¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


No conocíamos el mar.
Pero cuando el viento inflaba las velas del bajel, levábamos anclas y navegábamos rumbo al horizonte. Si tú gritabas “al abordaje”, yo blandía una espada con alma de cartón, dispuesto a seguirte. Y al final de la tarde, cuando la colada estaba seca, arriábamos la mayor y fondeábamos en la bahía de nuestros sueños.
Los días de lluvia, corríamos por las playas de una isla desierta, enterrando besos como tesoros. Trazábamos el mapa de nuestras pieles con caricias inventadas y jurábamos con sangre no revelar el secreto.
No conocíamos el mar.
Ni sabíamos que existían amores prohibidos.
Hasta que una mañana, el viento sopló del este. Los ingleses subieron a bordo, ebrios de razones. Reían y bebían mientras nos empujaban a caminar por la tabla. Tú te volviste a mirarme. Yo cerré los ojos mientras saltabas. Cuando llegó mi turno, sentí los corales afilados mordiendo mi pierna.
Solo y herido, regresé a tierra arrastrándome. No pude explicar lo ocurrido. Juegos de niños, dijeron. Y tendieron un silencio blanco de sábanas.
Aún no conozco el mar. Pero continuaré izando esa bandera, surcaré sueños en tu nombre y el chasquido de mi pierna gritará: “¡Barco a la vista!”.
Lo mejor del pueblo era el tío Mariano. Aunque nadie me creyera, era mi tío favorito. Al verano siguiente yo ya sería mayor y dejamos de jugar, pero juntos vivimos días mágicos.
Desde muy niño jugaba con él en el desván entre cacharros viejos, maletas desgastadas y arañas. Nunca me dio miedo, pero mi madre nos pilló y me prohibió volver a subir. Yo le dije que solo jugábamos y contábamos historias, pero no me creyó.
Entonces descubrí el jardín, la huerta, el camino hasta el río… y el tío Mariano me enseñó a cazar lagartijas, buscar caracoles… Y aprendí que no debía contárselo a los mayores.
En casa nadie le nombraba sin santiguarse. Una pena lo de aquellas fiebres siendo tan pequeño e inocente, decía siempre mamá y volvía a santiguarse.
Yo no lo entendía. Yo también he tenido fiebre y nadie lo recordaba todo el tiempo. Pero lo que peor me sentaba es que solo me castigasen a mi. Si rompíamos algo, cuando nos caímos al río… Siempre, menos cuando manchamos las sábanas tendidas al sol. Entonces fue la abuela la que riñó al tío Mariano. Pero, una vez más, nadie me creyó.
A los pocos días de nacer lo envolvieron en una sábana perfumada de lavanda, antes de mostrarlo como un trofeo. Primero llegó Rosa. Auguró que a un chiquillo tan bien puesto, las muchachas de su añada en un tiempo se lo rifarían. Las demás vecinas lo mantearon entre risotadas húmedas y agasajos. Llegó del campo el padre del crío, las liebres a rastras, preñadas de perdigones. Las mujeres se asustaron, les dio apuro. Estrella, la última en hacerle carantoñas, se dejó caer la criatura de las manos. Rodó blando, peonza borracha. Hasta llegar a un canto del camino. El golpe seco de la cabeza en la piedra hizo cesar el canturreo del arroyo. El silencio se oyó bien lejos. De pronto el niño, como si nada, esbozó una mueca bobalicona, que les trajo a todos alivio. El nene creció orondo, rosado. Pero de mayor, sentado para siempre en el poyo de la casa, carecía de quehaceres y solo, con gesto babieca, seguía en su mirada de niño grande a las chicas que pasaban por su lado. No le devolvieron nunca las ojeadas de deseo ni se pelearon jamás entre ellas por arrancarle la ropa del cuerpo.
Manu me dice que tengo que eliminar el origen de mis miedos. Mudó su consulta, ¿sabes? Gana mucho dinero, pero a mí no me cobra.
Era tu favorito, digas lo que digas. Con la excusa de sus malas notas siempre estabas con él y a mí me ignorabas. Lo obligaste a dejar el fútbol, para que estudiara. Yo seguí, pero ni caso, nunca viste un partido ni me preguntaste cómo me había ido. Siempre Manu, siempre con el dedo arriba, echándole el discurso.
¿Recuerdas la exposición? Yo representaba al colegio, estaba orgulloso, pero no fuiste. Ni miraste cuando te llevé los dibujos para elegir cuáles exponer. Dejaste de tender la ropa para decirle a Manu no sé qué. Manu siempre. A mí no me pegabas, como a él, y eso me hacía daño.
