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<<No se ve un alma por la calle, maldita lluvia. En mala ahora acepté el encargo para localizar ese códice de brujería. Las pistas me llevaron a los feriantes instalados en las afueras. Dicen que el mago del campamento tuvo éxito con la invocación.>> En la esquina del callejón, Juan escucha una voz infantil con su repetitiva letanía.
Uno, dos, corréis vos,
tres, cuatro, huye un gato…
«Es muy rápido, vislumbrarás apenas una sombra», le advirtieron. «Avanza sin mover los pies, flota etéreo.»
…cinco, seis, no me veis…
«Adopta cualquier forma, mayormente caprina o humana ocultando cuernos y rabo. Es capaz de movimientos increíbles.» Juan se gira buscando el origen del sonido, una supuesta niña. Demasiado tarde comprenderá que debió huir. Un transeúnte solitario está perdido si oye la cantinela completa.
…siete, ocho, ya os cojo,
nueve, diez, tarde es.
Según el manuscrito, el espíritu liberado por ese conjuro tiene poderes que traspasan la ubicación: telequinesia, sugestión… Oir su canción, o quizá tan sólo imaginarla, puede ser una sentencia.
Un, dos, tres, cuatro,
a ti, lector, también te atrapo,
cinco, seis, siete, ocho,
te difumino poco a poco,
nueve, diez, once, doce,
ya verás, lo haré esta noche.
¿Tu sentencia?
Siempre me dices que por muy grande y bulliciosa que sea una ciudad, en el fondo no es más que la suma de miles de micromundos, de espacios paralelos que día a día se repiten con la insistencia y precisión de reloj suizo y sólo acompasados por unas variables de los visitantes casuales que, como un universo transversal, le aportan esa frescura y distinción sobre el tedioso pueblo donde nunca ocurre nada excepcional, según me cuentas, estimado amigo.
Cada día me narras las mismas ideas pero vistas desde distinto ángulo. Tus ángulos ya me los conozco: el negro, el positivo y el de persona equilibrada. Es raro este último.
Hoy me estás relatando que la florista de la esquina con peluca rubia que todos los días te ofrece un ramito, se la ha tragado la tierra nada más haber pasado tú junto a ella. Que lo presentías. Que el dibujo en la pared parecía que te anunciaba algo extraño, pues era extraña la figura de la niña con la cabeza completamente vuelta hacia atrás observando el sumidero de la acera.
Mira, estimado amigo, lamento tus carencias, pero estoy harta de ser tu almohada. Cómprate un muñeco diabólico y le lloras.
IsidroMoreno
Lunes. Un pan-tumaca y un café. Un repaso al Marca de bordes rizados y manchado de migas de pan y un vistazo al periódico encadenado a una pinza-palo sobre el mostrador de mármol de la cafetería. Perra vida. De nuevo a casa. Lunes y no tengo dónde ir. 48 años. Hace dos que acepté la pensión del ERE de la Caixa. Exceso de empleados. Cambios tecnológicos. Competencia internacional. Mejora de la productividad. Mierda, mierda.
Ha dejado de llover. El espacio de repente está vacío de ruidos. Siempre sucede cuando escampa y solo se espera el tic-tac de compás decreciente de gotas que caen desde los aleros y rompen los espejos de los charcos y los susurros de los zapatos mojados chirrían sobre los adoquines.
De pronto un estruendo subterráneo rompe el silencio. Me doy la vuelta. Ha salido del suelo, bajo el registro de acero que tapa los nervios y las venas de la ciudad. No lo pude evitar. A mi cabeza llegó la última noticia que leí en la Vanguardia mientras sorbía el café: “Descubierta en Hierópolis, en Turquía, la puerta del infierno”.
No lo he soñado. Hasta la sombra ha vuelto su cabeza y el fotógrafo, sí, estaba allí.
Mis grafitis convertidos en símbolo de la indignación ciudadana. Contra el gobierno, contra la policía. Representaban a esas criaturas cuya seguridad no supieron garantizar. El perfil del niño del globo en la tapia del callejón; el de la cartera a la espalda en la persiana de un comercio. Siempre cerca de donde fueron hallados los cuerpos.
