El detective lo observa por un momento con gesto contrariado e inmediatamente vuelve a concentrar su atención en el perfil psicológico. Presenta baja tolerancia a la frustración, mata con el fin de alimentar su ego y da una imagen de normalidad. Las circunstancias recomiendan cerrar la investigación mientras no aparezcan más cadáveres. Su investigación. No va a permitirlo. Clava una chincheta en el mapa dentro del círculo rojo, se dirige al aparcamiento y con la capota del coche azul bajada conduce hasta el lugar que ha señalado. Algunas semanas después, un detective distinto pone otra marca en un plano. Ha confirmado el patrón, solo queda vigilar el área donde supone que el homicida actuará de nuevo y esperar a que aparezca el descapotable de color azul.
En qué momento has pisado el acelerador, que no me he enterado. Cuándo has metido la quinta marcha. Ayer paseábamos por la ciudad de la mano y me dices ahora que se ha terminado el recreo. Quién va a querer jugar conmigo, tu muñeca usada. Voy a echar de menos que me deshagas las trenzas y me cepilles el cabello cien, doscientas, veces. Cuándo ha dejado de hacerte gracia que te sirviese el café en mis tacitas de juguete, que te preparase comidas de mentirijillas. Mis articulaciones de policloruro de vinilo, nunca ágiles, te agradecen que dejes hecha la cama, sin olvidarte del osito de peluche sobre la almohada. Veo desde la ventana que me toca en el reparto el descapotable azul. Está aparcado en la acera, con la cuerda dada a tope —gracias otra vez—, y apenas logro distinguir tu estela cuando te vas por otro carril más alejado. Estás desdibujado, quizás porque las lágrimas me han atorado el mecanismo de los ojos o simplemente por efecto de esta nueva velocidad tuya. No me has pedido que te siga, no me has prometido que volveremos a vernos. La huida desde el territorio de la infancia es irreversible.
No pienso dar datos. Solo hablaré del color, azul cielo, a lo sumo. Les diré que iba bastante deprisa, que no me dio tiempo a ver nada más. No confío en la justicia, demasiados limbos jurídicos.
Tú no te acuerdas de lo que pasó con el hermano de nuestra vecina, cuando se apañaron entre las compañías y el otro se fue de rositas; eras muy pequeño. Pero ese malnacido, vaya si se enterará de todo a lo que tendrás que renunciar. Apuntarte a futbito, aprender a patinar, escalar montañas, mantener la ilusión de querer ser bombero… Porque su hijo, supongo el que iba en el asiento de atrás, seguirá con su vida y entrará cada día, por su pie, en su selecto colegio. Cosa que tú, aunque vayas a uno público, solo podrás hacerlo guiado en una silla, si es que te despiertas… También es una casualidad que tu madre trabaje en tráfico y que a mí me diera tiempo a memorizar la matrícula (capicúa por cierto) de ese pijo descapotable. Con lo deprisa que iba.
Después de dos años, de veinticuatro meses con remiendos, Nuria le deja. Mientras me cuenta sus penas, Gabi aprieta a fondo el acelerador. Venderán la casa, dice, ella se queda con Toby, los muebles, el televisor de sesenta pulgadas. Le advierto que no vaya tan deprisa. Ella se queda, dice, la puta mantelería de Lagartera y el ojo de la cara que costó. Cruzamos bajo el puente, nos acercamos a la curva, le aconsejo que comience a frenar. También se queda, dice, con el vecino del quinto, el imbécil de Marcos. Brama y cabecea como un toro herido, luego se sonríe y aprieta más fuerte. Estamos encima de la curva, frena loco, le digo, me la suda, me dice, que se quede con todo, el felpudo, la clave del Netflix, las tazas chorras de café…
El coche derrapa, da varias vueltas de campana y se detiene boca arriba. Lo pone de nuevo sobre la guía. Y continúa.
– ¡Se agota, se agota! Y el pozo, encorvado, escupió la última gota.
El país entró en inacción, sin que nadie aventurase ninguna solución. Hasta que, abriéndose paso entre la multitud, apareció aquel mozalbete, con su envidiable juventud.
– ¡Escuchadme! Tengo una idea: utilizaremos el sol, que es de todos, como la lista de los Reyes Godos.
