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Aquella mañana supe que había llegado el momento de separarnos. Comprendí que ya no volverías a buscarme para compartir secretos, ni nos abrazaríamos las terroríficas noches de tormenta porque nos asustaba la oscuridad. Nunca más seríamos cómplices en aquellas travesuras que tanto nos divertían; aquellas que enloquecían a toda la familia al no encontrar a los culpables, por lo que pasaban a formar parte de los misterios por descubrir. Cada recoveco de la casa nos servía de escondite y se convertía en nuestro territorio conquistado donde solo había lugar para los dos.
Contemplé la escena mientras luchaba por soltarme, intentando huir para protegerme de aquel sol radiante sin conseguirlo. Me sentí impotente al no poder librarte de la bruja de tu madre. Te había pillado “in fraganti” y amenazaba armada dedo en alto con castigarte si no confesabas. Sabía muy bien qué era lo que más temías: permanecer encerrado. ¡Lo que habría dado yo por evitarte esa humillación!
Soportaste el encierro durante todo el verano. No lo dudaste. Jamás me delataste ni reconociste que me buscabas para salvarme. No tuve escapatoria. Ella me había lavado sin saberlo, tendiéndome luego al sol entre todas aquellas sábanas blancas.
– ¡Suelta el lápiz ahora mismo, chaval, y mantén las manos donde yo pueda verlas!
A pesar de la expresión aterrada del crío, a la teniente Maroto, disfrazada de tía Angustias para la ocasión, no le tiembla la voz. Sabe que el mundo perdería el equilibrio sin agentes especiales como ella. O sin las brigadas antimarionetas, antimímica, antitarareo… Partes vitales de un plan global que evita que a los niños les crezcan pájaros en la cabeza.
De repente, su móvil vibra estrepitosamente. Debe bajar rauda de la azotea y acudir, junto al resto de patrullas, a acorralar a lo que parece ser una nave espacial. Apostada tras su coche, el corazón le late estrepitosamente. Las armas se cargan, apuntan los tanques, rugen los helicópteros. Sin embargo, cuando la compuerta se abre, del artefacto tan solo emerge un simple muchacho. Un joven flacucho, con gorro, que emite soplidos con una especie de palo con agujeros. ¿No será…? No, no puede ser, debe ser eliminado, piensa Maroto. No, no puede ser, debe ser eliminado, piensan el resto de agentes.
Pero nadie dispara. A cambio, todos los pasos comienzan a encaminarse, alegres, bailones, en pos de aquello tan dulce, tan cautivador.
De aquello que creían extinguido.
No es preciso lavar las sábanas para usarlas por primera vez. En caso de urgencia, basta con sacarlas de la funda de plástico, hacer la cama y tumbarse sin miedo.
Las sábanas están fabricadas con un tejido especialmente indicado para el contacto directo con la piel humana, un tejido al que no le afectan las manchas de sudor, ni tampoco las de otros fluidos corporales como saliva, lágrimas o sangre. Las manchas desaparecerán usando los productos adecuados, aunque en algunos casos puede ser necesario lavar a mano y frotar con insistencia.
Una vez limpias, secas y planchadas, hay que proceder a doblar las sábanas. Para ello, se juntarán las esquinas opuestas haciéndolas coincidir con cuidado, repitiendo la operación tantas veces como sea necesario (al principio cuesta más trabajo que la doblez sea perfecta, pero luego es más sencillo). Cuando alcanzan un tamaño pequeño y manejable, las sábanas se puedan guardar en un cajón de forma permanente, incluso para siempre.
Nótese que, si bien todas las labores anteriores son más fáciles de realizar entre dos personas, para guardar las sábanas en el cajón solo hace falta una de ellas.
No lo haré.
Porque esas cosas no se hacen. No se debe.