La prensa popularizó mi obra. Por casualidad, que es como acostumbran a ocurrir estas cosas. Tan efímeras. Un reportero escribió sobre los dibujos de un autor desconocido y pronto lo secundaron los demás periódicos. Los redactores dieron rienda suelta a la poética melodramática habitual y divagaron sobre el morboso simbolismo de mi arte. El contraste entre la silueta de tiza sobre la acera y los perfiles sombreados de los muros. Blanco y negro. Candidez y horror. Yin y yang, llegaron a decir.
El perfil del niño del globo ilustró las pancartas que encabezaron las manifestaciones. El de la peonza. El de la cartera. Pequeños detalles que humanizaban cada silueta y que favorecieron, todavía más, la solidaridad de todo un país con las familias rotas. Pequeños detalles que, por lógica, sólo podíamos conocer los agentes de la brigada que llevó el caso y yo mismo.
Parece que ha empezado a llover. Las calles de Lisboa se vuelven de gelatina bajo la piedra humedecida. El mundo resbala. ¡Ten cuidado, mi niña! Descuida mamá. Me gustan los charcos que se forman en los ojos de las aceras, y cómo rebosan de colores cuando mis botas de goma rosa los estallan. Me gusta jugar en el parque con mis compañeras, reírme a pequeños gritos, y esconderme detrás de los árboles, para contar las nubes hasta que me encuentran. Me gusta que mamá venga a buscarme y me espere paciente en su banco, como a la primavera. Me gusta seguir a los desconocidos hasta sus casas sin que me vean, para ver si guardan más amigas en sus congeladores.
Se me dan bien los personajes. O eso dicen. Puede parecer una suerte pero yo os aseguro que no lo es.
Dicen que tengo un don para crear individuos ficticios y dotarlos de vida propia, que mis sujetos narrativos son tan verosímiles que cobran vida según los voy perfilando, que los lectores acaban creyendo que estas figuraciones existen de verdad.
Hace un rato empecé a escribir un cuento. Trata sobre un joven que camina bajo la lluvia con un paraguas. Dobla una esquina en la que hay una sombra dibujada en la pared. Es la imagen de una niña. Aún no había decidido cuál es la historia, quién es el chico ni cuál es su relación con la criatura.
Entonces ocurrió. Pasa a veces, cuando me meto mucho en la historia.
Y aquí estoy ahora. Sigo escribiendo mientras espero a que esos dos dejen de mirarme.
Para protegerme, abro el paraguas. Es un acto reflejo. Sé de sobra que si el paraguas sirviera para cobijarse del pasado, se llamaría parasombras, o algo así. Reconozco su inutilidad ante este tipo de tormentas, pero de todos modos lo abro, casi como rito supersticioso que nunca da resultado.
Los días en que las sombras inundan las calles de mi barrio, poco se puede hacer. Mirar hacia otro lado, podríais sugerirme. Inútil, os respondería. Están por donde mires.
Mi abuela sentada en su silla de paja al fresco de las noches de verano. El paso cansado del abuelo regresando de su partida. La ausencia de mi madre. Hay que ver cuánto duele una sombra ausente. La temida silueta del tío Jorge sacándose el cinturón de las presillas en un único y siniestro movimiento. Y la mía propia. Camina mirando siempre atrás. Temerosa. Cae de bruces por no ver donde pisa. Como yo, que me giro para decirle que la he perdonado. Que nada podía hacer para evitarlo. Pero nunca llego a tiempo. Antes, me desmorono. Y rompo otro paraguas. Quisiera ponerme en pie y salir corriendo. Pero el tío Jorge me alcanza. Y otra vez soy incapaz de oponer resistencia.
¿Será la culpa? No lo sé.
Ha transcurrido tiempo y aún te sigo viendo. Desde aquella tarde no me atrevo a volver a manejar.
