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Te despiertas con una sensación extraña, pero no es hasta mirarte en el espejo cuando adviertes que algo raro ocurre. Tu rostro tiene un insólito color cenicienta. ¿Qué te sucede? Desde luego, estás cansado, exhausto. En los últimos tiempos no has parado de trabajar. Te lavas y vas a la cocina para tomarte un café. Te sabe a achicoria. Para animarte el día, decides ponerte el traje azul. Lo buscas en el armario. ¿Dónde está? Llegas tarde, así que te acabas decidiendo por uno gris. La corbata de rayas rojas te irá bien. Nada. No es tu día. No das con ella. Te ajustas la estrecha de rayas negras. Estás listo. Sales a la calle. Todo tiene un aspecto extraño. La gente parece sombras. Ves a dos policías de uniforme en la esquina. No, no pueden ser policías. Su uniforme es gris. ¿Qué sucede? Adviertes que te miran. Caminas apresurado. Llegas tarde a la parada. El autobús viene con retraso. Te resulta curioso que ya no sea verde, sino plateado. Subes. Alguien lee el periódico. Ayer se celebraron elecciones. Claro. Tú no fuiste a votar. ¿Y quién ganó? Sí, han ganado ellos. Y tú no fuiste a votar.
Salgo a la calle y observo la acera, su dibujo geométrico. Me pierdo en ese laberinto de líneas y surcos que componen el suelo que piso. En las ciudades estaría bien plantearse un asfaltado en diferentes colores para diferenciar las clases sociales; todo está pintado en blanco y negro. Levanto la vista del pavimento y miro las calles, los escaparates, los letreros de los establecimientos, las señales… Lo escaneo todo. Al final ya no necesito ver, me lo sé todo de memoria y me atrevo a cerrar los ojos durante un rato para guiarme a través del oído. Percibo la voz de los perros y la de los gatos; sus voces cambian dependiendo de la calle o el barrio. De las que cuchichean no me fío, suelen hacer daño. Aunque la peor de todas está en mi cabeza; es la que me habla. Insiste en que abra los ojos; que vuelva a mirar el pavimento, las paredes; que observe las manchas y que las organice en un atlas humano. «¿No ves nada?», me dice. Entonces la veo, perfilada en una sombra extraña.
Últimamente siempre tengo la misma extraña sensación. A cada paso, allí donde voy , en todo lo que hago pareciera que me observan. Una paranoia mía, seguro, pero caminando por la calle, en alguna ocasión, me he girado asustado. Es tan intensa la sensación de presencia que un escalofrío me recorre entero y me pone la piel de gallina. Es más, me crea tal angustia y ansiedad que tengo que parar y respirar profundamente varias veces antes de continuar. Me da vergüenza comentarlo pero hasta una sombra, pequeña y retorcida, me ha parecido ver en alguna esquina, una locura.
Ahora estoy más nervioso, es verdad. No lo sé. Demasiado irascible, me dijo Nina entre lágrimas. Joder, se me hace nudo pensar en aquel momento, nunca volverá a ocurrir, lo juro. Antes me corto las manos.
Desde que los niños desaparecieron, la ciudad se ha llenado de un silencio denso y casi masticable. Todos hacemos como que es normal. Pero no lo es. Como tampoco es normal ese olor a adulto que lo impregna todo. Ya no huele a caramelos de cereza ni a goma de borrar de nata. Huele a desinfectante y a coche nuevo. A laca de uñas y a consulta de dentista. Aun así, a veces, puede sentirse su presencia. A mí me ha pasado. Cuando eso sucede, me giro, incrédulo, para tropezar con su sombra tatuada en una pared. No son más que eso. Sombras. Nos esforzamos por seguir con nuestras vidas, aparentando normalidad. Por eso del qué dirán. Y nos levantamos, nos vestimos, salimos a las calles, ignoramos su ausencia, comemos, bebemos, bailamos, reímos e incluso hacemos el amor. Eso sí, a desgana, porque sabemos que nuestro semen se derrama ahora sobre vientres estériles. En unos años, los habremos olvidado. Nos habremos acostumbrado a esas sombras, a esos olores y a ese silencio que sustituyó a sus gritos de socorro, y que ignoramos con cobardía. Ese silencio que se desparramará sobre nuestras tumbas. Esas sobre las que nadie llorará.
