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Infancia resumida en cuatro escenas. Otoños de camino al colegio, hojas secas crujientes bajo las suelas. Inviernos de vaho en la boca, que ni el calor humano de las clases hacinadas disipa. Primaveras de balón y patio, porterías hechas con jerséis amontonados. Veranos solitarios y madre que advierte, con un dedo índice cargado de severidad, de que no se le ocurra manchar las sábanas tendidas, mientras él, palo en mano e imaginación desbordante, ve en ellas las velas de un barco pirata.
Al niño que nunca salía, el de la casa lejos del pueblo, le llegaban cartas y postales de amigos y compañeros, portadoras de vaivenes de olas de playa, para él vedadas. Respondía enseguida con esmero y estilo, misivas largas, en las que se notaban las muchas lecturas con las que entretenía sus horas estivales, junto a una mujer viuda, agobiada de tanto lavar ropa ajena.
En una de las entrevistas de promoción cuenta que su nueva novela tiene tintes autobiográficos. Dice que el éxito se lo debe a una persona sin la que no sería como es ni habría llegado tan lejos. Ella ya no puede escucharlo. Él se emociona por los dos.
Nunca entenderé por qué nos sacaron aquella instantánea. Tener a mamá delante, señalándome con el dedo acusador, hizo que ese día en particular también me cagara en los pantalones (por si fuera poco). Cada vez que ocurría lo inevitable, ella sentenciaba: “la próxima, te cuelgo a ti, en lugar de colgar las sábanas”. Yo asentía, todo compungido, sin entender nada. El psicólogo le explicó mil veces que el retorno de mi problema de enuresis era provocado por el trauma tras la muerte del hámster. Y a mí me vino de perlas que este hombre lo achacase a eso.
Fue una época para olvidar. Me convertí en el hazmerreír del colegio gracias a mi hermanita. Pasó la foto a sus amigas por negarme a servirle de carabina.
Al final, solo había disfrutado la vida con Jane, la vecina. Mirábamos por las ventanas. En el dormitorio, su padre desnudaba y magreaba a la asistenta mientras la madre estaba trabajando. Jane y yo los imitábamos. Una noche que me escapé, nos pillaron espiándolos y poniendo en práctica lo que de ellos aprendimos. El padre de Jane me prohibió verla y amenazó con contárselo a mi madre. Me oriné del susto. Y ya, seguí…
Nos enseñaron que el amarillo y el morado eran colores complementarios, que el tiempo todo lo cura y cicatriza, que entre anteayer y pasado mañana los tejidos se regeneran lo suficiente. Aprendimos que los golpes provocan moratones, que los cardenales son sangre derramada, que la sangre coagulada cambia de color y de estado. Que las plaquetas no son solo baldosas. Que es mejor lavar en agua fría. Descubrimos que abusar del maquillaje mejora las cosas, que las gafas oscuras y las mangas largas evitan preguntas. Y que otras veces es mejor quedarse en casa. Nos inculcaron que los trapos sucios se lavan de puertas para adentro y sólo se airea la ropa blanca e impoluta. Que se calla, no se dan explicaciones, no se llora. Que la familia está por encima de cualquier cosa, incluso de las hemorragias que matan. Que lo importante es parecer respetable y limpio.
Que el mundo es de los fuertes. Que hay que ser fuerte. Que el color violeta del alma también se volverá amarillo algún día.
Lo que no nos contaron fue que, incluso con el paso de los años y la mejor voluntad, el amarillo tiende a buscar de nuevo a su complementario.
En equilibrio inestable soporto con estoicismo y cabizbajo la reprimenda de mamá. Esta vez también tiene razón. El caso es que siempre me hago el propósito de seguir sus consejos, no ir tan alocado, pensar las cosas antes de hacerlas, ser más pausado; pero lo cierto es que pronto lo olvido y vuelvo a las andadas. Mamá, más enojada que nunca, me hace la pregunta directa señalando el objeto de su angustia. Y no sé qué contestarle. Repaso todo lo que hice esta tarde con Javito, los chapuzones en el arroyo, la búsqueda de nidos subidos a los árboles, los saltos de liana en liana, el regreso por el borde de la valla… Pero no, no consigo recordar dónde he podido perder la pierna que me falta.
Ya estoy harto de castigos, abusos y palizas.
Por eso, cada tarde subo al campanario de la iglesia y, entre lágrimas, pregunto por mi madre a las cigüeñas.
Algunos años atrás
—Es un niño, lo que su mujer siempre deseó. Mire estas mejillas tan sonrosadas. Parece un ángel del Señor. Cuando se despierte podrá ver también el brillo de sus ojos. ¡Son preciosos! Además, ha nacido sanísimo. Por favor, aguarde aquí un momentito; le traeré la documentación ya firmada. ¿Está contento?
—Sí, muy feliz. Muchas gracias por todo, Sor María. Y que Dios la bendiga.
Lo único bueno de que durante un año te enviaran a Melbourne para continuar con la política expansionista de la franquicia, fue que volví a mojarme las bragas.
Decidimos acortar las distancias usando la tecnología. Así volví a escuchar de tu boca, aunque fuera por teléfono, aquello de «Te quiero». Descubrí que WhatsApp tiene más de 30 iconos que contienen corazones; también que podías enviarme infinitas fotos por medio de WeTransfer y que aprovechabas siempre para colarme alguna desnudo.
