¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Este café no sirve ni para calentar mis manos, mientras los demás, con sus abrigos y culos gordos no paran de comer.
No me prestan atención, pasan a mi lado como si no existiera. Tres horas en la calle con el frío que hace y no he sacado 69 centavos para cenar, me cago en la Navidad y en el pavo. La nevada en Reno este año de 1963 ha sido muy dura, por eso mismo tendrían que ser más compasivos.
Mañana seré yo quien ría, cuando lean en la prensa la aparición de un nuevo cadáver, otro niño de la calle. No descansaré, fueron muchos los que se burlaron cuando yo era pequeño y se mofaban de mi cojera.
Con lo que saco y por medio dólar, estos mozalbetes se me acercan en el metro y en los recovecos de los túneles me quieren, algunos, los menos, me desprecian y más pronto que tarde pagan por ello.
Como el mendigo de esta mañana en los urinarios, le he cogido del brazo y ya dentro del váter he cerrado la puerta, se ha revuelto con furia, me ha golpeado, se ha reído y me ha gritado – ¿Y eso? – …….
Para celebrar nuestras bodas de plata, nuestros hijos nos regalaron un crucero por los fiordos noruegos; una segunda luna de miel, aseguraron. Al volver, a Mayra se le ocurrió acudir a un terapeuta, un charlatán de esos que creen saberlo todo sobre relaciones de pareja, un embaucador que le dijo que era terrible no haber hecho el amor en quince días.Le habló del paso del tiempo, de la rutina, de la apatía, bla, bla, bla…
Accedí a seguir las consignas de su terapia no por mi mujer, sino porque se había puesto en entredicho mi masculinidad. Al principio fue divertido aquello de las “fantasías”. Me divirtió corretear con el látigo de Indiana Jones, auscultarla jugando a los médicos, incluso tuvo su punto lo de los cavernícolas, pero con los días, se fueron acabando las ideas, y los cimientos de nuestra relación -eso decía ella- volvían a tambalearse.
Debéis añadirle más ingredientes, nos dijo en la última sesión; y yo, que no voy a ceder en mi empeño de honrar mi virilidad, aquí estoy, en una cafetería donde no cabe más gente, vestido de payaso, esperando que venga ella, de domadora, para recibirla con un sonoro ¿cómo están ustedes?
No sé por qué sucede pero sé bien lo que muchos de vosotros −demasiados, diría− veis en mí. Con absoluta claridad lo percibo cada noche cuando terminada la función, oscuro y vacío el escenario, algo preso todavía de mi propio personaje, siento como esquivan vuestros ojos los míos si por azar un instante con ellos se cruzan, como un extraño pudor −¿tal vez compasión?− de rubor de inmediato tiñe entonces vuestro semblante.
Es la leyenda que consigo arrastran todos los payasos del mundo: bromas, juegos, ropas de colores y alegre maquillaje que sin duda un mundo de lágrimas, dolor y muy ocultas heridas, apenas un instante disfrazan…
Tanto y tanto esta fábula se extendió que imposible resulta ya negarla.
Mas, creedme, no es cierta. Si concluida la función no halláis en el rostro del payaso una sonrisa, no juzguéis su mueca tristeza o amargura, no lo es. A vosotros su más bello tesoro regaló ¿no lo veis? e igual que tras la oscuridad alumbra siempre el nuevo día, al amanecer mil risas nuevas el payaso inventará. Esforzados artesanos de la alegría nosotros somos, debéis saber. Guardianes únicos de un conjuro que del tiempo y el olvido con ternura infinita resguardamos.
Sentado en la barra del bar, tomando café amargo como su existencia, envidiaba a la gente de su alrededor que transitaba por la vida sin la losa de una conciencia enfermiza. Su indiferencia le hacía sentirse seguro. Si supieran quién era, si conocieran su pasado, le escupirían.
Las cuencas vacías mortificaban los sueños de Edwin Waas. Los gritos desgarradores eran acúfenos de dolor. Miles de pijamas a rayas giraban en su cabeza como barrotes que cercaban su locura, la muerte acechaba sus pensamientos.
Pero la vida le brindó una salida. Revistió su alma de payaso y recorría los hospitales buscando con anhelo a niños enfermos. Cada risa arrancada, cada risa que un niño le regalaba, provocaba que un fantasma de su pasado dejara de perturbarlo; las necesitaba a miles, balizas que le mantenían a flote ante la soledad.
