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¿Y si la madre Tetis convirtiera en cola de sirena mis piernas?
Sería maravilloso aletear en el fondo del mar, en las Canarias, levantando tras de mí nubes de arena, haciendo tirabuzones con mi cuerpo dejando que los sebadales pulieran los brillos de mis escamas. Y en el Mediterráneo, sensual, arrastrarme entre los filamentos suaves de las posidonias que peinaran mis cabellos y lamieran mis pechos.
Aquí, en esta bahía, buscaría asubio en covachos, bajo los acantilados del Palacio o del faro, aunque, cada mañana, los graznidos de las gaviotas me despertaran en el puntal. Después, en la bocana, trastearía entre los pecios que tempestades, guerras o la mala estiva hundieron en tiempos de Maricastaña.
Pastorearía rebaños de delfines desde Pesués a Oriñón, haciéndoles cabriolar envueltos en sus chasquidos entre espumas de galernas. Y en las noches de verano, desde los tajamares del puente contemplaría las luces de romería de San Vicente de la Barquera. Y luego, en penumbra, resquilaría, ora nadando ora a pie, el río Miera para besar los labios de bronce del hombre pez.
─ ¡Susana, hija, estás pasmada! Espabila, cálzate las sandalias. Vamos, que ya va a salir la lancha de Pedreña. Arrea, que no espera.
Fue verla entrar por la puerta y caer rendido a sus pies. Al principio metafóricamente, claro. Se llamaba Vanessa. No le pregunté el nombre, qué va. Fue la vieja que iba con ella quien refunfuñó:
—Tacones ni de coña, Vanessa, que pareces un pato mareao con ellos.
Vanessa, Vanessa, paladeé. Anduvo merodeando por las estanterías, cambiando de sitio los zapatos, revolviéndolo todo, y yo detrás, ordenándolo otra vez. ¡Ay, Vanessa, reina mía! En cuanto se hubo decidido, se giró y dijo «eh, tú» y yo acudí presto y feliz a su lado. Después no sé qué pasó, porque nada más entrar en su campo magnético perdí la noción del espacio y el tiempo. Un trance delicioso. Recuerdo ofrecerle una silla, arrodillarme, quitarle una chancla, sujetarle delicadamente el tobillo y deslizar en su piececito, cual Cenicienta, una sandalia de charol negro. Lo siguiente fue despertar de un zapatazo en la sien.
—¡Mamaaa, este tío asqueroso me está chupando el pinrel! —gritaba mi diosa.
Y la bruja, con mirada asesina:
—¡Tú eres gilipollas o qué!
Y tirando de mi Vanessa, Vanessa, salió dando un portazo
Después, lo de siempre. Carta de despido y vuelta a buscar empleo en otra zapatería.
Relajada, con los pies al aire, se quedaba absorta en el ondeo de la tela.
Repentinamente, su pensamiento salía desbocado y guiándose más por el corazón que por la cabeza, atravesaba el Atlántico y se plantaba con el vestido de flores gastadas en el patio de los abuelos.
El señor Morton la cogía por el brazo y ordenaba:
—Venga pa’ acá morena, ahora vamos a nuestro asunto.
La llevaba hasta la mesa, en la que extendía las armas. Ella las revisaba y con tino de asesina y las manos del hombre en su cintura, las iba probando.
—Mira con qué ferocidad brillan estas atrapamundos. Dinero, poder, sexo y violencia —decía Morton.
Ella dejaba los fierros en el armario de la habitación de los niños de las madres imposibles. Los colocaba pegaditos a la caja del instrumental quirúrgico, con el que realizaba con profesionalidad las intervenciones.
En las tardes, entre trapos ensangrentados, iba borrando los números de las armas. Cuando la luz se volvía tenue, veía brincar los corazoncitos de los infantes desperdiciados, como brincan los peces atrapados en una patria tiránica e inaccesible
Le dejará la mochila en la entrada con el almuerzo dentro –hoy toca bocata y pera—, puede volver de repente y olvide llevársela a la escuela.
Igual que cada mañana se asomará al mar. Le buscará entre las olas, querrá saber si antes de bañarse se mojó la nuca y las muñecas.
Colocará su cubierto en la mesa, un mediodía más, por si aparece con un apetito voraz.
A la hora de la merienda escalará montañas. Gritará su nombre, lástima que el eco ya afónico no tenga ganas de réplica.
Calentará su cama, como si no intuyera que esta noche también la pasará fuera, y por si vuelve hecho un Adán, ropa limpia, como si no supiera que donde está no necesita vestimenta.