Llegamos incluso a hacer el amor juntos a miles de kms de distancia mirándonos a través de Skype.
Sí, amor. He mojado mis bragas casi a diario durante todo este año y ahora que solo quedan 5 horas para que tu vuelo aterrice, no quiero que la magia se desvanezca. He contratado un crucero por las grandes islas árticas y el estrecho de Davis. No vendrás conmigo pero no me voy sola. Me llevo la tablet, el ordenador y el móvil
Los pies colgando en dulce balanceo. Tu brazo fuerte y grande en mi espalda, ejerciendo una presión que adivino controlada, precavida, siempre protectora. Gritos alborozados de sangre joven y revuelta. Bullicio de hormonas a medio despertar o locamente espabiladas ya. El sol de los días despreocupados dando color a mis mejillas, suficientemente encarnadas siempre que tú estás cerca. Las tuyas perladas por el calor, tan deseables. Silencio fluido entre nosotros, uniéndonos más que cualquier palabra hueca.
Cae la tarde, anochece la vida.
El agua a nuestros pies se vuelve oscura y la brisa fría.
¿Nos vamos?
Un suspiro, una mirada cómplice y un gesto conforme. Él siempre más ágil es ahora el último en ponerse en pie, ella le ayuda con su fuerza de gorrión, mariposa dorada.
Cincuenta atardeceres después, juntos emprenden el camino de regreso.
He enviado a mi mejor amiga cien años al futuro dentro de una máquina de mi invención. Lo de viajar sin piernas fue solo un pequeño error en el cálculo de la esfera de curvatura, pero no me cabe duda, que unas prótesis biónicas no supondrán tampoco mucho problema en esas fechas. Me han enviado a la cárcel acusándome de haberla matado, pero yo estoy feliz. He cambiado mi cadena perpetua por su sentencia de muerte. Estoy seguro que en 2118 habrán encontrado una cura para su cáncer de páncreas.
Recibe una solicitud para socorrer a un escritor con “Síndrome-de-mente-en-blanco”. Activa el Protocolo de Asistencia a Domicilio y parte inmediatamente llevando consigo todo lo necesario. Al llegar, lo encuentra con los ojos en blanco, tirado sobre un montón de folios arrugados. Es normal.
Rápidamente le prepara una pócima con altas dosis de intriga, venganza, pasión, muerte, amor, odio. De todo. Su efecto es inmediato y el escritor sale disparado cual rabo de nube, en busca de historias.
Ella lo sigue de cerca. Sobrevuelan Valencia. Allí las historias por contar son como fuego fatuo que se desprende de las paredes e iluminan toda la ciudad.
Sin embargo, él continúa hacia el puerto. “¿Habré equivocado las dosis?”, duda la Musa. Entonces él se detiene. Ha visto algo. Los ojos rojos, la mirada envenenada y fija, sugieren una catarsis, una urgencia inexplicable. Justo lo que se necesita para escribir, piensa ella, sabiendo puede marcharse. Él ya no la necesita.
Mientras se aleja, reflexiona sobre esa imagen que acaba de ver reflejada en las pupilas del escritor: los pies desnudos de una joven sentada en el embarcadero del puerto.
Nada de particular, de no ser porque en el embarcadero, no había ninguna joven.
Dicen que el 70 % de nuestro cuerpo es agua. El 30 % restante, huesos, vísceras, grasas. Dicen que solo utilizamos un 10 % del cerebro. Las rubias menos, dicen. Hay 7 mujeres por cada hombre, dicen, y él me fue a elegir a mí. A la rubia: 90, 60, 90. Un cuerpo 10, dicen. Y yo, me derrito por él y me entrego al 100 %. 70 % agua. Toda humedad. Y me paseo desnuda por esta mansión de lujo a la que solo podría acceder el 1 % de la población, esa población que acumula el 99 % de la riqueza mundial, mientras mi cuerpo perfecto se derrite al sol, como si fuese un reloj daltoniano, y millones de personas sueñan conmigo, con poseer aunque solo fuese el 3 % de mí. Puta, dicen. Tonta, dicen. Y yo solo deseo zambullirme en la piscina, ser agua, 100 % agua, como en ese anuncio de coches, y dejarme llevar en un descapotable rojo al fin del mundo, como una rubia cualquiera. Porque solo los tontos son felices, dicen, porque si no acabaría por evaporarme al sol, dejando, en el césped, un 30 % de huesos, vísceras, grasas.
Todo el mundo fuma en las estaciones de autobús y en los coches aparcados en las veredas cuando esperas a que lluevan sapos. La acción de los vientos podría elevar un gran número de ellos, reunidos en un lago, cerca de donde tú estés, y transportarlos dentro de una nube con forma de gato, para lanzarlos sobre tipos con fotos de niños en el salpicadero y lápices de Ikea en la guantera. Quizás salga dejando la puerta abierta mientras suena “Hit the Road Jack” interpretada por Ray Charles, y dando pequeños saltos en cuclillas, a través del camino, me aleje poco a poco trazando una línea recta.
Ya no recuerdo ni tu cara, ni tu pelo, ni tu sonrisa; el tiempo hizo una bola de papel arrugada, perdida en algún pantalón, el billete de ida a Madrid. Te miré, solo una vez, cuando el humo salía de tus pulmones, elevándose; perdiéndose para siempre en mi memoria la maravilla de tu mirada.
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