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El pelo liso, negro, brillante. Un poquito de flequillo, la mirada entre ingenua y pícara. Unos ojos muy vivos derrochando dulzura y simpatía. Emulaba a su gran ideal, a su musa, a su Yo en otra dimensión. Se llevaba horas en el baño tiñendo su rubia melena, alisando sus rizos recogiéndolo en ese moño italiano hasta conseguir el resultado que deseaba.
Empapeló con fotos de su ídolo las paredes de su apartamento, buscaba su reflejo en ellas. A veces se sentaba en la ventana acariciando una guitarra, dejando escapar las notas de Moon River con tanta suavidad, que parecía que el video estaba reproduciendo de nuevo la película.
Se miró al espejo, su mano enguantada jugueteó con una boquilla extensible sin cigarrillo. Un mechón rebelde escapó del recogido. Espolvoreó laca por su pelo. Vestida de negro, con un collar de perlas artificiales, se veía perfecta. Tomó el bolso y salió a la calle.
La noche fue tragándola a cada paso. La escupió de madrugada, rodando como las perlas de su collar, con sus anhelos deshechos enredados en su melena, mientras en el aire sonaban las notas de una canción: There’s such a lot of world to see.
Estoy pensando en dejar la peluquería, seguir la tradición familiar y explotar mi mente como hicieron mis antepasadas.
He mantenido a raya mis poderes, pero bien por los efluvios químicos de la laca, bien por el aumento de la actividad sanguínea al masajear los cueros cabelludos, se ha puesto en marcha el flujo de pensamientos de las clientas hacia mí y sé todo lo que pasa por sus cabezas.
He sabido que Marieta se ha enamorado y tiene una cita, y que Julia superados los efectos de la quimio luce su antigua melena.
Enterarme de que la nueva clienta, una actriz en paro, se peina para su última escena por si la prensa la fotografía después de su suicido, es desolador. Tanto como saber que la mujer de Jaime, la cita de Marieta, planea dejar el gas abierto el próximo lunes mientras él se echa la siesta, antes de salir para aquí a ponerse unas extensiones, necesita cambios drásticos en su vida, además -se dice- llegado el caso la peluquera me servirá de coartada, tiene pinta de estar en la luna y si la poli pregunta no atinará con los horarios.
«La joven se cubre el rostro mientras la peluquera rocía su cabello para fijar el peinado. No se atreve a abrir los ojos en el día de su boda». He escrito esta ficción nutrida de silencios de forma premeditada, con el propósito de que cada lector desarrolle su propia interpretación. O eso quiero pensar, aunque enseguida me pregunto si no será una coartada para disfrazar mi falta de talento. Interrumpo esta reflexión justo al entrar en la peluquería que me ha inspirado. No la reconozco. Es un espacio fragmentario, un sillón, las tijeras y medio espejo insinúan la naturaleza del lugar, pero a la vez aparece poblado de ausencias que lo hacen incompleto. De repente, como si el tiempo se hubiera condensado, descubro que el peluquero ya ha terminado. Dice que me tape los ojos antes de aplicar el fijador. Y así permanezco, sin apartar las manos de la cara, sin que ocurra nada más, atrapada en el final abierto con que mi autor ha cerrado la narración. No me atrevo a mirar. Me da miedo lo que pueda encontrar cuando descubra cómo ha llenado el lector las elipsis de este microrrelato que habito.
El cadáver de Doña Virtudes estaba impecable; la muerte le vino de golpe poco después de haberse arreglado el cabello en la peluquería de la Puri. Todo el pueblo pasó por el velorio, y mientras comentaban la mala racha que llevaban últimamente con los fallecimientos, la hija de la Francisca cayó en que todas eran mujeres y todas con el cabello recién arreglado.
Cuando vino el inspector a interrogar a la Puri acababan de enterrar a Doña Juana, con una permanente reciente que casi le daba vida, parecía notorio que la asesina con pinta de niña buena se ocultaba tras aquella peluquera diplomada, psicóloga en ocasiones y psicópata a ratos.
Los análisis fueron evidentes, la laca estaba adulterada con un veneno volátil que al contacto con un cráneo causaba la muerte de su portador en pocas horas. Puri alegó que no conocía más veneno que la lengua de Doña Remedios, la dueña del estanco, pero todos sabían que le costaría demostrar su inocencia.