Ahora que he tomado la decisión de negarme otro reto, tendido en esta cama que se ha vuelto un desierto, una sabana, un océano carente de olas, te asomas a mi momento ortegaygassetiano y te instalas en las arrugas de mi frente. Consigo la inacción de los recuerdos, aíslo un fotograma de la tira que me devuelve mi niñez cuando se apagan las luces debajo de mis párpados. Inmovilizo tu figura y el temblor de mis piernas, paralizo tu dedo amenazante y silencio tu voz. Ninguna lágrima encierra mis excusas, ninguna madeja de frases lía mi pequeña conciencia, ni nunca más, ni cuando sea grande, ni algún día, ni cállate, ni muérete, ni mi deseo de morirme y que sufras por mí y te duela la culpa del dedo inquisidor, esas explicaciones y amenazas tan adoctrinantes.
Ahora que te has callado, que tus dedos dejaron de ser dedos, que no me he muerto para castigarte, que tú te has muerto para jubilarte de madre, paro el pasado debajo de mis párpados, como una foto en blanco y negro.
No lo haré. Tienes razón: esas cosas pueden ser peligrosas.
Me encanta dejarme llevar por el olor a limpio de las sábanas blancas, mientras las cuelgas en el jardín para que se sequen antes de que desaparezca el sol. Lo haces cantando siempre tu canción favorita, que habla de amores pasajeros.
Te ves de nuevo radiante mamá, sólo tú puedes ser tan hermosa, tan especial, que hasta me dejas ayudarte para que te canses menos. Antes habías hecho la comida, limpiado toda la casa; luego te esperará planchar.
Papá se fue hace tanto tiempo que no recuerdo ya el día, será porque aún soy pequeño y no mido bien el tiempo.
Pero no me regañes otra vez porque no hice bien todos los deberes del colegio. Sé que no tienes tiempo para dedicarte a ello conmigo. Papá lo hacía tan bien.
En este mundo, Dolores, debes tener claras dos cosas. Que el dinero abre muchas puertas. Y que algunos hombres con dinero son especialmente atractivos y seductores; pero en ocasiones, por esas mismas razones, resultan muy peligrosos. Ya que pueden hacer que pierdas la cabeza. Y el dinero.
No me mires así, Lola. Cuando seas mayor lo entenderás mejor.
Anda, ayúdame a doblar las sábanas y podremos descansar y tomar el sol en las tumbonas del jardín. Este invierno ha sido muy duro. Tanto frío no es nada bueno para mi delicada piel.
Vaya, ahí llega el vecino de enfrente en su nuevo Mercedes descapotable. Qué moreno está ya…
¡Ay, Lolita, hija mía! Deja de hacerle muecas, no seas tan descarada. ¿Qué te acabo de decir?
Entra en casa de una vez. Deja de chupar esa piruleta. Y ni se te ocurra ponerte el bikini rosa.
Tenía el gesto grave, la piel mate, muy seca, surcada por arrugas profundas como tajos de cuchillo, los párpados hinchados a causa del hambre, del frío y la falta de sueño. Apenas dormía, comía poco, mal, siempre a destiempo. Arrastraba su mirada una resignación honda y antigua, un cansancio de siglos, su corazón una dureza nacida de la mezquindad de los tiempos, de la costumbre de la miseria, de la más absoluta pobreza. Jamás nadie la vio llorar ni de sus labios escapó una queja. Seis criaturas colgaban siempre de sus faldas. Seis criaturas a las que alimentaba, vestía, cuidaba si enfermaban… Seis criaturas a las que nunca apretó fuerte contra el pecho ni sentó jamás a sus rodillas, con las que nunca bromeó al calor de la lumbre mientras pelaba judías o patatas ni enseñó a coser coloridos muñecos con retales y trapos, a las que nunca en noches de llanto consoló al dulce ritmo de una nana. Seis criaturas a las que jamás golpeó y de ningún modo maltrató pero a las que tampoco nunca abrazó y pocas, muy pocas veces, besó. Se llamaba Juana. Así la recuerdo. Mi madre. Y aquellos −ácidos, doloridos, amargos− otros tiempos.
Las noches de agosto me sentaba en el patio para despojarme del sofoco diario. Había una enorme y desvencijada mecedora, era mi lugar de descanso. Al fondo, sobre el muro cuarteado de cal, mi abuela colgaba la ropa blanca después de remojarla durante horas con hatillos de añil en lebrillos de barro.