El tiempo consiguió acallar las voces, la ansiada paz ya no era un sueño. Aunque fue un sueño efímero. Un día volvió la imagen de aquel niño, con la tristeza grabada en su piel, con la sonrisa enterrada. Mientras las cenizas anegaban de nuevo su corazón, una lágrima arrastraba su blanco maquillaje. En la lejanía escuchó voces, y supo que habían vuelto.
Dio un sorbo a la taza y miró con apatía a su alrededor. Se sentía como un payaso de sonrisa amarga rodeado por unos clones de blanco, negro y gris, que entraban y salían, venían y marchaban, con prisas, sin ganas.
La cafetería le parecía un circo aburrido, los clientes y sus chácharas una pantomima siempre igual: «Buenos días a todos menos a uno» —repetía cada mañana el más bufón, sin ninguna gracia—; «café solo con sacarina»; «para mí descafeinado de máquina con un chorrito de leche templada»; «un capuchino con bebida de soja en vaso alto de cristal». Pero no tenía ni una varita ni una chistera para ¡voilà! hacerse desaparecer.
Con cada trago de café evocaba su sensacional partido de pádel del sábado; la noche de acrobacias y pasión entre las piernas de Wendy; o el domingo mágico en el sofá leyendo a Dan Brown con música de Coldplay y Pearl Jam.
—¡Jeremy! —le sobresaltó la voz avinagrada del encargado—. Espabila, que empieza ya la función: vete poniéndote el uniforme, recoge las mesas, rellena los servilleteros, cambia el barril…
Y cual funambulista sobre una cuerda floja entró, renqueante, en el primer día de la semana.
Ella dice que soy raro. Después ríe nerviosa y sale a la pista con esos perritos de agua brincando entre sus piernas. Murmura que no tengo ninguna gracia, pero fuerza una sonrisa para que la deje pasar camino de su caravana y se escabulle como una anguila. Ella implora que la deje dormir, que no le envíe más mensajes de buenas noches, que no la llame de madrugada. Asegura que no aguanta más y que si no la dejo tranquila, tendrá que denunciarme.
¡¿Denunciarme?!
No entiende cómo la quiero, cómo deseo cuidar de ella y que no tenga que preocuparse por nada, que no necesite volver a enseñar sus muslos desnudos ante el público. No imagina como palpita mi deseo, ni como aborrezco a esos chuchos que ladran cada noche, cuando me acerco a su puerta. No sabe lo que sufro. Por su culpa.
Raro. Ella decía que soy raro, y la chica de la cafetería también se lo dirá a la policía cuando le pregunten. Pero el resto del elenco del circo dirá que solo era un pobre payaso, amigo de los niños. Un hombre muy educado, aunque algo triste. Y que siempre daba los buenos días.
Mientras tomaba aquel café, miró su enorme barriga. Pensó que el declive físico avanzaba deprisa y que pronto el espejo le devolvería la imagen de un payaso viejo y solitario. En momentos así es cuando sentía no haber tenido hijos. Hubiera sido un buen padre. Necesitó hacer un esfuerzo por sacudirse aquella sensación que amenazaba con estropearle el día.
Pagó y se marchó caminando. De vuelta en su camerino no tenía mucho tiempo para retocarse la pintura antes de la siguiente actuación. Tomó el bote y comenzó a extenderla. Entonces tuvo un pensamiento que se convirtió al instante en convicción. Con un cosquilleo de ansiedad pensó que lo haría, hoy dejaría atrás el miedo. Se limpió la pintura de las manos con una toallita húmeda y buscó un bolígrafo y papel. La carta de Félix comenzaba así: “Después de tanto tiempo te recuerdo como si aún estuvieras aquí”.
Dos semanas después estaba en plena actuación cuando al mirar hacia una de las filas del palco no dio crédito a lo que vio. No era posible, pero sí, sí lo era. Allí estaba ella. Y le sonreía mientras abrazaba en su regazo a un niño de unos seis años.
Barlomy se siente incómodo en este mundo, y también muy solo. Desde que le relevaron de la última investigación y le aconsejaron una excedencia voluntaria con visitas obligatorias al psicólogo del Cuerpo, para él, todos los días son días de lluvia.
Nadie lo hubiera imaginado, el más prometedor detective de la Comisaría de Longhill Street bebiendo té con leche en la barra de cualquier bar y vestido de payaso. Rebajado y sin honor, se había convertido en un apestado, y todo por haberse enamorado de la mirada turbia de una asesina en serie y por haberse refugiado en los brazos zalameros del alcohol. Hasta su mujer lo había echado de casa, aquella casa ajardinada fruto del sudor helado que provoca la violencia en las calles de Baltimore, y desde hacía meses, ella y un juez desatinado le habían prohibido ver a sus hijos. Pero él siempre fue un hombre agudo, con recursos para resolver los casos más desesperados.