Inocencia que conocía el despechado y aterrado Anselmo, eterno pretendiente, que a la vez ignoraba el alcance mortal de aquel juego de química que tomó prestado de su sobrino, para arruinar el negocio de su odiada amada.
Cada noche, en la frágil intimidad de un cuarto cerrado, tras la puerta que blinda del mundo una huraña vida adolescente, se obra el milagro. En silencio. Casi en secreto. Al resguardo de miradas indiscretas, al abrigo de perversos comentarios, a salvo por fin de incomprensiones, de juicios y crueles veredictos, de maliciosas sonrisas… entre brochas y pinceles, espuma y brillantina, secadores, lacas y paletas de colores −rojo en los labios, negro en las pestañas, melocotón en las mejillas− poco a poco, muy despacio, desgarro y culpa ceden paso a esperanza y alegría y cual asombroso e insólito truco de magia −abracadabra− una niña entonces sonríe.
Desde su escondite, Andrés la observa. De frente, de espaldas, de perfil… Atónito y deslumbrado. Embrujado por esos ojos hechiceros que, de su miedo y su vergüenza, pícaros, se burlan; náufrago de un rostro de mujer (casi) que de su rabia, de su llanto y su dolor, tras el maquillaje y la impostura, siente que se apiada. <<Andrea…>>, al instante susurra el niño rozando sus dedos el cristal, mientras dentro del espejo un reflejo que parece −y sólo parece− ajeno le sonríe y un latido de felicidad palpita breve en su corazón herido.
Mientras espolvorea de laca los peinados, Fanny deja que su espíritu se expanda como esas gotitas que juntas parecen una nube. Las nubes de verdad no son más que eso, gotitas en estado gaseoso, lo estudió en el colegio. Fanny piensa a veces en Venancio, un novio que tuvo muy cinéfilo. Eres como Carole Ledoux, le decía, y ella ponía cara de sorpresa. Hasta que una tarde la llevó a la filmoteca. El era mucho de pelo largo y pelis con letreros. Ella prefería las de Bruce Willis. Pero el amor es así. La peli empezaba con un plano detalle de un ojo y acababa igual. Fíjate en qué hermosa estructura circular, decía Venancio. Pero Fanny quedó harta de tener que leer en la pantalla. Luego tuvo otros novios, pero recuerda a veces la peli aquella de la loca; será porque trabajaba también en un centro de belleza, piensa Fanny. Debe ser eso. Le gusta a Fanny manejar la laca. Tápese la cara, por favor, y toma pssssssss. Sueña a veces con que va con unos espráis a modo de pistolas. Es un poco Carole, Fanny, aunque espera no acabar tan mal. Hemos terminado, tenga la bondad…
Un curioso cambio se está gestando en mamá desde hace unas semanas. El aburrimiento ha hecho que le crezcan telarañas en los párpados, y la tensión de su cuerpo reverbera en sus tacones, que dejan al andar pequeños agujeros en el suelo donde jugamos a las canicas.
Todo hace sospechar que se ha vuelto alérgica a la atmósfera que se respira en casa. Primero fueron esos estornudos que escupían palabras a velocidad supersónica y se clavaban en las paredes; después llegaron sus extraños golpes de tos. A cada beso de papá, tose tres veces y, cuando parece estar a punto de ahogarse, expulsa por la boca una mariposa que escapa volando.
Esta mañana, mientras calentaba el café y el pan, observamos que era su cabeza la que empezaba a echar humo. Los pelos se le han puesto tan de punta, que ha tenido que salir corriendo para que la vecina le sujetara esas ideas que se le habían enredado en el cabello. Se ve que la laca no ha servido de mucho, porque de pronto mamá ha aparecido toda desmelenada, anunciando que se iba a tomar el aire. Algo huele a chamusquina en nuestro hogar. Y no son las tostadas.
—Et voilà! ¡Lista!
La laca se evaporó, pero Sara mantenía las manos sobre sus ojos. Ya no había vuelta atrás. Había pasado decenas de veces por aquel callejón, pero jamás se había fijado en esa peluquería. En la cristalera colgaban varias fotos de chicas bellísimas, y un cartel que rezaba: “Todas se han peinado aquí”. Y ella se dejó llevar por el impulso. La peluquera le prometió resultados, y solo pidió que mantuviera los ojos cerrados hasta el final.
Apartó las manos. Estaba preciosa. El trabajo era perfecto, y se veía mucho más joven. Y, para mayor sorpresa, a la hora de pagar, la mujer le dijo que la primera vez nunca cobraba.