Las tardes de invierno me gusta salir a pasear sin importar las inclemencias del tiempo, y tras regresar a casa, disfrutar, junto a mi mujer, de un chocolate bien caliente mientras planificamos nuestro próximo viaje, que nunca es tan próximo, no antes del verano.
¿Te ha sucedido alguna vez, al callejear, que por el rabillo del ojo entrevés algo o alguien que corre? Vuelves sobre tus pasos, pero claro, la situación es irrepetible. Mentalmente la proyectas una y otra vez hasta que empieza a tomar forma: «Tenía pies, sí, y cabeza; por su tamaño sería un niño de no más de 10 años, pero no, lo que revoloteaba alrededor era una falda, era niña ¿Una niña que se esconde? O ¿Qué?»
No conocíamos Asturias y un folleto turístico que, por azar, cayó en mis manos, nos sedujo:
«Adentrándonos en la famosa ruta del Beyu Pen encontraremos un puñado de aldeas con duende».
El pasado agosto viajamos a Amieva.
Lo que no ponía el folleto, ni podíamos sospechar, es que el duende existía y me seguiría por siempre. Según he escuchado, España está llena de pueblos con duende, aconsejo precaución.
Decían de mí que era un niño raro. Desenterraba los huesos que escondía el perro en el jardín y se los regalaba a mi amigo, el único que tuve. Él se los guardaba en los bolsillos y, por un momento, el pozo sin fondo de sus ojos parecía menos oscuro. Éramos inseparables. Se sentaba en el pupitre vacío que había junto al mío y en el recreo esperaba, apoyado en la pared, a que le ofreciese la mitad de mi bocadillo.
Mis padres me llevaron al psicólogo. No era grave —dictaminó—, porque a mi edad muchos niños tienen amigos imaginarios. Los problemas llegaron más tarde, en la universidad, cuando empezó a acompañarme a clase de anatomía forense y sustrajo el cadáver de una muchacha. Era un regalo, dijo.
Me expulsaron. Volví a terapia.
Años de diván no han servido para nada. Él sigue dejando pájaros muertos en mi buzón y yo finjo que no lo veo cuando cruzo frente a la escuela. Pero ahí está, con la bata de rayas azules, el dobladillo descosido. Igual que el día que lo empujé al salir de clase y quedó retorcido, de aquel modo imposible, al pie de la escalera.
Mis padres eran tan pobres que no pudieron darme nombre propio. En casa me decían “nene”, y en la calle “niño” o “chico”, cuando no “tú” donde quiera que estuviese. Así que en cuanto pude, ya de mayor, me compré uno. Mi idea era algo barato: Gil, Pío…, Blas como mucho, pero cuando sacaron Celestino me cegué, más cuando supe que podía pagarlo a letras. Celestino. ¡¡Dios!! Nadie podría entender lo que sentía cada vez que alguien me nombraba.
Pero ocurrió que al poco perdí el trabajo y no pude seguir pagando.
Al principio fue la necesidad. Decidí apañarme con el “Tino” y vender el “Celes”. Pero luego, al ver las posibilidades que daba ese plural, me pudo la codicia. En poco tiempo apalabré bajo señal cientos de ellos por los barrios más necesitados. Lo malo vino después, cuando fui al banco con él y, al cambio, me dieron solamente dos. Montones de “sin nombre” me reclamaron entonces su dinero, y si finalmente no caí preso fue —triste ironía— porque ninguno pudo firmar la denuncia.
Hace años de aquello, aunque todavía, si por ciertas calles gritas ¡Cele!, muchos se giran; todos con ese gesto inconfundible, inefable, de la ilusión perdida.
– «Sombra fugaz.
Cabeza esbelta, vuelta del revés.
Andar resuelto, a punto de traspiés.»
¿Te gusta?
– Es un horror.
– Pues es bien bonita.
– Esa historia tuya de la sombra de la niña que se te aparece y te inspira versos no se la cree nadie.
– Hoy la he vuelto a ver, como todos los días. Y es cierto que me fluyen buenas estrofas.
– No es poesía, es una boñiga.
– Así te va a gustar más:
«Sombra esbelta.
Fugaz y resuelta.
Cabeza vuelta.
Puesta del revés.
No así los pies.»
– Horror!
A aquel lugar lo llamaban el hogar de los Invisibles. Aquellos que ya no están. Se decía que era un edificio oscuro, con poca luz y dónde la vida deseaba escaparse por las diferentes grietas de las paredes que lo envolvían.
