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Hace tiempo que nos convertimos en unidades útiles para producir eficientemente. Y así ganamos dinero. También somos consumidores. Y así gastamos nuestro dinero. Consumimos lo que producimos y lo disfrutamos. Vivimos con proporción.
También hemos aprendido cómo hablar. No discutimos, sabemos qué es lo correcto y qué no lo es, nunca pasamos la vergüenza de decir algo que mueva a controversia.
Comemos lo mismo, estamos sanos. Vestimos uniforme, somos elegantes.
Somos iguales y eso es justo.
Solo nos faltaba vernos en los otros, hermanados como millones de gemelos. El pulverizador ha sido la solución. No es más que un ratito, sin bisturís. Te rocían el rostro y notas que las facciones se ablandan. Luego, con calma, esperas unos minutos bajo la mantilla protectora y ya está. Ahora somos todos igualmente bellos también por fuera. Y sin embargo hay quien se cubre la cara cuando comienza el cambio. Se tapan con la manos y, por eso, se ablandan algunas partes y otras no. Acaban feos, más feos que antes. Y así no pueden quedarse.
Dicen que en las villas de los distintos no se vive mal. Pobrecillos. Es justo también que nos preocupemos de ellos.
Bonnie siempre dispara a matar. Por eso cuando la veo acercarse, cierro los ojos y me dejo llevar. Si empuña el mando de la tele, sé que veremos una de John Huston en versión original. Si me provoca con su exagerado contoneo, si se relame descarada, si me apunta con su índice hasta que llega a mi lado y me rodea con sus brazos, sé que acabaremos en la cama, que nos lameremos como gatas sedientas de leche tibia, que nuestras sábanas acabarán convertidas en un mar azotado por la tormenta. Si me amenaza con el aerosol de laca, sé que nos arreglaremos el peinado, que nos pondremos nuestros vestidos más provocadores, que rescataremos del tocador las pinturas de guerra y los zapatos de tacón del fondo del armario. Sé que volveremos a salir de cacería. Nunca nos ha costado atraer presas hasta nuestra ratonera; tenemos el cebo perfecto para seducirles. Son como niños, si les enseñas un dulce piensan que podrán comérselo gratis. Cuando Bonnie me ve flaquear, su mirada de pantera me recuerda cuanto daño nos han hecho. Entonces pongo música y, mientras las notas del Put the blame on Mame amortiguan el tiroteo, cierro los ojos.
Laura recuerda el día que Olga le confesó, con su carita de niña buena, que estaba dispuesta a casarse con Mario. Como si nada. Como si de pronto se hubiera olvidado de todo.
No entiende porqué para un día tan especial, en lugar de acudir a un salón de prestigio, Olga ha elegido su humilde peluquería de barrio. Eso sí, es algo que debe permanecer en secreto entre ambas. No lo sabe ni Mario. Como en los viejos tiempos. Pero algunos secretos pueden tener insospechadas consecuencias.
La ha citado muy pronto. Conseguir un acabado perfecto, conlleva un trabajo muy minucioso.
Apenas quedan diez minutos para las doce. Laura, luciendo un sugestivo traje rojo, llega al atrio de la iglesia. Con paso decidido se cuela en el enjambre de invitados, sumándose al protocolo de saludos y cumplidos.
Cuando la exultante cara de Mario se tense presa de impaciencia y desconcierto, Laura se acercará a él y, con un estudiado ritual de gestos cálidos y palabras calmantes, tratará de apaciguarlo. Como si nada. Como si de pronto se hubiera olvidado de todo.
Confía en mí, he peinado a muchas novias y estoy acostumbrada a estos nervios de última hora. Es normal, ya verás como cuando llegue el momento se te pasan. Cierra los ojos y piensa que estás cumpliendo la voluntad de tus padres.
Cuando termine de arreglarte parecerás una mujer y le gustarás en cuanto te conozca. Esta noche recuerda que es mejor no enfurecerle y dejarte hacer desde el principio.
Y, si no sale bien, siempre puedes volver mañana. Ni te imaginas lo que es capaz de ocultar un buen maquillaje en la cara de una niña asustada.
