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La abrazó en el último instante en el que el tren se estrelló contra el sueño del chófer. Habían desayunado cruasanes de mantequilla, un café au lait y zumo de mora.
Siguió su rumbo sin empañar los cristales de llanto, sin pestañear ante ese viaje que cambiaba el destino de unos pasajeros sin nombre, sin despedida, sin invierno en el que abrigarse.
Su dirección… el centro más húmedo de la tierra, el paso inaccesible a la oscuridad de la espera, el túnel abandonado en la boca de un lecho elástico y hormigón pretensado.
Hoy, el sabor a mantequilla se saborea en la escarcha de sus huesos, en un día contado en cada estación del calendario, en cada línea férrea hacia lo desconocido.
El margen de la vía aún ampara la caricia en ese raíl, en ese vagón cargado de muerte y con aroma a moras
Soy un hombre de ciencia, nunca he creído en premoniciones pero confieso que aquellas pesadillas hicieron tambalear mi talante empírico. En la primera de ellas, mi abuelo se apeaba en el andén de una estación y me decía adiós con la mano, mientras yo le gritaba que subiera al tren conmigo. A los pocos días murió. La misma pesadilla se repitió días antes de morir mi madre, mi hermano Luis y mi amigo Fernando. Hace dos noches soñé que eran ellos los que, apostados en la estación de Orense, me invitaban a bajar del tren y me gritaban “no sigas, bájate aquí”. Aunque siempre me he reído de los presagios he decidido viajar en tren con mi mujer para recordarle a mi mente racional que no pienso hacer caso de estas ensoñaciones de mal gusto. Reconozco que hasta que hemos pasado Orense he estado tenso, pero ahora ya me he relajado, he cerrado los ojos, abrazado a mi mujer y me dispongo a descansar un rato antes de llegar a Ferrol, hace mucho que no vengo a celebrar el día de Santiago a mi tierra. Estamos llegando a Angrois.
Escucha el hipnótico tintineo de la moneda cayendo dentro de la máquina expendedora. Click. Elija fecha. Lugar. Persona. 1995. Barcelona. Laura. Al instante la ve en el baño, secándose el pelo. Nada más. El zumbido monocorde del secador. Treinta segundos. Otra moneda. Click. 2001. Come una manzana, apoyada en el quicio de la puerta. Otra. Click. 1989. Laura en la biblioteca de Derecho. Muerde el lápiz. La observa igual que lo hizo aquel día, durante los treinta segundos anteriores a que él le hablase por primera vez. Click. 2022. Lo recuerda perfectamente. Una moneda desperdiciada. Es la boda de su hija. Aquí ya estaban divorciados. Ella no le habló en todo el día. Treinta segundos de Laura observando a su hija bailando el vals nupcial. Sonríe. Le quedan dos monedas. 2007. Sentada en el cine. Intenta recordar la película. No puede. Laura no ríe. Tampoco llora. Nunca lloraba en las películas. 2031. Laura dormida en el tren, sobre el hombro de otro hombre. Veintiocho, veintinueve… treinta. Fundido en negro.
Hurga en el bolsillo. Vuelve al andén del metro. Se sienta sobre los cartones. “Una moneda, por favor”. Estira la mano al paso de un hombre. “Por favor, una moneda”.
Juntos, desde los dieciocho, salimos al extranjero; en aquel tiempo lo mismo estudiábamos, servíamos mesas que lavábamos escaparates como dos soñadores. A veces inventando alguna correría en encuentros casuales; un juego para probar nuestra llama. Esperaban horas en vano.
Después cambio, se dejó barba, se hizo escritor de mil historias escuchadas a su padre de niño; así lo recordaba. Le rogué que lo visitara alguna vez, su relación no debía desbaratarse. Asentía entre juegos pero ese viaje seguía pendiente.
-Se avergüenza de mis intentos de suicidio; lo sabe y no querrá cuentas. Me confesaba autocritico.
-No esperes más; nunca os enfadasteis aunque tu madre te convirtiera en su aliado. Respondía yo, sembrada.
