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Llueve. Como casi todos los días en esta ciudad. Y leo el periódico. Pero eso no es noticia.
La noticia eres tú. O, mejor dicho, tu ausencia.
Vendiendo recuerdos a los turistas en aquella esquina de la zona antigua eras como una sombra, que ni se veía ni molestaba. Alguna vez te compré algo. No recuerdo si un mechero o un abanico. Te di cinco euros y tu mirada azul se agrandó tanto como un mar inabarcable. Se cruzó con la mía y algo ocurrió. Una luz, un fogonazo, una explosión… No sé muy bien qué, porque desapareció al instante. Después, empezó a llover y me marché.
Hoy he leído en el periódico que tu esquina está vacía. No dicen cómo te fuiste; e imagino mil y un infortunios. Quizás simplemente te cansaste de esperar a que alguien se fijara en tí. Y te desdibujaste.
Ahora me aflige pensar que pude haber hecho algo más que comprarte unas baratijas. Entonces no pensé qué podría ser de ti. Tenía prisa, supongo, por llegar a donde fuera.
Leo el periódico. Y llueve. Ya no tengo prisa. Recuerdo aquella luz.
Solo soy una silueta reflejada en la pared…
En eso me he convertido tras años de sufrimiento.
Y aunque me mires con esa mirada displicente, ya no te tengo miedo.
Ahora podré escapar por fin de tus tentáculos, de esas manos resecas y de esa boca babosa que me cegaban el alma.
Al fin podré diluirme para siempre entre las gotas de lluvia…
Obligaré a que mis piernas me trasladen lejos, muy lejos.
Pero aún así, no te olvides jamás que mi mirada permanecerá eternamente vigilante.
He conseguido escapar y recomponer el puzle de mi cuerpo casi al completo. Aunque hay quien se ríe cuando ve que mis piernas se mueven en dirección contraria a la que apuntan y que mis orejas no están a la misma altura una de la otra. Pequeñeces. Lo importante es que le he dado esquinazo. Pero debo estar alerta, seguro que anda pateando la ciudad debajo de su feo paraguas, buscándome. Aunque siempre me decía que soy una basura, que no valgo nada, antes de saltar escuché cómo le aseguraba al baboso trajeado que vaciaba en sus manos la cartera, que soy la mejor de todas, que estoy entera.
Las sombras me persiguen desde el día que te fuiste, se esconden detrás de cada esquina en esas tardes de lluvia. Por mucho que mire hacia atrás nunca las veo, pero sé que siguen mis huellas tras los charcos en la acera adoquinada.
Prisionero del recuerdo, intento escapar de la nostalgia del invierno que me abraza frío con sus oscuras siestas de paseo solitario bajo el paraguas. Me gusta el sonido del agua cayendo sobre mojado, como mis ojos empapados que nublan la vista de las luces de los semáforos. El rojo no me detiene y cruzo la calle sin mirar al frente.
Ahora es tu rostro el que vuelvo a ver entre faros de colores. Las sirenas no me dejan oír tu voz. No quiero perderte de nuevo, así que te pido que te quedes a mi lado, cógeme la mano una vez más y podré cerrar los ojos sintiéndome acompañado.
Una ya tiene sus años y ha visto muchas cosas recorriendo estas calles de Dios, pero aquel tipo no era bueno, no, que lo sabré yo. Arrojó unas monedas a mi plato y servidora ya iba a ofrecerse para leerle la buenaventura cuando vi que muy mala la gastaba el mocito, muy mala, sí señor. Debió de verme el susto pintado en la cara porque se echó a reír mientras yo rezaba todo lo que sabía, ya que cuando ríe el diablo alguien llora, y al malparado le seguía la misma muerte, en forma de una niña en la sombra.
Adora la lluvia. Esa lluvia dulce y regeneradora que limpia almas y estigmas, que resbala por los cuerpos orgullosos y sin incertidumbre. La que se lleva la sangre de las aceras y las lágrimas del rostro, abraza desequilibrios en los tejados, retumba en los canalones desgarrando telarañas ancestrales. La que provoca arcoiris. La que termina en las alcantarillas, esas venas urbanas oscuras y misteriosas que siempre le inquietan, para arrastrar lejos, muy lejos, la suciedad de la gente.
La que, aquel anhelado otoño de metamorfosis, diluyó, por fin y para siempre, la sombra de la infeliz Daniela.
Cinco años después de haber terminado los estudios seguía sin trabajo. Iba camino de entregar una solicitud como dependiente de supermercado cuando pasó junto a aquella esquina. Por algún motivo, el grafiti de una niña con la cabeza al revés activó su intuición de periodista sin experiencia, para redactar su primer, poco creíble y, casi seguro, último reportaje, en el que daba cuenta de que bajo la tapa de una alcantarilla podían escucharse inquietantes gritos. Era un disparate, producto de una mente frustrada, pero nada tenía que perder. Lo envió a varios medios. En temporada baja de noticias, con la audiencia asqueada de política, un diario digital publicó su escrito. De él se hicieron eco las redes sociales. El barrio se llenó de curiosos. La esquina, la alcantarilla y la niña aparecieron en televisión. Transeúntes anónimos aseguraban haber escuchado lamentos. En la radio emitían supuestas grabaciones. Un programa de ocultismo dedicó un monográfico.