Cómo son las cosas: tres años llevo ya en esta parroquia y no has dejado de venir a verme. Sin embargo, a él ni una visita. Estoy hablando mucho, son los nervios. Hoy, por fin, voy a hacer lo que siempre me dice Manu. Antes te voy a dar la absolución.
—¡Ya te he dicho mil veces que no te queremos aquí!
—¿Por qué, señora? Sabe que puedo ser su hijo. Su nuevo hijo.
—Mi hijo murió. ¡Vete!
—Como quiera, señora, me iré. ¿Dónde le dejo los zapatos? Su esposo los acaba de ver y viene hacia aquí… corriendo. Creo que él se los regaló para su cumpleaños. El último que celebró con ustedes.
—Calla, engendro… ¡Y vete de aquí! ¡Déjanos en paz!
—Los llevaba puestos el día que desapareció. Pero no aparecieron cuando se encontró el cadáver, ¿cierto? ¿O quizás me equivoco, señora? ¡Ah, ya está aquí! Buenas tardes, papá.
Mamá lo era todo para mí. Yo, sin embargo, desaparecí para ella la tarde en que Anita no supo nadar en el río. Con una obstinación ciega, mamá se empeñó en negar que mi hermana ya no volvería. Mantenía su cuarto como cuando estaba, con su ropa en el armario y sus muñecas sentadas con los bracitos abiertos esperando ternuras y custodiando la cama que mamá destapaba inútilmente cada noche para volver a cubrir al día siguiente con manos generosas en caricias. Nunca faltaban prendas de Anita en la colada puesta a secar al sol, por eso, una mañana quise ser mi hermana y tomé del cordel uno de sus vestidos. Cuando me presenté ante mamá con él puesto, recibí un inmediato e inapelable “quítate eso” junto con el reproche de su dedo acusador y acto seguido, sin darme tiempo a obedecerla, rompió a llorar por primera vez con una amargura infinita y me abrazó haciéndome sentir que volvía a existir para ella. Fue entonces cuando empezó a asumir la muerte de Anita y quizás también el momento en que yo descubrí mi vocación por el transformismo y este afán por ser reconocido y aceptado a través de él.
El cielo amanece azul. En esta tierra no se prodigan los días despejados y hay que aprovechar.
A primera hora lavas. Luego tiendes en las cuerdas, sobre la hierba, en los arbustos, en las ramas de los árboles. En cualquier lugar hasta que todo es un mar blanco.
Creo que así llevo dos mil generaciones.
¡Ay! Es como si escuchara ahora a mi padre: «Para nosotros una decisión así no es para una vida sino para la eternidad». Pero el amor no tiene pasado, por eso los enamorados almacenan esperanza. Cada instante carece de tiempo.
¡Qué feliz recuerdo es el momento en que el barquero se convirtió en mi esposo!
Ahora contemplo los lienzos blancos agitados por la brisa y no entiendo cómo pasaron de cobijar la intimidad de los amantes a convertirse en mortajas que ahogan las sombras. Es triste.
Ya viene. Agotado de bogar en el Estigio regresa mi compañero, aquel que fue mi vida, mi pasión.
Todos los días me trae los sudarios que le dejan los clientes y una bolsa de monedas que aquí sirven para poco. Entonces el rey cuenta los paños limpios, los almacena y queda satisfecho.
No puedo más.
-¡Caronte, tenemos que hablar!
Cuando el llanto del bebé rasga su sueño, María desabrocha el camisón y sus doloridos pechos amamantan al recién nacido, ahora silencioso. Siente las risas apagadas de los otros, jugando desde el alba por la casa. Las gemelas cuchichean escondidas en el armario del rellano y el vaivén del balancín sobre las tablas, delata a Luisito, refugiado como siempre en la buhardilla. Sonidos que se apagan al sentir sus pasos acercándose y saberse descubiertos.
– ¡Os encontraré! Grita divertida entre sus ires y venires, al compás de la nana que tararea sin descanso mientras limpia habitaciones cuajadas de juguetes esparcidos, prepara leche con galletas y tiende la ropita de sus hijos, primorosamente lavada.
Después, pegada al cristal, descubre a Sebas, el mayor, una eterna sombra bordada con hilo negro en la sábana en la que la vieja partera le envolvió sollozando “Se nos ha ido”.
Y mira hipnotizada aquel tendal, el maldito algodón blanco en el que la vida y la muerte se enredaron tantas veces, en el que quedaron su cordura y sus entrañas rotas, en el que viven sus hijos no engendrados, los engendrados no nacidos, los nacidos muertos.
Acaba el juego… ha localizado a sus cinco hijos.
