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Acqua: con ese color fluye, por las volutas de asfalto, a la velocidad de la vida. Se desdibujan las señales, las siluetas, los contornos; el vértigo lo intoxica. Nemo nunca se ha sentido tan poderoso. Chirrían los frenos… Su flamante Nautilus se incrusta en el colmillo largo y retorcido de un enorme Narval.
La Sinfonía de los juguetes resonaba mientras la cámara hacía un barrido por las líneas del deportivo. Del deportivo le fascinaba su mecanismo a cuerda, por eso lo compró ella, caprichosa como una manzana. Una manzana ecológica era la fruta que consumía a diario “para mantener lejos al médico”. Al médico lo abandonó en el portón de la ermita de San Nicasio como a un bebé. Un bebé koala es lo que le apeteció tener ipsofacto para volver a creer en el amor. Amor viajó hasta Australia, olvidándose del marsupial en cuanto conoció a un aborigen que usaba el perfume de Napoleón. Napoleón le empalagó en tres semanas y decidió regresar a la ciudad. La ciudad había seguido latiendo en su ausencia. Su ausencia del trabajo provocó el despido. El despido le ocasionó estrés, que mitigó masticando semillas de amapola. Amapola, amapola, ¿cómo puedes tú vivir tan sola?. Tan sola que lloró como una niña cuando se le rompe su muñeca favorita. Su muñeca favorita era ella. Ella encendió la televisión, donde emitían el anuncio de un nuevo modelo de automóvil, secundado por una pieza musical de fondo que le transportó a su infancia, la Sinfonía de los juguetes.
Se acerca gateando. Con sus deditos coge el coche azul del Scalextric. Mi favorito. Lo tira al suelo. Lo rompe. Sonríe. Me acerco a él. Sonrío. Sonrío. Sonrío.
Y de nuevo vuelvo a ser el único hijo de mis padres.
Hasta sus padres le decían que no estudiara tanto, que saliera a divertirse. Anda que no lo intenté yo veces. «Venga», le insistía, «vete de parranda, que tu novia de toda la vida, la carrera, el máster, las oposiciones a judicatura, ¡todo puede esperar! No tengas tanta prisa por la boda, el deportivo, el chalé con piscina y la caseta del perro». Pero ni caso me hizo. Antes de los treinta había alcanzado todas sus metas y al poco de casarse nació su hijo. Un niño precioso, una ricura de bebé.
El colmo de la felicidad se respiraba en aquel hogar hasta que una mañana de verano el Husky, cazando una mariposa, empujó al crío al agua. Todo moradito lo sacaron. Y el perro, moviendo el rabo.
Si me hubiese escuchado aún estaría en casa de sus padres, a la sopa boba, sacudiéndose la última resaca y soñando con un descapotable. Pero mírale, hecho una piltrafa. Le he convencido para encerrarse en el baño y ha cogido del botiquín las pastillas de dormir. Una a una se las ha tragado todas y ahora, detrás del niño y la mariposa, estamos atravesando el túnel hacia la luz que parpadea al final.
Tenía mucha prisa por llegar. Pisó el acelerador al máximo. Enrique nunca acudía tarde a sus citas y tampoco pensaba hacerlo entonces. No se detenía ni en semáforos en rojo ni en pasos de cebra. Cada minuto, cada segundo era vital para él.
A pesar de sus esfuerzos, no llegó a tiempo de ver el traslado de su ataúd al cementerio. Lo único que pudo observar era que su madre y sus hermanas, abrazadas, se deshacían en llanto. Sin embargo, su tío Javier no disimulaba un gesto de satisfacción en su rostro. Nunca se habían llevado bien. Enrique hubiese preferido que el muerto fuera él. Pero no pudo ser. Impotente, estaba siendo testigo mudo de cómo familia y curiosos se alejaban, despacio, del camposanto. Había llegado demasiado tarde, por primera y última vez.