Puse sobre su mesa una biblia abierta, casualmente, por la parábola del hijo prodigo. A pesar de ser ateo le llamó la atención e impulsó a escribirle; no pedía respuesta.
-Todos necesitamos el perdón de nuestros seres queridos. Le contestó, pronto, sorprendiéndolo.
Aunque no se sentía capaz, un repentino deseo de cruzar el continente para verlo se adueñó de él.
Ahora dormito feliz, día y noche, no sé cuántos ya; en un tren de segunda con mi pareja actual; cumpliendo su sueño: llevar sus cenizas a su padre.
Enfrentada a la hoja en blanco, decidió apostarlo todo a la originalidad. La revista de viajes había convocado un concurso de relatos y la competencia era dura, pero el premio lo valía: un millón de kilómetros para recorrer la galaxia, con todos los gastos pagados. Se imaginó sentada junto a su marido en uno de aquellos vagones antiguos, con los asientos forrados de terciopelo, que había visto en los documentales sobre la Tierra.
Hizo crujir los nudillos y empezó a teclear. Su historia lo iba a petar: había aventuras, romance, cruceros interestelares y planetas desiertos.
Solo le faltaba el título.
En nuestro noviazgo me imaginé llegando a la vejez contigo, cogiendo una oferta del Imserso o viajando en Renfe con la tarjeta dorada. Veríamos por la ventanilla el danzar de los árboles, el suave discurrir de un paisaje como si pasara nuestra vida por delante. Pero fue imposible: eras un puto desastre. Nunca te podías encargar de nada. Recuerdo que pocas veces estaba la cena caliente en la mesa cuando llegaba a casa. Tú venías de la oficina descansada y en cambio yo, en la fábrica, acababa con la espalda deslomada. Iba a trabajar con la camisa arrugada muchos días, así ¡claro que ascendían a otros, asquerosa de mierda! Nuestro hijo era el hazmerreír de su clase, siempre con miedo. No entiendo cómo pudo nacer medio hombre medio nenaza, sería por parte de tu familia. Yo no quería ni veros, menos mal que en el bar me comprendían… No sé qué tal nos habría ido juntos si no hubieras tenido complicaciones tras caer por la escalera. Ni lo quiero saber. Así te pudras en el infierno. Bruja.
De todos los rectángulos de cristal del convoy, tan solo uno tiene luz. Es improbable que puedan descubrirle en medio de la nieve, donde la corteza blanca de los abedules impide ver el bosque. A diferencia de los otros, su vista se ha agudizado en un entorno tan hostil y juraría que la pareja de mediana edad es la única pasajera del compartimento. Aventura que el varón se ha dormido plácidamente sobre el hombro de la mujer, que mira por la ventana sin verle, aunque no pueda asegurar si el reflejo metálico intermitente es de un reloj de pulsera o de un arma automática.
Y no hay tiempo para más. El tren será pronto devorado por las fauces protectoras de un túnel y ahora dispone de un blanco fácil para un tirador de élite como él, con el maximo rendimiento por el precio de dos balas.
Tomaron el último tren sin importarles el destino. La única condición era que el camino hacia la costa fuera accesible. Cuando no existe la posibilidad de una vida digna, los impulsos dejan la lógica aparcada y saltan los resortes de lo imposible. No sacaron billete de vuelta, no llevaban equipaje, no conocían el mar. Sus prendas de abrigo y unos bocadillos envueltos en papel de plata. Prendas cogidas al azar del armario que cerraron junto con el resto de la casa que abandonaban. Un abandono forzado por las circunstancias. Sabían que su hijo les lloraría un tiempo; el equivalente al amor que les profesaba. Porque él nunca conocería la verdad de aquella huida. De saberlo, el llanto no lo abandonaría nunca. La razón de sus vidas. Sin esfuerzo no se aprecia el valor del logro. Pero eso al banco le importaba poco. Tampoco a su hijo pareció importarle cuando les hizo firmar el aval para remontar su negocio.
Viajan con lo puesto. Cuando lleguen a su destino ya habrá oscurecido. Ante la incomprensión ajena, la discreción y el silencio son los mejores aliados.