Se acercó a la puerta, y miró aquellas fotos. Ahora, era igual que ellas. Y solo entonces, al fijarse detalladamente, observó los ojos aterrorizados de las modelos. Sara sintió un deseo irrefrenable de huir de allí. Pero, horrorizada, notó cómo su cuerpo empequeñecía y perdía su volumen. Segundos después, cayó al suelo. Luego escuchó unos pasos, y vio, frente a ella, a la peluquera que, sonriendo, la cogió con una sola mano y la estampó contra el cristal, donde se quedaría, hermosa y aterrada, para siempre.
“Cierra los ojos y déjame hacer”, dijo y yo me abandoné al olor a champú y a tinte. La mujer tiraba de mi pelo al tiempo que su cháchara incesante abotargaba mis sentidos y penetraba en mi cerebro de forma sibilina. Palabras que, intercaladas casi en un susurro, iban alimentando una tormenta que parecía adentrarse en lo más profundo de mis sentimientos: “no lo conoces bien”, “no es tu gente”, “estarás sola”, … Me tapé la cara de forma instintiva, más por ocultar las lágrimas que por la nube de laca que revoloteaba a mi alrededor. Cuando me miré al espejo, mi cabeza multicolor ahogó cualquier otra sensación y salí corriendo dejando atrás la risa histérica de la peluquera.
Ayudada por las camareras del hotel donde me alojaba, pude casarme aun siendo el hazmerreír discreto de tantos invitados desconocidos. Sin duda, dijeron, me había arriesgado mucho yendo a que me peinara la anterior novia de mi recién estrenado esposo. Y otra duda afloró entonces a mis pensamientos, ¿quién de mi nueva familia me la había recomendado?
Aún no comprendo el porqué de aquella cena, después de un día tan agotador de trabajo. Explotación, aunque la empresa funciona bien. Una ducha rápida, un suave maquillaje. ¡Qué cara tengo de cansada! Me miro al espejo y no me veo, de que me vale llevar este vestido de trescientos euros, lo que me hace falta es ir a la peluquería.
-¿Cuándo? Si no he tenido en todo el día un momento libre y por si fuese poco, venga lloviznar. Mi pelo tan decaído. Tanto vestido ¿Para qué? Al final me lo recojo hacía un lado, está horrible, pero adelante.
Camino del restaurante, divisé aquella peluquería que estaba con la luz encendida –Quizás esté abierta- Llamé al timbre y me abrieron ¿Qué desea? Me podría peinar, es que voy a una cena. Está cerrada, pero te cojo. La peluquera era una chica joven que me lavó con dulzura.
-¿Quiere algo especial? No, lo dejo a tu gusto.
Me echarás bastante laca, hay tanta humedad. Toda la que usted quiera y entonces descolgó de la pared aquel extintor rociándome todo el pelo.
-¿No me recuerdas? Soy la novia de tu ex. Punto final.
¿Para qué te acicalas tanto?, el sol no va salir por eso antes, o esconderse más tarde la luna. Tú no vas a cambiar por dentro, por fuera quizá y no sé si me va a gustar. No lo hagas por mí, te quiero y deseo tal y como eres, luego no digas que no soy el mismo de siempre.
Estimada cliente:
Ante todo agradecerle la confianza que ha depositado en nuestro producto. Han sido años de investigación para ofrecerle la mejor laca posible. Por supuesto decirle que hemos estudiado con extrema atención su atenta carta que contestamos, sin más preámbulos, con la inapreciable ayuda de nuestros abogados.
En primer lugar decirle que admiramos muchísimo su trabajo. Comprendemos su necesidad de estar relajada antes de salir a escena. Para ello la construcción de un ambiente adecuado es esencial y las velas ayudan muchísimo. Pero queremos señalar que en nuestra etiqueta queda muy claro que se trata de un producto inflamable y es muy peligroso acercarlo a una llama. El mensaje cumple con todos los requisitos gráficos, estéticos y éticos.
Por otro lado, tal como hemos señalado a la policía, no somos responsables de que las tijeras de la costurera terminasen enterradas en el pecho de Javier, su estilista, al que en tanta consideración tenemos. Sin duda fue un lamentable accidente.
Para finalizar, no entendemos el enfado (del que tampoco somos responsables) que le produce el éxito teatral de su queridísimo amigo Eugène simplemente porque el título de la obra se inspira en usted.
Sin otro particular, reciba nuestros mejores deseos.
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