Los invisibles entraban en aquel lugar, siendo arrancados de sus familias o de otros hogares. Estaban un tiempo y, si tenían suerte, regresaban a la vida. Unos acababan engullidos por el mundo de pesadillas, odios y falta de sueños por alcanzar que los envolvían en aquel cobijo. Otros preferían escapar de allí y perderse, definitivamente, en la lluvia y la tristeza que envuelve a la cara oculta de la vida.
Él reconoce la marca. La señal que indica el hogar de los Invisibles. Él durmió allí hace tiempo. Ahora pasea, casi huyendo de nuevo, de aquel lugar. De la sombra en la pared, cerca de la puerta rasgada en la piedra. El paraguas no impide que los recuerdos le empapen al estar ahí. Y, como cuando llegó siendo niño, mira atrás, esperando que nadie le insulte, ni lo descubra. Esperando no recibir ningún golpe más y soñando con escapar de allí como habían hecho, anteriormente, sus antecesores.
En algunas casas, como la de Laurita, nunca amanece. Por eso el día que se rompió la persiana los rayos del sol pasaron tan de golpe que la niña se convirtió en vapor de agua, emigró hasta las nubes, y se quedó ahí, dando tumbos, en esa especie de limbo improvisado donde, si alguien suspira, puedes mecerte entre las cigüeñas, pero que, si estallan estornudos, las vueltas del tornado llegan a alejarte hasta de tu propio nombre.
Ahora algunos gobiernos han descubierto que pulverizando yoduro de plata sobre las nubes se puede conseguir lluvia (o incluso nieve) artificial. El objetivo inicial es limpiar el ambiente, atraer al turismo, luchar contra la sequía… Pero sin querer están consiguiendo que chicas como Laurita tengan una segunda oportunidad. De hecho, si miras bien, en días lluviosos puedes observar extrañas coreografías bajo las aceras, riachuelos de vida deslizándose hasta formar siluetas grotescas. Son esas almas llovidas, que, pese a todo, se ríen de su propia sombra.
La tarde de noviembre caminó hacia la tormenta y perdió el encanto de las nubes rosas; sobre las seis y poco pasaron por mi puerta unas viejas andando despacito y con cuidado; parecían tener el mismo miedo. -Que te caes dijo una-, después niñ@s con su breve correr riendo sudorosos; cargados de libros y molinillos amarillos de papel. Qué guapos estaban girándolos. Enseguida llovió blandamente. Una armó jaleo cuando su padre le explicó con exigencia paternal que estaba pálida y con fiebre y se marchaban a casa. Quería jugar con sus amig@s en la plazuela. Se enredan desbaratándoles el vuelo a las palomas con palmadas. Hoy el frío casi lo evita; se fueron al rato, aunque de repente la chiquilla salió disparada hacia una pared con un cisco en la mano gritando ¡Esperarrrr, Esperarrrr!, y se pintó con la imaginación de un pintor moderno. El dibujo parece de una loca. La cabeza tira para la torre y el cuerpo y las piernas van a otra parte. Su padre insistía en llamarla; no se amedrentó, clavaba sus ojazos en la acera húmeda y hacia que cojeaba.
Parece mentira, parece mentira, dejarla salir siendo médico. Cualquier día me la llevo para mí.
La noche antes de la transformación, el desventurado joven, un viajante comercial, no conseguía dormir por la preocupación. Lo que podía haber sido un día normal, como tantos otros, dejó de serlo cuando encontró la nota: “Hoy me cruzaré en tu camino y mañana no serás igual”.
Intrigado por la premonitoria advertencia, intentaba recordar todos sus pasos durante aquel típico día de otoño, lluvioso y frío, de esos que vuelven las calles solitarias. Estaba seguro de no haber visto a nadie en el trayecto de su casa al trabajo, ni al revés, salvo una silueta de cabeza pequeña, torso triangular y largas extremidades, que le pareció ver al girar la esquina. Era como una sombra deslizándose por la pared de forma tan extraña, que no supo si realmente era algo que iba o venía.
Nada más.
Convencido de que el límite de todas esas conjeturas residía en su propia imaginación, prefirió entonces restar importancia tanto a la absurda nota, como a la extraña aparición. No creyó que hubiera relación alguna entre ellas. Ya era tarde y mañana debería tomar el tren de las 5, por eso Gregorio Samsa decidió que lo mejor que podía hacer era relajarse y dormir…
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