La información dudosa, de puro relleno, quedó diluida con el inicio del mundial de fútbol, pero había logrado un contrato, aunque fuese precario.
Mientras tanto, en un lugar recóndito de las profundidades, se decidió el traslado de la puerta del infierno a un punto menos transitado.
Hace siglos que crecí, pero, en esos días de lluvia, mi mente retorna al callejón donde una bestia con paraguas susurraba «que llueva, que llueva, la Virgen de la Cueva», y una niña dejaba de serlo.
Creíste que no habían quedado huellas. Afuera, la calle se extendía intransitada, desierta. Las joyas y el dinero de la usurera cupieron en una simple bolsa que no hubiera levantado sospechas si te hubieras encontrado con el sereno del barrio, pero tampoco. El que la anciana tuviera el sueño tan liviano resultó ser un daño colateral que no había formado parte de tus planes. Fue todo tan rápido, tan instintivo coger ese atizador al alcance de la mano, tan frágil el viejo cráneo que se partió con un leve crujido… ni siquiera le dio tiempo a reaccionar al encontrarte. Solo un gritito apagado por los cortinajes. Pero ahora, al doblar la esquina la has encontrado cambiando de dirección su cabeza para mirarte. Intuyes que te va a seguir el resto de tus días hasta hacer que cometas algún error, por ejemplo, que vuelvas al escenario del crimen o que intentes vender las alhajas con precipitación. Solo ahora, sabes que sí, que quedaron huellas en tu mano y en esa oscuridad que cubre tu corazón como una pesada capa. Y te preguntas si la conciencia es una sombra de Dios o del Diablo.
Te llevaba en el pensamiento. Sí, te llevaba. Esa tarde lluviosa y triste. Esa tarde gris, desapacible.Tanto fue así que creí verte al doblar una esquina; tu imagen invadió mis pupilas y allí quedaste, inmortalizada. Estabas igual que la primera vez. Entonces tenías once años. Yo era un alma soñadora de quince. Descubrimos el amor por sorpresa, sin apenas pretenderlo. Pero cuando nos dejamos envolver en sus redes, pese a nuestra candorosa inocencia, no pudimos resistirnos a entregarnos mutuamente.
La suerte, demasiado caprichosa, mostró su cara amarga y la relación terminó. Tus padres pusieron tierra de por medio. Servidor, muy a duras penas, lo asumió.
Dicen que si proyectamos los deseos con fuerza, si los visualizamos, hay muchas más posibilidades de que se cumplan. Y no me refiero a tu vívido recuerdo. Hace un mes, a alguien se le escapó que habías vuelto de Argentina acompañada de una preciosa criatura, que, según tengo entendido, es clavada a mi. Sentí que quizá la vida me brindaría una segunda oportunidad. No me equivoqué.
Sigues siendo la princesa que robó mi corazón adolescente. Aunque ahora tus besos saben a tranquilidad. Te amo, Ana María, y también amo a la pequeña Ani. ¡Bendito destino!
Cada mañana acudo a esa esquina a despedirme de ella. Hoy es su aniversario, son quince años los que cumple, suficientes para poder usar sus primeros tacones, pero eternamente llevará calcetines de colegiala. Destrocé aquel despertador, el que no escuché aquella mañana, el que paró el tiempo para siempre en nuestras vidas. Creí que debía desayunar bien, le di prioridad, le esperaba una mañana intensa con un par de controles importantes. Era una estudiante excelente.
A Carol lo que más le gusta es traspasar paredes. Lo otro, lo de mover objetos con la mente solo lo hace cuando se enfada. Por suerte, aún nadie se ha dado cuenta, porque siempre creen que las cosas caen solas. Puede leer también el pensamiento a poco que se esfuerce. De niña lo hacía mucho, y se libraba así de los castigos, pero pronto aprendió que estar todo el día con ese zumbido en la cabeza es más un problema que otra cosa. Traspasar paredes, en cambio, solo tiene ventajas. Le permite asistir a espectáculos gratis y, sobre todo, le sirve para no tener que dar la vuelta a las esquinas. También lo usa para salirle al paso a Daniel, el chico que le gusta. A veces se asusta al verla aparecer tan de repente. Le gustaría leer su mente para saber si la corresponde, pero se corta porque piensa que estaría haciendo trampa. Aún no sabe cómo contarle todo esto que le viene pasando desde siempre. Mañana le mandará un mensaje en clase de mates. A ver cómo reacciona.
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