Poco tiempo llevaba Mirentxu en la casa cuando, ante el continuo descontento de la señora con el resultado de las coladas, tuvo que comentarle lo de Aritz, el niño cojito de los vecinos. La cara que puso Palmira fue la de alguien que observa revolotear una mariposa del tamaño de un elefante. Y conforme la muchacha le siguió contando que el rapazuelo brincaba sobre su única pierna como si esta poseyera un potente resorte, enredándose entre las sábanas hasta conseguir desprenderlas de las pinzas, Palmira, mirándola de hito en hito, permanecía inmóvil; y diríase que en su boca se agolpaban y morían las palabras sin ser pronunciadas, como si ninguna de ellas fuera capaz de transmitir con rigor el asombro del que se hallaba presa. Lívida ante semejante noticia, no pudo impedir que el periódico resbalara de sus temblorosas manos. Mirentxu se agachó a recoger el ejemplar de la prensa local, en el que, abierto en la sección de “Casos sin resolver”, podía leerse: “Hoy, 10 de octubre, se cumplen 15 años de la desaparición de Aritz Olaizola, el niño de Lekuondo que nacido con una sola pierna…”
Un día de agosto, al regresar del río, mi hermano se escondió en su sombra. La mañana se desperezaba con desidia. Los caracoles trepaban por las columnas de hormigón de la acequia alta. El tren de las diez pasó a y diez. La ventana del patio fue abriendo lentamente su caudal de luz. Tras el desayuno, bajamos al río, a la playa escondida, y regresamos todos con la piel húmeda y brillante, menos Gabi, que tenía la piel oscura, como si siguiera al cobijo de los árboles frondosos del río. Tras comer con desgana esperando el momento del helado en el postre, jugaríamos con el balón en el pequeño jardín que hay detrás de la casa; madre nos regañaría por ensuciar la ropa tendida con un mal puntapié; los chicos estarían en la plaza esperándonos para ir a la higuera del tío Jacinto y después, con suerte saciados, saldríamos corriendo. Pero Gabi se escondió en su sombra, y jugamos con ella al escondite. La buscamos durante largo rato y la encontramos al fin, tendida en la hojarasca de los árboles. La pusimos a secar en una cuerda del jardín, para que no la diluyera el agua.
Vivir junto a una carretera te hace sentir que es el mundo, y no tú, lo que está de paso. En la inocencia de mis pocos años, incluso llegué a concebir la idea de que los vehículos viajaban sin origen ni destino, existiendo como universos en sí mismos, con lo que aquellas familias en sus utilitarios, los estridentes motocarros, los autobuses de línea, la caravana del circo, la vuelta ciclista…, habrían estado condenados a vagar sin pausa por siempre, trazando quizá órbitas caprichosas y arbitrarias sobre nuestra vieja casa.
La muerte era para mí por entonces un animalito reseco atropellado en el asfalto. El tiempo, algo comparable a un camión de heno, cuyo continuo revuelo de briznas dejado atrás nunca lograba mermar su carga. Y la guerra un convoy militar que pasó una mañana, y en el que circulaban camionetas donde a buen seguro iban encerrados, junto a mi pierna izquierda, mi padre y todas las personas que, según mamá, esta se había llevado.
La vida, sin embargo, era un concepto tan manifiesto como impreciso; algo capaz de conciliar sin paradojas que aquel niño expectante pudiera cruzar la mirada consigo mismo —aunque varias décadas después— pasando veloz en una motocicleta.
Aquel verano supo a castigo. Lo recuerdo, aunque ya nunca volvería a paladearlo con esa intensidad terrosa de calor en las mejillas y dientes apretujados. El nuevo sabor que vendría a sustituirlo sería peor: agua encharcada y metal fronterizo de sangre. Mamá ponía firmes a Roberto tras la sábana que le incriminaba, telón de escena y figura chinesca a un tiempo. Yo me mantenía al margen, muy quieto, pero mis ojos, aún con la intención de perseguir diminutas vidas ocultas en el césped, se desviaban de continuo a aquella estampa de brisa, blancura y pinzas. Luego, pasaba medio día rehuyéndole bajo el temperamental enfado de hermano mayor que siente que es injusto que él tampoco pueda salir con la bicicleta. He visto despertar amaneceres con los ojos húmedos, sumido en aquellos días pasados, recriminándome no darme cuenta, culpándome del tiempo desperdiciado que no se advierte hasta que es irrecuperable. Roberto tartamudeaba, entre la vergüenza y el miedo, justificando que los monstruos del día se le aparecían en el descanso nocturno. Yo no supe verlos y mamá no se los creyó. Todo era apacible y, sin embargo. Un día, apareció junto al arroyo; con una pedrada en la sien.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