Antes de acostarse le dejará las llaves bajo el felpudo, por si aún no ha aprendido a traspasar puertas y mojará su almohada imprecando al cielo y le lloverán ángeles, a cientos: Yéremi, Jonathan, Sonia, Amy, Mariluz, Gabriel…
Entrada la madrugada se quedará dormida. Por muchos sueños que pasen nunca entenderá por qué se lo han robado.
Amanezco aquí, atrapada en esta agónica calma tras la tormenta. Arde mi piel bajo el sol abrasador mientras el frío se adueña de mi cuerpo. Me rodea el abrazo del mar y este inmenso silencio.
Durante la noche, intenté cabalgar sobre las olas agarrada con fuerza al borde de aquella frágil barca, pero de las profundidades emergieron gigantes que embestían sin piedad, arrasando todo lo que encontraban a su paso. Me lancé al agua antes de que la embarcación, hecha añicos, saltara por los aires cuando el viento sopló con tanta violencia que acabó por vaciarse.
Pasan las horas sin que suspire ni la más leve brisa. Empiezo a impacientarme. Me preocupa que nadie me eche de menos o que no sepan dónde buscarme. No me preguntaron mi nombre al embarcar y como pasaporte bastaron aquel puñado de billetes mugrientos. Sin equipaje. Tan solo con la necesidad de huir para sobrevivir.
Con los ojos entreabiertos, inundados de mar, miro al cielo. De pronto, el agua me mece y danzando desnuda con las olas arribo a la playa. Varada sobre la arena, espero que alguien me reconozca por la pulsera de mi tobillo izquierdo e identifique mi cuerpo.
Cuando mamá se perdió en el mar, papá me cuidó por los dos. Fue un padre estupendo. Hasta que hace dos semanas, me aisló del mundo. Yo insistía en que podía confiar en mí, en que yo no le iba a abandonar como ella hizo. Le grité lo que él me decía cada vez que paseábamos por la playa, eso de que para mi fortuna, la genética parecía haberse olvidado de una buena parte de los genes maternos. Pero no sirvió de nada. Empezó a vigilar a diario las manchitas de mis pies, y con aquella pulsera odiosa, el crecimiento de mis tobillos. Creí que se estaba volviendo loco.
Hoy, que cumplo doce años, al meterme en la ducha, he comprendido todo, quizá la genética no se ha olvidado de nada:las manchas han dado paso a un mosaico de escamas plateadas, los tobillos se han soldado, y entre los dedos, me está brotando lo que supongo que va a ser una impresionante aleta caudal.
Te bajaba con mi autobús a la capital, después de comer, y volvías también conmigo al acabar las clases en la universidad, o a veces en el último trayecto tras estudiar en la biblioteca. Solíamos charlar un rato, sobre todo si nadie más viajaba hasta tu pueblo que cerraba la línea.
Irradiabas vida y juventud con tu ropa colorida y unos complementos siempre a juego: colgantes, pendientes largos, pulseras en muñeca y tobillo… ¡Ay, esas miradas coquetas! Estaba seguro de lo que querías insinuar sin atreverte a decirme nada. Busqué ponerlo en claro llevándote a mi casa una noche. Pero no funcionó. Me rechazaste. Además noté que me tenías en poca consideración. Yo, en cambio, hacía meses que adoradaba cada parte de tu cuerpo.
Al final encontré la forma de que tus manos me acariciaran. Me serví de mi curso de taxidermia. Ahora, colocadas encima del bufet, siempre contienen azucenas y rosas para que cuando me rocen pueda percibir ese aroma floral que desprendías. Tus expresivos ojos los conservo en formol sobre el piano, desde donde sigo sintiendo tu coquetería. Y tus piernas, que nunca abriste para mí, las lancé al mar para no recordar tu desprecio.
Moría por unas Converse rojas. Se gastó todos los ahorros por pagar el precio. Prohibitivo para sus quince años. Imprescindible para entrar en el grupo de las elegidas. Y la magia se obró. Saltó a las pistas y ganó todas las carreras. Con una litrona en una mano y su inocencia en la otra apuraba los días aciagos de la adolescencia. Entre el humo de un porro apareció su primer amor. Y en una calada desapareció. Luego se perdió en el alma y en los cuerpos de muchos otros. En aquella época las risas eran incontenibles. Los llantos también. Los besos eran rosa chicle. La tristeza, de un azul intenso. Y el vacío era transparente y opaco al mismo tiempo. Se cortó el pelo, se pintó la piel. Se borró el nombre por no borrarse ella misma. Una madrugada en vez de volver a casa viajó en autoestop hasta el mar. Se sentó en el espigón y miró sus pies desnudos, hermosos, brillantes como dos peces recién sacados del fondo. Al volver olvidó sus viejas zapatillas. La suela estaba gastada y con agujeros. Y ella ya hacía meses que tocaba el suelo.