El bravo mocoso por los guardias fue acallado, como si algo malo hubiera perpetrado.
– El sol, dijo el presidente de todos, no es de todos. Eso es lo que creéis, pero no os confiéis.
El vivaracho jovenzuelo levantó su voz, como el campesino que levanta la hoz.
– ¡El sol es nuestro y usted es un siniestro! Gratis nos amanece cada día, así que ¡no diga más tonterías!
– ¡Callad! El sol es del gobierno, y si no pagáis, os traeré el más duro invierno.
– No queremos pagar por lo que ya tenemos derecho a disfrutar.
– Pagaréis, si con luz y calor vivir queréis.
– ¡No pagamos, y a por usted que nos vamos!
Y, simulando un accidente, al negro pozo arrojaron al malvado presidente, junto a su extraño deportivo a cuerda, del que ya nadie se acuerda.
Encaramado en el murete de la azotea, Fernando miraba hacia abajo el deambular de los viandantes y el tráfico que a esta hora de la tarde todavía era fluido. Su mirada fue a parar a su coche, un deportivo azul claro, su última adquisición de la que se tendría que despedir para pagar sus deudas de juego. Esta vez había ido muy lejos con la ruleta, apostó fuerte y lo perdió todo en un momento. Cuando vio acercarse unos empleados del casino no lo dudó y saltó.
Un ruido sordo se oyó cuando su cuerpo chocó con la acera, mientras un policía local colocaba una multa en el parabrisas de su coche estacionado en lugar indebido.
Acelero.
El motor ruge furioso. Protesta porque lo estoy pasando de revoluciones.
Mis manos se aferran al volante como a una tabla de salvación y la adrenalina fluye en mís arterias, rauda como este descapotable que vuela sobre el asfalto. Todo mi cuerpo se estremece, sabe que esta aventura puede costarle la vida, pero la vida sin más no es suficiente para mí… Y piso el acelerador a fondo.
El viento zumba en mis oídos y me alborota el cabello. Dicen que la velocidad produce el efecto túnel, eliminando la visión periférica del conductor. ¿Ese efecto se parecerá a… ¡BUM! Un pájaro se estrella contra el parabrisas abortando mi pensamiento.
Más tarde, agotado, pero exultante por haber hecho realidad la fantasía tantas veces soñada, vuelvo a la ciudad. Llegado a los suburbios aminoro la marcha. Circulo hasta que una calle solitaria me ofrece un lugar adecuado donde abandonar este deportivo que he tomado prestado.
Freno bruscamente. Desciendo del coche.
Sacudo la espalda de mi camisa empapada de transpiración y echo a andar hacia una parada de autobuses. Voy golpeando adelante, a izquierda y derecha con mi bastón blanco. Lo hago lentamente, invitando al corazón a acompasar el ritmo.
A veces soy madre de un niño de cuatro años. De un niño de ojos marrones y cabello castaño. Veo sus manos aferradas a las mías antes de cruzar la calle. Nos imagino a los dos parados en un paso de peatones con la vista fija en el monigote rojo que no se decide a cambiar. Lo veo en el tiovivo, subido en un descapotable azul que parece de juguete. En la mesa de la cocina, torciéndole el gesto a la merluza. Sentado en el baño, con los pies colgando, sin tocar el suelo. Le leo un cuento, sentada en una cama que debería seguir en tu estudio. Ese estudio de paredes grises que una vez fueron azules. Lo observo en el ascensor, de puntillas, intentando llegar hasta el botón del piso tres.
A veces sucede. Está sucediendo ahora. Esas imágenes son solo un destello. Las borro con un parpadeo enérgico. Después, ignoro ese ruido que siento dentro del estómago, semejante al estruendo que provoca aquel que pisa caracoles. Recompongo el gesto. Salgo del baño. Me acerco a la cocina. Me siento delante de ti. Sigo comiendo. Mastico. Mastico. Mastico.
Mastico y me preparo para contestarte.
— ¿En qué piensas?