Los días de suerte, cuando había luna llena y la brisa corría entre las sábanas, yo jugaba a balancearme al ritmo de ellas y observaba los efímeros y azules reflejos de luna sobre los lienzos de algodón de la Antonia. Me encantaba imaginar que eran velas al viento y mi mecer, las olas rompiendo contra la quilla de aquel barco pirata. Cuántos navíos habré abordado con enormes tesoros, con un parche en el ojo y la espada en mi mano. En cuántos puertos lejanos habrán amarrado mis cabos para llenar las bodegas…
Construí con los palos de escoba el mástil, las vergas y trencé mis recuerdos y jarcias con las cuerdas de aquel tendedero. Guiado de las estrellas, navegué los mil mares sobre losas de piedra. Retazos de infancia cosidos con hilos de paño en un patio de Córdoba.
Día tras día, me humedece con sus lágrimas y muchas veces se hace pipí sobre mí sin querer. Su madre está preocupada porque sabe que algo no marcha bien, pero él no quiere contarle nada, ni a ella, ni a nadie.
El miércoles, me utilizó para construirse un refugio entre cuatro sillas, se metió debajo y no quiso salir de allí hasta que mamá, enfadada con él, le obligó a hacerlo.
Ayer, antes de ir a la cama, jugó conmigo a disfrazarse de fantasma. Estuvimos asustando a unos malos imaginarios hasta la hora de dormir, momento en que me prometió que no volvería a mojarme jamás.
Esta mañana, nos hemos despertado secos los dos, me ha retirado del colchón, me ha extendido sobre la mesa y ha pintado algo sobre mí. Luego, me ha llevado al colegio y me ha colgado sobre la fachada principal.
El director acaba de dejarme sobre su mesa tras concertar una reunión urgente con sus padres. Van a alucinar cuando descubran que su chico ha hecho público que, en realidad, se siente chica. También alucinarán los padres de los chavales cuyos nombres llevo escritos, al enterarse que sus hijos pueden ser expulsados por practicar bullying.
Como un fantasma su silueta se dibujaba bajo la sábana tan blanca como la luz del sanatorio. “Te he dicho que no puedes jugar entre la ropa” le repetían una y otra vez las voces. De niño con la mirada cabizbaja lloraba. Con los años esas lágrimas se habían convertido en carcajadas que resonaban ahogadas entre paredes acolchadas. Ese niño sólo quería ser niño: correr, jugar, reír, esconderse entre la colada. A ese pequeño le robaron los sueños el día que le dejaron en la puerta entre toallas. Siempre fue diferente, el rebelde que buscaba amigos donde los demás veían aire, el que hablaba con las ramas de los árboles del jardín, el que cantaba cuando llovía en mitad del patio. Alguna vez intentó escapar campo a través buscando tesoros bajo piedras de colores. Ahora el único color que ve son las pastillas que la simpática enfermera le suministra cada día. Les ha puesto nombre a cada una de ellas con países que sólo ha visitado en su imaginación. Es hora de tomar el avión y despegar.
GESTO
Siempre nos enamoramos de alguien que no existe, pero, a veces, cuando nos damos cuenta ya queremos demasiado a ese otro que duerme a nuestro lado. Esta es la historia de un amor o quizá de un espejismo, visto a través de la sábana tendida a contraluz.
Aunque me regañara yo seguía correteando entre la ropa tendida. Me gustaba el olor a limpio, ese aroma que mecía la brisa. Y me encantaba esa forma suya de fruncir el ceño cuando me sermoneaba. De adulto busqué ese ademán en decenas de rostros, hasta que al fin lo encontré. Mercedes, se llamaba, aunque eso lo supe después. Me gritó porque, al chocar con ella en la calle, le había tirado los apuntes a un charco que parecía reflejar toda mi culpabilidad. Y ahí estaba, la misma expresión, idéntica.
Y así es como ocurrió, construí toda una vida alrededor de un único gesto. Tan absurdo, sí. Ese mohín tan amado al principio, tan odiado después, cuando inevitablemente se pervirtió o quizá simplemente se dejó ver tal y como era.
Cuando extendí la sábana ya no quedaba nada de la fantasía, sólo un cuerpo rígido y frío que cubrir.
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