Desde la pequeña habitación en el psiquiátrico donde su marido la había encerrado, Marta añoraba aquellos días de su infancia. Cuando su madre los bañaba a su hermano y a ella en la palangana azul. El agua había estado calentándose al sol en el patio de la casa de la abuela, y ellos, desnudos, se divertían tirándosela por encima de sus cabezas entre risas y gritos. Fueron los tiempos más felices de su vida.
Ahora llevaba años sin hablar con nadie. Por eso, el joven médico que organizó la excursión a la playa no tenía la menor idea de lo que bullía en su interior. El recuerdo del agua lo inundó todo y en ella encontró al fin la paz que estaba buscando.
El día que conocí a Estela llevaba una falda roja. Cuando se movía era una amapola jugando con el viento. Pero lo que de verdad me llamó la atención de ella era que flotaba unos veinticinco centímetros sobre el suelo. Sus pies nunca tocaban la tierra. Eso siempre me ha resultado asombroso.
-¿Quiere que incorpore eso a la declaración?
-Mire, por eso en el pueblo muchos murmuraban a su paso. «Bruja» la llamaban en un susurro. Pero a ella no le importaba. Cuando empezamos a salir juntos me comentó que siempre había sido así.
-Si le parece, vamos a centrarnos un poco ¿Qué ocurrió el sábado? –El cabo de la Guardia Civil apuntó en lápiz: “Ausente, alucinado”…
-Le gustaba escalar ¡Claro, era tan fácil para ella! Yo siempre la seguía. Estábamos descansando en la cumbre de aquella aguja. Sentados, con los pies colgando sobre el vacío, poníamos orden en las cuerdas. Estela me confesó que tenía que irse, que este nunca había sido su mundo. Me sonrió radiante y con una dulzura que me rompió el corazón besó mis labios. Entonces se desató del arnés, dio un paso y salió flotando hacia el horizonte.
El agente continuó escribiendo: “trastornado”.
Recordaba su último verano pasado junto al Atlántico. Lo había compartido con Alejandro, su gran amor.
Cuatro décadas después, la memoria temblorosa y frágil, traía a su mente aquella pulsera de cuentas multicolores, que él le había regalado la tarde anterior, tras adquirirla en un puesto de la Feria del Rosario.
Ilusionada, rememoraba como la había llevado a su cita en la playa del Orzán. Quería que contemplara como relucía sobre su piel morena, cubierta de arena.
Mientras lo esperaba, María decidió acercarse a las rocas para mojarse los pies en una pequeña poza. Deseaba contemplar como los rayos del sol iluminaban los abalorios, tejiendo sobre su dermis un abanico de colores.
Distinguió, desde aquel peñasco, como se acercaba a la playa su armoniosa figura. Pero no venía solo.
Le acompañaba una chica morena, de profundos ojos verdes, que sonriente, mostraba orgullosa, en su tobillo derecho una pulsera similar.
Junto a la piscina, Carlota juega con su pulsera y sonríe al mundo. Inclina la cabeza hacia un lado y la deja ahí (colgada). Con la mano zurda (la más obediente) rueda la pulsera hacia arriba, escalando su brazo. Las cuentas de colores atraviesan moratones ceñudos y cicatrices rosas; avanzan a trompicones (como su silla de ruedas); cuando llegan al codo se atascan. Carlitos es un niño rollizo y sano; corre, salta y nada. Carlota (con sus manos inquietas) dibuja olas en el aire y se saca la pulsera a bandazos. Luego, se inclina hacia adelante, consiguiendo calzársela en un pie. Me sorprende su nueva destreza (demasiado tarde). Contenta con su hazaña, ríe a carcajadas, como si su hado guardián le hiciera cosquillas con las alas (sé que eso no es cierto). Entre risas hace girar la pulsera. “Tiioovivoo”, farfulla con su voz babosa (el sábado, su papá la subió a un caballito del tiovivo). La pulsera da vueltas alrededor de su tobillo deforme. Carlitos se zambulle en el agua y se aleja de su hermana. Carlota se inclina de nuevo… Su mamá abrirá mucho los ojos y se echará las manos a la cabeza. Yo cuidaré de mi elegido.
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