Desde el otero escogido, quieren contemplar juntos el mar, sobre cuyas aguas el faro, cual cíclope afligido, derrama cada noche luminosas lágrimas. Escucharán al viento bramar sobre las olas que, furiosas, elevarán sus crestas como felinas garras.
Sobrecogidos ante tanta belleza y libres de ojos inquisidores, acercarán sus cuerpos. Descubrirán que las arrugas de sus labios no impiden la frescura de los besos; que sus manos de nudosos dedos son capaces de las más insospechadas caricias; que sus ojos, aunque hundidos bajo plisados párpados, quieren seguir abriéndose cada mañana, ávidos de mirarse y de admirarse.
En la residencia, los primeros rayos de sol darán parte de su ausencia.
Cada día viajaban juntos pero apenas se conocían. Entre los dos se había establecido una complicidad serena, la camaradería resignada de la gente que no espera nada de la vida, porque la vida nunca les dio motivos para hacerlo. El revisor del pelo blanco le sonreía cada mañana cuando subía al tren, y la mujer de la línea 7 le devolvía la sonrisa al entregarle el billete. A menudo la observaba cuando leía durante el viaje. La había visto pelear con Proust con obstinación de lectora aguerrida, conmoverse con la desdicha de Ana Karenina o indignarse con la injusticia cometida con Edmundo Dantés. La protegía discretamente cuando grupos de jóvenes ruidosos se sentaban cerca de ella importunándola. Su aspecto lúgubre y su gastado uniforme azul aún imponían. Para ambos era especial el trayecto de vuelta por la noche, volvían a casa abrumados de cansancio y realidad en un vagón gris semivacío.
Un día la compañía ferroviaria decidió sustituir a los revisores por máquinas expendedoras de billetes. Él, reuniendo un valor que desconocía tener, subió al tren y se sentó a su lado. Por primera vez el revisor del pelo blanco y la mujer de la línea 7 olvidaron las paradas y disfrutaron del viaje.
Los primeros en dormirse fueron los del vagón de tercera (Los pobres, ya se sabe, tienen más sueños, o al menos más profundos) Luego le siguieron los pasajeros de segunda clase, los del vagón de primera y, por fin, los de la zona VIP, que siempre se las arreglan para destacar en algo. El maquinista tardó algo más en coger el sueño, porque es un tipo profesional, de esos que no considera ético dormirse manejando una locomotora. Dormidos al fin todos, se rumiaba la tragedia: el convoy, sin mando alguno, se aproximaba a la estación de destino. Por fortuna, aquel día todos se quedaron dormidos: el jefe de estación, el vendedor de periódicos, los viajeros e incluso aquellos que, pañuelo en mano, van a despedir a los trenes que se marchan, aunque no conozcan a nadie. Por fin la musa, dándole un codazo cómplice al escritor, le susurra al oído:
—Me parece que éste relato se te ha ido de las manos.
Se ruega la máxima colaboración ciudadana para identificar a estas dos personas, encontradas muertas en el tren que procedía de Alemania del Este.
El revisor se acercó cuando no se levantaron en el final del trayecto y al tocar el brazo del caballero, notó una frialdad y lividez cerúlea. La rigidez ya era manifiesta.
Llevados los cadáveres al forense, del resultado de sus autopsias no se desprende enfermedad grave de ninguno de los dos. Presencia de restos de veneno en las cavidades gástricas.
Del registro exhaustivo de sus pertenencias, sólo se han encontrado dos fotos y un recorte de prensa.
Una foto familiar de hace unos años, donde posan sonrientes con tres niños y una niña con coletas rubias.
Otra foto de la pareja, actual, frente a unas alambradas de una cárcel o campo de concentración.
Un reportaje de prensa de una redada de la Stasi a finales de 1956, donde Wolfgang Harich y
sus partidarios fueron rápidamente purgados de las filas del SED y encarcelados.
En 1956, en el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, su primer
Secretario Nikita Jrushchov repudió el estalinismo y desaparecieron muchos cooperativistas
agrícolas.
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