Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

DESORDEN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL DESORDEN

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto DESORDEN en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
31 de MARZO

Relatos

17. BALCONADAS (Edita)

Como ganador del último certamen de pintura, me proponen que forme parte del jurado de la convocatoria actual.  Acepto encantado, sobre todo por la satisfacción de regresar a Betanzos. Cada verano, el casco histórico de la acogedora ciudad se convierte durante cinco o seis semanas en pinacoteca al aire libre; de sus balcones penden verdaderas joyas con formidables dimensiones, sin marco ni bastidor, para disfrute regalado de vecinos y visitantes.

Después de tres días en la localidad y de varios paseos por las calles engalanadas con pinturas al viento, mis principios me obligan a comunicar a la entidad organizadora que, por motivos personales, debo dejarlo. Marcho, huyo quizás. La razón es que no consigo observar las obras con la atención debida: mis pies y mis ojos se dirigen siempre al mismo punto, en cuyo balcón ondeó mi lienzo y ahora lo hace el número 11; pero yo solo percibo una mujer asomada y un intenso olor a mar.

Al cabo de un mes, no sé si por error o deferencia, recibo un correo: “De manera inexplicable, ha desaparecido la pintura número 11, favorita del público y del jurado por su realismo extremo. Se prorroga la exposición mientras tratamos de restituirla.”

16. LA ALFOMBRA MÁGICA

Cada vez que se asoma al balcón la calle se transforma, la luz compite con la del sol, el aire resopla frescura, las flores de otros balcones envidian no poder tener su belleza, porque es a la vez rosa, clavel, geranio, resplandeciendo como la mejor de ellas con el solo color de su cara. El vecindario sabe cuando eso sucede porque todo cambia, los pájaros lo avisan con sus alegres cantos; todos salen de sus refugios, de las cantinas, de amasar pan, de martillear las suelas de zapatos, para relajarse como el ávido y joven escritor.

Hoy parece un gran pez, clamando agua, seguro que la atrae y así el verano será más fresco, más fértiles los campos, donde las flores en los prados, los pájaros en los árboles, la gente en sus oficios, la adularán como lo que es, la cenicienta.

15. Nuestros viernes de gloria

Mi padre era viajante. Solo volvía algunos viernes por la tarde para pasar el fin de semana con nosotras. Esos días mi madre se levantaba más pronto que nunca para dar un repaso a toda la casa y, especialmente, a su dormitorio. Quitaba las sábanas que lavaba y dejaba secar al sol, en el tendal que daba a la calle, como banderas de bienvenida. Luego, al anochecer, cuando ya solo faltaban unas horas para que llegase mi padre, las planchaba «para quitarles ese poquito de humedad que podrían tener aún».

—¿Qué vestido me sienta mejor? —me preguntaba después, mientras ponía caras frente a los tres vestidos que desde siempre habitaban en su armario—. ¿Y qué te parece si me dejo el pelo suelto? —me preguntaba también.

Y yo no sabía qué contestar, siempre la veía igual de guapa. Y me impacientaba y bajaba al portal para ser la primera en verle aparecer calle arriba. Entonces corría hacia él, y mientras me levantaba del suelo para poder abrazarme más fuerte, sé que es a ella a quien miraba.

—¿Quién será esta reina, ahí, asomada a nuestra ventana?—murmuraba.

Y mis pies volvían a tocar el asfalto.

14. Genes

El año que sacamos al patrón para pedirle que lloviera, el viento se alió con los cirios y acabó convertido en ceniza. Encargamos uno nuevo al imaginero, que hizo un san Jorge tomando como modelo al cura. Lo estrenamos la primera vez que Sonia dio a luz, y ayer el padre Antonio anunció una nueva salida por el mismo motivo que las tres anteriores: sin haber conocido varón, había nacido su cuarto hijo. Algún desconfiado le insinuó si este también se parecía a él, a lo que contestó, frunciendo el ceño y con voz solemne, que el Espíritu Santo pone a sus criaturas la cara de quien ha de guiar sus almas.
Sonia siempre canta una saeta cuando le paran el paso en su casa y su estridente voz nos perfora los tímpanos; pero pone tanto sentimiento, que soportamos estoicamente el sacrificio. El balcón lo engalana con el antiguo toldo de la pescadería. Se lo vendieron tras asegurarle que la figura no era la de un besugo, sino la del dragón que mató san Jorge. Ella desconocía la hazaña y, desde entonces, entiende por qué los niños son tan guerrilleros, aunque, de momento, tan solo cacen alguna que otra lagartija.