Si no me atendiera con ella, se ofendería. Por eso intento ir cuando hay muchas clientas. Porque si estamos solas, termino convirtiéndome en su paño de lágrimas. Justo yo.
Que estoy segura, Charo, tiene otra, dice mientras me echa el champú. Que se lo digo y lo niega una y otra vez, pero a mí no me engaña, repite mientras me da las mechas y envuelve porciones de mi cabello con papel de plata.
Veinte minutos hay que esperar, dice. Veinte minutos y te lavo, ya verás qué bien te queda. Y yo tiemblo. Me esperan veinte minutos durante los cuales procuraré no encontrar su mirada en el espejo, ojeando una revista ajada plagada de tonterías. Pero ella seguirá contándome los detalles que la llevan a sospechar. Luego vendrá el corte, el alisado, y el toque de laca. Y yo seguiré intentando hacer que cambie de idea refutando cada uno de sus argumentos con excusas ridículas.
No puedo permitir que sus certeras sospechas se conviertan en realidades y que siga desenredando la madeja. Porque la otra punta del hilo, a pesar de ser su mejor amiga, a pesar de que no quisiera dejar de serlo, la sostengo yo.
Tuvo la idea al contemplar los cientos de cuerpos desnudos y esparcidos por el campo de batalla. Despojados de sus uniformes por los «carroñeros», los cadáveres parecían lápidas en donde, en lugar de flores, se alzaban los matojos de pilosidad. El emperador dio la orden de depilarlos y, con los mejores ejemplares de pelo, recubrió su calva. Para el empolvado, el monarca se protegió el rostro con un cono picudo que lo hacía semejar un buitre. El peluquero pulverizó sobre el postizo una mezcla de harina de patata, polvo de arroz y antimonio para las ladillas. Al desvanecerse la nube de partículas blancas, el soberano admiró su crespa cabellera frente al espejo y acomodó uno de aquellos rebeldes rizos púbicos detrás de su oreja.
Por supuesto que ella tampoco lo sabe, así que declara a todo el mundo cómo admira la perfección de mi rostro sin error, y me pregunta con cierta envidia cómo lo logro. Para qué haría yo un pacto tan absurdo. Tenemos confianza y me pongo en sus manos, amiga antes que peluquera. Me invento una enfermedad que he consultado antes de venir en internet: catoptrofobia, terror a los espejos. Así que acepta que me tape la cara durante todo el ritual en el que revolotea sobre mi cabeza una lluvia de lacas, de tijeras, de papeles de aluminio y tintes. Pero empieza a hablar de su marido. Que si Pablo esto, que si lo otro. En un altar lo tiene, abnegado esposo y padre. Y siento entonces la tentación punzante de bajar las manos de una vez. De mostrarle al fin la verdad desnuda, mi rostro traidor y deforme en el espejo.
La quería. Me da igual lo que digan. Amaba a Sara con toda mi alma. No solo era mi hermana mayor, también mi modelo, mi guía. Dicen que la envidiaba porque atesoraba todo lo que yo no tengo: belleza, inteligencia, equilibrio… Mienten. No lo entienden. Nadie quiere comprenderme.
Estaba admirándola mientras dormía, como tantas noches, cuando reparé en él. Era negro, siniestro. Estaba sobre su mandíbula. Una excrecencia maligna que emponzoñaba su piel. Pasé muchas noches en vela, vigilándolo. Me convertí, sin ella saberlo, en su guardiana. Una mañana, agotada, le confesé mi preocupación. Ella se limitó a reírse. Me llamó paranoica y dijo que solo era un pequeño lunar. Mentiras para protegerme, para no alterarme. La tónica de mi vida.
Aquella noche, el nódulo oscuro se movió. Fue casi imperceptible. Sutilmente avanzaba hacia los ojos de Sara. Al enfocarlo con la linterna abandonó todo disimulo. Abrió unos ojillos diabólicos y aumentó su velocidad. Desesperada, rocié el rostro de Sara con insecticida intentando acabar con el monstruo. Ella también notó al intruso, porque despertó gritando desesperadamente. No podía dejar que esa perversidad se alojara en su cerebro, no había otra salida, por eso apliqué la llama del encendedor al spray.