Papá siempre ha buscado lo más conveniente para mí. Ya de pequeño sospechaba yo que, de algún modo misterioso, él también influía sobre lo que me dejaban los Reyes Magos, que siempre acataban su concepto de lo útil y lo educativo. Y en aquella época, un juego educativo significaba ñoño hasta el aburrimiento. Yo suspiraba por un coche teledirigido: su respuesta fue aquella ambulancia blanca, sin luces, unida a su mando por un cable de metro y medio. Era como pasear un perrito. Pero un año, por fin, sus Majestades me concedieron uno sin cables, tal y como les había dejado bien claro en mi carta. Resultó ser monomando: atrás y adelante, nada más. Ni volantito ni palancas.
Ahora que le estamos preparando la fiesta de jubilación en la principal de nuestras empresas, a mí, como vicepresidente, me toca encargarme del regalo. Va a ser toda una sorpresa. Él siempre ha querido un Aston Martin descapotable. Y últimamente, su compromiso con el medio ambiente resulta de lo más convincente. Así que he logrado encontrar uno con cero emisiones. Precioso, azul. Funciona mediante un mecanismo de cuerda que le da una autonomía considerable. Cuesta abajo, supera incluso los veinticinco metros.
No me enamoré de ti, me enamoró tu deportivo. El llevar mis cabellos al aire por todas aquellas carreteras. Éramos la envidia de la gente que al pasar nos miraban diciendo: ¿Quiénes serán esos locos?
Presiona más el acelerador ¡Dale más, más marcha! Juntos éramos los dueños del asfalto, no me importaba nada, ni nadie. Te exigía. ¡Dale más! Obsesionada con la velocidad. Esa adrenalina me subía por cada poro de mi piel. Riesgo adoraba ese riesgo. Sentir la muerte cerca muy cerca.
-Derrapó
-El coche ha quedado para la chatarra.
-El piloto irreconocible.
-La chica todavía vive. Se oye como un susurro.
-No pares “Dale … Dale más … Caña”.
Siempre que me pongo nostálgica recreo en mi mente la misma escena. Tras de mí se cierra la puerta, aceleras y desapareces en tu Mercedes descapotable. Lo jodida que me dejaste. Antes habías tenido un BMW, grande, estaba claro que pertenecías a otro mundo, al que mi Seat Ibiza no podía llegar. El primer día que me llevaste en él era verano, me puse el vestido más mono del armario (era de mercadillo, pero eso no te lo dije) y un pañuelo a juego, a lo Grace. Tú, yo y el descapotable. Han pasado algunos años y yo sigo con mi Ibiza, aunque se le descolgó el techo y le puse chinchetas. Los niños me lo tienen destrozado. Cuando voy por la ciudad miro de reojo los BMW y Mercedes familiares, entiendo que seguirás fiel a tus preferencias. Hoy me pillas contenta, Marcos ha sacado un diez en el examen de matemáticas y Carlos se ha clasificado para las nacionales de atletismo, son buenos chicos. En eso se parecen a mí. El semáforo cambia a verde y arranco, atrás queda el Porsche rojo y tu cara de asombro. Sí, en todo lo demás son clavados a ti.
Su colección de coches era una de las más completas del mundo.
Tenía autos de las marcas más importantes: Ferrari, Porsche, Rolls-Royce, Mercedes, Audi, Bmw, Bentley, Maserati, Austin Martin, Mazda, Chrysler, Range Rover, Jaguar, Jeep o Lincoln Continental.
Pero también atesoraba vehículos de las más modestas: Seat, Renault, Hyundai, Ford, Dacia, Kía, Suzuki, Mitsubishi o Mini.
Su ilusión desde niño era poseerlas todas. Y efectivamente, gracias al premio de lotería que había ganado su padre, casi lo había conseguido.
Su progenitor, que ahora disponía del bien más preciado, tiempo libre para dedicárselo a su hijo pues ahora no necesitaba trabajar, iba con él todos los fines de semana a ferias de juguetes, mercadillos, o rastros, para buscar las piezas más raras.
A pesar de ello, el pequeño Daniel estaba frustrado.
No había conseguido que el dueño de la juguetería de su barrio le vendiese el coche azul de cuerda que tenía en el escaparate. Y eso… que le había ofrecido una verdadera fortuna.
Pero Jaime, el juguetero había jurado que jamás vendería su verdadero tesoro, el único recuerdo que guardaba de su hermano pequeño, fallecido hacía ya treinta años en aquel terrible incendio….
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