13. POR QUÉ EL AGUA DEL MAR ES TAN SALADA

Me conociste cuando era una niña. Yo clareaba la colada sobre el esqueleto de una dorna erosionada por el viento, mientras me observabas camuflado gracias al oleaje agitado por el suroeste. Durante mi regreso a la aldea advertí cómo te convertías en espía, sumergido entre las algas que acuden a morir junto a la orilla.

Un atardecer, recién cumplidos los dieciocho, cuando me bañaba sola en un recodo de la playa, pensé que nunca te decidirías a sorprenderme. Pero lo hiciste, y aquella tarde supe que eras real.

Luego me agasajaste con estancias en islas vírgenes, surfeamos el tsunami perfecto hechos uno, y gocé al probar las caricias de seres pelágicos que habitan tu inframundo.

Aunque haya transcurrido demasiado tiempo, siempre supe mantener viva la promesa que te hice: cada amanecer, ataviada con mis mejores galas, agitar el pañuelo que me regalaste, trenzado a base de gorgonias lila cosechadas en la Atlántida. Mientras, tú, arropado por las ondas de la rompiente, lloras y lloras sin consuelo la fatalidad de haber nacido un dios.

12. Arsenal de sonrisas (Alvaro Abad)

Me tragaba despacio, como la serpiente que desencaja su mandíbula y con un ritmo pausado de contracciones y extensiones musculares empuja la presa hacia su interior para engullirla completamente y digerirla sin prisa.

Sentía el efecto del veneno y notaba cómo me succionaba. Me veía ya devorada y, sin saber cómo, reunía fuerzas para empujar con mis manos las fauces del monstruo y sacar fuera mi debilitado cuerpo. Intentaba confundir a la fiera asomándome sonriente al balcón fingiendo felicidad porque esto le desconcertaba y le hacía escapar gruñendo expresiones ininteligibles. Pero al día siguiente regresaba aún más iracunda y hambrienta, enseñándome sus afilados dientes y rugiendo de rabia. Sé que podía oler mi debilidad. Babeaba. Intentaba triturarme, acabar conmigo.

Entonces planté cara a la alimaña. Envolví mi cuerpo con escamas punzantes, dejé crecer mis uñas hasta que se convirtieron en garras y aprendí a morder donde más duele. Luchamos descarnadamente durante meses hasta que, viendo que nunca podría vencer mis eternas ganas de vivir, saltó por la ventana haciéndose añicos al caer.

Logré recuperarme, pero cada mañana salgo sonriendo al balcón para mantener alejada a la bestia, para ahuyentar la maldita depresión.

Y si regresa, me reiré en su cara.

11. VIAJES (Manoli VF)

En todas partes, y no solo en Venecia, hay mujeres sirenas. Mujeres que, al llegar la noche, se llenan de escamas. Sus piernas se unen en una larga cola de pez plateada. Esas mujeres, pocas, bajan a las profundidades. Y encuentran  marineros perdidos, que están a punto de ahogarse. Los salvan del abismo del mar, despejan la sal de sus bocas, peinan sus cabellos enmarañados. Los conducen hasta la orilla, mientras susurran canciones en sus oídos, dulces canciones que les regresan de sus siniestros, de sus escarpados viajes. Yo conocí una vez a una sirena, cuando estaba a punto de ahogarme. La conocí y le pedí que se quedase conmigo. Y ahora, en las noches más oscuras, descendemos los dos a bañarnos.

10. MITAD MUJER, MITAD MAR ( Paz Monserrat Revillo)

La señora que ha compartido sauna conmigo en la piscina municipal me ha enseñado las cicatrices de sus once operaciones. La mía, de apendicitis, se ha encogido hasta casi desaparecer ante el mapa de carreteras que recorría su cuerpo. Al final me ha aclarado que es una enferma rara, de esas que los médicos no atinan cómo curar. Hace poco se perdió el crucero que le regaló su prima por culpa de una de las operaciones, le hacía tantísima ilusión… Ahora, entre un ingreso y el siguiente se viene a la piscina. Se lo  recomendaron en el hospital. Y se encuentra muchísimo mejor, ya no le pica tanto ese eczema que le dibujaba escamas en la piel.  Además ha conocido a otras, ya no se siente sola. Sus compañeras de Aquagym y ella, como viejas sirenas, subliman su  añoranza de salitre y tempestades en este tanque que apesta a cloro. Las olas las fabrican ellas mismas con sus chapoteos científicamente guiados por ese monitor tan buen mozo. Y como ya no pueden cantarles a los marinos incautos desde las ventanas, charlan entre ellas y despotrican alborozadas de sus maridos, que las esperan en casa  varados frente al televisor.

