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Mi madre era severa, como esas madres que se sonrojan a gritos tras una travesura.
No había día en el que su mano no me señalara castigando mi comportamiento, pero me encantaba cuando lo hacía mientras tendía la ropa con ese aroma a lavanda. Las ordenaba por colores igual que las pinzas; las sábanas blancas con blancas pinzas igual de radiantes, los calzoncillos de papá con esas amargas pinzas rojas, mis braguitas con las del color rosa nube, las suyas con aquellas verde esperanza…Y así el resto de las prendas que el viento se empañaba en hacer volar.
Los días de calma dejaba alguna sin sujetar y la contemplaba durante horas, como si quisiera que se fuera muy lejos para no volver, como si le diera alas para que emprendiera su destino hacia ningún lugar.
Yo la miraba escondida entre las ramas de la higuera y rezaba al cielo para que él no volviera nunca más a ensuciar la colada, esa que ella, al despertar, extendía sobre las inseguras y encallecidas cuerdas de nuestras vidas.
El niño se acostó sin que le leyeran un cuento. En la opacidad de la noche escuchó cigarras, golpes, gritos, portazos y llantos. Sintió frío, pero nadie le arropó para que desapareciera el castañeteo de dientes. Se tapó los oídos, pero seguía escuchando la voz del miedo. Quiso levantarse para hacer pis, pero fue incapaz porque sus piernas parecían de goma. El pequeño mojó la cama y se durmió agotado. A la mañana siguiente su madre, con rostro desencajado, le ordenó tender los fantasmas al sol para madurar cuanto antes.
Mi página, aquí.
Hoy, por fin, papá me ha regalado el teatro de sombras chinas. Me lo ha dejado montado y me ha confiado mis primeras figuras. «Cuídalas», me ha dicho; y se ha marchado. Son una mujer y un niño: una señora hacendosa y entregada, sin duda, y su hijo, obediente y cariñoso. Pero, cuando las he colocado tras la sábana y las he iluminado, mis certezas se han desvanecido. Ahora me parece que se mueven en un terreno ambiguo delimitado por el lienzo blanco que nos hurta a la vista sus auténticos perfiles y la luz que nos las dejaría al descubierto. Al llegar mi compañero de juegos, le he explicado mis dudas y me ha comprendido perfectamente. Entre los dos hemos ideado una historia que se ha ido desplegando ante nuestros ojos con inapelable exactitud. Hasta que ha llegado mi padre; ha sorprendido la inquietud en los ademanes de nuestras figuras y de un manotazo terrible ha derribado el teatro. Después me ha prometido pensar en algo para que logre comprender las dificultades de los seres humanos para vivir su libre albedrío. Y a Mefisto ha vuelto a echarlo de casa.
Inconfundible el olor que desprendía la ropa recién tendida o cuando se metía entre las sábanas limpias, frías y recién planchadas; era como volver al remanso del vientre materno. Todo se relacionaba y quedaba unido en un mismo paquete. Siempre le contó ella que el jabón casero era el que ejercía el milagro, pero bien sabía que había algo más, algo que se llamaba madre y que incluía amor y dedicación. Algo que resultaba suave y delicado a pesar de aquellas manos broncas, agrietadas y cargadas de faenas domésticas, labores en el campo y sogas restregadas, bien para lanzar y recoger el cubo dentro del pozo, retorcer y trenzar espartos en los días lluviosos, apilar alpacas y pleitas, cargar serones, subir y bajar cargas al pajar, hacer limpiezas después de las cosechas y para colmo, cuando fueron pequeños aún le quedaban ganas en las noches veraniegas, de recortar en los periódicos atrasados anuncios de juguetes o ropa del Corte Inglés, coserlos con alfileres y cuando ya entrada la noche, hacer que aquello se moviera con ayuda de una linterna para crearles la ilusión de estar sentados en una silla del cine de verano, mientras sorbían un tazón de leche migada.
Dos meses después de su fallecimiento, regresando del cine de verano, mi hermano Fermín y yo descubrimos que mi madre pidió ser enterrada cerca del río. Por desgracia, los adultos de mi familia optaron por seguir los cánones establecidos.
Al día siguiente, mi tía Julia tendía la colada, tranquila por cumplir la promesa de casarse con mi padre y hacerse cargo de nosotros. Cuando me levanté, mi hermano ya había volado rumbo al parque. Decidí quedarme en el jardín dibujando los bucólicos paisajes de “El hombre tranquilo”, primera película que me dejaron ver completa la noche anterior. Sobre las doce, Fermín regresó acompañado de una vecina y con sus manos manchadas de barro. Al parecer, había intentado escarbar la tumba de mi madre con el fin de cumplir sus últimas voluntades. Mi tía abandonó sus ocupaciones y se acercó a Fermín con la seguridad de quien intuye los entresijos del espíritu. Por más atención que puse, no conseguí descifrar sus palabras. Sólo recuerdo que, tras la improvisada pantalla blanca, aparecía ante mí una nueva secuencia del film de John Ford y que, gracias a su rostro difuminado en sombra, imaginaba que era mi madre la que continuaba procurándonos sus atenciones.
Hoy no ha venido nadie a visitarme, a pesar de ser sábado. Mientras otros han disfrutado de la presencia de nietos e hijos, yo he tenido que desollar las horas haciendo acopio de fuerzas, a pesar de lo mucho que éstas me fallan ya, y presumir de entereza, cuando ni siquiera he sabido deletrear jamás esa palabra.