Hoy es el cumpleaños de los gemelos. Sabe contar cuentos y ha ensayado algunos juegos malabares. A la hora convenida se acercará a la fiesta y, si todo sale como espera, es posible que lo contraten también el año que viene.
La clave está en ubicarlo cada día en un lugar preciso, estratégico, diferente. Al payaso triste, me refiero. Hay días que lo dejamos junto a la máquina de tabaco y allí se pasa doce horas, o hasta que cerremos. O en el pasillo que da a los baños. Otras veces lo sentamos en un taburete de la barra, como si fuese un cliente más. Desde que contratamos al payaso triste, hemos multiplicado por cuatro la afluencia de clientes a nuestro bar. Nadie te lo confesará, pero sé que al personal les gusta cruzarse con un tipo tan abatido, tan desconsolado, sin ninguna esperanza. de esos que llevan la tristeza esculpida en el rostro. En el fondo, les tranquiliza pensar que hay gente más desolada que ellos. Ya digo: gracias al payaso triste hemos cuadruplicado nuestros ingresos de caja en apenas un mes. A él no le decimos nada, claro. No vaya a ser que de repente se sienta útil, se venga arriba, vea un atisbo de esperanza en su vida y le de por sonreír.
Siempre me dices que los sueños hay que perseguirlos y he seguido tu consejo. Hasta ahora mi vida ha sido gris, triste y monótona. Tú y los niños habéis sido mis únicas pinceladas de color en esta oscura y anodina existencia. He pasado la mitad de mi vida encerrado entre cuatro paredes en compañía de papeles, litigios y demandas. Por eso, ha llegado el momento de decir basta. He decidido hacer una locura. Mi ceño se ha relajado, he pintado una sonrisa en mi rostro y he colgado mi traje gris. Y hoy te lo voy a decir. Y al verme me abrazarás, me besarás sin importarte los demás y acabaremos saltando y riendo.
Puntual, como siempre, has entrado en la cafetería donde hemos quedado para que te dé la gran noticia. Estás a mi lado, no me has abrazado, no me has besado y no hemos saltado ni reído. Mi gran sonrisa se ha tornado gris y me giro, avergonzado, para que no la veas… para que no veas mi cara de decepción porque me siento como un vulgar payaso, mi amor, al darme cuenta de que sin mi traje gris, no me has reconocido.
Me gustaba verle en la avenida con el platillo delante, maquillaje perfecto y su traje de arlequín. Los que pasaban le ponían una moneda y sonreía, era el único gesto que nos recordaba a un humano. Crecí viendo su maquillaje perfecto, sonreía a quien le admiraba y el guiño que me hacía, era nuestro pacto. Yo vigilara su recaudación. Al terminar sacaba una flor de su chaqueta, se acercaba y se convertía en chupa Chus o chicle Bazooka, de aquellos que se quedaban sin sabor en dos chupadas, pero hacía que me sintiera feliz e importante. Nunca me dijo una palabra, sabía que me apreciaba y confiaba en mí. Fui creciendo y no tenía tiempo para estar en la avenida junto a él. Cuando volvía del instituto no estaba y según me dijo mamá, se hacía mayor y últimamente estaba los días que había sol y solo un ratito. Hoy lo he descubierto en el bar del tío Paco. He entrado y me he acercado, creo que no me ha reconocido y según mi tío, no es ni su sombra, su cara está oscura y gasta las pocas monedas en vino. ¡Ya no se sostiene!
Solo cien millas más y estoy contigo. Llevo toda la noche conduciendo por heladas carreteras secundarias. Diez horas desde que salí del túnel, compré el vehículo de segunda mano y me vestí de esta manera humillante. Diez meses desde que te vi por última vez. Diez minutos para calentar el cuerpo con este café amargo. Diez mil dólares robados al furgón del banco. Diez años de condena. Diez dedos que los muchachos de Gordon me romperán uno a uno si no cumplo. Diez noches sin dormir desde que me impuso sus condiciones. Diez segundos para aceptarlas. Diez balas en la recámara para volarle la cabeza al juez Jefferson. Pero papá no faltará a la fiesta de tu décimo cumpleaños.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