Con el vaso en la mano se sentó a escuchar las noticias. El locutor hablaba con urgencia para prevenir a la población. “Tenía que pasar, –decía alguien– hemos dejado a los niños mucho tiempo a solas con ellos sin entender las alertas. Ahora es demasiado tarde”. Por lo que siguió a continuación, Roberto comprendió que los juguetes se habían rebelado contra sus dueños e iniciado una guerra de liberación.
Se levantó nervioso a mirar por la ventana. Menos mal que su hija ya era mayor. Vio pasar un ejército de soldaditos verdes y un mono tocando los platillos antes de que un coche de cuerda aparcara frente a su casa. Una rubia pizpireta se apeó de él para dirigirse al portal. Enseguida escuchó el ruido de unas llaves seguido de una voz familiar:
–Ya estoy aquí
–Vete de mi casa, Barbie asquerosa –gritó a la rubia.
–¿Otra vez has mezclado las pastillas con el alcohol? Tranquilízate, por favor. Échate en el sofá y respira hondo, voy a llamar al médico.
Con los ojos cerrados, Roberto escuchó la sirena de una ambulancia Playmobil que se acercaba.
Hice un hueco entre reuniones para atender a dos jóvenes estudiantes, con gafas de pasta anacrónicas y aspecto de no haber besado a una chica, que buscaban financiación para su proyecto.
Me hablaron de un combustible que habían elaborado en un garaje, a partir de algo tan barato como la avena, aplicable a cualquier vehículo sin apenas modificaciones. Por toda emisión, un vapor inofensivo y no contaminante. Me mostraron planos y fórmulas.
Como presidente del consejo de administración de una multinacional, supe que su idea era viable. Esa fuente de energía sin competencia volvería prehistórico el motor de combustión y hasta el eléctrico. El fin radical de las grandes petroleras y de la riqueza privilegiada de los países exportadores iba camino de ser un hecho, algo capaz de alterar el equilibrio del mundo y sus estatus.
Prometí darles una respuesta y se marcharon en un viejo utilitario azul, adaptado a su carburante. Después ordené un encargo por teléfono.
Ellos, el coche y todos sus proyectos terminaron carbonizados tras caer por un precipicio e incendiarse. Un trabajo eficaz y discreto, como de costumbre.
El mundo no está para revoluciones, pensé mientras me ajustaba la corbata, camino de la siguiente reunión.
Su madre era la única que parecía entenderlo. Desde que ella le falta, cada tarde, tras salir de clase, Rubén recorre sin destino las callejas de su pueblo, retrasando el reencuentro con su padre y con los restos de una vida que nunca ha considerado completamente suya. Pero hoy, tras escuchar en la acera contraria el límpido chasquido de una puerta al abrirse, siente que unos ojos se desvían hacia él. Ante el temor de perder la infructuosa protección que le da su soledad, apura el paso. Aun así, tuerce la cara y decide, él también, mirar. Sus ojos ya se encuentran. Y le desarma la dulzura de la voz del forastero que, amigable, le pregunta ¿dónde vas?, ¿te llevo?
Para cuando hayas notado los primeros cinco minutos de tic-tac, ya sabrás balbucear «mamá» y, a y cuarto, te besarán en el cine. Tú, corre. Cásate si quieres, pero sin discutir ni el peinado que vas a llevar; aunque más vale que lo hagas antes de que sean y veinticinco, cuando uno de los dos pida el divorcio. Sigue progresando. Recuerda que, a menos cuarto, cuando las tardes enarbolen sus largos faldones, acabarás en una residencia de ancianos, y antes de que falten dos minutos, llegará él (tan puntual) y te susurrará: «¡Feliz no-cumpleaños!». Y se acabó. Serás como un «replicante» ansiando resetearse. Fin. Él es así; un perfecto usurero. Nunca dejará de voltear sus dos bracitos disimétricos como ganchos de carnicería. Sólo podrás soñar con ser Superman, dando marcha atrás a la arena que cae. ¿Qué si no? Amar, tomar el sol, comer con cubiertos… ¿qué importa ese sinsentido? Quizá no valga el avance (piensas), o quizás sí. Lo que desde luego no merece la pena es preguntarse, una vez al año, de qué sirve escamotearle una hora en el cambio de horario invernal, si siempre va a ganar él. ¿Es una tregua, o un chiste?