Cuando Adela enchufó el secador se produjo una descarga eléctrica en mi piel. Sus palabras habían sido cálida agua, la mirada fragancia de espuma, su nombre desvelo en el papel de aluminio enmarañado en mis pensamientos.
La cumbre de sus pechos, ataviados con esa bata negra, una dulce toxicidad a la codicia de su cuerpo, a su tacto enredado en mi cabello creando unas pompas de deseo.
Tras cortar, marcar, secar y alisar mis ruborizados rizos, le entregué la visa con mis uñas desnudas de manicura. No tardó en ofrecerme un café sin tiempo y laca para vestirlas.
En un suspiro colgó el cartel de ”Closed until tomorrow”.
De vuelta a su despacho en la octava planta, el gerente coloca un marco sobre el escritorio. El director adjunto aparece sonriente:
-Veo que has traído una foto de tu boda relámpago. Se os ve con mucha complicidad.
-Sí. Este profesional sabe capturar los momentos especiales con unos enfoques atípicos, el ambiente que se respira, las risas… ¡Incluso sin mostrar las caras! Ana, a pesar de su actividad viajera promocionando ONGs por el mundo, siempre huye de las cámaras. Pensé que sería un problema en la celebración, pero contratamos a un artista que hace magia con los planos. Obtuvo unas imágenes, cuando la modista le arreglaba el tul y luego con la peluquera enfocando el espray de la laca, de lo más originales.
-Me tendrás que pasar el contacto. A Isabel no le gustan ni las selfies, y ya estamos buscando fecha. Complicada labor teniendo en cuenta su repleta agenda como responsable de vestuario en la productora. Continúan con la filmación en diferentes localizaciones y tienen para una larga temporada.
Tomás, el experto fotógrafo, es el íntimo amigo de Ana Isabel. Bueno, de Ana María Isabel, pues María acaba de conocer al director general de la compañía.
Absorta en las manecillas del reloj se impacienta y atemoriza. Le da cosa verla llorar así, la cara tapada con las manos y gritándole que acaba de desbaratar su vida. Son amantes hace años y quiere tranquilizarla, librarse del penoso espectáculo y limitar su histeria demasiado afectada. En su inquietud por quitar madera, atisba una posibilidad de calmarla: El Aroma de lavanda es su somnífero natural, la aliviará. Apaga la luz con decisión, deja un foco, y aprieta el spray sin mediar palabra alguna; y con todo su ímpetu lanza al aire toneladas de raciones de fragancia hasta crear una nube excesiva y olorosa sobre su pareja. No quiere moderarse ni saber qué pone patas arriba con su conducta; solo necesita sentirse libre. También a ella le atraía ese halo mágico envolviéndolas cuando buscaba su tierna atmosfera en la alcoba.
De pronto lee de reojo “Dulces sueños” en el pulverizador y se inquieta, sin querer ha soltado un fresco oleaje de sus aceites afrodisiacos. La nube de componentes ya descarga en sus sistemas respiratorios y desencadena una desbordante y desproporcionada pasión entre ambas. El arrebato la hace olvidar que, por fin, hace horas decidió mostrarle los papeles del divorcio.
Madrid, dos de febrero de 1974.
Madre me ha llevado al peluquero. El señor Matías dice que quejarse es de llorones, me tira mucho del pelo, no sé si me lo corta o me lo arranca. Pero no he abierto la boca. Madre dice que me hago mayor. Al volver a casa, unas máquinas excavadoras estaban derrumbando las casitas de la colonia de los ferroviarios, al otro lado de la calle.
Madrid, cinco de mayo de 1984.
Le he pedido dinero a madre para ir a la peluquería unisex que han abierto en los bajos de los nuevos edificios, donde estaba la colonia de los ferroviarios. Me han atendido las manos de Julia. Quería decirle que no dejara de lavarme la cabeza, ni de ser tan guapa. Pero no he abierto la boca. Cómo le explico a madre que necesito cortarme el pelo todos los días.
Madrid, veinte de octubre de 2018.
Los supervivientes que me quedan en la cabeza siguen revolucionándose cuando crecen tanto. Me he acercado a la peluquería. No estaba Azu, sigue con depresión. Ha atendido Susi mi silencio. En un pequeño sopor, he visto a Julia y a madre, en aquellas casitas de papel.
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