Y no, ser analfabeta no ayuda a que los desprecios duelan menos, o a que la frontera entre lo correcto y lo que no, se desdibuje en la niebla de la ignorancia. Como tampoco ayuda a quitarme esta pena, el olor a ropa limpia que sube desde la lavandería. ¡Cómo echo de menos los días de colada cuando mis hermanas y yo bajábamos al río con mi madre a lavar las pocas piezas de ropa que teníamos, con el jabón artesanal que hacíamos nosotras mismas! A veces quisiera ser sábana para secarme al sol, mientras otros contemplan mi blancura. Pero tan sólo soy una vieja más. a la que todos contemplan con lástima, que desvaría más de lo que habla y calla más de lo que piensa.
Hace 1 año, 2 meses, 3 semanas, 4 días y mi dedo índice que padre nos abandonó. Desde entonces, madre no me señala con el suyo. Además, inventa cuentos para consolarme por mi doble pérdida. ¡Como si, todavía, fuera aquel mocoso de 12 años!
Érase una vez un dedo acusica, metomentodo; un dedo ni largo ni corto, ni gordo ni flaco; un dedo marimandón y sabelotodo, orgulloso y presumido. A la menor oportunidad se estiraba, para ser el primero en contestar, en salir voluntario, en señalar culpables, en exigir silencio, en probar todas las tartas. Hasta que un día, de tanto moverse de izquierda a derecha y de derecha a izquierda (¡no, no, noo, nooo!), se desenroscó de la mano y salió volando hacia las nubes. Ahora, es feliz haciendo cosquillas a los nubarrones que les cuesta llover, o agujereando la niebla para que el sol se asome.
¡Pobre madre! No sospecha lo orgulloso que estoy de mi mutilación… Tras la paliza que la dejó inconsciente, padre se lanzó a sacudirme a mí. Pero, no perdí el dedo índice en el forcejeo -como cree madre-, sino en alguno de los 5 cortes transversales que le practiqué a ese cabrón.
Mi niñez ya es una sombra, mi madre ya es una sombra. Entre las sombras recuerdo cuando mi madre me reprendía, cuando me consentía, cuando me estimulaba, cuando respondía a mis preguntas sobre su música favorita; porque conocí a Juan Arvizu, a Pedro Infante, a Margarita Cueto, a Juan Legido, a Alfonso Ortiz Tirado… al lado de su radio siempre encendida. Con el padre ausente, por trabajo, la madre era mi referente y yo era su sombra, a donde quiera que fuera, me iba yo.
Vemos ahora proyectados sobre un lienzo esos años de la niñez y los revivimos; jugamos con las sombras de nuestros amiguitos de infancia; veneramos las sombras de nuestros primeros maestros, de los que sí asumieron su papel de maestro; nos complacemos en la sombra de nuestro primer amor; temblamos con las sombras de nuestros fracasos. De repente, nos hacemos conscientes de la sombra que estamos proyectando hoy a la luz del mañana.
Aran era su mejor amiga. Solo se veían en verano en el pueblo de los abuelos, pero una vez que se encontraban no se separaban ni a sol ni a sombra. Por las mañanas, el primero que se levantaba iba a casa del otro para desayunar. Se pasaban el día recorriendo el pueblo y los alrededores. Iban al río a tirar piedras, a bañarse, a descubrir escondites y a cazar zapateros. Siempre se estaban riendo. Daba gusto verlos.
Un día, Aran llamó a la puerta de su casa triste y compungida. Su padre le acababa de informar de que había sido ascendido en su trabajo y de que tendrían que trasladarse a vivir a Australia.
Esa noche, y todas las siguientes Mario se hizo pis en la cama. Su abuela tendía las sábanas recién lavadas en el jardín e intentaba calmar su pena hablándole de futuros encuentros y utópicos viajes que lo llevarían al país en el que iba a vivir su amiga.
Hoy por fin, después de veinte años, Mario va a viajar a Australia. Se ha despertado emocionado y sorprendido al descubrir que, bajo su cuerpo, unas sábanas húmedas y calientes, evidenciaban la emoción del próximo reencuentro.
El día que mi madre se suicidó, desayunamos juntos en su cama. Tortitas con sirope de chocolate. Yo manché las sábanas, pero ella dijo “no importa, cariño” y casi sonrió. No parecía más triste que otros días, solo igual de triste. Lavó las sábanas en la pileta, las colgó en la cuerda del jardín y a media mañana ya se habían secado. Sin embargo, siguieron tendidas hasta que las recogió alguien que vino a nuestra casa después del entierro.
Tuve que hacer la maleta e irme con unos parientes de la ciudad. Entre las pocas cosas que me llevé estaban aquellas sábanas y dormí en ellas todas las noches del resto de mi niñez. Luego me convertí en un muchacho horrible y las guardé.
Soy embustero, ladrón, camorrista. Soy alcohólico. Hoy me han dado una paliza en un callejón, dejándome roto por dentro y por fuera. A duras penas he logrado llegar a la pensión donde vivo. Sé que no aguantaré mucho tiempo. He sacado las sábanas de la maleta, las he puesto en la cama y me he acostado. He vuelto a mancharlas, pero mi madre ha dicho «no importa, cariño».
Hay quien siempre juzga de un modo inclemente las acciones de otras personas, aún a sabiendas de que no hay nada que censurar. Señalan aquella mota de polvo en una grifería que brilla como un espejo o con la excusa de haberlos probado mejores, desaprueban un plato suculento. Mi familia, por el contrario, acepta las cosas tal como vienen. Mamá tolera los reproches resignada, unos están arriba y otros abajo, murmura a menudo. Mi padre se consuela diciendo que en realidad esa gente critica en los demás lo que no les gusta de sí mismos. Entonces me acuerdo de cuando la señora regañó a mi hermano al intentar coger una prenda del tendedero. El pobre me vino llorando porque ansiaba taparse para evitar las burlas por su pie fantasma. Aunque respeto mucho a papá, me cuesta creer que la señora también tenga un enorme vacío en la pierna más allá de la rodilla.
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