Solo fue un instante, las sombras cubrieron mi huida. En las noticias hablaron de ti, solo eras una niña. Detuve el auto, me acerqué al ver tu cuerpo recuerdo tus ojos muy abiertos, no respirabas. Quizás te quedaba un hálito de vida pero horrorizado hui, maneje toda la noche sin rumbo, cuando pude me deshice del automóvil pero no de esa mirada.
Regresé a casa varios años después, al pasar por la esquina aun creí ver tus ojos qué continuaban muy abiertos, voltee al ver tu sombra reflejada en la pared y ya no pude huir.
Cierro los ojos y la sigo viendo, estas cuatro paredes blancas donde me encerraron no me permiten huir…
No hace falta que te gires. Sabes que mi sombra te acompaña: duermas o estés despierto, corras o andes, comas con remordimientos o te desinfles en un ayuno permanente. No me importa. Ya nada importa. Solo tú me ves al doblar la esquina, al mullir la almohada o al cruzar un arco.
Una piruleta de fresa ¿o fue una galleta? ¿qué importa? solo tú lo sabes. «Te acompaño a casa, no es seguro que una niña ande sola a estas horas de la noche». Pero no estaba sola, nos acompañaba la cámara; aunque tú no la viste como ahora me ves a mi, porque solo veías mi inocente confianza.
No temas, ahora seré yo la que no te deje solo. Te acompañaré a cruzar el arco, a mullir la almohada y a doblar la esquina. No hace falta que te gires.
El primer amor es como la sombra que siempre te acompaña, la que dependiendo de la luz, aparece y desaparece, se multiplica o se difumina, pero siempre está.
Irene olvidó a Vicente con la misma facilidad con la que se había enamorado de sus maneras de chico malo y barniz de suave peluche. Con una facilidad aprendida en tardes de caricias y palabras a una madre que necesitaba calmar su pena de desamor conyugal. Quizás por eso ya ni recuerda que se despidió de Vicente una tarde lluviosa, sin besos ni lágrimas, tan sólo con una última mirada hacia atrás sin saber muy bien qué buscar.
Todavía, cuando en ocasiones vuelve a visitar a su madre, le parece ver estampada en la pared de aquella encrucijada la sombra difuminada de aquel amor difuminado, casi irreconocible, una imagen que ya ni siquiera es la sombra de lo que fue.
Al barrio, hemos ido regresando algunos de los chicos. Javi hace tres meses; Pedro se le adelantó un año y yo volví hace dos inviernos. Lo encontré todo cambiado. El ultramarinos era una tienda de ropa “low cost”. En el local de Tomás, el zapatero, unos chinos arreglaban móviles…
Durante un tiempo pensé que había perdido la cordura, pero mis amigos también lo han visto y sentimos que es lo único que queda del barrio, de sus calles, de nuestro tiempo. Supongo que Miguel, el cuarto de la pandilla, el que nunca se fue, ha vagado como una sombra desde aquella tarde lluviosa en la que las ruedas de un automóvil patinaron al esquivar nuestra pelota.
La noche negra, como boca de lobo. La lluvia es una cortina fría y persistente. Subo por la calle estrecha, solitaria. Camino de prisa, resbala el agua cuesta abajo, el viento pretende quitarme el paraguas, resisto como puedo. Tengo casi la certeza de que alguien me sigue. Volteo, la niebla opaca mi visión, alcanzo a ver la sombra borrosa y desdibujada de una niña. Camina a unos cuantos pasos detrás de mí, su cuerpo enjuto y desgarbado tiene un halo fantasmal.
Se adelanta y me acaricia invisible, como un suave aleteo de mariposas. No opongo resistencia, su aroma dulce engaña mi razón. Me aguarda al final de la escalera, me observa y sonríe maliciosa. Sus ojos son dulces e inquietantes, sus pequeñas manos esconden uñas afiladas.
Se cuelga de la barandilla insolente y suicida. Me atrae hacia ella. Ya no siento frío, aunque ha comenzado a nevar. Abajo, el mar revuelve y brama su trágica belleza. No hay escapatoria. La sentencia sin juicio es el vacío.
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