Cerró los ojos y la locomotora escupió violentamente su último suspiro. Una nube de vapor se precipitó en el aire, un grito en el horizonte… y volvió la calma, el orden, el ritmo. La sombra de la catenaria quiso saltar a la comba en la cuneta. El convoy comenzó a cantar:
«A ver, mamá:
con cuántos añitos me voy a casar,
con uno, con dos, con tres…»
Había subido al tren espléndida y petulante como un pétalo en primavera.
«…Con cuatro, con cinco, con seis…»
Una estación más tarde ya se había convertido en una insoportable tormenta de verano. Los vagones siguieron saltando.
«…Con siete, con ocho…»
No tenía necesidad de alterar el apacible otoño de su vida ni escuchar promesas imposibles para terminar luego en un inevitable invierno de soledad, de frío y de cansancio. Por eso tuvo que matarla. El traqueteo acompasaba los espasmos del ferrocarril:
«…Con nueve, con diez…»
Con once vasos de bourbon, con el tren en marcha… con frialdad… con luna llena… con un punzante carámbano de hielo que rebosaba en su paciencia. Tuvo que matarla sin piedad… sin amor… sin querer…
Porque no podía querer.
La nube de aerosol no hace enrojecer los ojos, no daña la capa de ozono, carece de propiedades que aumenten la resistencia del peinado frente a un vendaval; no contamina las conversaciones de la peluquería, ni la mirada perdida de una clienta. Desconoce el gesto que levanta su barbilla con el índice, no escucha el «mira qué guapa estás». La nube no existe todavía. No podría ser olvido si se lo propusiera, ni la idea que ahora mismo está formándose en el fondo de un vaso de vodka. Sigue en el bote, a un toque de boquilla, a un chsssssstt de expandirse, como un discurso aprendido que aún serpentea en los pulmones. Inútil. Trescientos gramos de fijador pausado mientras, en la calle, el viento sopla con fuerza y dibuja remolinos moteados. Se cree una canica construida de hojas y polvo, aunque no lo sea. Tampoco caminará trastabillado y con las manos en los bolsillos y destruirá, a su paso, reflejos de farola en los charcos. Le resultaría imposible agarrar la manecilla de la puerta de la peluquería y tratar de girarla para finalmente abrirse paso de una patada; hacer que todas las mujeres se vuelvan de golpe. Todas menos una.
De lunes a viernes, el infierno. Llego tan agotada que la mayoría de las veces me voy a la cama a tripa hueca, y las otras, un yogur mientras meo antes de acostarme.
Los sábados tengo la primera hora en la peluquería. Les doy la última fotografía de mi madre y ya saben que hacer. Cierro los ojos, espero a que acaben y la veo mientras me miro.
Cuando llego, él está siempre en el banco bajo la acacia. Se ilumina, sin ningún atisbo de sorpresa por mi juventud, nada más verme.
Nos abrazamos y le beso en la boca para después limpiarle el carmín tras mojarme el índice en la lengua como hacía ella. Luego, entre mimos y carantoñas, pasamos la jornada hablando de sus historias juntos.
A la despedida, suele ser cuando pregunta por qué no he ido yo también. Y ahí, es cuando le cojo de un moflete y le digo con sorna que parece que esté perdiendo la memoria, que ya le he dicho muchas veces que la niña va muy atareada y solo puede los domingos.
Cuando me alejo, percibo complacida como me mira, le mira, el culo. Para eso me la pongo.
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