9. Jealous (Miguel Ibáñez)

Las cosas importantes ocurren a las siete de la mañana. Y cuando digo importantes me refiero a sus pies moviéndose rápidamente recortando la luz por debajo de la puerta del baño. Desde la calle llegan los sonidos del amanecer y un vértigo parecido al mío filtrándose por las rendijas de las persianas; miedo horizontal a las carreras que le echo al frío bajo las sábanas, moviendo las piernas muy rápido para engañar al vacío que deja cada día en la cama cuando se va a trabajar.
Anoche le sonó veinte veces el móvil. Aún no ha llegado al coche y el colchón empieza a humedecerse. Yo soy más guapa que ella, y además sé nadar. No es fácil cuando tienes el agua al cuello, y los indios te tiran flechas tan grandes que matarían a Venus si tuviera brazos para bucear. Voy a despedirlo como siempre al balcón, con dos gatos peleando por una sardina dentro de mi barriga.
Después intento no dormirme más, por si vienen unos duendes a arrancarme un pelo de la cabeza y cambiármelo por otro blanco ¡Ojo, pinta! Ya nadie se para a leer los carteles, me parece a mí, están a lo suyo.

8. ALFOMBRA MÁGICA (Mariángeles Abelli Bonardi)

Con gesto resignado, se pone el delantal y ata un pañuelo en su cabeza. Trapea los pisos de mármol del gran salón y pasado el mediodía frota, una a una, las lámparas que colecciona el sultán. Maravillosas para el sultán pero muchísimas para ella… ¿acaso terminará algún día?
Franela al hombro, con la manga, se seca el sudor. Abre la ventana en busca de aire y, mientras tanto, aprovecha a colgar el tapiz que retrata a un pez.
“Parece un leviatán a punto de engullirme”, piensa al tiempo que sacude.
Sacude y el pez avanza hasta que sólo le ve la cola. Una cola iridiscente que se mueve. Que ella mueve. Libera su cabeza del pañuelo, se saca el delantal. El tapiz queda colgado, ventana arriba. Y ella se va gozosa, corriente abajo.

7. RÍO REVUELTO (Ángel Saiz Mora)

Cualquiera puede enamorarse, pero pocos admiten que la razón se anula.

El tiempo aclaró la superficie que no le permitía ver el fondo y emergieron sus errores.

Cada vez le quedaba menos oxígeno. Él, por el contrario, tras sus navegaciones erráticas de barra en barra, se sentía como pez en el agua al llegar a casa, patriarca de un océano a su medida con sirvienta. Los insultos, que se habían hecho costumbre, sentaron el cimiento de las primeras agresiones.

Oprimida por un pez demasiado grande, que amenazaba comérsela, le nacieron escamas de rencor y miedo.

Un día hizo acopio de todas sus agallas, para no dejarse llevar por esa corriente tóxica. Su rebelión fue reprimida con más violencia que nunca. Magullada, le faltaron fuerzas para huir, mientras escuchaba el respirar de su sueño etílico. Cuando el ritmo cambió, no pudo o no quiso moverse. Quién era ella para contradecir a la sabia naturaleza, que hace que por la boca muera un pez borracho, ahogado en su propio vómito.

Antes de que llegase el médico para certificar el fallecimiento, la mujer salió al balcón para colgar, liberada, un delantal que nunca volvería a ponerse.

6. METAMORFOSIS

(A Nuria Rubio González)

Permanecíamos expectantes en la plaza, frente al balcón del ayuntamiento. A la alcaldesa la habíamos elegido por su cintura mareante, sus piernas letales, y por tener los pies bien pegados a la tierra ellas. Guardábamos un silencio planetario.
«Vecinos y vecinas de Piscis, ciudad puerto de mar. Tienen ustedes que cumplir con su obligación, mas nunca a toda costa y como si fueran islotes. Les agradecería que, de vez en cuando, mordieran el anzuelo de la fantasía, dejándose arrastrar por la ola en pos de la orilla hojaldrada. Mejor que pescado, coman verduras, fruta, carne. No les escamen naderías y prueben los baños con algas. Menos tranquilizantes y más escuchar el rumor narcótico de una caracola. Que no deba certificar que son unas quisquillosas o unos pedazos de atún. Disculpen que aparezca con posidonias enredadas en la melena. Estoy muy contenta, pero mi gozo sería mayor de encontrarme en una piscina, junto a los delfines, haciendo las delicias de los niños. Jamás en la lonja o en una pescadería, partida por la mitad».
Con los desplazamientos de la regidora cuando viniese a saludarnos, valga decir a pie de playa, esperábamos escuchar el imaginario chapoteo; pero le crecieron alas y voló.

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